Historia

LIDDON, HENRY PARRY (1829-1890)

Henry Parry Liddon nació en North Stoneham el 20 de agosto de 1829 y murió en Weston-super-Mare el 9 de septiembre de 1890.

Henry Parry Liddon
Henry Parry Liddon
Fue educado en la escuela en Lyme Regis, continuando en King's College, Londres, y Christ Church, Oxford. Se licenció en humanidades en 1850 y al año siguiente obtuvo la beca teológica Johnson, siendo estudiante de Christ Church. En 1852 fue ordenado diácono y en 1853 sacerdote. Durante los dos primeros meses de 1852 fue cura en Wantage y luego durante corto tiempo en Finedon. En 1854 fue nombrado vice-principal del colegio teológico en Cuddesdon, que acababa de ser fundado por Samuel Wilberforce, obispo de Oxford, pero sus ideas de la Alta Iglesia levantaron tal oposición y expusieron a su obispo a tal crítica que se vio obligado a dimitir el 29 de diciembre de 1858, saliendo la Pascua siguiente. Casi inmediatamente fue nombrado vice-principal de St. Edmund's Hall, Oxford. Aquí su posición fue más agradable, convirtiéndose rápidamente en una influencia en la universidad por las alocuciones dominicales vespertinas sobre el Nuevo Testamento, que realizó con gran éxito hasta 1869 y de nuevo desde 1883 hasta el fin de sus días. Pero en 1862 la enfermedad le obligó a dimitir de su cargo como vice-principal. En 1864 era capellán examinador para Walter Kerr Hamilton, obispo de Salisbury, con quien estaba de acuerdo en sus ideas anglo-católicas. En 1865 fue escogido para las conferencias Bampton, produciendo el volumen por el que es mejor conocido, The Divinity of our Lord and Saviour Jesus Christ (Londres, 1866). En 1870 era profesor de exégesis de Sagrada Escritura en Oxford, permaneciendo en ese puesto hasta 1882, cuando dimitió porque, según dijo, no podía hacer justicia al cargo y al mismo tiempo desempeñar sus otras responsabilidades. En 1870 era canónigo de San Pablo, Londres. Se convirtió en un predicador de reputación y grandes números acudían a escucharlo, aunque sus sermones eran desmesuradamente largos. Fue siempre grande en seriedad, lleno de espíritu fervoroso, sencillo en su lenguaje y claro en su argumentación. Leía sus sermones por la tensión que le producía dirigirse a vastas audiencias, no queriendo someterse a la tensión añadida que supone predicar espontáneamente.

Mantuvo algunas posiciones extremas. Por ejemplo, defendió a John Purchas, que había sido condenado por ritualismo, e igualmente al reverendo Richard William Enraght, ambos ritualistas que rechazaron obedecer el juicio del Tribunal de Arcos, llegando a cuestionar su autoridad. Su conservadurismo se manifestó en su defensa del credo atanasiano, en su afirmación de que la alta crítica del Antiguo Testamento impugnaba la infalibilidad de Jesucristo y debía, por tanto, ser rechazada y en su lucha contra el arzobispo de Canterbury, de que la presencia de un obispo de la Iglesia de Inglaterra en Jerusalén era una intrusión en la diócesis del patriarca de Jerusalén.

Christ College, Oxford, fue su hogar cuando no residía en San Pablo y a esa universidad le dio mucho de sí mismo. En 1866-70 fue activo en la fundación de Keble College y en 1883-84 de Pusey House, ambos en Oxford, ambos fundados por los amigos de la facción de la Alta Iglesia.

Su predicación quedó prácticamente limitada a las universidades de Oxford y Cambridge y como canónigo de San Pablo, Londres, siendo sus publicaciones casi exclusivamente sermones y una gran parte de la vida de Pusey. Se le pidió varias veces que aceptara un nombramiento episcopal, pero no lo consideró. En 1886 aceptó la cancillería de la catedral de San Pablo. Estuvo, como podía esperarse, profundamente interesado en el movimiento Antiguo católico, asistiendo a la conferencia de Bonn de 1875, tomando parte prominente en la misma y traduciendo el registro de sus procedimientos.

De su sermón titulado "Influencias del Espíritu Santo" es el siguiente pasaje:

"La historia de la Iglesia de Cristo, desde los días de los apóstoles, es una historia de movimientos espirituales. No cabe duda de que también es una historia de muchas otras cosas; la Iglesia ha sido el escenario de las pasiones humanas, de las especulaciones humanas y de los errores humanos. Pero a través de todo ello, Aquel que gobierna todo el cuerpo de la Iglesia y la santifica, ha hecho sentir su presencia, no sólo en la perpetua proclamación y elucidación de la verdad; no sólo en la santificación silenciosa e incesante de las almas, sino también en grandes resurgimientos de la vida espiritual mediante los cuales la conciencia de los cristianos ha sido vivificada, o se ha aferrado con más inteligencia y seriedad a las verdades de la redención y la gracia, o ha restaurado su vida y acción a algo más parecido al ideal del evangelio. Aun en la edad apostólica era necesario prevenir a los cristianos de que ya era tiempo de despertar del sueño; que la noche de la vida se hallaba muy avanzada y el día de la eternidad estaba a las puertas. Y desde entonces, de generación en generación, ha habido dentro de la Iglesia una sucesión de esfuerzos para comprender más dignamente la verdad del credo cristiano, o el ideal de la vida cristiana. Estos avivamientos que pueden rastrearse a través de la línea de la historia cristiana, fueron inspirados o dirigidos por hombres consagrados que representaron la más elevada conciencia de la cristiandad de sus días. Por ellos, el Espíritu que vive en la Iglesia, ha atestiguado su presencia y su voluntad, y ha hecho retornar a las generaciones tibias, paralizadas por la indiferencia o degradadas por la indulgencia, al verdadero espíritu y nivel de la fe y la vida cristianas." Luego demuestra cómo estos movimientos ilustran así la libertad como el misterio de las operaciones del Espíritu. "Algunas veces estos movimientos son puro sentimiento; otras veces puro pensamiento, y otras, parecerían ser pura energía externa. En una época producen literatura como la de los siglos IV y V; en otra, fundan órdenes de hombres consagrados a la predicación, o a obras de misericordia, como en el siglo XII; en otra, crean una filosofía hostil, como en el siglo XIII; en otra, tratan de efectuar una reforma muy necesaria en la Iglesia; en otra, vierten sobre el mundo pagano un raudal de luz y calor que proviene del corazón de la cristiandad..." "El Espíritu eterno sigue pasando; y los hombres sólo pueden decir: "Donde quiere sopla"."