Historia
MASSILLON, JEAN BAPTISTE (1663-1742)

Entre sus contemporáneos fue tan estimado como Bossuet, aunque no fue igual a él en el púlpito y sus dicursos fúnebres señalan el punto en el que esta rama de la elocuencia sagrada comenzó a declinar. Su nombre fue grandemente honrado en la segunda mitad del siglo XVIII, gracias a las alabanzas de Voltaire y los enciclopedistas, quienes le aprobaron porque era más un moralista que un teólogo. En tiempos posteriores fue menos prominente, parcialmente debido a la influencia de los jesuitas, hacia quienes nunca fue amistoso. Su estilo no es tan elevado como el brillante y distinguido de Bossuet, a quien, no obstante, sobrepasó en simpatía y unción. Según la costumbre de su tiempo toma un texto como materia, pero se aparta del mismo tanto como decide. A su estructura le falta lógica y orden estricto; se pierde en digresiones morales, contando con un gran fondo de aplicaciones para expresar la vaciedad de los cortesanos, los vicios de los grandes y los horrores de la guerra. No obstante, sus sermones se caracterizan por una profunda experiencia cristiana y piedad vital que a veces están ausentes de los más llamativos esfuerzos de Bossuet y Bourdaloue. No publicó ninguno de sus discursos, salvo el del príncipe de Conti y las colecciones que aparecieron en 1705, 1706 y 1714 fueron sin su autorización. Tras su muerte su sobrino produjo una edición de sus obras en 15 volúmenes, París, 1745.
De su sermón fúnebre a la muerte del Gran Condé es la siguiente cita:
"Tratemos, pues, de olvidar nuestra pena. Aquí se presenta un objeto más grande y más digno de este púlpito y de mi mente: es Dios quien hace a los guerreros y conquistadores. ¡Eres tú, dijo David al Señor, quien adiestra mis manos para la batalla y mis dedos para sujetar la espada! Si él inspira coraje, es no menos dador de otras buenas cualidades, tanto del corazón como de la mente. Su poderosa mano es la fuente de todo; él es quien envía desde el cielo los sentimientos generosos, los sabios consejos, y todo pensamiento digno; empero él desea que nosotros sepamos distinguir entre los dones que abandona a sus enemigos y los que reserva para sus servidores. El signo que distingue a sus amigos de todos los otros es la piedad. Mientras no se ha recibido este don del cielo, todos los otros no sólo pierden su valor, sino que hasta acarrean ruina a quienes los poseen. ¿Qué hubiera sido del príncipe de Condé, a pesar de su gran genio y corazón, si no hubiera poseído el inestimable don de la piedad? No, mis hermanos; si la piedad no hubiera consagrado, como quien dice, sus otras virtudes, estos príncipes no hubieran hallado consuelo para su dolor ni este pontífice confianza en sus oraciones, ni yo mismo pronunciaría con convicción las alabanzas que debo a un hombre tan grande. Por este ejemplo, pues, consideremos nula la gloria humana; destruyamos el ídolo de los ambiciosos, para que caiga hecho pedazos ante este altar. Unamos en este día (porque con un tema tan noble como éste podemos hacerlo), todas las cualidades de una naturaleza superior; y demostremos, por la gloria de la verdad, en un príncipe admirado por el universo, que lo que hace a los héroes, que lo que más enaltece la gloria del mundo: su valor, magnanimidad, bondad natural, - todos los atributos del corazón; vivacidad, penetración, grandeza y sublimidad del genio, - atributos de la mente, no serían más que una ilusión, si la piedad no formara parte de ellos, - en una palabra: que la piedad es la esencia del hombre. Es esto, señores, lo que veréis en esa para siempre memorable vida del ilustrísimo y poderoso príncipe Luis de Borbón, príncipe de Condé, primer príncipe de la sangre."