Historia
MOLINOS, MIGUEL DE (1640-1697)

Johann Hainzelmann según un retrato
Era hijo de padres nobles y fue educado en Coimbra, donde recibió su doctorado en 1660 o 1670, asentándose en Roma donde se hizo amigo de distinguidos eclesiásticos, por su piedad personal. Entre sus protectores estaba Benedetto Odeschalchi, quien ascendería al trono papal como Inocencio XI en 1676. En los años previos, Molinos había publicado la obra en la que descansa su fama, Guida spirituale, che disinvolge l'anima e la conduce per l'interior camino all aquisto della perfetta contemplazione e del ricco tesoro della pace interiore (Roma, 1675). A esta se añadió (tras 1687) Breve trattato della cotidiana communione. Aunque publicadas con vacilación por Molinos, ambas obras demostraron ser populares entre los protestantes, al igual que entre los católicos. Poco antes de la aparición de la Guía espiritual, los jesuitas habían comenzado su programa en Francia contra el jansenismo y el misticismo, al igual que contra el protestantismo. Incluso el favor de Molinos con el papa y la estima en la que era tenido como sacerdote y confesor en Roma, no impidieron que los jesuitas valoraran peligrosa su concentración en la piedad interior, con olvido de la religión externa. El primer ataque formal vino del jesuita Paolo Segneri, en Concordia tra la fatica e la quiete nell' oratione (Bolonia, 1681). El sentir era proclive a Molinos y la Inquisición señaló un comité para investigar los escritos de Molinos y la Contemplatione mistica acquistata de su amigo Petrucci, obispo de Jesi. El resultado fue la aprobación completa de los escritos de Molinos y Petrucci (1682) y la más o menos condenación de la polémica contra ellos.
Enseñanzas condenadas.
La batalla pasó ahora del terreno literario al político. En 1685, a instancias de Père La Chaise, Luis XIV pidió al papa que procediera contra las doctrinas de Molinos, que eran peligrosas para la Iglesia católica. Al principio, al derivar el asunto al tribunal del Santo Oficio, Inocencio halló que su favor hacia Molinos levantaba sospechas hacia él mismo, por lo que cambió de actitud. En 1685 Molinos fue arrestado. Su posición se hizo más grave por la revelación de unas veinte mil cartas de todas las partes del mundo católico que mostraban la amplia difusión de sus enseñanzas heréticas, además del peligro para la Iglesia católica y la moralidad. Molinos fue mantenido en confinamiento hasta que se retractara y en febrero de 1687 unas doscientas personas, algunas de alto rango, fueron súbitamente arrestadas por la Inquisición acusadas de quietismo. En agosto de ese mismo año la Inquisición pronunció su condenación y tres meses más tarde el veredicto fue confirmado por el papa. Molinos escapó de morir quemado porque se retractó, probablemente en armonía con su propia enseñanza de la sumisión, siendo confinado en un monasterio dominico hasta su muerte. De los diecinueve artículos de la acusación publicados por la Inquisición (La Condemnation du Docteur Molinos et de la secte des Quiétistes, Colonia [7], 1687) y de las sesenta y ocho proposiciones en las que se basaba la condenación, Denzinger Enchiridion symbolorum páginas 266-274, Würzburgo, 1888, se deduce que el veredicto de condenación se debió parcialmente a algunas expresiones desafortunadas y parcialmente a pasajes donde la mala interpretación podía realmente haberse distinguido fácilmente de la verdadera opinión. En cualquier caso, un hombre que declaró que la meditación, confesión y mortificaciones externas eran sólo para principiantes y que aconsejaba a monjes y monjas deshacerse de sus rosarios y reliquias para servir a Dios interiormente, sólo podía ser calibrado por los jesuitas como peligroso para las tradiciones de la Iglesia católica y un aliado del protestantismo. La excitación que provocó su juicio, en un tiempo cuando el continuado triunfo de los jesuitas y la todavía indecisa batalla entre la autoridad papal y la Iglesia galicana ocupaba el centro de atención, fue intensa entre clero y laicos. En Alemania este interés se elevó por la afinidad entre Molinos y los pietistas, quienes, sintiendo el lazo de piedad interior, vieron en Molinos una víctima inocente de las intrigas jesuitas. La persecución de sus seguidores duró hasta el siglo XVIII.

Las enseñanzas elaboradas por Molinos en su Guida spirituale se basan en principios adoptados (en base neoplatónica) por la Iglesia católica, desarrollados por el pseudo-Dionisio y mantenidos más o menos por las autoridades eclesiásticas más prominentes. Los fenómenos y testimonios místicos fueron especialmente abundantes en España en los siglos XVI y XVII, siendo Molinos profundamente influenciado por Teresa de Ávila, Juan de la Cruz, el ermitaño mexicano Gregorio López († 1596) y Madame de Chantal. Por otro lado, sus fuentes fueron autores como Agustín, Tomás de Aquino, Bernardo y Buenaventura, siendo las bases de su doctrina sencillas experiencias de piedad cristiana. Proponiéndose reconciliar la vida activa de servicio con la vida de contemplación, Molinos quiso en su libro mostrar el camino a la paz interior. Este camino es cuádruple: oración, obediencia, comunión frecuente y mortificación interna. Sin embargo, él lleva tan lejos abstraerse de asuntos externos de la vida, que caracteriza el ejercicio del ordinario llamamiento, mantenido con verdadera concentración interior y devoción a la voluntad divina, como 'oración virtual'. Al mismo tiempo, está de acuerdo con aquellos que ven el más alto grado de misticismo en una abstracción interna que incluso excluye bien sea teóricas especulaciones sobre Dios como anhelos prácticos de buscarlo. Por lo tanto, hay una contraparte terrenal a la felicidad absoluta de los santos en el cielo, 'siendo la única diferencia que ellos ven cara a cara y nosotros por la fe'. De esta manera, la exigencia de abstenerse de especular o anhelar a Dios pierde su crudeza y al mismo tiempo Molinos proporciona una base racional para el hipermisticismo. Finalmente, el autor avanza la todavía más abstrusa elevación de la 'contemplación pasiva infusa', un estado de completo quietismo y resignación en el que la contemplación se hace habitual. Al mismo tiempo, Molinos ve claramente los peligros que comporta la vida contemplativa: aridez, fe tenue y las tentaciones del mundo. La obediencia, sujeción absoluta al padre confesor y sujeción de la propia voluntad, son las exigencias de Molinos, al igual que de muchos otros. Las mortificaciones externas, estando demasiado mezcladas con la propia voluntad, e incluso la confesión son impuestas por él solo a los principiantes, siendo la última una preparación para la paz interior. La comunión frecuente, por otro lado, es recomendada, por el inefable misterio del Dios infinito encarnándose en la criatura finita.
El siguiente pasaje recoge la condenación por el Santo Oficio de las enseñanzas de Molinos:
'Errores de Miguel de Molinos
[Condenados en el Decreto del Santo Oficio de 28 de agosto y en la Constitución Cœlestis Pastor, de 20 de noviembre de 1687]1. Es menester que el hombre aniquile sus potencias y este el camino interno.
2. Querer obrar activamente es ofender a Dios, que quiere ser Él el único agente; y por tanto es necesario abandonarse a sí mismo todo y enteramente en Dios, y luego permanecer como un cuerpo exánime.
3. Los votos de hacer alguna cosa son impedimentos de la perfección.
4. La actividad natural es enemiga de la gracia, e impide la operación de Dios y la verdadera perfección; porque Dios quiere obrar en nosotros sin nosotros.
5. No obrando nada, el alma se aniquila y vuelve a su principio y a su origen, que es la esencia de Dios, en la que permanece transformada y divinizada, y Dios permanece entonces en sí mismo; porque entonces no son ya dos cosas unidas, sino una sola y de este modo vive y reina Dios en nosotros, y el alma se aniquila a sí misma en el ser operativo.
6. El camino interno es aquel en que no se conoce ni luz, ni amor, ni resignación; y no hay necesidad de conocer a Dios, y de este modo se procede rectamente.
7. El alma no debe pensar ni en el premio ni en el castigo, ni en el paraíso ni en el infierno, ni en la muerte ni en la eternidad.
8. No debe querer saber si camina con la voluntad de Dios, si permanece o no resignada con la misma voluntad; ni es menester que quiera saber su estado ni nada propio, sino que debe permanecer como un cadáver exánime.
9. No debe el alma acordarse ni de sí, ni de Dios, ni de cosa alguna, y en el camino interior toda reflexión es nociva, aun la reflexión sobre sus acciones humanas y los propios defectos.
10. Si con sus propios defectos escandaliza a otros, no es necesario reflexionar, con tal de que no haya voluntad de escandalizar; y no poder reflexionar sobre los propios defectos es gracia de Dios.
11. No hay necesidad de reflexionar sobre las dudas que ocurren sobre si se procede o no rectamente.
12. El que hizo entrega a Dios de su libre albedrío, no ha de tener cuidado de cosa alguna, ni del infierno ni del paraíso; ni debe tener deseo de la propia perfección, ni de las virtudes, ni de la propia santidad, ni de la propia salvación, cuya esperanza debe expurgar.
13. Resignado en Dios el libre albedrío, al mismo Dios hay que dejar el pensamiento y cuidado de toda cosa nuestra, y dejarle que haga en nosotros sin nosotros su divina voluntad.
14. El que está resignado a la divina voluntad no conviene que pida a Dios cosa alguna, porque el pedir es imperfección, como quiera que sea acto de la propia voluntad y elección y es querer que la voluntad divina se conforme a la nuestra y no la nuestra a la divina; y aquello del Evangelio: Pedid y recibiréis [Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo.[…]Juan 16:24], no fue dicho por Cristo para las almas internas que no quieren tener voluntad; al contrario, estas almas llegan a tal punto, que no pueden pedir a Dios cosa alguna.
15. Como no deben pedir a Dios cosa alguna, así tampoco le deben dar gracias por nada, porque una y otra cosa es acto de la propia voluntad.
16. No conviene buscar indulgencias por las penas debidas a los propios pecados; porque mejor es satisfacer a la divina justicia que no buscar la divina misericordia; pues aquello procede de puro amor de Dios, y esto de nuestro amor interesado; y no es cosa grata a Dios ni meritoria, porque es querer huir la cruz.
17. Entregado a Dios el libre albedrío y abandonado a Él el pensamiento y cuidado de nuestra alma, no hay que tener más cuenta de las tentaciones, ni debe oponérseles otra resistencia que la negativa, sin poner industria alguna; y si la naturaleza se conmueve, hay que dejarla que se conmueva, porque es naturaleza.
18. El que en la oración usa de imágenes, figuras, especies y de conceptos propios, no adora a Dios en espíritu y en verdad [Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque ciertamente a los tales el Padre busca que le adoren.[…]Juan 4:23].
19. El que ama a Dios del modo como la razón argumenta y el entendimiento comprende, no ama al verdadero Dios.
20. Afirmar que debe uno ayudarse a sí mismo en la oración por medio de discurso y pensamientos, cuando Dios no habla al alma, es ignorancia. Dios no habla nunca; su locución es operación y siempre obra en el alma, cuando ésta no se la impide con sus discursos, pensamientos y operaciones.
21. En la oración hay que permanecer en fe oscura y universal, en quietud y olvido de cualquier pensamiento particular y distinto de los atributos de Dios y de la Trinidad, y así permanecer en la presencia de Dios para adorarle y amarle y servirle; pero sin producir actos, porque Dios no se complace en ellos.
22. Este conocimiento por la fe no es un acto producido por la criatura, sino que es conocimiento dado por Dios a la criatura, que la criatura no conoce que lo tiene ni después conoce que lo tuvo; y lo mismo se dice del amor.
23. Los místicos, con San Bernardo en la obra Scala Claustralium, distinguen cuatro grados: la lectura, la meditación, la oración y la contemplación infusa. El que siempre se queda en el primero, nunca pasa al segundo. El que siempre está parado en el segundo, nunca llega al tercero, que es nuestra contemplación adquirida, en la que hay que persistir por toda la vida, a no ser que Dios, sin que ella lo espere, atraiga el alma a la contemplación infusa; y, al cesar ésta, debe el alma volver al tercer grado y permanecer en él sin que vuelva más al segundo o al primero.
24. Cualesquiera pensamientos que vengan en la oración, aun los impuros, aun contra Dios, los Santos, la fe y los sacramentos, si no se fomentan voluntariamente, ni se expelen voluntariamente, sino que se sufren con indiferencia y resignación; no impiden la oración de fe, sino antes bien la hacen más perfecta, porque el alma permanece entonces más resignada a la voluntad divina.
25. Aun cuando sobrevenga el sueño y uno se duerma, sin embargo se hace oración y contemplación actual; porque la oración y la resignación, la resignación y la oración, son una misma cosa, y mientras dura la resignación, dura la oración.
26. Aquellas tres vías: purgativa, iluminativa y unitiva son el mayor absurdo que se haya dicho en mística; puesto que no hay más que una vía única, a saber, la vía interna.
27. El que desea y abraza la devoción sensible, no desea ni busca a Dios, sino a sí mismo; y el que camina por la vía interna hace mal al desearla y esforzarse por tenerla, tanto en los lugares sagrados, como en los días solemnes.
28. El tedio de las cosas espirituales es bueno, como quiera que por él se purga el amor propio.
29. Cuando el alma interior siente fastidio por los discursos acerca de Dios y las virtudes y permanece fría, sin sentir en si misma fervor alguno, es buena señal.
30. Todo lo sensible que experimentamos en la vida espiritual, es abominable, sucio e impuro.
31. Ningún meditativo ejercita las verdaderas virtudes internas, que no deben ser conocidas de los sentidos. Es menester perder las virtudes.
32. Ni antes ni después de la comunión se requiere otra preparación ni acción de gracias para estas almas interiores, sino la permanencia en la sólita resignación pasiva, porque ella suple de modo más perfecto todos los actos de virtud que pueden hacerse y se hacen en la vía ordinaria. Y si en esta ocasión de la comunión, se levantan movimientos de humillación, petición o acción de gracias, hay que reprimirlos, siempre que no se conozca que proceden de impulso especial de Dios; en otro caso, son impulsos de la naturaleza no muerta todavía.
33. Hace mal el alma que va por este camino interior, si en los días solemnes quiere excitar en sí misma por algún conato particular algún devoto sentimiento, porque para el alma interior todos los días son iguales, todos festivos. Y lo mismo se dice de los lugares sagrados, porque para tales almas todos los lugares son iguales.
34. Dar gracias a Dios con palabras y lengua, no es para las almas interiores, que deben permanecer en silencio, sin oponer a Dios impedimento alguno para que obre en ellas; y cuanto más se resignan en Dios, experimentan que no pueden rezar la oración del Señor o Padrenuestro.
35. No conviene a las almas de este camino interior que hagan operaciones, aun virtuosas, por propia elección y actividad; pues en otro caso, no estarían muertas. Ni deben tampoco hacer actos de amor a la bienaventurada Virgen, a los Santos o a la humanidad de Cristo; pues como estos objetos son sensibles, tal es también el amor hacia ellos.
36. Ninguna criatura, ni la bienaventurada Virgen ni los Santos, han de tener asiento en nuestro corazón; porque Dios quiere ocuparlo y poseerlo solo.
37. Con ocasión de las tentaciones, por furiosas que sean, no debe el alma hacer actos explícitos de las virtudes contrarias, sino que debe permanecer en el sobredicho amor y resignación.
38. La cruz voluntaria de las mortificaciones es una carga pesada e infructuosa y por tanto hay que abandonarla.
39. Las más santas obras y penitencias que llevaron a cabo los Santos, no bastan para arrancar del alma ni un solo apego.
40. La bienaventurada Virgen no llevó jamás a cabo ninguna obra exterior, y, sin embargo, fue más santa que todos los Santos. Por tanto, puede llegarse a la santidad sin obra alguna exterior.
41. Dios permite y quiere, para humillarnos y conducirnos a la verdadera transformación, que en algunas almas perfectas, aun sin estar posesas, haga el demonio violencia a sus cuerpos y las obligue a cometer actos carnales, aun durante la vigilia y sin ofuscación de su mente, moviendo físicamente sus manos y otros miembros contra su voluntad. Y lo mismo se dice de los otros actos de suyo pecaminosos, en cuyo caso no son pecados, porque no hay consentimiento en ellos.
42. Puede darse el caso que tales violencias a los actos carnales, sucedan al mismo tiempo de parte de dos personas, a saber, de varón y mujer, y de parte de ambos se siga el acto.
48. En los siglos pretéritos, Dios hacía los Santos por ministerio de los tiranos ¡mas ahora los hace santos por ministerio de los demonios que, al causar en ellos las violencias antedichas, hace que se desprecien más a sí mismos y se aniquilen y resignen en Dios.
44. Job blasfemó y, sin embargo, no pecó con sus labios, porque fue por violencia del demonio.
45. San Pablo sufrió tales violencias en su cuerpo ¡por lo que escribe: No hago el bien que quiero; sino que practico el mal que no quiero [Pues no hago el bien que deseo, sino que el mal que no quiero, eso practico.[…]Romanos 7:19].
46. Tales violencias son el medio más proporcionado para aniquilar el alma y conducirla a la verdadera transformación y unión y no queda otro camino; y este camino es más fácil y seguro.
47. Cuando tales violencias ocurren, hay que dejar que obre Satanás, sin emplear ninguna industria ni conato propio, sino que el hombre debe permanecer en su nada y aun cuando se sigan poluciones y actos obscenos por las propias manos y hasta cosas peores, no hay que inquietarse a sí mismo, sino que hay que echar fuera los escrúpulos, dudas y temores; porque el alma se vuelve más iluminada, más robustecida y más resplandeciente, y se adquiere la santa libertad. Y, ante todo, no es necesario confesar estas cosas y se obra muy santamente no confesándolas, porque de este modo se vence al demonio y se adquiere el tesoro de la paz.
48. Satanás, que tales violencias infiere, persuade luego que son graves delitos, a fin de que el alma se inquiete y no siga adelante en el camino interior de ahí que para quebrantar sus fuerzas, vale más no confesarlas, porque no son pecados, ni siquiera veniales.
49. Job, violentado por el demonio, se poluía con sus propias manos al mismo tiempo que dirigía a Dios oraciones puras (interpretando así un paso del Cap. 16 de Job) [comp. ¡Oh tierra, no cubras mi sangre, y no haya lugar para mi clamor![…]Job 16:18].
50. David, Jeremías y muchos de los santos profetas sufrían tales violencias de estas impuras acciones externas.
51. En la Sagrada Escritura hay muchos ejemplos de violencias a actos externos pecaminosos, como el de Sansón, que por violencia se mató a sí mismo con los filisteos [Y Sansón asió las dos columnas del medio sobre las que el edificio descansaba y se apoyó contra ellas, con su mano derecha sobre una y con su mano izquierda sobre la otra.[…]Jueces 16:29 s], se casó con una extranjera [Y Sansón descendió a Timnat y vio allí a una mujer de las hijas de los filisteos.[…]Jueces 14:1 ss] y fornicó con la ramera Dalila [Después de esto sucedió que se enamoró de una mujer del valle de Sorec, que se llamaba Dalila.[…]Jueces 16:4 ss], cosas que en otro caso hubiesen estado prohibidas y hubieran sido pecados; el de Judit, que mintió a Holofernes [Judit 11, 4 ss]; el de Eliseo, que maldijo a los niños [Cuando él miró hacia atrás y los vio, los maldijo en el nombre del SEÑOR. Entonces salieron dos osas del bosque y despedazaron de ellos a cuarenta y dos muchachos.[…]2 Reyes 2:24]; el de Elías, que abrasó a los capitanes con las tropas de Acab [comp. Respondió Elías y dijo al capitán de cincuenta: Si yo soy hombre de Dios, que descienda fuego del cielo y te consuma a ti y a tus cincuenta. Entonces descendió fuego del cielo, y lo consumió a él y a sus cincuenta.[…]2 Reyes 1:10 ss]. Si fue violencia producida inmediatamente por Dios o por ministerio de los demonios, como sucede en las otras almas, se deja en duda.
52. Cuando estas violencias, aun las impuras, suceden sin ofuscación de la mente, el alma puede entonces unirse a Dios y de hecho siempre se une más.
53. Para conocer en la práctica si una operación fue violencia en otras personas, la regla que tengo no son las protestas de aquellas almas que protestan no haber consentido a dichas violencias o que no pueden jurar haber consentido, y ver que son almas que aprovechan en el camino interior; sino que yo tomaría la regla de cierta luz, superior al actual conocimiento humano y teológico, que me hace conocer ciertamente con interna certeza que tal operación es violencia; y estoy cierto que esta luz procede de Dios, porque llega a mí unida con la certeza de que proviene de Dios y no me deja ni sombra de duda en contra; del mismo modo que sucede alguna vez que al revelar Dios algo, da al mismo tiempo certeza al alma de que es Él quien revela, y el alma no puede dudar en contrario.
54. Los espirituales de la vía ordinaria se hallarán en la hora de la muerte desengañados y confundidos y con todas sus pasiones por purgar en el otro mundo.
55. Aunque con mucho sufrimiento, por este camino interior se llega a purgar y extinguir todas las pasiones, de modo que ya nada se siente en adelante, nada, nada: ni se siente ninguna inquietud, como un cuerpo muerto; ni el alma se deja conmover más.
56. Las dos leyes y las dos concupiscencias (una del alma y otra del amor propio), duran tanto tiempo cuanto dura el amor propio; de ahí que cuando éste está purgado y muerto, como sucede por medio del camino interior, ya no se dan más aquellas dos leyes y dos concupiscencias ni en adelante se incurre en caída alguna, ni se siente ya nada, ni siquiera un pecado venial.
57. Por la contemplación adquirida se llega al estado de no cometer más pecados, ni mortales ni veniales.
58. A tal estado se llega, no reflexionando más sobre las propias acciones; porque los defectos nacen de la reflexión.
59. El camino interior está separado de la confesión, de los confesores, de los casos de conciencia y de la teología y filosofía.
60. A las almas aprovechadas, que empiezan a morir a las reflexiones y llegan hasta estar muertas, Dios les hace alguna vez imposible la confesión y la suple Él mismo con tanta gracia perseverante como recibirían en el sacramento; y por eso, a estas almas no les es bueno acercarse en tal caso al sacramento de la penitencia, porque eso es en ellas imposible.
61. Cuando el alma llega a la muerte mística, no puede querer otra cosa que lo que Dios quiere, porque no tiene ya voluntad, y Dios se la quitó.
62. Por el camino interior se llega al continuo estado inmoble en la paz Imperturbable.
63. Por el camino interior se llega también a la muerte de los sentidos; es más, la señal de que uno permanece en el estado de la nihilidad, esto es, de la muerte mística, es que los sentidos no le representen ya cosas sensibles; de ahí que son como si no fuesen, pues no llegan a hacer que el entendimiento se aplique a ellas.
64. El teólogo tiene menos disposición que el hombre rudo para el estado contemplativo; primero, porque no tiene la fe tan pura; segundo, porque no es tan humilde; tercero, porque no se cuida tanto de su salvación; cuarto, porque tiene la cabeza repleta de fantasmas, especies, opiniones y especulaciones y no puede entrar en él la verdadera luz.
65. A los superiores hay que obedecerles en lo exterior, y la extensión del voto de obediencia de los religiosos sólo alcanza a lo exterior. Otra cosa es en el interior, adonde sólo entran Dios y el director.
66. Digna de risa es cierta doctrina nueva en la Iglesia de Dios, de que el alma, en cuanto a lo interior, deba ser gobernada por el obispo; y si el obispo no es capaz, el alma debe acudir a él con su director. Nueva doctrina, digo, porque ni la Sagrada Escritura, ni los Concilios, ni los Cánones, ni las Bulas, ni los Santos, ni los autores la enseñaron jamás ni pueden enseñarla; porque la Iglesia no juzga de lo oculto y el alma tiene derecho de elegir a quien bien le pareciere.
67. Decir que hay que manifestar lo interior a un tribunal exterior de superiores y que es pecado no hacerlo, es falsedad manifiesta; porque la Iglesia no juzga de lo oculto, y a las propias almas perjudican con estas falsedades y ficciones.
68. No hay en el mundo facultad ni jurisdicción para mandar que se manifiesten las cartas del director referentes al interior del alma; y, por tanto, es menester advertir que eso es un insulto de Satanás, etc.
Condenadas como heréticas, sospechosas, erróneas, escandalosas, blasfemas, ofensivas a los piadosos oídos, temerarias, relajadoras de la disciplina cristiana, subversivas y sediciosas respectivamente.'
(Inocencio XI, bula Caelestis Pastor)>