Historia

MARSILIO DE PADUA (c. 1270 - c. 1343)

Marsilio de Padua, junto a Guillermo de Occam el más importante de los entendidos publicistas que apoyaron a Luis el Bávaro en su battalla contra Roma, nació en Padua poco después de 1270 y murió entre el 28 de octubre de 1336 y el 10 de abril de 1343. El apellido de su familia era De Raimundinis, como su amigo Alberto Mussato le llama, o De Mainardinis, como documentos oficiales eclesiásticos y otras fuentes contemporáneas registran. Al elegir una vocación dudó entre el derecho y la medicina, sirviendo supuestamente en las casas della Scala en Verona y Visconti en Milán durante un tiempo, estando en 1312 en París con un título de maestro, siendo ordenado sacerdote. Aquí se puso en contacto con Guillermo de Occam y Juan de Jandún, tomando los tres parte activa en la controversia que tan ferozmente irrumpió bajo Juan XXII, especialmente tras 1322 en la orden franciscana en relación a la pobreza de Cristo y los apóstoles, poniéndose del lado de los observantes estrictos contra el papa. Aunque Marsilio escapó de la cárcel que sufrieron Occam y otros, estuvo indudablemente en algún peligro, pidiendo protección al emperador Luis IV el Bávaro. Luis estaba en ese momento en conflicto con el papa y recibió a Marsilio y Juan de Jandún a su lado. Pronto estarían inmersos en la preparación de la gran obra que haría que el nombre de Marsilio fuera recordado, el Defensor pacis, que en dos meses estaba lista para ser llevada a Alemania ante el emperador. Esto ocurrió entre 1324 y 1328, por lo que la fecha de un manuscrito de Viena (24 de junio de 1324) puede ser la exacta. Luis los recibió, declarando posteriormente que lo había hecho simplemente porque eran eruditos que podían serle útiles, sin comprometerse él mismo con sus sutilezas teológicas. La influencia de Marsilio fue importante para determinar la marcha de Luis hacia Roma e instituir al franciscano Pedro de Corbara como antipapa, bajo el nombre de Nicolás V. Marsilio fue nombrado vicario papal de Roma, siendo designado arzobispo de Milán. El fracaso de la expedición imperial acabó con la influencia preponderante de Marsilio. Luis se humilló, pidió la reconciliación con el papa a quien había desposeído y prometió que Marsilio también se sometería o perdería la protección imperial. Afortunadamente para Marsilio ni Juan ni sus sucesores, Benedicto XII y Clemente VI, aceptaron la oferta de Luis.

En su alocución del 10 de abril de 1343 el papa declaró que nunca había leído un libro tan herético como el Defensor pacis, mientras que Flacius, por otro lado, en su Catalogus testium dice que entre las obras más antiguas (de la pre-Reforma) no hay otra más sólida, erudita, valiente y piadosa contra el poder papal. La obra en conjunto se puede dividir en dos partes: la primera desarrolla, según bases aristotélicas, la teoría política y la segunda trata con la constitución de la Iglesia, discutiéndose finalmente las relaciones con el Estado. Para su época Marsilio fue muy atrevido y de aguda percepción, sobrepasando a sus antecesores Dante, Johannes Parisius, etc. En política abstracta establece el aforismo de que la soberanía del pueblo, o de una mayoría, es la fuente de todo poder. En las cosas espirituales afirma la validez del Nuevo Testamento como ley, pero dice que sólo debe ser implantando por medios internos, no por el castigo temporal. Hablando de dignidades en la Iglesia deduce del Nuevo Testamento y Jerónimo la afirmación de que obispos y presbíteros fueron originalmente lo mismo y deriva el episcopado posterior de la convención humana, negando que un obispo esté por encima de otro. Combate vehementemente la pretensión de la jerarquía, de retirar toda su propiedad y miembros de la jurisdicción secular y afirma el derecho del 'legislador humano' para usar totalmente o en parte tales posesiones temporales, por encima de lo que la Iglesia necesita para la adoración, el apoyo del clero y las necesidades de los pobres. Buscó una reforma de los males de su tiempo en los concilios y sínodos, consistentes de obispos, sacerdotes y laicos, convocados por la autoridad secular. Esas notorias conclusiones, aunque procedían más de un razonamiento aristotélico que, como en el caso de Lutero, de un piadoso instinto, son características importantes en la preparación de la Reforma.

El siguiente pasaje está extraído del Defensor pacis, parte II, cap. xxv, 7-15:

'A la manera de Cristo y de los apóstoles vivieron, pues, los obispos romanos y los de las demás provincias, los sacerdotes, y todo el colegio de los clérigos, bajo el régimen coactivo de los gobernantes con la autoridad del legislador humano. Pero por persuasión y estímulo del príncipe de este mundo, primer engendro de la soberbia y de la ambición e incitador a todos los demás vicios, el diablo, algunos obispos de los romanos se desviaron, mejor se dejaron seducir hacia otro camino distinto del de Cristo y los apóstoles. Porque, apoderándose de sus almas la codicia y la avaricia, echó fuera la suma y meritoria pobreza que Cristo había plantado y establecido en su iglesia [...] y también, invadiéndolos la soberbia y la ambición de gobernar secularmente, puso fuera a 1a suma humildad que Cristo había indicado y mandado observar a la universal iglesia, o a todo el conjunto de los sacerdotes.
El primero movido por esta pasión, si no hubo alguno antes que él, leemos que fue un tal Simplicio, por sobrenombre Tiberino, obispo romano. Porque éste [...] estableció que ningún clérigo debía recibir la investidura de un laico, entendiendo por investidura la de los beneficios y oficios [...] El sucesor de éste, aunque no inmediatamente elegido, Pelagio I, decretó que los herejes fueran castigados por los poderes seculares. Sobre el cual edicto es de admirar que no se le ocultaba a él que una tal ley contra los herejes había sido promulgada en tiempos de Justiniano, príncipe romano, y que no pertenecía a su autoridad dar estas leyes, en cuanto obispo, a no ser que le hubiera sido otorgado por la autoridad del humano legislador [...] Al cual sucedió de nuevo Adriano III, aunque no inmediatamente, y le siguió en la usurpación de la autoridad. Porque estableció que ningún emperador se entrometiese en la elección del papa [...] Tal decreto, empero, fue nulo por emanar de quien no tenía una tal autoridad, a saber, la legislativa [...]
De aquí, y por la ocupación de ciertos bienes temporales, en lo que nos es dado conocer por las crónicas e historias probadas, surgieron muchas desavenencias entre los emperadores romanos y sus obispos [...] La emprendió más que otros un obispo romano, por nombre Pascual, contra Enrique IV, rey de los teutones. Según la historia prohibió dicho obispo su ascensión a la sede imperial, concitando al pueblo romano contra él, hasta que como coaccionado, estando en la Toscana [...] concedió al dicho obispo las investiduras de los obispos, de los abades y de los otros clérigos [...] Al sucesor de éste, un cierto Calixto [...] el emperador [...] vuelto en sí, libremente le concedió la investidura de los obispos y de los otros prelados por el anillo y el báculo y concedió que en todo el Imperio, en todas las iglesias se hiciera la elección canónica.
[...] queriendo revocar, y revocando del todo o en parte, estas concesiones y privilegios por causa acaso legítima, Otón IV y Federico II, emperadores romanos, sufrieron muchas insidias, persecuciones y trabas de parte de los obispos y del clero romano [...] Es éste y fue [...] el incentivo primero del presente litigio y discordia entre los emperadores y los romanos pontífices, una vez extinguidas las controversias en torno a la ley divina y a la herejía de algunos príncipes. Porque quieren los obispos de los romanos [...] poseer bienes temporales y no someterse a las leyes y edictos de los príncipes y del legislador humano, contra el ejemplo de Cristo y de los apóstoles [...]
Ni contentos con los bienes temporales concedidos por los príncipes [...] ocuparon muchas cosas temporales de las provincias pertenecientes al derecho imperial como la de Romaña, de Ferrara y de Bolonia [...] sobre todo durante la sede imperial vacante. Y lo que es el colmo de todos los inconvenientes civiles, se constituyeron a sí mismos en príncipes y legisladores, de modo que puedan someter los reyes y los pueblos a su servidumbre intolerable y en extremo torpe [...]
Todavía más. Creyendo que todo les es lícito, apoyados en su plenitud de potestad que afirman se les debe, determinaron y determinan ciertas ordenaciones oligárquicas llamadas decretales, con las que mandan observar todo lo que juzgan que les conviene, para su provecho temporal [...] y a los que no les obedecen los fulminan con su anatema [...] y dieron finalmente en tanta demencia algunos de ellos, que declararon en sus decretales que todos los príncipes y pueblos del mundo están sometidos a ellos con jurisdrrcibn coactiva y que creer esto como verdadero es para cualquiera necesario de necesidad de salud eterna.'