Historia

MAQUIAVELO, NICOLÁS (1469-1527)

Nicolás Maquiavelo, pensador y escritor italiano en la etapa del Renacimiento, nació en Florencia el 3 de mayo de 1469 y murió en esa misma ciudad el 21 de junio de 1527.

Nicolás Maquiavelo, por Stefano Ussi. Galería Nacional de Arte Moderno, Roma
Nicolás Maquiavelo, por Stefano Ussi. Galería Nacional de Arte Moderno, Roma
Su lugar en la historia.
Durante unos catorce años le empleó el gobierno florentino como oficial de capacidad muy secundaria, y hasta sus amigos más íntimos desconocían que fuera en realidad hombre de gran talla. Aunque su cargo como secretario de los Dieci le puso en contacto constante con los movimientos políticos de la Italia central, y aunque desde el año 1499 hasta el 1512 estuvo empleado sin interrupción en misiones diplomáticas, apenas ejerció influencia en el curso de los acontecimientos; si no se le conociese más que por sus cartas y despachos oficiales, poco presentaría su carrera digno de llamar la atención. Únicamente como autor tiene Maquiavelo cabida en la historia del mundo. Le corresponde de derecho fijar la atención del mundo moderno, porque habiendo vivido en un tiempo en que se desplomaba en Europa el antiguo orden político y nacían diariamente nuevos problemas, tanto en el Estado como en la sociedad, que deslumbraban con sus fulgores a la humanidad, trató de interpretar la significación lógica de los acontecimientos, de adivinar las consecuencias inevitables y de enunciar y formular las reglas que, destinadas a dominar en lo sucesivo la acción política, principiaban a tomar forma sensible entre las condiciones nuevas de la vida nacional.

Los dones naturales que atesoró le pusieron en condiciones admirables para ser a manera de explorador intelectual. Presenta más puntos de contacto con los pensadores políticos de generaciones posteriores que con la pléyade de los que fueron sus contemporáneos, sobre los cuales continuaba pesando la mano de plomo de la Edad Media. Cierto que no estuvo solo; tanto en Italia como en Francia hubo algunos hombres, muy pocos, que trabajaron en el mismo sentido y dirigieron todas sus energías y su actividad hacia el mismo fin. Commines no tuvo necesidad de aprender nada de Maquiavelo; y Guicciardini, que le igualó en habilidad y le superó en despego moral, fué más duro, más frío, más lógico. No faltaron tampoco otros hombres, menos eminentes, desde luego, tales como Vettori y Buonaccorsi, y también la larga serie de historiadores eminentes que principia en Nardi y termina en Ammirato, que contribuyeron, en una u otra forma, a romper los hierros de la tradición y a franquear las puertas del mundo moderno. Entre todos ellos, empero, no hay quien, semejante a Maquiavelo, haya sabido conquistarse renombre universal. La razón de esta desigualdad está en que, si bien es cierto que hubo de ceñir sus observaciones a un campo pequeño, el horizonte que adivinó fue inmenso; tuvo la habilidad de saltar por encima de los estrechos límites de la Italia central y de Lombardía para pensar en gran escala, para alcanzar puntos de vista indiscutiblemente elevados. No puede negarse que cometió muchos errores, y que sus escritos consignan no pocas cosas para las cuales no hay defensa posible; de todas maneras, la historia moderna ha hecho mucho en el sentido de su justificación, y es lo cierto que la máxima más esencialmente maquiavélica, la que afirma que el arte de gobernar, semejante al arte de navegar, nada tiene que ver con la moral, ha sido, antes y después de Maquiavelo, la que de hecho ha privado más en política.

En el año 1543 fue cuando Maquiavelo, residente a la sazón en un retiro cerca de San Casciano, comenzó la composición de las obras que debían hacer su nombre por siempre famoso. Únicamente son inteligibles si se las considera en relación con el fondo histórico de su vida y con las circunstancias en que fueron escritas. Durante muchas generaciones, las ideas que aquéllas desenvuelven han sido censuradas o defendidas por hombres que, por lo menos parcialmente, ignoraban la época y el país en que tuvieron nacimiento, por hombres que, en la mayoría de los casos, no eran otra cosa que polemistas o campeones acreditados de tal o cual rama de la Iglesia. Como las doctrinas de que Maquiavelo fue el primer expositor consciente fueron tan importantes y amplias, se hizo de todo punto inevitable aquilatar su valor absoluto, y se encontró que parecían envolver no sólo una idea acerca del Estado, si no nueva, por lo menos no conocida, sino también algo que implica la sustitución de algunas normas nuevas de juicio y de principios de acción que, al propio tiempo que arrollaban reglas tradicionales y autoridades aceptadas en el orden político, podían aplicarse a la dirección de la sociedad y a los negocios ordinarios de los hombres. La consideración de estas ideas y el intento de graduar los efectos que pudieran ejercer sobre la religión, la moral o la política y de derivar de ellas las conclusiones a las cuales conducían, al parecer atrajo en tan prodigiosa escala la atención, que se olvidó su origen histórico, se ignoraron sus antecedentes clásicos y, paso a paso, por espacio de más de un siglo, la crítica se separó de Maquiavelo y se enfrascó en el estudio de un cuerpo de doctrina mal definido y amorfo, conocido impropiamente con la denominación de maquiavelismo. No es posible hacer un juicio crítico verdadero de las obras de Maquiavelo como no sea cerrando los ojos y oídos a todos los polemistas que de ellas se ocuparon, a toda la literatura a que aquéllas dieron lugar. No puede negarse que los nuevos materiales aportados a la obra tienen importancia interna, importancia propia; pero apenas si tienen valor alguno en la exégesis maquiavélica. Para formar juicio, hay que atenerse exclusivamente a los escritos de Maquiavelo y de sus contemporáneos.

Considerado como autor.
Las doctrinas de Maquiavelo no aparecen expuestas sistemáticamente ni justificadas en forma adecuada en ninguno de sus libros. Sólo reuniendo con ciencia, datos y doctrinas diseminadas en diferentes escritos y comparando entre sí las formas en que las tales ideas aparecen explicadas en períodos distintos, es como brota muy lentamente la idea general del carácter del conjunto. Algunas de las ideas a que nos referimos lejos de ser originales, se remontan hasta los principios mismos del pensamiento de que la humanidad tiene recuerdo. En algunos casos, fueron parte de la herencia transmitida por Grecia y Roma, montadas en marcos nuevos y enriquecidas con potencia y significación que antes no tuvieron; otras veces coincidieron sus ideas con las de los demás publicistas contemporáneos; frecuentemente pasaron de ser soluciones provisionales de problemas primitivos que no invocaron el derecho a que se las considerase universal o permanentemente válidas; en no pocas ocasiones fueron expresión de creencias que cualquier pueblo y cualquier período puede considerar sin inconveniente tan inocentes e inofensivas como palmarias. Muchos son los que han intentado hacer de aquéllas una especie de sumario, condensarlas en una sola frase, abarcarlas dentro de una sola denominación genérica, pero sus esfuerzos han fracasado, porque en realidad resulta imposible sintetizar mucho que es esencial. Pecaríamos si consideráramos a Maquiavelo como un doctrinario, en el sentido estricto de la palabra, puesto que fue hombre sin teorías sistemáticas. En sus ideas, en sus opiniones, no aparece cosa alguna que suene a rigidez o exclusivismo austero; todas ellas fueron frutos de una deliberación lenta, todas ellas nacieron a medida que la experiencia y el estudio ensanchaban su esfera de acción o acentuaban la actividad de su perspicacia. Abarcan elementos que fluyen de fuentes distintas y, aunque en conjunto guardan entre sí relación y forman un todo consistente, sus escritos contienen no pocas indicaciones de pasos tímidos y de ensayo por cuyo medio puede llegarse a la deducción de interesantes conclusiones.

Doble elemento sustancial de sus obras.
Parte de las obras de Maquiavelo tuvieron por objeto contribuir a la resolución de cuestiones generales políticas y morales; otras nacieron directamente a impulsos de la presión de algún problema poco común y de circunstancias efímeras. En casi todos los escritos aparece combinado el carácter desapasionado, científico, del historiador o del pensador que narra o explica, con el fuego y celo del abogado que defiende una causa. No estuvieron reñidas con el genio de Maquiavelo la sensibilidad y la emoción que, en circunstancias apropiadas, supo expresar con apasionamiento. Constantemente aplica e ilustra con ejemplos de éxitos y fracasos las discusiones acerca de principios generales de historia y del arte de gobernar, y dirige sus razonamientos a los negocios y corazón de los hombres. En sus Discursos sobre Livio predomina el interés doctrinal y científico; en El Príncipe, que es el que entre todos sus libros ha producido mayor influencia radican en el fondo del conjunto de la discusión los problemas locales y pasajeros. Es, pues, necesario separar, dentro de los límites de un análisis legítimo, los dos elementos que en sus escritos aparecen combinados, y aunque no sea posible, o por lo menos no se deba trazar una línea demasiado marcada entre las dos partes, puesto que en la mayoría de sus puntos coinciden y se complementan mutuamente, conviene dividir la discusión en obsequio a la claridad, de la cual brota más pronto y con mayor energía la luz de la verdad.

Nicolás Maquiavelo, por Santi di TitoPalacio Viejo, Florencia
Nicolás Maquiavelo, por Santi di Tito
Palacio Viejo, Florencia
Los escritos de casi todos los historiadores y publicistas florentinos del siglo XVI llevan consigo ciertas creencias o hipótesis fundamentales sobre las cuales se apoya toda la estructura de sus razonamientos; rara vez aparecen aquéllas consignadas totidem verbis en ningún pasaje, pero implícitamente se encuentran en casi todos. El cuerpo general de sus obras es a manera de comentario perpetuo del texto, que suelen anunciar incidentalmente; emplean un método expositivo, pero sólo en la apariencia; en realidad, es un método deductivo; los principios fundamentales del argumento constituyen el resultado final al que llega el lector, en vez de ser una guía que le lleve de la mano desde el principio. Aun en un autor como Maquiavelo, que no tuvo inconveniente en repetir cosas ya explicadas ni fue tan aficionado a las reticencias como tantos otros, no siempre es fácil cerciorarse de que las hipótesis latentes y alusiones dispersas han sido recogidas y clasificadas correctamente. De todas formas, aparece claro en todos los casos que el principio determinante de sus puntos de vista acerca del desarrollo de los sucesos, tanto de los ocurridos en su tiempo como de los que sucedieron en épocas anteriores, así como también acerca de las lecciones que aquéllos entrañan, fue una noción específica de la naturaleza del hombre considerada como fuerza permanente que tiene noción de sí misma y se impone a las cosas externas dándoles forma y sujetándolas. Se sirvió de la concepción de la naturaleza humana, a la cual se adhirió, como de base sobre la cual asentó una teoría definida de la historia en general. Invirtió entonces el proceso del raciocinio, y desde la actividad colectiva de la vida nacional pasó a la unidad aislada o individual, adicionando un suplemento moral y completando de esta suerte el aspecto general del hombre tanto en el Estado como en la sociedad. Aunque Maquiavelo estableció la distinción entre la política y la moral y sentó la teoría de que el arte de gobernar debe prescindir en absoluto de la moral, es lo cierto que buscó para una y otra los mismos fundamentos. La parte moral de su obra tiene muy escasa importancia en comparación de la parte política, y además continúa por regla general ignorada.

Concepciones éticas.
Nada ejerció tanta influencia sobre las enseñanzas de Maquiavelo como sus ideas acerca de la depravación esencial de la naturaleza humana. El hombre nace malo, y nadie se inclina hacia el bien como a ello no se le obligue; he aquí lo que para Maquiavelo fue axioma de ciencia política. Lo rebatieron algunos de sus contemporáneos; pero hablando en general, la especulación política del Renacimiento y las doctrinas teológicas de la Reforma coincidieron en este punto en la afirmación de la misma verdad. Maquiavelo obtuvo el resultado que los teólogos alcanzaron en sus esfuerzos para poner fin a las controversias relacionadas con el pecado original o de origen recurriendo al estudio del pasado con objeto de obtener una base fija para la discusión. Por regla general, se limitó a repetir enfáticamente su creencia, sin intentar análisis ni defensas más allá del llamamiento general a la experiencia común del género humano. No es posible asegurar cuál fuese el conducto por donde llegó hasta él la idea, que coincidió con la de Tucídides. «Jamás obran bien los hombres -escribió- como no se vean a ello obligados. Siempre que se les deja en libertad de elegir y se les consiente que hagan lo que gusten, cunden por doquier la confusión y el desorden. -Los hombres sienten mayor propensión al mal que al bien. -Según evidencian todos los que discuten el gobierno civil y pregonan infinidad de ejemplos que ofrecen todas las historias, el que organiza un Estado o dicta leyes por las que han de regirse los ciudadanos, debe partir del principio de que todos los hombres son malos y que, abandonados a sus instintos, seguirán el impulso de la malicia de sus corazones siempre que se les ofrezca oportunidad de hacerlo así; suponiendo que en alguien no aparezca temporalmente la maldad, será debido a alguna causa secreta que, desde el momento en que no ha habido experiencia en contrario, ignoran los hombres; y que el tiempo, que según dicen es el padre de la verdad, se encargará de descubrir oportunamente.» Esta doctrina encierra como corolario la proposición siguiente: La naturaleza humana es incapaz de reformarse por sí misma; únicamente la represión puede contener los impulsos del malvado.

Al lado de esta convicción, y combinada con ella, aparece otra que también se apoya sobre una idea y aplica de la misma manera como principio general en la explicación de la historia. «La imitación es natural al hombre» es un enunciado que podría explicarla en su forma más cruda y vaga. «Los hombres caminan siempre por los senderos que otros han trillado y proceden en todos sus actos por espíritu de imitación, y sin embargo, aun así, se separan de las sendas seguidas por otros hombres y no llegan a alcanzar la excelencia de los mismos que pretenden imitar.» Muchas veces enuncia explícitamente esta idea el mismo Maquiavelo y otras aparece como envuelta en una figura. Su teoría fue que los hombres, en un período determinado cualquiera, se ven por necesidad en el caso de moverse; las masas no pueden menos de seguir los caminos trillados; la tendencia de la historia no es iniciar, sino reproducir lo pasado en forma viciada. Los hombres, por lo mismo que son perezosos, muestran mayor inclinación a imitar que a explorar; cuesta menos trabajo consentir que perseguir. Claro está que una repetición como la que la historia parece revelar habría de ser, en su parte principal, no resultado de una imitación consciente, sino efecto inevitable de las pasiones permanentes del hombre, a las cuales atribuyó mayor poder para determinar los acontecimientos que a los elementos racionales y progresivos. «Suelen decir los sabios, y no al azar ni sin fundamento, que aquel que desea prever lo que va a ocurrir, debe fijarse en lo que antes ha ocurrido, pues todas las cosas del mundo, en todos los períodos, se corresponden esencialmente, con los tiempos pasados. Obedece esto a que, como son obras del hombre, que siempre ha estado sujeto a las mismas pasiones, éstas por necesidad han de producir los mismos efectos. En todas las ciudades y en todos los pueblos existen los mismos apetitos y las mismas disposiciones que siempre han existido».

Alternativa de progreso y decadencia.
La uniformidad de las fuerzas que en la historia actúan parece que debía determinar un movimiento monótono en los acontecimientos, una serie que se repitiera constantemente en la vida de las naciones. No ocurre así, sin embargo, siendo eso debido a que, tanto en la vida intelectual como en el orden material, todo acontecimiento es resultado de la actividad humana, y como tal, el curso en cuestión está sujeto a una ley semejante a la que regula el progreso y decadencia de la vida individual; todas las cosas llevan dentro de sí mismas los gérmenes de su propia disolución; «todas las cosas contienen algún mal peculiar latente que da origen a nuevas vicisitudes». No se conseguirán triunfos de carácter permanente por mucho que se trabaje contra la tendencia a la corrupción y a la extinción, de la misma manera que fracasarán cuantos trabajos ejecute el hombre para prolongar la vida humana más allá de cierto punto. Pero mientras en una parte del mundo se encuentra en curso la decadencia, predominará en otra el progreso, en virtud de un principio correlativo. En uno y otro caso, en cuanto se ha llegado al apogeo, se inicia el descenso. No retrocedió Maquiavelo ante las consecuencias de sus raciocinios al hacer su aplicación al orden moral: El bien es la causa del mal, y viceversa, el mal es la causa del bien. «Ha sido, es, y será cierto que el mal sucede al bien, y el bien al mal, y el uno es siempre del otro». Partiendo de este supuesto, la variedad histórica queda reducida lisa y llanamente a un cambio de situación o dislocación de elementos permanentes. «Estoy convencido de que el mundo ha sido siempre como es en la actualidad, y de que la cantidad de bien y de mal ha sido en él siempre constante; pero este bien y este mal se trasladan constantemente de un país a otro, según lo atestigua la historia de aquellos imperios antiguos que, a medida que variaban de costumbres, pasaban de uno a otro, sin que el mundo en sí sufriese el menor cambio. No existe más que esta diferencia: que el centro de la virtud (virtù), que primero estuvo situado en Asiria, se trasladó luego a Media, después a Persia, y al fin se fijó en Italia y en Roma; y como al Imperio Romano no ha seguido ningún otro imperio verdaderamente estable y duradero, ni apto, por consiguiente, para que el mundo depositara en él su virtud, ésta se ha difundido y repartido entre varias naciones, en las cuales viven los hombres virtuosamente. Lo que es exacto aplicado a las instituciones y a la civilización en general, es igualmente válido aplicado al mundo político, donde las formas de gobierno se repiten y suceden en series que caen dentro de la esfera del cálculo. Evoluciona la monarquía hasta convertirse en tiranía, la aristocracia se torna en oligarquía y la democracia en anarquía: «Resulta que, si el fundador de un Estado establece en una ciudad una de estas tres formas de gobierno, la implanta por poco tiempo, pues no existen remedios que puedan ser aplicados con éxito para impedir que se incline y caiga al fin en la forma opuesta, debido a la semejanza que existe, en este caso, entre la virtud y el vicio. He aquí el círculo dentro del cual han sido y son gobernados todos los Estados». Muchas revoluciones de esta índole concluirían por dejar exhausta la vitalidad de un Estado y por convertirlo en presa fácil de cualquier vecino poderoso; pero si un pueblo cualquiera dispone de poder suficiente para rehacerse, continuará sin interrupción y por siempre el movimiento circular: «Un Estado puede girar indefinidamente de un gobierno a otro». Teniendo en cuenta los defectos inherentes a cada una de estas formas constitucionales, Maquiavelo concedió sin reservas preferencia teórica al gobierno mixto, pero rechazándolo como inconveniente prácticamente para las condiciones de Italia en el tiempo en que vivió.

Nicolás Maquiavelo. Medalla por Pietri (1844)Museo Lázaro Galdiano, Madrid
Nicolás Maquiavelo. Medalla por Pietri (1844)
Museo Lázaro Galdiano, Madrid
Causas de decadencia política.
Era el segundo punto que había que estudiar cómo esta tendencia hacia la corrupción, y últimamente hacia la extinción, llegó a manifestarse en un Estado; cuáles fueron los síntomas de decadencia y cuáles las causas más inmediatas que la determinaron; y, finalmente, cuáles son los métodos con cuyo auxilio puede ser contenido, por lo menos temporalmente, el proceso de disolución nacional. Maquiavelo dio una contestación derivada de la predisposición primitiva de la naturaleza humana, de los defectos congénitos a todos los hombres. El poder estimula el apetito; jamás los gobernantes han conseguido verse satisfechos; ni uno solo alcanzó nunca una posición desde la cual no desease avanzar más todavía. «Es tan poderosa la ambición en los corazones de los hombres que, sea cualquiera la altura hasta la que éstos se encumbren, nunca les abandona. La razón es que la Naturaleza ha creado a los hombres en forma tal que puedan desearlo todo y no consigan poseerlo todo; de esta manera, como el deseo excede siempre a la facultad de satisfacerlo, el resultado es que están descontentos y no se contentan nunca con lo que poseen. De aquí nacen las vicisitudes de su suerte, pues como quiera que unos desean aumentar lo que poseen y otros temen perder lo que ya han alcanzado, se originan enemistades y guerras que llevan a la ruina de una nación y al nacimiento de otra. Lo que más que ninguna otra cosa contribuye a precipitar a un imperio desde la cima de la altura a que se encumbró es lo siguiente: los poderosos nunca están satisfechos con su poder; como consecuencia, los que han perdido aparecen descontentos y nace en su corazón el deseo de derribar a los que resultaron vencedores; ocurre, pues, que se encumbra el uno y muere el otro; y el que ha conseguido encumbrarse está condenado a luchar siempre con nuevas ambiciones o temores. Este apetito es el que destruye a los Estados; siendo lo más ordinario que, reconociendo como reconocen todos, esta falta, nadie la evite». Resulta, pues, que el impulso inicial hacia el mal radica en la naturaleza del mismo gobernante; no determinan la orientación, hacia la cual se dirigen, los cambios políticos ni el progreso de la ilustración general entre los ciudadanos, ni el nacimiento de ideas nuevas, ni el desarrollo de nuevas necesidades en el país. Maquiavelo estudió la supremacía del individuo; un nuevo príncipe, semejante al griego νομοθέτης (nomothetes) dio vida a una estructura artificial creada y fundada sobre líneas arbitrarias, y la llamó Estado; sujetos a éste deben vivir sus súbditos. También él, con sus faltas personales e individuales guió por el camino de la ruina. Por otra parte, tomando en consideración más bien al cuerpo general de ciudadanos que a sus gobernantes creyó Maquiavelo, como Bacon, que las guerras son necesarias en concepto de tónico nacional; la paz quebranta y enerva; guerra y temor producen unidad. Mientras la comunidad continúe siendo joven, todo irá bien; pero «la virtud produce la paz; la paz, ociosidad la ociosidad, desorden; el desorden, ruina. La virtud lleva la tranquilidad a los lugares; de la tranquilidad nace la ociosidad, y la ociosidad arruina al país y a la ciudad. Cuando un país se ha visto envuelto en desórdenes durante algún tiempo, vuelve de nuevo la virtud a fijar en él su morada.»

Necesidad de la ley y la religión.
Los períodos dentro de los cuales se llevan a efecto estas revoluciones inevitables, pueden ser regulados, sin salirse de ciertas limitaciones, por el esfuerzo humano. El hombre, por lo mismo que por naturaleza está inclinado al desorden, necesita, cualquiera que sea la forma de gobierno, estar sujeto al yugo de algún poder despótico; de aquí nace la necesidad de la ley. Derechos, deberes y hasta virtudes individuales son hechuras de la ley. La duración de cualquier forma constitucional y la vida de cualquier Estado son determinadas en gran parte por la excelencia de sus leyes. «Es cierto que un poder dura generalmente más o menos tiempo, según sean más o menos buenas sus leyes e instituciones. Que sepan los príncipes que principian a perder sus Estados en el punto mismo en que comienzan a violar las leyes, los usos y costumbres antiguas bajo las cuales han vivido los hombres por espacio de mucho tiempo.» Si las leyes son insuficientes o defectuosas, o si pueden quedar incumplidas impunemente, desaparecen simultáneamente las obligaciones que hasta entonces pesaron sobre los ciudadanos. Creyó, empero, Maquiavelo que hay casos extremadamente excepcionales, en los cuales el hombre tiene derecho a juzgar con arreglo a su criterio la obra de la ley. «Los hombres deben honor al pasado y obediencia al presente; están en la obligación de desear buenos príncipes, pero también de tolerarlos cualquiera que sea su carácter». Las innovaciones son siempre aventuradas y expuestas a peligros, tanto para los súbditos cuanto para los gobernantes. La sabiduría política ha de revelarse en la organización del gobierno sobre bases tan firmes, que las innovaciones sean innecesarias. «Estriba la seguridad de una república o de un reino, no en tener un gobernante que rija sabiamente sus destinos mientras vive, sino en estar sujeto a uno que sepa organizarlo en forma tal, que, después de su muerte pueda el país continuar manteniéndose a sí mismo». El principio de autoridad debe contar indispensablemente con algún elemento de índole permanente, porque todas las sociedades llegan en su curso a un punto en que las leyes, no existiendo aquél, resultarían excesivamente débiles para oponerse a la corrupción general: «No hay leyes ni instituciones capaces de doblegar una corrupción general. Las leyes, si han de ser observadas, presuponen la existencia de buenas costumbres».

No concedió Maquiavelo mayor valor del que corresponde al poder de las leyes; por sí solas, jamás podrán ser instrumento adecuado de gobierno. Su severidad ha de ser mitigada y su fuerza restrictiva complementada por alguna influencia bastante poderosa para reprimir, no los actos de los hombres, sino sus inteligencias. Existe, sin embargo, un sentido en el cual el Estado no puede separarse con ventaja de la Iglesia; ambos deben cooperar para crear costumbres nacionales y hábitos de pensamiento, no menos que para imponer el orden y mantener la estabilidad de la sociedad. Sin llegar a confundir los dominios de la política y de la teología, insistió Maquiavelo en la opinión familiar, según la cual, toda sociedad que ha perdido o extraviado el sentido religioso se ha debilitado a sí misma en gran manera y ha puesto en peligro su propia existencia. «La observancia de los preceptos religiosos es causa de la grandeza de las república; de la misma manera, su negligencia ocasiona su ruina. Donde no existe el temor de Dios o el reino caminará hacia su ruina o tendrá que ser sostenido por el temor a un príncipe que venga a compensar la influencia de la religión que se ha perdido. Los gobernantes de una república o de un reino, deben mantener los fundamentos religiosos existentes; si lo hacen así, fácil les será regir un Estado religioso y, como consecuencia, virtuoso y unido». No es incumbencia del político examinar la verdad o el valor absoluto de la religión; en algunos casos será obligación de un príncipe el defender una forma religiosa que cree falsa; de esta manera la tolerancia religiosa tendrá como primera base la sanción secular. El gobierno debe conservar con esmero su equilibrio intelectual y no consentir que ninguna religión ni ningún sentimiento se entrometan en forma inadecuada. La política y la oración son cosas muy distintas. Si los auspicios son desfavorables, debe hacerse caso omiso de ellos. Por otra parte ni ceremonias ni credos religiosos son bastantes para asegurar por sí mismos el éxito. «El creer que permaneciendo de rodillas y sin hacer nada vendrá Dios a defender nuestra causa a despecho nuestro, ha sido la ruina de muchos reinos y de muchos Estados. No puede negarse que las oraciones son necesarias y que se acredita de insensato aquel que prohíbe al pueblo sus ceremonias y devociones, ya que, merced a éstas, cosechan los hombres la unión y el orden, que son la base de la prosperidad y de la dicha. Sin embargo, no sea tan necio el hombre que crea que si su casa se derrumba sobre su cabeza, le salvará Dios sin necesidad de otro apoyo; pues es bien seguro que perecerá bajo sus ruinas». Cuando ceden los apoyos de la ley y del sentimiento religioso, puede decirse que el Estado se aproxima a su disolución. No es imposible ciertamente que un reformador logre llevar a cabo una obra regeneradora; pero por otra parte es «muy posible que el reformador no venga jamás». Cuando se atraviesa por semejantes circunstancias, están justificados los procedimientos anormales; es preciso recurrir a remedios extraordinarios y medicinas enérgicas; hay que amputar los miembros enfermos con objeto de prolongar, aunque no sea más que por brevísimo tiempo, la vida del Estado.

Necesidad de un fundamento teórico para la política práctica.
Tales fueron, en líneas generales, las doctrinas más salientes de Maquiavelo, por lo que se refiere a la naturaleza del hombre y al desarrollo general de la historia, separado de las limitaciones de tiempo y de lugar. A primera vista, podrán quizás parecer visionarias, remotas, faltas de realidad, viciadas en cierta manera por ambigüedades en la significación de los términos empleados y por una generalización excesivamente precipitada; académicas en cuanto al carácter y sin relación con las tormentas y violencias de un mundo que vuelve a despertar. Pero solamente en parte resultará exacta esta impresión. Maquiavelo, por el hecho de haber vivido en un período de transición, procuró, al verse frente a un problema inusitado, salvar sus barreras y ajustar las relaciones de lo que era local y temporal a las leyes más extensas y universales de las sociedades políticas en general. Únicamente ensanchando el campo del análisis y abarcando cuestiones más amplias de historia y de moral, es posible determinar una base científica que sirva de fundamento al edificio de la política práctica. La fundación teórica era esencial. Como es natural, se ha concentrado en mayor escala el interés en aquella parte de sus obras que son menos corrientes, pero en realidad, es poco inteligible en sí mismo. Ideas familiares de antiguo en la literatura clásica, podrán parecer en su nuevo contexto muy poco relacionadas con lo que ha sido considerado como objeto primario de Maquiavelo; pero realmente no son extrañas ni incidentales, sino el prius lógico de toda la construcción. El que principia a construir sin afirmar bien los cimientos, se ve en la precisión de asegurarlos después, aunque, según observa Maquiavelo, con molestia para el arquitecto y peligro para el edificio. Sus ideas acerca de la naturaleza humana y de la historia fueron las que lógicamente le pusieron en condiciones de servirse de la experiencia del pasado como guía para lo futuro; para justificar su repudiación de la reforma constitucional donde los materiales que habían de servir para la obra aparecían completamente corrompidos, y la virtud pasaba por ser un crimen capital; para crear nuevas pautas a las cuales pudiera recurrirse al juzgar cuestiones prácticas; para romper las cadenas del medievalismo y tratar la política por inducción. Esto fue lo que le indujo a volver sus miradas al pasado, especialmente a la antigua Roma, en busca de ejemplos y modelos. Frecuentemente repitió con énfasis entusiasta su arraigada convicción de que en su tiempo podía ser aplicada con fruto la enseñanza de los romanos, imitadas sus acciones y adoptados sus principios. Estas afirmaciones le valieron ser criticado por Guicciardini y otros que, como sólo parcialmente admitían los postulados comprendidos en la concepción maquiavélica de la historia, rechazaban el llamamiento a la Roma antigua como lógicamente inadecuado.

La necesidad legal es base de la obligación moral.
Esta teoría específicamente histórica exigía un complemento ético. Maquiavelo había formado opiniones concretas sobre algunas cuestiones de ciencia moral. Había registrado sus opiniones sobre lo que hoy se llama el origen de la moralidad e intentó asimismo determinar la naturaleza real del bien y del mal. Partiendo del supuesto de que el hombre es por naturaleza malo, y opinando en consecuencia que la moralidad es contranatural en el sentido de repugnar a los impulsos indisciplinados de los hombres y estar fuera del alcance de las evoluciones de los elementos que éstos puedan tener, surge, espontáneamente esta pregunta: ¿a qué medios hay que recurrir para obtener por fuerza acciones justas? ¿Dónde reside la obligación? No hay más que una contestación verdaderamente consistente: En las leyes. Para explicar este punto, recurre a los orígenes de la sociedad. «En los comienzos del mundo, como los habitantes eran escasos en número, vivieron durante algún tiempo dispersos de la manera que viven las fieras; más adelante, a medida que aumentaron y se multiplicaron, se reunieron, y con objeto de defenderse, principiaron a poner sus ojos en el hombre que entre ellos se había hecho notar por sus fuerzas o valentía; le nombraron su jefe y obedecieron. De aquí nació el conocimiento de las cosas buenas y justas, como opuestas a las perniciosas y malas; pues fijándose en que si un hombre injuriaba a quien le había colmado de beneficios excitaba en torno suyo la animadversión y el odio, teniendo en cuenta que los ingratos se acarreaban las censuras y los agradecidos eran alabados -reflexionando, además, que ellos podían muy bien ser objeto de la misma injuria- acordaron promulgar leyes y señalar castigos contra quienes les causasen violencia; de aquí nació la idea de la justicia. En consecuencia, cuando más tarde hubieron de elegir quien los gobernase, ya no se fijaron en el más fuerte, sino en el más sabio y justo. Afirma un refrán que el hambre y la pobreza hacen industriosos a los hombres, y las leyes los hacen buenos.»

Resulta, pues, que para Maquiavelo, la acción moral en una sociedad civil significa principalmente conformidad con el código; el sentido moral es producto de la ley o, en último análisis, del temor. Derivase la sanción de la conducta de instituciones positivas; cuando no existe la ley, es imposible que existan actos injustos. Admitido esto, viene por sus pasos contados la cuestión de interpretar las nociones de derecho, y por ende, la pregunta siguiente: ¿Qué es derecho? La contestó Maquiavelo con palabras que envuelven a un tiempo mismo un criterio moral y un concepto positivo del derecho: «Creo que debe ser bueno aquello que tiende a los intereses de la mayoría y con lo cual la mayoría está contenta.» Probablemente no comprendió del todo el fin y consecuencias de afirmación semejante; sin embargo, este concepto ejerció bastante influencia sobre el resto de sus opiniones, quizá sin que él mismo se diera cuenta, y puede ser considerado como incluyendo en sí cierta sanción sobre mucho de lo que es inmoral; aun cuando la consideremos como expresión aislada e incidental, no por eso deja de ser a manera de precursor curioso de teorías más modernas. Es además posible formar, fundándose en las doctrinas de Maquiavelo, una lista de las virtudes particulares que puedan pasar como completas o científicas, contribuyendo a ensanchar y completar la concepción de su enseñanza. Las virtudes cuya posesión es, a juicio suyo más dignas de alabanza, son las siguientes: liberalidad, piedad, veracidad, valor, afabilidad, pureza, inocencia, buen corazón, buena fe, devoción. Esta última es de importancia suprema para todos los miembros de la sociedad y tan esencial al gobernante, que todo el que no sea reputado como religioso puede dar por perdidas las esperanzas de éxito, por cuyo motivo, está en el deber de ofrecer, en concepto de mínimum absolutamente indispensable, apariencias por lo menos de creencias religiosas. Las masas no distinguen entre la religión y la moralidad; cree la conciencia ignorante que la verdad moral deriva de la religión su carácter ne varietur.

Influencia del cristianismo.
Ciñéndose más concretamente al cristianismo, admitió Maquiavelo que había realizado un cambio radicalísimo en las concepciones morales. «Nuestra religión ha glorificado en mayor escala a los hombres humildes y de vida contemplativa que a los de acción. Es más, ha colocado el summum bonum en la humildad, en la bajeza, en el desprecio de las cosas terrenas; el paganismo lo cifró en la elevación de pensamientos, en la robustez corporal, en todas las demás cosas que hacen fuertes a los hombres. Al propio tiempo que nuestra religión no exige en nosotros fuerza alguna, nos aconseja que seamos más fuertes para saber sufrir que para saber obrar.» El cristianismo, tal como lo comprendió la sociedad medieval, pareció venir a multiplicar las dificultades de combinar los caracteres del hombre bueno y del buen ciudadano. Maquiavelo miró por el poder: «Mientras tanto, este modo de vivir parece haber venido a debilitar al mundo y a entregarlo atado de pies y manos a los hombres perversos, que pueden impunemente hacer cuanto les venga en gana; considerando que la masa de la humanidad, a trueque de ir al paraíso, piensa más en sufrir injusticias que en los medios de tomar venganza de ellas». Estas opiniones provocaron los rayos de la crítica y fueron atacadas rudamente a raíz de hacerse públicas; andando el tiempo, fueron, sin ofensa, excusadas, defendidas o mejoradas.

El libre albedrío y el Destino
Una vez ya señalada la obligación, causa original de la moralidad y definida la norma a que los actos debían ajustarse, quedaba por investigar si los hombres pueden hacer lo que es justo, es decir, si son agentes libres. La repetición constante de la pregunta en los escritos de Maquiavelo nos da la medida de la importancia que para él tenía. Concedió importancia excepcional a este problema primitivo que llamó il sopraccapo della filosofia; comprendió que era por lo menos necesario establecer cierta obligación intelectual que, sin intentar ofrecer una solución lógica, fuera bastante clara y manejable en la vida práctica. No fue su examen ni extenso ni profundo; no hizo distinción de las acepciones en que la palabra libertad puede tomarse, según los casos; y sus raciocinios aparecen complicados por la intrusión de ideas emanadas de una concepción mitológica y figurada del Destino, y en alguna medida, por influencias de la astrología. En todos sus escritos palpita la idea de una Fortuna personificada, deidad caprichosa que no es sólo expresión figurada de un elemento impalpable en la vida, sino que aparece como ser dotado de pasiones y atributos humanos. En este particular, las insinuaciones y ejemplos de los autores clásicos, y particularmente de Polibio, ejercieron influencia decisiva en Maquiavelo, mezclando caprichosamente en su espíritu el influjo de los modos de pensar antiguos y modernos. «No se me oculta -escribió- que son muchos los que han sostenido, y sostienen todavía, que los asuntos humanos, hasta tal punto son ordenados por el Destino y por Dios, que toda la prudencia humana, no basta a modificarlos; más claro, son incapaces de remedio; he aquí por qué muchos han llegado a pensar que no vale la pena de molestarse gran cosa por nada, siendo lo mejor entregarse en brazos de la casualidad. Esta opinión se ha difundido mucho en nuestros días, a causa, sin duda, de los grandes cambios que se han visto y que se están viendo siempre, cambios que están fuera del campo de las conjeturas humanas. Muchas veces he reflexionado sobre este particular y he sentido tentaciones de compartir esta opinión. Sin embargo, con objeto de no destruir en absoluto el libre albedrío, creo que la verdad del asunto es la siguiente: La Fortuna es la señora de la mitad de nuestros actos, pero nos confía a nosotros mismos la dirección de la otra mitad, quizá un poquito menos». Esta es la solución que, difundida en todas las obras de Maquiavelo, dio nacimiento a la repetida antítesis, tan en boga de fortuna y virtú. La misma teoría podría ser expresada a tenor de la fraseología moderna afirmando que el hombre determina su propia vida, pero únicamente bajo condiciones que ni él mismo se crea ni sobre las cuales ejerce gran dominio; o bien, que la voluntad determina los actos, pero fuera de una materia no elaborada por ella.

Nicolás Maquiavelo
Nicolás Maquiavelo
Sobre estas teorías como base, intentó Maquiavelo establecer cierta regla general de conducta para la observación del individuo, que fuera aplicable a todas las diversas condiciones bajo las cuales tuviera lugar la acción. Teniendo en cuenta la relación en que está colocado el agente respecto a las fuerzas entre las cuales tiene precisión de mantenerse, era preciso presentar un ideal de conducta que permitiera vencer al hombre, aun no disponiendo más que de un poderío muy limitado sobre las condiciones de su vida. Fracasar era tanto como atraerse el sello de la desaprobación divina, y el fracaso para Maquiavelo, lo mismo que para todos los políticos italianos de su tiempo, significaba el más imperdonable de los pecados. Requisito esencial para el éxito era, a su juicio, la adaptación constante entre el individuo y el medio ambiente en que se desarrolla su vida. Volubilidad suficiente de carácter, así entendida, implicaría la necesidad de ajustar constantemente los medios a las necesidades del momento, habilidad para echar por tierra una política o un principio tan pronto como lo pidiera la conveniencia y prontitud para transigir o renunciar al ideal. Si el mundo es tan rico en fracasos, se debe a que es demasiado rígido. El axioma las circunstancias transforman los sucesos, fue interpretado por Maquiavelo en el sentido de que la presión de las fuerzas externas es por regla general más potente que la resistencia del principio individual. Constituyó esto el fundamento racional de las quejas que le arrancó la creencia de que ninguno que intentase gobernar a Italia lograría torcer el curso de los sucesos, en el sentido a que le inclinara su genio cuando los hechos estuviesen ya alterados; y que, esto no obstante, aquel que fuera suficientemente versátil tendría asegurada en su favor la buena fortuna, y el hombre prudente llegaría a sobreponerse a las estrellas y al hado. En la vida política, doctrinas semejantes condujeron como de la mano, al abandono de todo freno moral como lo entiende el hombre recto y sincero. Debía no perder de vista el gobernante que vivía en un mundo del cual no era creador ni por lo tanto responsable; no estaba obligado a sujetar sus actos a principio alguno; no debía retroceder ante la crueldad, ante la deshonestidad, ante la irreligión, en caso necesario; no le obligaba la ley común; lo justo y lo injusto eran palabras sin significación en el arte del gobierno. Al aducir pruebas que entrañasen una sombra de justificación de principios semejantes, Maquiavelo interpretó de un modo particular y subjetivo el carácter de la política contemporánea, y estampó sobre ésta el sello de inmoralidad irremediable, resultado al que no era necesario llegar al abandonar las ideas medievales.

El ideal de conducta. El Príncipe.
Tales son los principios generales que ofrece el fondo de todas las enseñanzas maquiavélicas y que sirven para universalizar todas las reglas y máximas particulares de que sus libros están atestados. Con muy contadas excepciones, tienen su fundamento en el mundo antiguo, siendo fácil en la mayor parte de los casos poner de manifiesto la forma en que le fueron transmitidas y el procedimiento que empleó para forjar y dar forma nueva al material antiguo. Resta estudiar su aplicación a las necesidades de su época y de su país. En el año 1513, estaba Maquiavelo completamente arruinado y desacreditado, dispuesto a desesperar de los favores de la Fortuna y a aceptar con gusto cualquier situación, por humilde que fuera, que le pusiese en condiciones de ser útil a la ciudad y a su persona. Vino el apetecido destino, pero vino con paso muy lento, y durante el tiempo que hubo de estar forzosamente ocioso, se consagró a la literatura. El Príncipe y Los Discursos fueron comenzados en 1513; se publicó El Arte de la guerra en 1521, y los ocho libros de Las Historias florentinas estaban terminados en el año 1525. Todas estas obras ofrecen íntimos puntos de contacto; en todas campean los mismos principios; ninguna es más o menos moral que las otras; una a otra se complementan, y bien por medio de ejemplos, bien por medio de preceptos, exponen y derivan las mismas conclusiones. Sobran motivos para creer que Maquiavelo consideró que era El Arte de la guerra el más importante de sus libros, pero el renombre que conquistó entre las generaciones que le sucedieron se funda principalmente en El Príncipe.

Las materias tratadas en El Príncipe apenas si se resienten de los cambios de fortuna de Maquiavelo, aunque él abrigó sus esperanzas de que si los Médicis leían su libro, acaso le concederían algún cargo oficial para cuyo desempeño le habilitaba su vida pasada. Esto, sin embargo, no fue óbice para que desarrollase, sin reservas, las conclusiones que sus estudios y experiencia le habían permitido madurar. Ni buscó como razón primaria mejorar sus propios intereses ni los de la familia de los Médicis, sino la solución de los problemas que presentaba en 1513 la situación de Italia. Diez años antes había escrito las palabras siguientes: «Sal de Toscana y estudia toda la Italia». Sus primeros escritos, y particularmente sus cartas diplomáticas, aparecen llenos de insinuaciones acerca de la forma que en definitiva adoptarán sus conclusiones. Durante los últimos catorce años encauzó lentamente su inteligencia en una dirección fija, sentando ideas nuevas de círculo más extenso y mayor alcance, y afianzando sus derechos en el sentido de que fueran reconocidas. Fue con los florentinos un florentino, odiando a Pisa y regocijándose con Venecia. Por el año 1513 se decidió a hacerse italiano, fundiendo lo local en lo nacional. No obstante ser entusiasta y hasta visionario en algunas ocasiones, no sucumbió a un engaño permanente; la esperanza de que la unidad de Italia llegase a ser un hecho en aquellas circunstancias no pudo asumir en él forma precisa; únicamente como aspiración remota, como pensamiento fugaz, formó en gran escala el fondo de sus grandes especulaciones. Sabía que la unión era imposible por entonces, pero contra lo que afirmado por Guicciardini, que únicamente por medio de la unión sería posible alcanzar la prosperidad nacional; «ningún país ha estado jamás unido, o ha gozado de prosperidad hasta que todo él se ha sometido a la autoridad de una república o de un príncipe, conforme ha ocurrido en Francia y en España». Esto no obstante, cuando le insinuaron la idea de que semejante deseo podía convertirse en realidad en su tiempo, sintió, dice él mismo, ganas de reír; es imposible progresar en presencia de un papado demoledor, de soldados que nada valen y de intereses encontrados. Si hubiera sido posible conseguir la autonomía y la independencia de todo dominio extranjero, la cuestión habría entrado desde luego en una fase nueva. Maquiavelo no confundió el problema, pero era imposible que previese la solución que le dio el siglo XIX.

Nuevo concepto del Estado.
Sin que El Príncipe sea una novedad en el sentido estricto de la palabra, llegó a ser por varias razones una obra de capital importancia. Maquiavelo fue el primer escritor que aplicó consistentemente el método inductivo o experimental a la ciencia política. Lo que el método tenía de nuevo produjo mucho que fue nuevo también en resultados. Los manuales primitivos de arte de gobierno se basaban sobre principios transmitidos por conducto de la Iglesia medieval. En tiempo de Dante, y hasta mucho más tarde, no existía un hombre que se atreviera a prescindir de las presuposiciones establecidas por el cristianismo. En política, casi tanto como en teología, el criterio privado no tenía fuerza ni valor alguno, no porque fuera incompetente, sino porque ex hypothesi se le consideraba equivocado, dondequiera que fuera reconocida la autoridad de la Iglesia. Constituían el fundamento sobre el cual habían sido edificadas las teorías políticas de la Edad Media los principios abstractos de justicia, de deber, de moralidad. Casi era universal el raciocinio derivado de las causas finales. Mientras no fueron objeto de revisión estos postulados primarios, corría y recorría la especulación el mismo camino limitado, sin poder salirse de él. Lo que hizo Maquiavelo fue remover la base de la ciencia política y, como consecuencia, emancipar al Estado de la servidumbre eclesiástica. A partir de este momento, se abandonaron las ficciones de los realistas que habían dominado en absoluto las operaciones del pensamiento medieval en casi todos los asuntos; ya no debía ser norma de la actividad intelectual ningún summum bonum filosófico, ni el sic volo de la autoridad impondría silencio a las investigaciones, ni se sobrepondría a los argumentos. Había llegado el momento de poder apelar a la historia y a la razón; el publicista debería investigar, no inventar, recordar, no anticipar, las leyes llamadas a dirigir las acciones humanas. El método de raciocinio de Maquiavelo fue un reto lanzado a la autoridad existente, y se creyó que llevaría aparejada consigo la descalificación, por lo menos en lo tocante a la política, de la antigua ley revelada por Dios, en favor de otra forma, bien restaurada, bien revisada, de la ley natural, o quién sabe si de alguna otra ley nueva que el hombre pudiera establecer, independientemente de Dios, de los recuerdos acumulados de la actividad humana. El Príncipe fue la primera gran obra en la cual aparecen francamente en colisión las dos autoridades, la divina y la humana, y en la cual los venerables axiomas de las generaciones anteriores se ven rechazados como inductores prácticos del extravío y faltos de solidez teórica. La sencillez de su apremiante llamamiento a la experiencia común y a la inteligencia conquistaron para este libro un aprecio que nunca se ha concedido a las demás obras de Maquiavelo.

En El Príncipe, la discusión de los métodos de que puede servirse un príncipe nuevo para consolidar su autoridad, se transformó en agente cooperativo que llevó a establecer un concepto nuevo del Estado. No sólo presentó el libro un compendio de los medios en virtud de los cuales, dadas las circunstancias de la época, podría llegar a realizarse la redención de Italia, sino que, por lo mismo que las condiciones del ambiente se repiten y la repetición de crisis idénticas o semejantes es siempre muy posible en lo futuro, las recomendaciones que en un principio no tuvieron más objeto que la solución de una dificultad del momento, ensancharon su alcance y llegaron a proponerse como fin para facilitar en cierto modo, y acaso con menos reservas, una ley de acción política valedera para todos los tiempos. Bajo las reglas y máximas especiales aparecen latentes principios nuevos que, no obstante presentarse en algunas ocasiones envueltos en cierta oscuridad como consecuencia de la forma en que son expresados, pueden entresacarse sin grandes dificultades.

Justificación del despotismo.
Comprendió Maquiavelo, no obstante sus simpatías por las formas republicanas, que los tiempos exigían la intervención de un déspota. No vaciló en decidir los méritos relativos, en abstracto, de las formas democráticas y monárquicas de gobierno: «El gobierno del pueblo es preferible al gobierno de un príncipe.» Cuando consiste el problema, no en establecer un gobierno nuevo frente a obstáculos aparentemente abrumadores, sino exclusivamente en saber la manera de hacer que prospere lo que ha sido ya instituido, la república podrá prestar muchísimos más servicios que la monarquía: «Al paso que un príncipe es superior a un pueblo en lo que se refiere al establecimiento de leyes, organización de la sociedad civil e instauración de estatutos y ordenanzas nuevas, tiene el pueblo la misma superioridad cuando se trata de mantener lo que ya ha sido establecido.» Es muy dudoso que Maquiavelo llegase nunca a estudiar la creación de una monarquía duradera en Italia, ya que, en su opinión, la continuidad de un poder absoluto habría de corromper al Estado. Fue partidario acérrimo del gobierno popular; consideró como cosa muy conforme a la razón el comparar la voz del pueblo con la voz de Dios, y sostuvo con Cicerón que las masas, aunque ignorantes, pueden llegar a comprender la verdad. Sin embargo, las reformas duras y enérgicas que fueron objeto de sus estudios no podían ser llevadas a la práctica rigiéndose el gobierno por instituciones republicanas cuya labor sólo puede ser satisfactoria cuando se ejecuta en un pueblo de carácter firme y sano. La corrupción había profundizado demasiado en Italia: «Es el más corrompido de todos los países». Por añadidura, «un pueblo cuya corrupción ha penetrado tan adentro, no puede vivir en libertad, no diré ya durante algún tiempo, sino nunca». Entendió Maquiavelo por corrupción, primera y principalmente la decadencia de la moral privada y cívica, el progreso de la impiedad y de la violencia, de la holgazanería y de la ignorancia; el predominio de la mala voluntad, de la licencia, de la ambición; la pérdida de la paz y el olvido de la justicia; el menosprecio general hacia la religión; se refirió también a la deslealtad, la debilidad y la desunión. Sabía él perfectamente que todas estas cosas son factores realmente decisivos en la vida nacional. Para realizar la obra de restaurar los ideales antiguos e inaugurar una nueva edad de oro, volvió sus ojos ex hypothesi al Estado. El Estado es plástico; es a manera de cera en manos del legislador; éste puede «imprimir sobre aquélla cualquier forma nueva». La tendencia de estos argumentos salta a la vista. «Puede ser considerada como regla general que una república o un reino nunca, o muy raras veces, aparecerá bien organizado en sus comienzos, o será renovado fundamentalmente merced a una reforma de sus instituciones antiguas, a menos que el encargado de su organización sea un hombre solo... Por esta razón, el fundador prudente de una república que se propone, no el medro personal, sino el bien general, y desea beneficiar, no a sus descendientes, sino a su patria común, debe encaminar todos sus esfuerzos a obtener la autoridad completa, sin compartirla con nadie; ninguna inteligencia recta censurará como falta sus trabajos, por extraordinarios que sean, encaminados a la fundación de un imperio o el establecimiento de una república, pues aun suponiendo que el acto que realice le acuse, le excusará el resultado». Hubo además otras razones que indujeron a Maquiavelo a creer que en el año 1513 era de absoluta necesidad la fuerza indivisa de un déspota. En todos los Estados en decadencia se encuentra una clase de hombres que, sobrevivientes degenerados unas veces de la antigua nobleza feudal o señores advenedizos otras, desprovistos en absoluto de toda clase de títulos para tener autoridad, son enemigos de la reforma y no pueden ser mantenidos a raya más que por medio de un gobierno despótico. Estos gentiliuomini «viven en la holganza y de las abundantes rentas de sus tierras, sin intervenir para nada en su cultivo, ni emplear el trabajo de sus manos para ganarse lo que es necesario a la vida. En todas las repúblicas y en todos los países existen estos individuos perniciosos; pero más perniciosos son todavía aquellos que, además de disfrutar de esta situación, son dueños de plazas fuertes y tienen súbditos que les obedecen. El reino de Nápoles, el territorio de Roma, la Romania y Lombardía, están llenos de estas dos clases de hombres. Por esta razón no ha existido nunca en tales provincias ninguna república ni ningún Estado libre, pues tal clase de personas es absolutamente antagónica con todo gobierno civil. Sería imposible intentar establecer una república en países que atraviesan por semejantes circunstancias. Si se quiere reorganizarlos -suponiendo que haya persona con autoridad suficiente para ello- habría que recurrir, como recurso único, al establecimiento de una monarquía. La razón es la siguiente: en las regiones en que el pueblo en general aparece tan corrompido que no hay leyes capaces de doblegarlo, es necesario establecer, al mismo tiempo que leyes, una fuerza excepcional, es decir el brazo de un rey (mano regia) que, por medio de su poder absoluto y abrumador, pueda doblegar la avasalladora ambición y corrupción de los nobles». Por estas razones, una república no puede iniciar las reformas fundamentales; es, además, excesivamente tarda en sus actos y aparece demasiado dividida en sus consejos: «Suponiendo que una república encarne los mismos principios y sienta los mismos deseos que un príncipe, tardará mucho tiempo en llegar a una decisión a causa de la lentitud de sus movimientos». Así se explica que los remedios que aplican las repúblicas, sean doblemente aventurados y peligrosos cuando han de resolver una crisis que no admite dilación.

Principios de reforma.
He aquí por qué, al trabajar Maquiavelo en el sentido de que Italia se viera libre de sus invasores bárbaros, ponía sus ojos en un príncipe; la obra de la regeneración lógicamente sólo podía ser confiada a un déspota armado. Quedaba por investigar los métodos que habrían de emplearse, y por estudiar la clase del hombre encargado de realizar la reforma. Se sentó como principio general que toda reforma debía ser por necesidad retrógrada, en el sentido de que obligaría al Estado a retroceder hasta su condición original, restableciendo el antiguo y buscando el ideal en el pasado. «Es una verdad incontestable que todas las cosas del mundo tienen señalados límites a su existencia, pero sólo llegan al término de la carrera que los cielos les han señalado en general aquellas que no destruyen su constitución, sino que la mantienen tan intacta que, o bien no la alteran, o bien, en el caso de alterarla, redunda la alteración en su ventaja, no en su detrimento... Son saludables aquellas alteraciones que retrotraen a los Estados hasta sus primeros principios. Como consecuencia, pueden considerarse mejor ordenados y con mayor vitalidad aquellos Estados que, merced a sus instituciones, sean susceptibles de frecuentes renovaciones, así como también aquellos que, prescindiendo de sus instituciones, puedan ser renovados por algún accidente. Más claro que la luz del día es, que si estas corporaciones no se renuevan, su duración será muy limitada. La forma de verificar la renovación es, según se ha dicho, obligarlos a retroceder hasta sus principios, porque todos los principios de las repúblicas y de los reinos deben contener en sí mismos alguna excelencia gracias a la cual conquistaron su primera reputación y a cuyo amparo vieron su primer desarrollo. Como quiera que la mano del tiempo llega a corromper esta excelencia, a menos que intervenga alguna causa que la restablezca a su condición primitiva, estas entidades están condenadas por necesidad a la destrucción.»

Fraude y violencia medios necesarios.
Tales son las reglas generales por las cuales debe guiarse un reformador. Como su aislamiento llevaría envuelto el fracaso, debe, si quiere ver realizado su objeto, encaminar sus primeros esfuerzos a asegurarse el favor del pueblo. Por difícil que esto parezca, si no cuenta con alguna popularidad, el éxito será de todo punto imposible. «Considero desdichados a aquellos príncipes que, para afianzar su Estado, se ven obligados a recurrir a procedimientos extraordinarios, por tener en contra suya muchos enemigos, el que los tiene en minoría, en poco tiempo y sin dificultades de importancia, afianza su autoridad; pero el que ha de luchar contra todo el pueblo, nunca se consolida, y lo que es peor, su autoridad se hace más débil. En consecuencia, el mejor remedio a que puede echar mano, será procurar hacerse amigo del pueblo.» Conquistarse la popularidad y llevar al propio tiempo a cabo una reforma bien meditada, podrán parecer ideas antagónicas, pero Maquiavelo halló solución para la dificultad en la ciega ignorancia del pueblo, a quien fácilmente puede engañarse, haciendo brillar ante sus ojos algunas apariencias de libertad. «El que desee o intente reformar el gobierno de una ciudad, debe, si quiere que esta reforma sea aceptada y llevada a cabo entre aplausos generales, atenerse, por lo menos en la apariencia, a los procedimientos antiguos, con objeto de que no advierta el pueblo que su constitución ha sido alterada aunque en realidad las nuevas instituciones difieran esencialmente de las antiguas, pues la masa humana se alimenta tanto de apariencias como de realidades; más todavía, con mucha frecuencia excita más a los hombres lo aparente que lo real.» Populus vult decipi el decipiatur. Como es natural, quedarán algunos hombres a los cuales no podrá engañar el príncipe; éste no debe vacilar en matarlos. «Cuando los hombres individualmente, o una ciudad en masa, pecan contra el Estado, el príncipe, en concepto de toque de atención para los demás; o bien para atender a su propia seguridad, no tiene más remedio que exterminarlos, pues el príncipe que no castiga al ofensor en forma que no pueda ofender nunca más, se acredita de ignorante o de cobarde.» Más explícito es todavía el lenguaje en otras partes: «El que está muerto, no puede pensar en vengarse». Esta violencia, sin embargo, sólo será necesaria en las fases primeras de la carrera del reformador, y un príncipe que sea prudente y sabio debe ordenar su política en forma que apague el odio en los hechos de sus subordinados; es preciso que procure conquistarse reputación de clemente, y en todo caso, su crueldad habrá de ceñirse a un solo golpe, evitando emplearla por intervalos sucesivos. Esta política producirá menos daño que la confiscación de propiedades, pues los hombres suelen olvidar más pronto la pérdida de sus deudos que la del dinero. Se extingue casi siempre el recuerdo de los amigos muertos; la memoria de las posesiones perdidas perdura siempre.

Es evidente que el reformador, tal como lo entendió Maquiavelo, para dar cima a su empresa, debe atesorar un conjunto excepcional y poco corriente de dones y cualidades. Hasta pareció improbable encontrar persona con habilidad y energía suficientes para obrar prescindiendo de las pautas tradicionales y sin ceder un ápice a los sentimientos ordinarios de la humanidad. No se le ocultaron a Maquiavelo las dificultades del caso. Presentaba éste, en primer término, un lado moral y otro emocional. El que hubiera de llevar a cabo la salvación de Italia, debía estar dispuesto a sacrificar sus convicciones privadas y a cerrar sus oídos a la voz de los llamamientos de la conciencia. Los métodos preconizados por Maquiavelo eran, y así lo admitió éste sin dificultad, opuestos a la vida de un cristiano, quizá hasta contrarios a las costumbres de un ser humano. Cuando el bien moral aparece colocado junto al mal moral, no habrá quien sea tan insensato o tan malvado que, al ser requerido para que escoja entre los dos, deje de alabar lo que alabanza merece y de condenar lo que es condenable. Maquiavelo reconoció con manifiesto disgusto que «es muy raro que un hombre bueno se preste a ser príncipe, si para ello ha de recurrir a medios malos, aun cuando su objeto sea bueno». No puede negarse que sean alicientes poderosos el deseo de alcanzar fama póstuma y el interés por conseguir que los juicios retrospectivos aprueben sus actos; pero es preciso algo de mayor peso. Maquiavelo se dispuso a ser lógico. Los problemas extraordinarios no pueden ser resueltos por quien tenga una conciencia delicada; «los esclavos honrados son siempre esclavos y los hombres buenos nunca salen de pobres». La falsía y la crueldad así como cualquier otro instrumento de mando, siempre que conduzcan al triunfo, deben ser comprendidos y perdonados; «el que vence, sean los que sean los medios a que recurrió para vencer, jamás merece ser censurado». El éxito llegó a ser como el resolutivo de las distinciones morales y el fallo debía seguir a los resultados. Ciñéndose a Italia, quizá los actos del reformador hallasen aún mayor excusa, en la situación desesperada por la que atravesaba el país y en la elevación del fin que se perseguía: «Cuando está en juego la salvación de la patria, debe desaparecer toda consideración de justicia o de injusticia, de piedad o de crueldad, de honor o de deshonra; fuerza es desechar todos los escrúpulos y seguir un plan que salve su vida y mantenga su libertad.»

Dificultades de la obra de un reformador.
Suponiendo que existiera persona dispuesta a aceptar tal solución de las dificultades de índole intelectual, es muy dudoso que se encontrase, quien reuniese habilidad práctica y temple de nervio suficiente para llevar a cabo el plan de Maquiavelo. Este se reveló unas veces como sanguinario, y otras como próximo a dejarse llevar de la desesperación. El triunfo debía ser completo, y la historia de Roma le suministró ejemplos que le demostraron que los hombres pueden, bien que raras veces, evitar los términos medios y recurrir a los extremos. Sabía que permanecer estacionario entre dos opiniones resulta siempre fatal, y que no sólo era poco deseable, sino también imposible, seguir constantemente una línea intermedia. Desgraciadamente, la naturaleza humana tiene aptitudes para separarse del mal propósito y venir a caer de improviso en el ideal del bien: «Ignoran los hombres la manera de ser gloriosamente malos o perfectamente buenos; y, siempre que un crimen ofrece en sí cierta grandeza o algo de nobleza, vacilan y retroceden». Sin embargo, es muy frecuente que las grandes crisis pongan de manifiesto hombres verdaderamente grandes, y en el año 1513, creyó Maquiavelo que se había realizado una vez más esta verdad: «Es preciso no dejar escapar de las manos esta oportunidad, para lograr que Italia se ponga en condiciones de presenciar al fin la aparición de su redentor». Sería éste, a juicio suyo, un Médicis, el cual, disponiendo de muchos recursos, triunfaría donde Borgia había fracasado. Fue su ejemplo César Borgia, quien por aquel tiempo había acometido, hasta cierto punto, la obra de consolidación, y, sin retroceder ante ningún crimen, siempre que así conviniera a sus designios, se había condenado claramente a sí mismo.

Interés permanente de El Príncipe.
El Príncipe no fue publicado en vida de Maquiavelo; es casi seguro que nunca fue presentado ni a Julián ni a Lorenzo de Médicis, ni ejerció influencia en ninguna parte en concepto de manifiesto práctico con finalidad especial a la vista. El libro, sin embargo, recapituló e interpretó el carácter convergente de los intelectuales políticos y halló eco en la mente de muchas generaciones. Cuando Los Discursos solamente eran ya conocidos por los políticos teóricos, cuando nadie más que los eruditos leía ya Las Historias florentinas, cuando El Arte de la guerra había sido casi relegado al olvido, continuaba El Príncipe siendo perfectamente acogido por los hombres engolfados en los negocios prácticos de gobierno. Los pensadores posteriores han proseguido el camino de los raciocinios sugeridos por Maquiavelo y han derivado conclusiones ante las cuales retrocedió él. Al fin vino a ponerse en claro que los problemas asociados al nombre de Maquiavelo fueron en realidad problemas primitivos nacidos inexorablemente de las condiciones de todas las sociedades humanas. Forman parte de infinidad de cuestiones en cuyo sello vinieron a fundirse insensiblemente.


Bibliografía:
Historia del Mundo en la Edad Moderna tomo I, ed. Ramón Sopena.