Historia

MASSILLON, JEAN BAPTISTE (1663-1742)

Jean Baptiste Massillon nació en Hyères el 24 de junio de 1663 y murió en Clermont el 18 de septiembre de 1742.

Jean Baptiste Massillon
Jean Baptiste Massillon
Era hijo de un notario. En 1681 entró en la congregación del Oratorio. Al principio se creyó apto para la vida académica más que para el púlpito y enseñó durante un tiempo en Pézenas y luego en 1689 en Montbrison. Pero sus superiores captaron su talento para la predicación y le encomendaron pronunciar el discurso fúnebre de Villars, arzobispo de Vienne y de Villeroy, arzobispo de Lyón (1693); sus sermones de Cuaresma en Montpellier en 1698 atrajeron la atención general. Pero su éxito provocó la mala voluntad hacia él, viéndose obligado a retirarse por un tiempo, aunque la dignidad y pureza de su vida silenciaron a quienes le envidiaban. En 1696 fue llamado a París como superior del seminario de Saint Magloire. Los sermones de Cuaresma que predicó en 1699 en la iglesia de Saint-Honoré causaron profunda impresión. En el Adviento siguiente fue citado a predicar ante el rey en Versalles, pronunciando allí los sermones de Cuaresma en 1701 y 1704. Se dice que Bourdaloue, cuya reputación como predicador estaba entonces en lo más alto, al escucharlo parafraseó las palabras de Juan el Bautista: 'Él debe crecer y yo menguar.' Luis XIV le mostró el mayor de los respetos, diciéndole: 'He escuchado a más de una gran orador en mi capilla y quedé satisfecho con ellos; pero cada vez que os escucho a vos, quedo insatisfecho conmigo mismo.' Entre sus discursos fúnebres, además de los ya mencionados, se deben mencionar especialmente los del príncipe de Conti en 1709, de Dauphin en 1711 y el del rey mismo. El simple e impresionante comienzo de este último es célebre. Mirando a la vasta audiencia en silencio, descendió luego al ataúd que contenía todo lo que quedaba de la monarquía más poderosa de su tiempo, rompiendo el solemne silencio con las palabras Dieu seul est grand, mes frères. En 1717 fue nombrado obispo de Clermont y predicó al año siguiente ante el joven Luis XV una serie de diez sermones en Cuaresma (comúnmente llamados Le petit Carême, considerados su obra más acabada), en los que exhortaba al joven monarca y su corte en la obligación de la moral y el gobierno justo. Fue nombrado miembro de la Academia Francesa en 1719, pero desde 1720 se limitó a los deberes de su episcopado, dejando su diócesis sólo una vez para pronunciar el sermón fúnebre de Carlota-Elisabeth, duquesa de Orleáns.

Entre sus contemporáneos fue tan estimado como Bossuet, aunque no fue igual a él en el púlpito y sus dicursos fúnebres señalan el punto en el que esta rama de la elocuencia sagrada comenzó a declinar. Su nombre fue grandemente honrado en la segunda mitad del siglo XVIII, gracias a las alabanzas de Voltaire y los enciclopedistas, quienes le aprobaron porque era más un moralista que un teólogo. En tiempos posteriores fue menos prominente, parcialmente debido a la influencia de los jesuitas, hacia quienes nunca fue amistoso. Su estilo no es tan elevado como el brillante y distinguido de Bossuet, a quien, no obstante, sobrepasó en simpatía y unción. Según la costumbre de su tiempo toma un texto como materia, pero se aparta del mismo tanto como decide. A su estructura le falta lógica y orden estricto; se pierde en digresiones morales, contando con un gran fondo de aplicaciones para expresar la vaciedad de los cortesanos, los vicios de los grandes y los horrores de la guerra. No obstante, sus sermones se caracterizan por una profunda experiencia cristiana y piedad vital que a veces están ausentes de los más llamativos esfuerzos de Bossuet y Bourdaloue. No publicó ninguno de sus discursos, salvo el del príncipe de Conti y las colecciones que aparecieron en 1705, 1706 y 1714 fueron sin su autorización. Tras su muerte su sobrino produjo una edición de sus obras en 15 volúmenes, París, 1745.

De su sermón fúnebre a la muerte del Gran Condé es la siguiente cita:

"Tratemos, pues, de olvidar nuestra pena. Aquí se presenta un objeto más grande y más digno de este púlpito y de mi mente: es Dios quien hace a los guerreros y conquistadores. ¡Eres tú, dijo David al Señor, quien adiestra mis manos para la batalla y mis dedos para sujetar la espada! Si él inspira coraje, es no menos dador de otras buenas cualidades, tanto del corazón como de la mente. Su poderosa mano es la fuente de todo; él es quien envía desde el cielo los sentimientos generosos, los sabios consejos, y todo pensamiento digno; empero él desea que nosotros sepamos distinguir entre los dones que abandona a sus enemigos y los que reserva para sus servidores. El signo que distingue a sus amigos de todos los otros es la piedad. Mientras no se ha recibido este don del cielo, todos los otros no sólo pierden su valor, sino que hasta acarrean ruina a quienes los poseen. ¿Qué hubiera sido del príncipe de Condé, a pesar de su gran genio y corazón, si no hubiera poseído el inestimable don de la piedad? No, mis hermanos; si la piedad no hubiera consagrado, como quien dice, sus otras virtudes, estos príncipes no hubieran hallado consuelo para su dolor ni este pontífice confianza en sus oraciones, ni yo mismo pronunciaría con convicción las alabanzas que debo a un hombre tan grande. Por este ejemplo, pues, consideremos nula la gloria humana; destruyamos el ídolo de los ambiciosos, para que caiga hecho pedazos ante este altar. Unamos en este día (porque con un tema tan noble como éste podemos hacerlo), todas las cualidades de una naturaleza superior; y demostremos, por la gloria de la verdad, en un príncipe admirado por el universo, que lo que hace a los héroes, que lo que más enaltece la gloria del mundo: su valor, magnanimidad, bondad natural, - todos los atributos del corazón; vivacidad, penetración, grandeza y sublimidad del genio, - atributos de la mente, no serían más que una ilusión, si la piedad no formara parte de ellos, - en una palabra: que la piedad es la esencia del hombre. Es esto, señores, lo que veréis en esa para siempre memorable vida del ilustrísimo y poderoso príncipe Luis de Borbón, príncipe de Condé, primer príncipe de la sangre."