Historia
NICOLÁS I (c. 800-867)
Fue particularmente afortunado al poder gratificar sus ambiciones jerárquicas a la vez que defendía al inocente oprimido. El primer caso en el que tuvo esta oportunidad sucedió en el año 860, siendo la víctima el patriarca Ignacio de Constantinopla y los injustos opresores el emperador oriental Bardas y su intruso candidato Focio. Nicolás respondió a la petición de ayuda no confirmando al nuevo patriarca y enviando una embajada para investigar las circunstancias de su elección, a la vez que aprovechaba la ocasión para imponer varias pretensiones de Roma sobre el este. La facción de Focio se ganó a los legados papales, siendo convocado, sin su consentimiento, un concilio en Constantinopla (mayo de 861) por Focio. Ignacio apeló directamente al papa, lo que le dio una nueva ocasión de interferir en asuntos bizantinos. En una solmene encíclica a los patriarcas orientales (8 de mayo de 862) les avisó para que no reconocieran a Focio y al no ser eficaz este método desposeyó y excomulgó a Focio en un concilio romano en abril de 863, 'en virtud del juicio del Espíritu Santo que hablaba por él'.
Un conflicto similar en favor del inocente oprimido y al mismo tiempo de las pretensiones de Roma fue el que tuvo con Juan, arzobispo de Rávena. León IV ya había amenazado a este hombre violento y a su hermano con varios castigos por su maltrato hacia los súbditos papales, quejándose además los obispos de la Emilia por las exacciones ilegales y otras fechorías por su parte. Nicolás vio una oportunidad para acabar con las pretensiones de independencia de Rávena; citó a Juan tres veces para que se presentara ante él y al no acudir lo excomulgó. Juan buscó en vano la ayuda del emperador, viéndose obligado finalmente a someterse en un concilio en Letrán (18 de noviembre de 861), renunciando a la prerrogativa especial de su sede. Nicolás obtuvo una victoria similar sobre el poderoso metropolitano franco occidental Hincmaro de Reims, logrando hacer efectiva contra los griegos el apoyo de la Iglesia franca, que ahora le obedecía como había obedecido a Carlomagno. En el asunto de las relaciones matrimoniales de Lotario afirmó una vez más, de manera magistral, su personalidad y principios. El conflicto (que tenía que ver con el poder para divorciarse de una reina, sobre falsas acusaciones, y casarse con otra mujer) se complicó, porque no se trataba solo de las ideas entre el poder papal y el franco, sino entre las leyes francas y las romanas; pero Nicolás tenía a la opinión pública de su lado, al contender por un principio de moral sagrado. Todos sus planes eran a larga y profunda escala. Dirigió la tarea de la misión romana entre los búlgaros con gran sabiduría, como muestra en la famosa Responsa ad consulta Bulgarorum, lo que le sitúa al lado de Gregorio Magno como organizador misionero. En Moravia no dio el primer impulso a la misión, pero se ganó el apoyo de Cirilo y Metodio, asegurando el dominio romano en lugar del griego en la región. En conjunto logró las metas que se propuso. Cuando murió era el papa, no el emperador, quien era reconocido en Occidente como cabeza de la cristiandad. Debe mencionarse que Nicolás fue una excepción entre los papas antiguos por su cultura intelectual; no sólo fue un diligente estudioso de las decretales de sus predecesores, sino que conocía el código de Justiniano y tenía un respetable conocimiento de los Padres. Estas amplias lecturas le dieron una alta concepción de la influencia de la literatura en la vida eclesiástica, siendo el primer príncipe de la Iglesia que se tomó en serio la cuestión de crear una censura clerical de libros.