Historia

NEWTON, JOHN (1725-1807)

John Newton, teólogo anglicano, nació en Londres el 24 de julio de 1725 y murió en esa ciudad el 21 de diciembre de 1807.

John Newton
John Newton
Era hijo de un comandante de navío en el Mediterráneo y su madre le dio cierta enseñanza religiosa, muriendo de tuberculosis el 11 de julio de 1732. Su padre se casó de nuevo y el niño fue enviado a la escuela en Stratford, Essex, donde aprendió algo de latín. A los once años (1736) se marchó al mar con su padre, con quien hizo seis viajes antes de 1742. En ese año su padre se retiró del servicio, siendo luego gobernador de York Fort, bajo la Hudson Bay Company, establecida allí en 1751. Mientras tanto el hijo, tras regresar de un viaje a Venecia en 1743, fue constreñido a hacerse guardiamarina por influencia de su padre, pero pronto desertó. Cuando fue detenido se le degradó al rango de marinero corriente (1745) y por petición propia fue intercambiado a un barco negrero, que le llevó a la costa de Sierra Leona. Luego fue criado de un comerciante de esclavos en Plantane Islands, sufriendo brutal trato. Por otro amo fue tratado más humanamente, quien le dio participación en el negocio. A principios de 1748 fue recogido en un lugar llamado Kittam por el capitán de un navío a quien su padre le pidió que le cuidara.

Durante su vida errante perdió todo sentido religioso y posteriormente confesó que cayó en la depravación. Pero los peligros del viaje de regreso, cuando Newton tuvo que dirigir el timón en medio de una tormenta, despertaron súbitamente en él el sentimiento religioso. Hasta el final de sus días recordó del día de su conversión, 10 de marzo de 1748, como un día de humillación y acción de gracias por su 'gran liberación.' Al desembarcar en Inglaterra un amigo de su padre de Liverpool le ofreció el mando de uno de sus barcos negreros. Sin embargo, prefirió ir como primer oficial (1748-9). El 12 de febrero de 1750 se casó en Chathan con Mary Catlett, hija de una pariente lejano, de quien había estado enamorado desde 1742, cuando solo tenía 17 años y la muchacha no tenía más de catorce. Tras casarse hizo tres viajes, pero en 1754, debido a su mala salud, renunció a su vinculación con el mar. Durante sus aventuras había adquirido una cierta preparación educativa. Mientras estuvo en África leyó los seis primeros libros de Euclides, dibujando las figuras en la arena. Posteriormente aprendió latín, leyendo a Virgilio, Terencio, Livio y Erasmo, memorizando a Horacio. Al mismo tiempo estudió la Biblia con devoción creciente y adoptó, bajo ifluencia de un amigo en St. Kittis (el capitán Clunie), ideas calvinistas en teología. Aunque capitán de barcos negreros, se abstuvo de la blasfemia y el libertinaje, leyendo la liturgia dos veces en domingo con la tripulación.

Desde 1755 a 1760 Newton ejerció el puesto, por recomendación de Manesty, de supervisor de las mareas en Liverpool. Poco después de afincarse allí, Whitefield, a quien ya había conocido en Londres, llegó a Liverpool. En un periodo posterior Wesley visitó la ciudad y Newton hizo amistad duradera con él, a la vez que conoció a Grimshaw en Haworth, Venn en Huddersfield, Berridge en Everton y Romaine en Londres. Continuando sus estudios, aprendió griego y obtuvo algo de conocimiento de hebreo y siríaco. Pronto se propuso entrar en la obra ministerial, pero estaba indeciso en cuanto a ser ministro independiente o clérigo de la Iglesia de Inglaterra. En diciembre de 1758 solicitó ser ordenado al arzobispo de York, pero recibió del secretario del arzobispo 'la negativa más suave imaginable.' En 1760 estuvo durante tres meses al cargo de una congregación independiente en Warwick. En 1763 el doctor Haweis, rector de Aldwinkle, le puso en contacto con Lord Dartmouth, el joven noble evangélico, y el 29 de abril de 1764 fue ordenado diácono y el 17 de junio presbítero. Su primer cargo estuvo en la coadjuditoría de Olney, Buckinghamshire, bajo el patrocinio de Lord Dartmouth. El mismo año publicó un relato de su vida en el mar y de sus experiencias religiosas, titulado The Authentic Narrative. En un año tuvo dos ediciones y todavía ocupa un lugar destacado en la historia del movimiento evangélico.

Olney era una pequeña localidad comercial ocupada en la fabricación de paja trenzada y encaje de bolillos, con una población pobre. Moses Browne era el vicario, pero había dejado de residir allí al ser nombrado para la capellanía de Morden College, Blackheath. El estipendio de Newton, que era de solo sesenta libras anuales, fue complementado por la generosidad de John Thornton, el comerciante evangélico a quien le había enviado una copia de The Authentic Narrative. Thornton le entregó 200 libras anuales, para que mantuviera la 'casa abierta' para quienes 'fueran dignos de acogimiento', para 'ayudar a los pobres' y adelantándole para él lo que necesitara. Newton desempeñó fielmente el mandato. La iglesia quedó tan abarrotada que se hizo necesario añadir una galería. Las reuniones de oración, en las que sus parroquianos y ministros disidentes amigos tomaban parte con él en la dirección de las oraciones, se celebraban en una gran sala de la antigua mansión de Lord Dartmouth. Newton predicaba incesantemente, no sólo en Olney, sino en casas de campo y de amigos, cerca y lejos.

William Cowper
William Cowper
En octubre de 1767 el poeta Cowper y la señora Unwin se establecieron en Olney. Su casa en Orchard Side estaba solo separada de la vicaría por un prado. Cowper se identificó inmediatamente con la vida religiosa de la comunidad. Se unió con Newton en todos los cultos, en sus viajes de predicación y en sus visitas a enfermos y moribundos. Pero en 1772-3 el desequilibrio de Cowper volvió, cometiendo un renovado intento de suicidio. El trastorno de Cowper tomó un tono calvinista, aunque es más razonable atribuirlo a la enconada controversia calvinista que dominaba en ese momento el mundo eclesiástico que a la influencia de Newton, cuyo calvinismo fue siempre moderado, siendo una fuerza latente más que conspicua. La extrema tensión y excitación emocional de la vida en Olney bajo Newton debió ser muy peligrosa para Cowper. Aún más peligroso era el espíritu de desconsuelo y auto-acusación que invade todos los escritos de Newton y que se refleja directamente en los himnos y cartas escritos por Cowper en Olney. Newton consideraba el conflicto espiritual lo normal en el trato de Dios con el alma avivada, de ahí que no percibiera los desastrosos efectos físicos de los delirios de Cowper. Le trató con exquisita ternura. Durante trece meses Cowper y la señora Unwin vivieron con él en la vicaría. Hasta el final de su vida tuvo el más tierno afecto por Cowper, con quien nunca dejó de escribirse. Dos temporales brechas en su amistad, por la publicación de Task y el traslado de Cowper a Weston, se debieron a las objeciones puritanas de Newton a toda forma de diversión secular y a cualquier tipo de tolerancia hacia el catolicismo, sentimiento que Cowper compartía solo parcialmente. Sus cartas tuvieron siempre el propósito de remover los delirios de Cowper, pero en general profundizaron su melancolía. Sin embargo, no siempre la correspondencia de Newton fue sombría, igual que la de Cowper, dando lugar en ocasiones a un estilo fácil, natural e incluso lúdico, procurando divertir a Cowper con dosis de ingenio y humor. Jay de Bath atribuye a Newton 'el humor más atractivo.'

Durante su residencia en Olney, Newton publicó un volumen titulado Olney Sermons (1767); Review of Ecclesiastical History, que sugirió a Joseph e Isaac Milner la idea de su History (1770); y Omicron's Letters (1774), que apareció en Gospel Magazin, bajo esa firma. Otras cartas bajo la firma 'Vigil' se añadieron a la edición de 1785. Finalmente, en 1779 se publicó Olney Hymns, que tuvo duradera popularidad. El libro cotenía 68 obras de Cowper y 280 de Newton, incluyendo How sweet the name of Jesus sounds!. El contraste entre las contribuciones de los dos escritores no es grande, pero los himnos que muestran fogonazos de genio poético se pueden atribuir a Cowper. Uno de los mejores de Newton es Glorious things of Thee are spoken, siendo el único himno alegre en el libro. Los últimos años en Olney se vieron dominados por el desánimo. Las reuniones de oración habían desembocado en un espíritu partidista, vanidoso y antinomiano. El celo de Newton para frenar orgías peligrosas el 5 de noviembre enfureció a la muchedumbre tanto que tuvo que darles dinero para proteger su casa de la violencia. Consecuentemente, en enero de 1780, aceptó la oferta hecha por John Thornton del beneficio de St. Mary Woolnoth.

Cuando Newton legó a Londres, Romaine era el único titular evangélico allí. Su iglesia se llenó pronto de extranjeros y al final de su vida su congregación era muy grande. El conjunto de su predicación era improvisada y tanto Venn como Cecil testifican de su escasa preparación. Su pronunciación no era clara y sus gestos toscos. Pero su destacada personalidad e historia, sus peculiares ilustraciones, su intensa convicción de pecado y su franqueza con las perplejidades, tentaciones y problemas de los hombres, era efectiva. Sus sermones impresos no tienen valor literario. En 1781 publicó su obra más considerable, Cardiphonia, una selección de su correspondencia religiosa. El estilo fácil y natural de libro, la sinceridad, fervor y ternura casi femenina del escritor, y la vívida presentación de las verdades evangélicas, le dieron inmediata popularidad. Entre las personas a quienes en varias ocasiones ayudó mediante su consejo personal estuvieron Thomas Scott, el comentarista bíblico, a quien convirtió, tras mucho debate, del socinianismo; William Wilberforce en la crisis de su conversión (1785); Richard Cecil, su biógrafo; Claudius Buchanan, el eminente capellán en la India, que se convirtió por un sermón en St. Mary Woolnoth; el joven Jay, elocuente ministro en Bath, que ha dejado un gráfico relato de las fiestas de desayuno de Newton; el joven Charles Simeon, a quien visitó en Cambridge; y Hannah More, con quien se quedó en Cowslip Green. En 1786 la celebración de Händel, que a su rígida mente le parecía una profanación de lo sagrado, le movió a una serie de sermones sobre los textos del oratorio El Mesías. En 1788 ayudó a Wilberforce en la publicación de sus propias experiencias en el comercio de esclavos y aunque es un relato moderado no deja de ser un espantoso recital de hechos. En 1789 publicó Apologia, una firme defensa de su adhesión a la Iglesia anglicana. Fue acusado de incoherencia, por su asistencia a capillas disidentes, y su desdén hacia los principios distintivos fuera del credo evangélico. El 15 de diciembre de 1790 sufrió la pérdida de su esposa, a quien amó hasta el fin con un amor que él temía fuera idolátrico. Murió de cáncer. Él se había estado preparando para el golpe durante meses en oración, teniendo fuerzas para predicar tres veces mientras ella yacía muerta en su casa y luego en su sermón fúnebre. Los aniversarios de su muerte fueron siempre épocas de reflexión para él, escribiendo emotivos versos. Igual que en Narrative había expresado la profundidad de sus delitos no regenerados y en Cardiphonia su depravación regenerada, ahora en sus Letters to a Wife (2 volúmenes, 1793) derramó las interioridades de su amor por ella. No tenía temor por el jucio del mundo, que hace que muchos hombres escondan sus secretos más oscuros y santos.

De la casa de Newton se ocupó desde entonces su sobrina Eliza, hija de George Catlett, a quien había adoptado por ser huérfana en 1774. Al fallarle la vista dependió casi enteramente de ella. Sin embargo, en 1802-3 ella cayó en una profunda melancolía, que hizo necesario su traslado a Bedlam. Se dice que Newton, viejo y ciego, se ponía bajo su ventana en el hospital, y preguntaba a su guía si ella había agitado su pañuelo. Tras recuperarse se casó con un óptico llamado Smith en 1805, pero se quedó con su marido bajo el techo de Newton. En 1792 la universidad de New Jersey le propuso para el doctorado en teología. Continuó predicando hasta el último año de su vida, aunque estaba demasiado ciego para ver el texto, declinando sus facultades dolorosamente. En 1806, cuando Cecil le suplicó que dejara la predicación, replicó: 'No puedo parar. ¡Qué! ¿Puede el antiguo blasfemo africano parar mientras pueda hablar?'. Su último sermón, durante el que tuvo que recordársele el tema, fue por los caídos en Trafalgar (1806). Fue enterrado al lado de su esposa en St. Mary Woolnoth, siendo ambos trasladados a Olney en 1893, cuando se sacaron todos los restos humanos de St. Mary.

Las principales obras de Newton fueron: An Authentic Narrative of some... Particulars in the Life of... John Newton (1764); Omicron: Twenty-six Letters on Religious Subjects (1774); Omicron... to which are added fourteen Letters... formerly published under the signature of Vigil: and three fugitive Pieces in verse (1785); Olney Hymns (1779); Cardiphonia, or the Utterance of the Heart (1781); Discourses... intended for the Pulpit (1760); Sermons, preached in the Parish Church of Olney (1767); A Review of Ecclesiastical History (1770); Messiah: Fifty... Discourses on the... Scriptural Passages... of the... Oratorio of Handel (1786); Apologia: Four Letters to a Minister of an Independent Church (1789); The Christian Correspondent: Letters to Captain Clunie from the Year 1761 to 1770 (1790); Letters to a Wife (1793). Son póstumas: The Works of Rev. John Newton (6 volúmenes, 1808); The Works of Rev. John Newton un volumen con Memoir por R. Cecil (1827); One Hundred and Twenty Letters to Rev. W. Bull from 1703 to 1805 (1847).

El himno que le ha dado fama imperecedera a John Newton ha sido Amazing Grace, que traducido al español por Adolfo Robleto dice así:

Oh, gracia admirable ¡dulce es!
¡Que a mí, pecador, salvó!
Perdido estaba yo, mas vine a sus pies
Fui ciego, visión me dio.

La gracia me enseñó a temer
Del miedo libre fui.
¡Cuán bella fue esa gracia en mi ser
La hora en que creí!

Peligro, lucha y tentación
Por fin los logré pasar.
La gracia me libró de perdición
Y me llevará al hogar.

Después de años mil de estar allí
En luz como la del sol
Podremos canta por tiempo sin fin
Las glorias del Señor.

El siguiente pasaje es de una carta que Newton escribió a un candidato al ministerio cristiano:

'Tu caso me trae a la memoria el mío; mis primeros deseos hacia el ministerio, fueron acompañados de grandes incertidumbres y dificultades, y la perplejidad de mi ánimo se aumentó por los diversos juicios de mis amigos, opuestos entre sí. El consejo que tengo que ofrecer, es el resultado de una penosa experiencia, y por esta razón, quizá no sea inaceptable para usted. Ruego lo haga útil nuestro bondadoso Señor.
Me hallaba muy preocupado, como vos lo estáis, acerca de lo que fuera o no un llamamiento propio al ministerio. Ahora me parece un punto de fácil solución; pero tal vez no lo sea así para vos, hasta que el Señor os lo haga claro en vuestro propio caso. No cuento con tiempo para decir tanto como podría. En resumen, creo que eso incluye principalmente tres cosas:

1. Un ardiente y sincero deseo de ser empleado en este servicio. Concibo que el hombre que una vez que es movido por el Espíritu de Dios para este trabajo, lo preferirá, si está a su alcance, a un tesoro de oro o plata; de modo que, aunque a veces se halle intimidado por la importancia y dificultades de tal cargo, en vista de su grande insuficiencia (porque es de presumirse que un llamamiento de esta naturaleza, si realmente viene de Dios, debe estar acompañado de la humildad y menosprecio de sí mismo ) no pueda, con todo, abandonarlo. Juzgo que es una buena regla investigar con relación a este punto, si el deseo de predicar es más ferviente en nuestras más vivas y espirituales fantasías, y cuando más nos hundimos en el polvo delante del Señor. Si es así, esta es una buena señal. Pero si, como algunas veces acontece, una persona está muy ansiosa de predicar a las demás, cuando se halla con poca hambre y poca sed de gracia en su propia alma, es entonces de temerse que su celo dimane más bien de un principio egoísta, que del Espíritu de Dios.

2. Además de este afectuoso deseo y buena disposición de predicar, debe en su debido tiempo aparecer la competencia suficiente para ello en cuanto a dotes, instrucción y modo de expresarse. Es seguro que si el Señor envía a un hombre a predicar a los demás, cuidará de proveerlo de lo que ha menester. Creo que han pensado en constituirse en predicadores, muchos que apenas estaban en camino, o antes de su llamamiento a hacerlo. La principal diferencia entre un ministro y un cristiano privado, parece que consiste en aquellos dotes ministeriales que se le imparten no para su propio beneficio, sino para la edificación de los demás. Pero digo que estos tienen que aparecer a su debido tiempo; no deben esperarse instantáneamente, sino por grados, en el uso de los medios adecuados. Son necesarios para el desempeño del ministerio, pero no lo son como requisito previo para sancionar nuestras aspiraciones a él. Por lo que a vos hace, sois joven y tenéis tiempo ante vos, por tanto, creo que no debéis preocuparos con la investigación de si ya tenéis tales dotes. Basta que vuestro deseo se haya fijado y que tengáis voluntad en el camino de la oración y de la diligencia, de estar a las órdenes del Señor que las concede. Por ahora no los necesitáis.

3. Lo que finalmente evidencia un llamamiento propio, es que tenga un principio providencial, por una reunión de circunstancias que gradualmente indiquen los medios, el tiempo y el lugar para emprender los trabajos. Y hasta que esta coincidencia no se verifique, no debéis esperar ver vuestro espíritu libre siempre de toda vacilación. La principal precaución que debe tomarse a este respecto, es no dejarse llevar por las primeras apariencias. Si la voluntad del Señor fuese traeros al ministerio, ya os tiene designados vuestro lugar y vuestro servicio, y aunque no sepáis cuales son todavía, lo sabréis en su oportunidad. No teniendo los talentos de un ángel podrías hacer nada bueno con ellos hasta que os llegue la hora prefijada por Dios, y él os conduzca a la gente a quien haya determinado bendecir por vuestro medio. Es muy difícil que nos restrinjamos aquí dentro de los límites de la prudencia, cuando nuestro celo es ardiente: al afectar a nuestro corazón un sentimiento de amor a Cristo, y de tierna compasión por los pobres pecadores, es natural- que nos veamos impulsados a comenzar cuanto antes; pero el que cree no debe apresurarse. Yo duré cinco años bajo esta compulsión, pensando algunas veces que debía predicar aun cuando fuera en las calles. Prestaba atención a todo lo que me parecía plausible, y a muchas cosas que no las juzgaba así; pero el Señor bondadosamente, y de un modo insensible, por decirlo así, obstruyó mi camino con espinas: a no haber sido esto, y abandonado yo a mis propios sentimientos, habría puesto fuera de mi posibilidad el haber sido colocado en una esfera de utilidad tal como a la que él en su debido tiempo se ha servido conducirme. Y ahora puedo ver con claridad que en el tiempo en que yo habría querido salir a la palestra, aunque mi intención haya sido buena en el fondo, como quiero creerlo, con todo, me estimaba yo en más de lo que valía, y carecía del juicio espiritual y de la experiencia que son requisitos indispensables para un trabajo de tan gran importancia.'