Johann Eberhard Nithard, jesuita célebre por la intervención que tuvo en la política española como inquisidor general y confesor de la reina Mariana de Austria, nació en Falkenstein el 8 de diciembre de 1607 y murió el 1 de febrero de 1681 en Roma.
Johann Eberhard NithardSu apellido se encuentra escrito de los siguientes modos: Nithard, Nitard, Nitardo, Nidardo, Neitard y Nidcardo. Su padre, Johann Nithard, era de noble familia alemana y comisario general del Tirol, en cuyo desempeño del cargo suscitó la hostilidad de los protestantes que le quemaron casa y hacienda. Johann Eberhard, después de los primeros estudios, ingresó en 1625 como alférez en la Liga católica, cuando una lectura de la Imitación de Cristo le hizo cambiar de milicia y entrar en la Compañía de Jesús. Concluidos sus estudios, enseñaba teología en el colegio de Viena, cuando el emperador Fernando III le señaló como director de los dos jóvenes archiduques, hijos suyos, Leopoldo Ignacio (después emperador) y María Ana de Austria. Al desposarse ésta con el rey Felipe IV de España, pidió y obtuvo de los superiores jesuitas el que se lo dejasen como director espiritual, y con él vino a España, donde se granjeó muy pronto el afecto del rey, que le ofreció varias dignidades que Nithard rechazó siempre. Muerto Felipe IV, a quien Nithard asistió en sus últimos momentos, el 17 de agosto de 1665, se encontró la reina doña Mariana muy joven aún y con el peso de la regencia, pues su hijo Carlos II no contaba a la sazón más que cuatro años. Por su parte, la reina no se fiaba de ninguno de los ministros, pues desde la muerte de don Luis de Haro, favorito de su esposo, apenas quedaba un político que pudiera llamarse de segundo orden. No es extraño, pues, que se entregase ciegamente en las manos del sacerdote que desde la niñez la había dirigido, pero que desgraciadamente si servía para dirigir conciencias, no servía para dirigir Estados. Desde luego doña Mariana se empeñó en darle el cargo de inquisidor general para hacerle entrar en la junta de gobierno que el testamento de Felipe IV le había señalado para asesorarla. La ocasión se mostraba muy propicia. Debían formar dicha junta seis personas: el presidente de Castilla (lo era entonces el conde de Castrillo; don García de Haro Sotomayor y Guzmán), el vicecanciller de Aragón (desempeñaba este cargo don Cristóbal Crespi de Valldaura), el arzobispo de Toledo (don Baltasar de Moscoso), el inquisidor general (don Pascual de Aragón) y, además, el conde de Peñaranda, don Gaspar de Barcamontes, como consejero de Estado, y don Guillén Ramón de Moncada, conde de Aytona y de la Puebla, como representante de la nobleza. Pero el arzobispo de Toledo moría unas horas después de Felipe IV y entonces don Pascual de Aragón asumió los dos cargos de inquisidor y arzobispo de Toledo, con lo cual la junta de gobierno no tuvo sino cinco miembros. La reina hizo renunciar el cargo de inquisidor al de Aragón y se dispuso a elevar a su confesor a esta dignidad. Tres años estuvo resistiéndose el jesuita, según consta de las Memorias inéditas y de varias cartas a su superior general, Juan Paulo Oliva, hasta que la reina, sin decir nada al interesado, envió un decreto a la junta para que se le concediese carta de naturaleza en España a Nithard. Concedida ésta por las ciudades de voto en corte el 20 de septiembre de 1666, firmaba el 21 su nombramiento de inquisidor general, escribiendo despachos al papaAlejandro VII por medio del nuncio Borromeo, para que le mandase bajo pecado mortal aceptar el cargo y las dispensas del voto que hacen los miembros de la Compañía de Jesús de no admitir dignidades.
Juan José de Austria
El alto cargo, para el cual no tenía suficiente talento el confesor, no hizo sino atraerle las envidias de los que aspiraban al mismo; pero sobre todo, le enemistó con un hombre que aspiraba a dominar España y a levantarse con la regencia, quien vio con disgusto el favor que Nithard gozaba con la gobernadora. Este era don Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV, habido con una comedianta llamada la Calderona y reconocido por el rey. Don Juan se valió de todos los medios ilícitos para arrancar del lado de la reina al confesor, incluso el de asesinarlo. Muchos nobles, entre ellos el duque de Terranova, el de Osuna, el de Medina de Torres (de quien las malas lenguas suponían hijo al bastardo don Juan), Peñaranda, Liche, Aragón y aun el mismo presidente Castrillo, simpatizaban con el de Austria. En el palacio hubo un pique de etiqueta entre la camarera mayor de la reina, doña Elvira Ponce de León, y el aya de Carlos II, la marquesa de los Vélez, que aun le llevaba de unos cordoncitos en las recepciones públicas y estos piques dividieron a las damas de palacio entre los bandos de nithardistas y austriacas, según simpatizaban con el inquisidor o con el bastardo. En mayo de 1667 Luis XIV declaró la guerra a España, metiéndose tierra adentro por los Estados españoles de Flandes, y su gobernador, el marqués de Castel Rodrigo, pidió inmediatamente le enviasen a don Juan con gente, dinero y barcos, pues tenía el título de capitán general de los Países Bajos, pero el de Austria no quiso alejarse de Madrid mientras su adversario el inquisidor quedase al lado de la reina. Se resistió cuanto pudo, y entre una de las condiciones que puso fue la de hacer las paces con Portugal, que venía luchando por su independencia de 24 años atrás. Nithard se opuso a ello, pero las exigencias de don Juan prevalecieron, y el 13 de febrero de 1668 se reconocía la independencia de aquel reino para poder atender a Flandes. Tuvo, por fin, el de Austria que alejarse de Madrid y aparentar que iba a Flandes, aunque con intención de quedarse en Vigo, mientras el inquisidor no saliese de España o cayese en las manos de sus esbirros, dejando encargado este cuidado al marqués de Saint-Aunais o Santoné, como le llaman las Memorias inéditas. Este francés le traicionó, descubriendo la trama que en secreto le confiara el bastardo, para secuestrar al inquisidor. Entonces compró el puñal de un capitán, natural de Aragón, llamado José de Mallada, que debía todo cuanto era a la protección de Nithard, y llegando a oídos del presidente de la junta la conspiración que contra el inquisidor se fraguaba, dio parte secreta a la reina. Doña Mariana, para la cual quien tocaba al confesor tocaba a la niña de sus ojos, reunió secretamente tres jueces en palacio, haciéndoles ver los documentos en donde constaba plenamente la conjuración, y sentenciado a muerte el conspirador, le hizo prender en su posada, llevarle a la cárcel de la corte, leerle la sentencia y darle garrote aquella misma noche en que él había de dar muerte a Nithard, cuando saliese de palacio por la plazuela de la Encarnación.
Mariana de Austria, por Carreño
La ejecución de Mallada, realizada sin dar antes cuenta a la junta ni aun al confesor, que no supo de la trama que contra él se urdía hasta que el capitán aragonés fue ajusticiado, levantó contra el inquisidor todos los ánimos, creyéndole autor de aquella precipitada justicia. Entre tanto se firmaba la paz de Aquisgrán, porque el de Austria, ocupado en alejar de España a su adversario, no se había movido de La Coruña. Obligado por la reina a volverse a su priorato de Consuegra, y sabiendo que se le venía a buscar allí para encerrarle como traidor en el castillo de Segovia, se fugó a Barcelona, pidiendo al virrey de Cataluña, su amigo, el duque de Osuna, una escolta de 300 hombres, y se encaminó a Madrid dispuesto "a echar por la ventana al inquisidor, si éste no salía por la puerta camino de Roma o de Francia." El pueblo de Madrid estaba alarmado en extremo; la junta estaba de parte de don Juan, excepto Aytona, y el inquisidor, entonces, después de confesar una tarde a la reina, el 24 de febrero de 1669, se hincó a sus pies y le rogó que expidiese el real decreto relevándolo del cargo de inquisidor. Así lo hizo la reina y Nithard salió al día siguiente camino de Roma, sin más equipaje que su breviario pero con 2.000 ducados que la reina le dio para su viaje. Iba en calidad de embajador de España, siendo nombrado poco después arzobispo de Edesa y en enero de 1672 fue investido por el papa con el capelocardenalicio. Varias veces intentó Nithard volver al lado de la reina, que extrañaba su ausencia, y aun tornar a España con el mismo cargo de inquisidor general, pero la férrea mano de don Juan José de Austria lo impidió. En su aposento al morir se encontró un cilicio ensangrentado y una disciplina de púas de hierro.