Historia
MATTHEW PARIS (c. 1200-1259)

Ilustración de Cassell's Illustrated History of England
Matthew dice que estuvo presente cuando, el día del traslado de Eduardo el Confesor, 13 de octubre de 1247, Enrique III llevó en sus propias manos la reliquia desde San Pablo a Westminster. Durante las ceremonias del día, mientras el rey estaba en su trono, lo vio y reconoció, llamándolo, y, haciéndolo sentarse a su lado, preguntándole si había visto y recordaría todo lo que había pasado, rogándole intensamente que escribiera un relato completo y detallado de todo en su libro. Enrique también lo invitó, junto a los tres monjes que le acompañaban, a cenar (Chronica Majora, iv. 644). Matthew fue llamado poco después a visitar Noruega. La abadía de St. Benet Holm, en la isla de Niderholm en la provincia de Trondhjem tenía problemas por la mala conducta de su abad, que, en 1240, abandonó la casa, y, después de haberse llevado el sello del capítulo, tomó prestado dinero por la venta o hipoteca de los bienes del convento. Después de su muerte, el abad Clemente llegó a St. Albans, probablemente en 1246, con una suma de trescientos marcos, y llevando un carta de Hacon IV, solicitando que Matthew Paris le ayudara en la liberación de la abadía de sus deudas. En consecuencia, Matthew compró los bonos del convento que estaban en manos de los prestamistas en Londres y de este modo puso en orden los asuntos materiales de la abadía. Los asuntos espirituales todavía estaban en un estado insatisfactorio y el cardenal-obispo de Sabina, que estaba en Noruega en junio de 1247, aconsejó a los monjes que apelaran al papa para que designara a alguien para reformar su casa. El nuevo abad siguió su consejo, e Inocencio IV al decirle a él y al prior que podían nombrar el hombre que prefierieran, pidieron a Matthew, tanto porque ya habían tenido prueba de su prudencia y fidelidad, como porque estaba en los más amables términos con su rey (es poco probable que Matthew haya visto al rey, pero puede haber escrito a Hacon sobre los asuntos de la abadía, o, como parece probable, puede haber puesto palabras en la boca del abad, que preceden su amistad con el rey). Inocencio escribió al abad de St. Albans el 27 de noviembre, queriendo que enviara a Matthew a St. Benet Holm para que reformara la casa. Matthew, que fue nombrado visitador de los abades y conventos de la orden benedictina en Noruega, de mala gana aceptó la tarea de reforma, y se embarcó en el verano de 1248, llevando una carta de Luis IX de Francia, invitando a Hacon a unirse a la cruzada. Cuando llegó a Bergen en junio, la nave que le llevaba fue alcanzada por un rayo, siendo el mástil hecho pedazos, muriendo uno de los tripulantes y resultando otros heridos. Él escapó del peligro, pues estaba celebrando misa en una iglesia cerca de la orilla, y el rey por amor a él ordenó que el barco fuera reparado con un mástil más alto y mejor. Hacon lo trató como un íntimo amigo y habló con él sobre muchos asuntos. Matthew fue a la abadía de St. Benet Holm y cumplió su misión con éxito. Regresó a Inglaterra en 1249, trayendo de vuelta presentes de mano del rey. Enrique III lo estimó grandemente y le permitió hablar libremente en su presencia. Sin temor, culpó a Enrique en 1250 por hacer, y permitir a otros hacer, ciertas injurias a la abadía de St. Albans. El rey le respondió a la ligera, pero añadió que consideraría el asunto (Chronica Majora, v. 129). En ese año Matthew intentó acabar su gran crónica. A finales de la narración para el año, escribió un resumen de los principales sucesos de los cincuenta años anteriores, añadiendo: 'Aquí acaban las Crónicas del hermano Matthew Paris, monje de St. Albans.' A continuación seguían algunos hexámetros sobre la Pascua y luego algunas rimas que declaran que su obra estaba hecha, rogando que pudiera tener descanso aquí y después; y termina con un par de rimas en hexámetros (ibid., págs. 197-8). Volvió a la obra de revisión, pero de nuevo continuó la gran crónica, llevándola hasta donde la dejó en Navidad de 1250, es decir, al inicio de 1251, según el cómputo que siguió. En 1251 estaba con el rey en Winchester, y registra, probablemente por orden del rey, una queja presentada ante el rey en su presencia por uno de los mensajeros de Enrique que había sido maltratado por los pastoureaux (ib.págs. 253-4). Estuvo presente en la dedicación de la iglesia de Hayles, Gloucestershire, 5 de noviembre, y Richard, conde de Cornualles, el fundador, le dijo que había gastado mil marcos en el edificio, con el fin de que Matthew pudiera dar un correcto relato del asunto en su crónica (ib. p. 262). Tampoco fue esta la única ocasión en la que el conde Richard personalmente le dio información (ibid. P 347). Tuvo una buena oportunidad de observar la conducta del rey y sus favoritos durante una visita que Enrique hizo a St. Albans, hacia finales de agosto de 1252, relatando como testigo sobre la impropia conducta de uno de los capellanes poitevinos del rey. Cuando Enrique visitó St.Albans durante una semana en marzo 1257, pasó mucho tiempo en compañía de Matthew, tanto en público, como en la mesa y en su aposento, tomando un vivo interés en su trabajo, hablando con él sobre la elección del conde Richard como rey de los romanos y dándole los nombres de los electores. También le nombró a todos los reyes de Inglaterra que fueron santos y las 250 baronías inglesas. Durante esta visita los maestros de Oxford se quejaron al rey de que el obispo de Lincoln estaba interfiriendo en sus libertades y Matthew privadamente exhortó al rey que defendiera la universidad, diciendo: 'Por el amor de Dios, sire, cuidad de la iglesia, porque está ahora en una crítica posición. La universidad de París, nodriza de tantos santos prelados, está ahora violentamente perturbada; y si al mismo tiempo, la universidad de Oxford, la segunda en rango de las escuelas de la Iglesia, sí, su misma fundación, es perturbada, habrá razón para temer que la Iglesia misma sea llevada a la ruina total.' (ibid., págs. 618-619). Matthew llevó su gran crónica hasta mayo de 1259, cuando termina abruptamente, fecha de su muerte (ibid. p.748 n.)
Su carácter y logros se pueden vislumbrar por su trabajo histórico. Muestra que fue diligente y competente. Cuántos de los manuscritos de Paris y cuántas de sus ilustraciones que están preservadas son obra de su propia mano, no puede, tal vez, ser decidido con certeza. Pero se puede asegurar que realizó una gran cantidad de trabajo manual, tanto de escritura como de ilustración. Escribe clara y correctamente, con mucha fuerza y poder pintoresco, proporcionando muchos detalles. De vez en cuando utiliza expresiones que son evidentemente proverbiales, como 'ubi enim dolor, ibi et digitus' y algunos juegos de palabras, como en 'Lucius, lucis expers' (ib., vol. vii. Preface, p. xvi). Sus citas, aunque no muy abundantes, son numerosas. Vienen en su mayor parte de poetas latinos, Ovidio, Horacio, Juvenal, Persio, Terencio y otros, y son generalmente conocidas; de hecho, parece probable que las extrajo de los libros de texto más que de los autores directamente. No se han identificado algunas citas dadas como de Séneca. Hay una cita de Meteora de Aristóteles (ib.vol. iv. Prefacio, p. xvi). En vigor y brillo de expresión, está por delante de otras crónicas inglesas y en esos aspectos su escritura es un sorprendente contraste con la de su predecesor inmediato, Roger de Wendover. La frescura de su narrativa se debe en parte a la franqueza con la que escribió y en parte también a su hábito de recopilar información de primera mano de los sucesos que relata. Es evidente que además de los casos mencionados anteriormente, en los que dice expresamente que recoge cosas que le dijeron el rey Enrique y su hermano el conde Richard, ambos, y especialmente el conde, deben haber sido sus autoridades para muchas otras declaraciones. Además de ellos, cita los nombres de unas dieciocho personas que le dieron información, siendo sin duda unos pocos entre los muchos que lo hicieron.
Su narrativa puede ser aceptada como totalmente fiable, aunque en una obra tan grande como su crónica, algunos deslices ocurren. Pero las imprecisiones se dan más frecuentemente en los muchos documentos que en la crónica misma, ya sea tomada de las copias guardadas en St. Albans, o conseguidas por él mismo, en las que comete frecuentes errores, e inserta algunas interpolaciones. Sus intereses eran muy amplios, pues en su crónica escribe mucho y con pleno conocimiento sobre las relaciones entre el imperio y el papado, sobre los asuntos de Italia, Alemania y Francia, y sobre las cruzadas y otras guerras y movimientos en el este y sucesos en España, Hungría, imperio oriental y en otros lugares. Sus intereses no se limitaron a asuntos políticos y personales. El clima de cada año, inundaciones, terremotos, estrellas fugaces y otros fenómenos naturales, buenas y malas cosechas, hambrunas, enfermedades y sucesos similares los recoge. Describe el cuello del camello y el leopardo, los primeros búfalos que fueron llevados a Inglaterra y un elefante que se le dio al rey, narrando una invasión de piquituertos que devastó los huertos. Ningún rasgo en su carácter destaca más claramente en sus escritos históricos que su audacia. Minuciosamente inglés en sentimiento, patriótico y amante de la libertad, quedó profundamente enfurecido cuando los extranjeros fueron promovidos a posiciones elevadas en el Estado o la Iglesia; cuando la riqueza inglesa pasó a ellos, o en los propósitos y planes que no eran de ningún beneficio para el país; o cuando la libertad eclesiástica o civil fue anulada. En tales casos no pasó por alto al papa ni al rey, tampoco a ningún ministro, cardenal ni favorito real. Los abusos de la corte, la avidez y falsedad del rey, la insolencia de sus relaciones y sus ministros poitevinos, la venalidad de la curia papal y la opresión de la Iglesia inglesa por los papas sucesivos, está expuesto en estas páginas en lenguaje desdeñoso e indignado. Habla en el mismo espíritu del orgullo y lujo de las órdenes mendicantes, y vuelca su ira contra todo aquel que intente dañar a su convento. Su juicio de los hombres y sus hechos es extremadamente valioso, al ser expresión de la opinión independiente de un inglés contemporáneo de amplio conocimiento, intelecto agudo y perfecta fiabilidad. Revisó su obra en los últimos años, cuando su juicio fue calmado y se inclinó a recoger todo lo bueno que pudo, en relación a los hombres a quienes había previamente condenado en firmes términos. No fue un hombre de espíritu enconado. A pesar de lo mucho que lo enojaron los hechos de Enrique III, sin duda le gustaba el rey, y en otros aspectos, también se muestra hombre de carácter afable y corazón cálido. Ningún otro cronista inglés graba tan vívidamente sobre sus lectores su carácter personal. Es imposible leer su libro sin captar que tenía un temperamento eminentemente viril; que era rápidamente movido a la ira, siendo valiente, franco, satírico, y al mismo tiempo amable. Que era digno de confianza, cortés y bien educado, se puede afirmar con seguridad, al ver que su compañía era aceptable a los grandes y que conversó familiarmente con ellos. Sus obras están abundantemente ilustradas con dibujos, realizados ya sea por él mismo, como fue, sin duda, a menudo el caso, o bajo su dirección; representando, entre otras cosas, la mitra y báculo pastoral, cuando se habla de un obispo en el texto, gran número de escudos con leyendas heráldicas, la corona de espinas presentada a Luis IX, luchas por tierra y mar, una muchacha sarracena acróbata, tártaros devorando sus cautivos, un elefante, ballenas y muchos retratos.
De las obras de Matthew Paris, la mayor, Chronica Majora, es una crónica compuesta, que contiene la compilación de St. Albans hasta finales de 1188, la crónica de Roger de Wendover, 1189-1235, ambas revisadas por Paris, y su propia obra desde 1235 a 1259. Paris también escribió un compendio de su gran crónica, que fue durante mucho tiempo llamada Historia Minor, que comienza en 1067 y acaba en 1253. También escribió biografías de los dos Offas, reyes de Mercia, de Stephen Langton y Edmund Rich, arzobispos de Canterbury y de Richard de Chichester.