Historia
MACARIO EL EGIPCIO (c. 300-391)
Macario el Egipcio, llamado también Macario el Grande, nació en el Alto Egipto hacia el año 300 y murió en el desierto en 391. Fue ganado para la vida religiosa a una edad temprana por Antonio, haciéndose monje cuando tenía treinta años. Diez años más tarde fue ordenado sacerdote, presidiendo durante el resto de su vida la comunidad monástica en el desierto, salvo por un breve periodo de tiempo, cuando fue desterrado con otros adherentes del credo niceno a una isla en el Nilo por el emperador Valente. El día de su fiesta en la Iglesia oriental es el 19 de enero, mientras que la occidental lo celebra cuatro días antes. Ciertos monasterios del desierto de Libia todavía llevan su nombre y las inmediaciones son denominadas Desierto de Macario, pareciendo ser idéntico con el desierto donde él estuvo. Las ruinas de numerosos monasterios en esta región casi confirman la tradición local de que los claustros de Macario eran iguales en número a los días del año. Aunque Genadio reconoce como única obra de Macario una carta dirigida a los monjes más jóvenes, no parece haber razón para negar la autenticidad de las cincuenta homilías que le son atribuidas. El Apophthegmata editado con las homilías también puede ser genuino, pero los siete denominados Opuscula ascetica, editados bajo su nombre por P. Possinus (París, 1683), son meras compilaciones posteriores de las homilías hechas por Simón el Logoteta, que es probablemente idéntico con Simeón Metafrastes († 950). Macario parece haber sido el autor de varios escritos menores, incluyendo una Epistola ad filios Dei y varias otras cartas y alocuciones. Las enseñanzas de Macario se caracterizan por un pensamiento místico y espiritual que le ha granjeado el cariño de los místicos cristianos de todas las edades, aunque, por otro lado, en su antropología y soteriología se aproxima frecuentemente a la posición de Agustín. Ciertos pasajes de sus homilías afirman la total depravación del hombre, mientras que otros postulan el libre albedrío, incluso tras la caída de Adán, presuponiendo una tendencia a la virtud o, en forma semipelagiana, atribuyen al hombre la capacidad de obtener un grado de disposición para recibir la salvación.