Historia

MARÍA DE ÁGREDA (1602-1665)

María de Ágreda (María Fernández Coronel), monja de la orden franciscana de las pobres clarisas, madre superiora de la Inmaculada Concepción en Ágreda, nació en Ágreda, España, el 2 de abril de 1602 y murió en esa misma localidad el 24 de mayo de 1665.

Sor María de Ágreda
Sor María de Ágreda
Fue hija de Francisco Coronel y Catalina de Arana, hidalgos regularmente acomodados y de tendencias místicas, que aun en su misma época podían calificarse de exageradas. Creían que la Virgen había intervenido en su matrimonio y le profesaban fervorosísimo culto. En esta atmósfera religiosa creció y se educó María. Tenía diez y seis años de edad cuando toda su familia acordó abandonar el mundo para consagrarse tranquilamente a la oración en las soledades del claustro, y la casa en que habitaban quedó convertida en convento en el que continuaron viviendo María, su hermana y su madre. Francisco Coronel y los dos hermanos varones de María se fueron al monasterio de San Antonio de Valda. María había manifestado siempre gran afición a mortificar su cuerpo, llevaba puestos asperísimos cilicios, dormía sólo dos horas al día y ayunaba a pan y agua durante muchos. Tan fino era su cutis que la túnica de sayal le producía grandes llagas; tan débil su cuerpo que le molestaba y le hacía daño el roce o contacto con otra persona, y a veces con sólo unir las manos para la oración le brotaba sangre de las uñas. Sus devotos excesos le produjeron gravísima enfermedad que le puso a las puertas del sepulcro, y fue preciso que sus superiores le prohibieran expresamente que volviera a atormentarse de tal modo. También se dice que tenía visiones y arrobamientos en los instantes en que su espíritu se hallaba más fervorosamente excitado.

A los 28 años, y a pesar de sus protestas, fue nombrada abadesa del convento, dispensándole el papa la falta de edad. Desde entonces empezó ya a preocuparse de lo que fuera del claustro ocurría y a tener además relaciones con el mundo. Como su casa no reunía todas las condiciones necesarias para convento, emprendió la fundación de otro que quedó terminado en 1633, y desde esta fecha hasta la de 1643 se ocupó Sor María en escribir diferentes tratados místicos cuyes títulos son: Escala espiritual; Leyes de esposa; Conceptos y suspiros del corazón para alcanzar el último y verdadero fin del agrado del esposo y señor; Meditaciones de la Pasión de Nuestro Señor; Ejercicios cuotidianos y doctrina para hacer las obras con mayor perfección; Una letanía a la Virgen, y la Introducción de la Historia de la Santísima Virgen, denominada en su primera edición de La Mística ciudad de Dios (publicada primero en español, en 3 volúmenes, Madrid, 1670, después en latín y otras lenguas), un escrito con propensión en favor de la doctrina franciscana escotista de la inmaculada concepción. Las supuestas revelaciones de la autora son sensacionales vuelos de la imaginación. María, la inmaculada concebida, es llevada directamente tras su nacimiento por mandato divino al cielo más elevado, donde contempla a la Trinidad; novecientos ángeles bajo el mando del arcángel Miguel son puestos a su servicio; es alabada como la eterna sabiduría de Dios (comp. El SEÑOR me poseyó al principio de su camino, antes de sus obras de tiempos pasados.[…]Proverbios 8:22 y sig.), gobernante del universo, que estuvo presente en la transfiguración de Cristo y en la última cena, que se levantó tras su muerte en Jerusalén y ascendió al cielo no menos de dos veces. El papa Inocencio XI prohibió el libro en 1681, principalmente por su adhesión a un dogma todavía no definido y a las enseñanzas heréticas que se podrían desprender, como que la carne y la sangre de la Virgen María están presentes propria specie en la eucaristía. Pero Carlos II de España intercedió a favor de la obra, que sus súbditos no solo amaron sino idolatraron. Obtuvo del papa una suspensión del decreto, al menos para España. El esfuerzo de inducir al sucesor de Inocencio, Alejandro VIII, a revocar el edicto fue en vano; el nuevo papa confirmó el breve de suspensión de su antecesor (1690). El sucesor de Alejandro, Inocencio XII, para agradar al rey, señaló una comisión que examinara la obra, pero nunca publicó su decisión. Esta reserva de opinión parecía necesaria, pues durante el pontificado de Inocencio, la Sorbona condenó la obra tras la publicación de una edición francesa (La Mystique Cité de Dieu, Marsella, 1695). La controversia se volvió más complicada, ya que María de Ágreda negó su autoría repetidamente y la atribuyó al franciscano José Jiménez Samaniego. El papa Benedicto XIV (en un edicto de enero de 1748) declaró que la autoría era incierta y Clemente XIV y Pío VI quedaron obligados a tomar nota del libro. Una adaptación alemana en dos volúmenes se publicó en Regensburgo en 1890.

Felipe IV jurando defender el dogma de la Inmaculadaóleo del siglo XVII. Museo Municipal, Madrid
Felipe IV jurando defender el dogma de la Inmaculada
óleo del siglo XVII. Museo Municipal, Madrid
Ya se había difundido por casi toda España la fama de Sor María, y cuando Felipe IV paso a Aragón con motivo de la guerra de Cataluña, se detuvo expresamente en Ágreda para conferenciar con Sor María (julio de 1643). Crítica era entonces, como es sabido, la situación de España, y conturbado el ánimo del rey, encontró no sabemos qué novedad o qué místico encanto en la conversación de la monja, que inmediatamente le suplicó no dejara nunca de escribirle. Por su parte Felipe IV mantuvo correspondencia con ella con gran sigilo y puntualidad durante 22 años, esto es, hasta la muerte de la abadesa, a la que siguió la del rey cuatro años después. La correspondencia entre ambos personajes colocados en situación tan diversa tiene gran interés histórico. Las primeras cartas del rey indican los asuntos que sin duda se trataron en la visita de que más arriba se ha hecho mención: el destierro de Olivares y la obligación en que aquél se hallaba de hacerlo todo por sí mismo sin privados ni favoritos, a lo que con toda la fuerza de su elocuencia le inclinaba Sor María, indicándole la necesidad de apartar de su lado no sólo a] funesto político, cosa que ya el monarca había hecho, sino también a sus amigos y hechuras, a lo que también accedió el rey, para dar así una nueva prueba de que lo pasado (el Conde-Duque) no había de volver. Es notable la energía con que la abadesa alude en una de estas primeras cartas "al común sentir del mundo", esto es, la opinión pública, cuyos avisos no debe desoír.

Cuando el rey estuvo a punto de indisponerse con los aragoneses durante la guerra de Cataluña, por defender las prerrogativas de la Inquisición, que aquellos se hallaban muy poco dispuestos a acatar en lo que no se compaginaba a sus fueros, la monja le escribía que "aplazase a toda costa el negocio de la Inquisición, por ser de mucho peso", y esto precisamente cuando Felipe IV decía "hallarse dispuesto a sacrificar y perder todos sus reinos si preciso fuera por defender al Santo Oficio." En política exterior María era partidaria de la paz a todo trance. Cuando las conferencias de Münster y de Osnabrück, escribió al rey inclinándole a hacer las paces con Francia y a lanzar todas sus fuerzas contra Portugal, consejo prudentísimo que debió seguirse al pie de la letra y con gran energía. A este propósito se ocupa detenidamente en examinar el estado de nuestro ejército, recomendando al rey la más rigorosa disciplina, en la conveniencia de convertir en ofensiva su guerra defensiva en Extremadura y Cataluña, en la necesidad de abastecer las plazas y armadas y en mil menudencias de administración que parece imposible conociera.