Historia

NOVACIANO (c. 200 - c. 258)

La formación eclesiástica más notable del siglo III, aparte del maniqueísmo, el cual descansa en base no cristiana, fue el novacianismo. A diferencia del posterior donatismo está relacionado con el desarrollo de la teología católica, no sólo en sus postulados fundamentales doctrinales, sino también por su difusión desde España hasta Siria entre los siglos III al V. Su historia es la de un cisma en territorio católico, centrado en la cuestión de la autoridad, extensión y consecuencias del poder de las llaves de la Iglesia. Hasta donde se sabe nunca produjo ningún sistema peculiar herético, pero se distinguió del cristianismo reconocido sobre un punto solamente, ofreciendo un fenómeno casi único en la historia del cristianismo occidental, aunque el jansenismo ofrece un paralelo hasta cierto punto.

Obras de Novaciano.
Jerónimo (De vir. ill., lxx) enumera siete obras de Novaciano: De pascha, De sabbato, De circumcisione, De sacerdote, De oratione (no ordinatione como a veces se lee), De cibis judaicis, De instantia, De Attalo 'y muchas otras, además de un gran tratado sobre la Trinidad, una especie de resumen de la obra de Tertuliano, atribuida por gente ignorante a Cipriano.' De esas obras ninguna existe salvo De cibis judaicis, escrita en forma de carta y preservada bajo el nombre de Tertuliano y De trinitate. La autoría de Novaciano sobre esta última obra fue negada en el siglo IV por aquellos que no querían dar crédito a un hereje, mientras que por análogas razones los macedonianos de Constantinopla, que apelaron a un pasaje en ella, la atribuyeron a Cipriano. Jerónimo está en lo correcto. Es evidente que se trata del producto de un cristiano romano, formado en la escuela de Ireneo y Tertuliano, en un tiempo cuando los marcionitas eran todavía peligrosos, cuando las ideas monarquianas ya habían sido plenamente desarrolladas y cuando Sabelio ya había sido expulsado. Su autenticidad está además demostrada por una comparación con sus cartas discutidas más abajo. El De cibis judaicis (y por tanto también el De sabbato y De circumcisione) debe haber sido escrito después del cisma, pero ninguna alusión al mismo hay en el De trinitate, al que Novaciano debió la reputación que como teólogo disfrutó antes de adoptar una postura cismática. En ese tratado, con clara lógica y excelente estilo, desarrolla una popular filosofía sobre la naturaleza de Dios y confiesa la verdadera divinidad y humanidad de Cristo, en oposición a marcionitas y monarquianos. Su cristología es la de Tertuliano, aunque en una etapa más cercana al credo niceno, al afirmar que el Padre es siempre Padre. La obra tiene no poca importancia histórica; la seguridad de su precisa formulación dogmática permitió a los latinos medirse con los griegos de igual a igual, en términos de controversia cristológica. Las dos cartas de Novaciano que dirigió a la iglesia de Cartago, durante la vacante de la sede, a solicitud del clero romano (preservadas entre las cartas de Cipriano, xxx y xxxvi), cortas como son, dan testimonio de su capacidad como escritor y de su posición teológica. Jerónimo habla de una colección de sus cartas, en la que se pueden incluir todos los pequeños tratados mencionados antes, así como las epístolas dirigidas a él por los obispos de varias iglesias tras su elevación al episcopado. En tiempos posteriores se atribuyó a Novaciano con gran probabilidad los tratados pseudo-ciprianos De spectaculis, De bono pudicitiæ, Quod idola dii non sint, De laude martyrii y Adversus Judæos. Los dos primeros fueron escritos después del cisma; el autor está separado de su rebaño, como lo estaba Novaciano cuando escribió De cibis judaicis; se trata de un obispo y su grey no es claramente una comunidad local diferenciada, sino una asociación especial que se considera marcada por una santidad inusual. De laude martyrii, por otro lado, fue escrito antes del cisma, al comienzo de la persecución de Decio. La fecha de Adversus Judæos no puede determinarse. Se ha hecho un intento, aunque con éxito dudoso, de incorporar entre los escritos de Novaciano los veinte tratados pseudo-origenistas descubiertos por Batiffol y publicados en París en 1900; lo más seguro que se puede decir es que su autor hizo uso frecuente de las obras de Novaciano, como también de las de Tertuliano y Orígenes.

Noticias contemporáneas y posteriores.
La fuente más valiosa para el origen del cisma es la colección de cartas de Cipriano, especialmente las de Cipriano mismo y Cornelio (Epist. xliv, xlv, xlix, lii-lv, lix, lx, lxviii, lxix, lxxiii), junto con la colección romana de cartas fechadas desde mediados del siglo III, usada por Eusebio y otra de la cual hizo algo de uso, la Epistolæ Dionysii Alexandrini. Otra importante autoridad contemporánea es el pseudo-Cipriano Ad Novatianum, que probablemente pertenece al papa Sixto II y se fecha entre 257 y 268. En el uso de esos documentos hay que tener en mente que apenas algo ha llegado del campo opositor y que la correspondencia oficial de los eclesiásticos ya había comenzado a asumir la diplomática destreza y el ornato retórico de la diplomacia secular contemporánea. La amplia difusión de la comunidad novaciana en el este incitó a los obispos ortodoxos desde principios del siglo IV a una vigorosa polémica. Eusebio de Emesa escribió un tratado especial contra ellos, ahora perdido, y Crisóstomo, Atanasio, Basilio, Gregorio de Nacianzo y Jerónimo tuvieron noticia de ellos. Eusebio (Hist. eccl., VI, xlii-VII, viii) es de valor. Sócrates puso tanta atención al esparcimiento de sus iglesias en el este que fue sospechoso de secreta simpatía hacia sus ideas, teniendo indudablemente relación personal con ellos. Sozomeno añade poco, pero Isidoro de Pelusio trata con ellos en dos cartas (cccxxxviii-ix). Incluso a finales del siglo VI, Eulogio, patriarca de Alejandría, amigo de Gregorio Magno, vio necesario combatir sus ideas en un extenso tratado. La secta es mencionada en un número de decretos imperiales de los siglos IV y V. En el oeste el cisma decayó más pronto que en el este, habiendo poco material original polémico. El autor del pseudo-agustiniano tratado Contra Novatianum, un contemporáneo de Dámaso, es evidencia de un temporal, pero corto, progreso de la secta en Roma. En las cartas de Paciano de Barcelona dirigidas contra el novacianista Simfronio, autor de una exposición de la doctrina cismática, se aprecia algo de conocimiento personal. Hay unas pocas noticias salpicadas en Hilario, Ambrosio, Rufino, el Catalogus Liberianus y las cartas de Inocencio I, Celestino I y León Magno y en Vicente de Lérins. Agustín aporta varias referencias notables sobre la secta. Pero una mirada sobre la literatura occidental muestra que desde mediados del siglo IV hubo cierto conocimiento del origen del cisma o de la historia personal de Novaciano.

Sucesos que llevaron al cisma.
Hasta el año 220 el castigo por idolatría, adulterio, fornicación y asesinato fue la excomunión definitiva, dejando cualquier esperanza de restauración a la misericordia de Dios en el otro mundo. La rigidez de esta norma se rompió primero respecto a los pecados de la carne, por los poderes especiales conferidos a los confesores y luego por un decreto del papa Calixto, reconociendo la posibilidad de restauración en caso de esos pecados, lo que dio lugar al cisma de Hipólito. Como este cisma estaba extinguido en el año 250, parece razonable suponer que los sucesores de Calixto fueron más severos que él. No hubo tal mitigación tan temprano en el caso de la apostasía y la cuestión no era especialmente práctica entre 220 y 250. Los documentos romanos y cartagineses de los años tras la última fecha citada hacen probable que hubiera diferencias de opinión en Roma en el pontificado de Fabián en cuanto al tratamiento de los pecadores, pero no lo suficientemente enconadas como para desembocar en un cisma. Sin embargo, la persecución de Decio provocó tantas apostasías que continuar con la línea de mano dura anterior parecía una crueldad extendida que amenazaba la misma existencia de algunas iglesias. El crecimiento de la enseñanza dogmática sobre la indispensabilidad de unión con la Iglesia y los sacramentos sacerdotales tuvo su efecto en el establecimiento casi universal, hacia el 250, de la norma de que el lapsi penitente podía ser absuelto cuando estuviera en peligro de muerte. Sin embargo, todo esto no fue suficiente para remover las dificultades y antes de que se tomaran más medidas se levantó una decidida oposición que una vez más puso en entredicho lo apropiado de medidas más suaves.

Persona y posición de Novaciano.
De los escasos y parcialmente no confiables relatos de la vida de Novaciano que existen, hay que tamizar algunos hechos. Parece que recibió el bautismo en una grave enfermedad, sin la consecuente confirmación, en un momento cuando la validez de tal bautismo no era universalmente reconocida. Posteriormente fue ordenado sacerdote por el obispo romano (probablemente Fabián), a pesar de las protestas de clero y laicos. El hecho de esta ordenación, así como la evidencia de sus enemigos, muestra que disfrutaba de una gran reputación no sólo por su saber y elocuencia, sino también por su virtud. Su oponente Cornelio le acusa de esconderse en su casa al estallido de la persecución y de rechazar las peticiones de los diáconos para que fuera a ayudar a sus hermanos; pero la historia es increíble en la forma en que es contada y pudo surgir porque Novaciano fue pasado singularmente por alto (tal vez como hombre entendido, un 'filósofo'), mientras que otros presbíteros romanos fueron arrestados. Tras la muerte de Fabián, al principio de la persecución, se produjo una vacante en el puesto de casi quince meses, durante la cual la administración estuvo en manos de un colegio de presbíteros, ayudados por diáconos, aunque los confesores tuvieron gran influencia. Para el periodo de la vacante hay valiosa información en las cartas de Cipriano, especialmente viii, xxx y xxxvi, de las que las últimas son ciertamente de mano de Novaciano. En la octava, el clero romano da un relato de su práctica, expresando que ha de hacerse una excepción con los lapsed en peligro de muerte, replicando Cipriano por primera vez que acepta ese principio. El resto han de ser mantenidos bajo disciplina y supervisión de la iglesia, pudiendo recuperarse mediante una valiente confesión de su fe cuando se renueve la persecución. En la carta treinta, que da una idea más clara del carácter de Novaciano que todos los demás relatos de otros, se aprueba expresamente la práctica adoptada por Cipriano y aun con toda la severidad contra los libellatici no se excluye la posibilidad de restauración de los lapsi. Su caso se ha de tratar en un gran concilio convocado cuando se recupere la tranquilidad, teniendo que hacer penitencia hasta entonces. Este curso intermedio se había decidido al consultar el clero romano a otros obispos vecinos y otros que estaban presentes en Roma, pero sin definir innovaciones en la práctica hasta que se eligiera un nuevo obispo. La misma actitud, no opuesta radicalmente a las innovaciones, se muestra en la carta treinta y seis, también escrita por Novaciano en nombre del clero de Roma, apoyando a Cipriano en su conflicto con los presbíteros y confesores laxos. Las cartas que Cipriano escribió en este tiempo con los confesores romanos Moisés, Máximo y otros, muestran el mismo espíritu de armonía entre Cartago y Roma y en Roma misma. Por lo tanto, hasta finales del invierno de 250-251 no hay huella de cisma en Roma.

Cornelio y Novaciano, obispos rivales.
En marzo de 251, tras el cese de las persecuciones, el presbítero romano Cornelio fue elegido obispo por la mayoría, aparentemente según las normas y en presencia de dieciséis obispos, aunque se dice que contra su voluntad. Pero la minoría, incluyendo a varios presbíteros (según Eusebio cinco, con algunos de los más respetados confesores), rehusaron aceptar la elección, escogiendo a Novaciano como obispo, siendo consagrado por tres obispos italianos. Es notorio que al principio de la batalla no parece que hubiera bases teóricas alegadas por la oposición, que se centró en la personalidad de Cornelio. Novaciano era el más prominente del clero romano y el candidato natural; Cornelio no parece que haya sido especialmente distinguido y su conducta en la persecución no estuvo libre de sospecha; la acusación de que Cornelio había sido un libellaticus no era cierta, aunque indudablemente había mantenido la comunión con ciertos obispos que habían ofrecido sacrificio. En conjunto, en la correspondencia entre Cornelio y Cipriano (Epist., xliv-liii), no hay mención de diferencias teóricas con Novaciano y la carta de Dionisio de Alejandría muestra que Novaciano no veía la reconciliación con la mayoría como algo imposible, sino que se había visto obligado a tomar una actitud de oposición. Todo indica que se podría haber alcanzado un acuerdo, de no haber sido por el irreconciliable antagonismo de las dos personalidades dominantes.

Victoria de la parte católica.
Para la causa de Cornelio fue una fortuna que en la misma primavera de 251 Cipriano hallara necesario, por causa del declarado cisma de Felicísimo, someterse, hasta el punto de admitir la probabilidad de restauración de los lapsed, resolviendo la cuestión al ponerse del lado de Cornelio, aunque su apoyo no fue de corazón. Unos pocos obispos africanos eran incluso más cautos, pero la gran mayoría se puso de parte de Cornelio en un sínodo en Roma al que asistieron (según Eusebio) sesenta obispos. Esta asamblea excomulgó a Novaciano y proclamó la 'medicina de la penitencia' para todos los lapsed. Novaciano intentó por cartas y embajadas personales obtener apoyo para su causa y desacreditar a Cornelio. Cipriano en Cartago ni siquiera escuchó a los enviados, pero en el este tuvieron una recepción más amistosa de Fabio de Antioquía y varios sínodos. En mayo se celebró un gran sínodo en Cartago, en el que Cipriano y sus seguidores determinaron la adopción de una vía media (comp. Epist., lv). El derecho absoluto a la restauración se concedía todavía sólo a los moribundos entre los lapsed, pero se admitió que por la larga penitencia impuesta sobre ellos la misericordia divina hacía posible que obtuvieran reconciliación en la tierra. Un avance más importante fue la nítida distinción entre libellatici y sacrificati, permitiendo la absolución antes de morir a los primeros, aproximándose así a la posición del sínodo romano bajo Cornelio. En la misma primavera un celoso dirigente de la facción cismática en Cartago, Novato, llegó a Roma y se entregó a la causa de Novaciano. Cipriano incluso le hace responsable del cisma, pero se trata seguramente de una exageración. La estrecha alianza entre Cipriano y Cornelio obtuvo de esta manera un motivo añadido. Antes de acabar el año 251 Cornelio pudo anunciar a su hermano africano que el glorioso confesor Máximo y sus asociados habían regresado a la unidad de la Iglesia (Moisés ya había muerto en prisión). Esto fue un duro golpe para la causa de Novaciano, pero él no abandonó la lucha. Cornelio notificó a Cipriano (Epist., 1) que una segunda embajada iba de camino a Cartago, incluyendo a Novato. Lograron establecer una comunidad cismática allí, siendo escogido un tal Máximo como obispo. La parte católica emergió victoriosa de sus conflictos con ambos antagonistas, pero sólo al costo de considerables concesiones. En Epist. lvi Cipriano se declara preparado para recibir a los lapsed tras tres años de penitencia, pero refiere la posición actual a un sínodo provincial. Reunido en mayo de 253 decidió (bajo la presión de otra inminente persecución, la de Galo) otorgar la restauración a todos los lapsi penitentes. La persecución no duró mucho, pero dio la oportunidad para justificar la restauración de muchos por su confesión ante ella y dar a Cornelio, a causa de su destierro, la influyente posición de confesor. Nada más se sabe de Novaciano en la correspondencia oficial. Durante la década de 250 a 260 varios obispos todavía rehusaban asumir la práctica laxa y algunos de ellos, como Marciano de Arlés, apoyaron a Novaciano sin dejar la Iglesia. En el este la muerte de Fabio de Antioquía fue providencial para la causa católica. En el numeroso sínodo de Antioquía, donde algunos obispos favorecieron fuertemente la práctica estricta y reconocieron a Novaciano como obispo, prevaleció la idea moderada y para finales de 253 la mayoría, si no todas, de las iglesias orientales habían vuelto a la unidad, aunque el peligro de cisma se había extendido por Egipto, Armenia, Ponto, Bitinia, Cilicia, Capadocia, Siria y Arabia, hasta Mesopotamia. En Roma parece que Esteban había tomado una cierta actitud más severa, para ganar a los cismáticos; él todavía rechazaba dar la absolución en los casos más extremos de apostasía, permitiendo a los ofensores continuar haciendo penitencia sin promesa definida de restauración. Su sucesor Sixto, sin embargo, les otorgó la reconciliación en 257, provocando un nuevo y violento ataque de Novaciano y su facción, a la que replicó en su tratado Ad Novatianum.

Posición católica hacia los lapsed.
Al comienzo de la controversia (250-251) no había problema en el caso de muerte de los sacrificati y todavía menos del efecto de la debida penitencia. Ambas facciones estaban de acuerdo en que la apostasía no necesariamente significaba condenación eterna, sino que incluso un sacrificatus podía obtener el perdón divino. El conflicto se ceñía a una cuestión sobre la extensión y eficacia justificables del poder de las llaves de la Iglesia. Cipriano fue quien elaboró la teoría para la facción dominante, aunque fue llevada a cabo hasta su plena extensión solo en el oeste, e incluso no hasta después del tiempo de Agustín. Durante un tiempo hubo un acuerdo general de que el cisma no evitaría los riesgos, que la Escritura mandaba la caridad y misericordia, que la Iglesia no debía abandonar a los lapsed al mundo, a la herejía y al cisma; que la admisión de socorro en peligro de muerte tenía sus consecuencias lógicas, ya que muchos que estaban moribundos se recuperaban y que la Iglesia, al permitir que los lapsed fueran recibidos de nuevo por la confesión de la fe, mostraba que no los veía totalmente como miembros muertos. Se alegaba además que era injusto exigir penitencia si no había posibilidad de absolución. Contra la acusación de laxismo, se apeló a la investigación de casos individuales, a la distinción entre libellatici y sacrificati, al largo periodo de penitencia, al rechazo de la absolución a aquellos que esperaban la proximidad de la muerte para comenzarla. Sin embargo, esos motivos no son para Cipriano los decisivos. Él pone el mayor énfasis en la doctrina de que la salvación es para aquellos que mueren en comunión con la Iglesia, perdiéndose los que finalmente y para siempre quedan excluidos de ella. Si la Iglesia tiene el poder de atar en última instancia, y su absolución es solo una condición sine qua non de salvación, pero no involucra el juicio final de Dios, el intento de separar la paja del trigo en la tierra es una invasión de las prerrogativas divinas. La Iglesia no es ya la comunión de los santos y elegidos, sino la institución indispensable de la que procede la comunión. Su indispensabilidad consiste en los sacramentos que administra, incluyendo la absolución, que, sin embargo, no asegura la salvación. Como institución moral es también indispensable, ya que todas las virtudes ganan estima a los ojos de Dios solo en ella y mediante ella. La ejecución de esas funciones presupone una organización y está asociada al sacerdocio, resumida en el episcopado, que en su unidad garantiza la autenticidad de la Iglesia.

Posición novaciana.
Cuando, por otro lado, Novaciano y su facción, afirmaron que era el deber y el derecho de la Iglesia extirpar a los pecadores (aunque parece que Novaciano mismo no llevó eso hasta el extremo), cuando negaron que tuviera el poder de absolver a los culpables de idolatría y dejarlos al juicio inmediato de Dios, era evidente que su concepción de la Iglesia, su absolución y su sacerdocio, era diferente enteramente de la de sus oponentes. Su tesis de que solo Dios puede perdonar pecados no vaciaba el significado de la Iglesia de contenido, pero fijaba su estricto significado religioso, restringiendo la extensión de la Iglesia en favor de su fuerza intensiva. Si la Iglesia, como comunidad de los bautizados que han recibido el perdón de Dios, es realmente la comunión de los santos y de la salvación, no puede tolerar lo no santo entre sus miembros, sin perder su carácter. Una buena idea de la actitud de Novaciano se obtiene del tratado pseudo-agustiniano Quæstiones veteris et novi Testamenti, aunque puede haber huellas de un desarrollo posterior. La Iglesia es el cuerpo de Cristo y debe ser santa, como él es santo. Por el bautismo, en el que todos los pecados son perdonados, cada individuo se convierte en miembro de Cristo y todos juntos componen el cuerpo. Para todos los pecados tras el bautismo hay penitencia y perdón en la Iglesia, salvo el de idolatría (y posiblemente fornicación); para los que son en sentido estricto pecados contra Dios, no hay perdón en la tierra. La apostasía es el pecado contra el Espíritu Santo, que es recibido en el bautismo por el cristiano y perdido por ese pecado, ya que solo hay un bautismo. La Iglesia no puede respaldar a los que han pecado así contra Dios, no teniendo poder, lógicamente, para perdonar tal pecado. Existe la posibilidad abstracta de que Dios perdone a tales pecadores, ya que todo es posible para él, pero nada con certeza puede afirmarse sobre eso. La Iglesia católica, al restaurar a aquellos que han caído en idolatría (y fornicación) destruye completamente la constitución de la Iglesia; ya que todos constituyen un cuerpo, lo santo, contaminado por lo malo, hace que el cuerpo perezca. Aunque puede retener la correcta traditio y professio sus miembros han perdido su salvación y su derecho al nombre de cristianos, que pertenecen sólo a la Iglesia pura, la cual se halla solo entre los seguidores de Novaciano.

Crítica de las posiciones.
El juicio histórico del movimiento de Novaciano dependerá del punto de vista, ya sea el de la antigüedad cristiana o el de los requisitos del momento. Indiscutiblemente los cismáticos preservaron preciosos valores de la antigua tradición. La idea de que la Iglesia es una comunidad de santos y la de la certeza de salvación son primitivas, aunque sus representantes en el siglo III no extrajeron todas las consecuencias de ello. Pero rechazaron identificar los atributos constitucionales de la Iglesia con los religiosos, o confundir realidad con posibilidad; mantuvieron la antigua concepción del bautismo como don y obligación incondicional. Sin embargo, era injusto e inmisericorde infligir duros castigos a los libellatici y no a otros pecadores. La jactancia de ser una comunidad de santos no podía ser hecha sin gran auto-engaño y sin trocear la cristiandad de su tiempo. Los únicos medios de purificación que los novacianos emplearon fueron bastante inadecuados para reformar la Iglesia. Al no diferir su doctrina y vida cotidiana grandemente de los de la Iglesia, su disciplina penitencial fue una pervivencia arcaica de dudoso beneficio y su rechazo de los sacramentos católicos algo revolucionario. Aparte de los conflictos personales no edificantes, los obispos llevaron a cabo los cambios con sabiduría, prudencia y rigidez relativa. Lo que estaba en juego es si era mejor para la cristiandad de mediados del silo III que la Iglesia fuera contemplada como una institución que prepara almas para la felicidad eterna, suplida con medios de gracia y disciplina práctica, o que la distinción entre arrepentimiento y disciplina eclesiástica se abandonara. Había necesidad de una línea de acción basada en las circunstancias del momento y de una estrecha adherencia a los obispos como pilares de la Iglesia. No fue menos importante el resultado de la crisis provocada por la persecución de Decio, que forzó a los obispos de varias iglesias nacionales a permanecer juntos y finalmente puso en sus manos la plena jurisdicción. Nada antes o después contribuyó tanto como esas crisis para el establecimiento de la Iglesia imperial de tiempos posteriores.

Historia posterior.
Para la Iglesia occidental la controversia no terminó con la exclusión de la facción de Novaciano. La supervivencia primitiva hallada todavía en Cipriano, que puede resumirse en la fórmula de que los requerimientos hechos por los novacianos a todos los cristianos deberían aplicarse al clero, fueron la causa, a consecuencia de la persecución de Diocleciano, de una terrible perturbación en África: el cisma donatista. En Roma también hubo una renovación del conflicto sobre la disciplina del que poco se sabe, estando el cisma luciferino aquí y en el este el de Melecio. La organización novaciana se consolidó en dos generaciones tras Decio y recibió muchas adiciones de comunidades montanistas. Además de la cuestión primordial de la disciplina, la principal diferencia, al menos en Frigia (donde la influencia montanista era fuerte), fue la prohibición de segundos matrimonios. En los siglos IV y V hubo comunidades de cathari en cada provincia del imperio, especialmente en el este. Al principio del siglo V había varias iglesias novacianas en Roma, con un obispo; no se unieron con los donatistas, pero fueron usualmente vistos por los católicos en el mismo plano. En el tiempo de Cirilo tenían varias iglesias en Alejandría bajo un obispo (Teopempto); en Constantinopla la lista de sus obispos está preservada desde el año 325 al 439. El primero de esta serie, Acesio, estuvo presente en el concilio de Nicea a petición de Constantinopla y aceptó sus decisiones; la constante adhesión de todos los miembros de la secta al homoousion muestra la influencia de la obra de Novaciano De trinitate. El concilio adoptó una actitud conciliadora hacia ellos, tratándolos como cismáticos pero no como herejes y reconociendo la validez de sus bautismos y ordenaciones. Constantino les permitió retener sus iglesias y cementerios, pero diez años más tarde cambió su política, poniéndolos al mismo nivel que a los marcionitas y valentinianos, prohibiéndoles la adoración pública, quitándoles sus iglesias y ordenándoles la destrucción de sus libros. Sufrieron severamente en la persecución de Constancio, quien les situaba al lado de los católicos nicenos. La política de Juliano les benefició, pero bajo Valente padecieron de nuevo con los católicos, durando en las provincias la persecución hasta el ascenso de Teodosio, quien les protegió. En Constantinopla permanecieron tranquilos hasta mediados del siglo V. En Roma, Honorio los incluyó en el edicto de 412 contra los herejes y Cirilo en Alejandría cerró sus iglesias y expulsó a sus obispos. Inocencio I fue el primer papa que tomó medidas contra ellos, seguido por Celestino I, quien suprimió su adoración pública. En el este, sin embargo, su organización mantuvo su existencia hasta el siglo VII.

El siguiente pasaje procede de la obra de Novaciano sobre la Trinidad, XIV, 77:

'Si Cristo es sólo un hombre, ¿cómo dice: Nadie ha visto nunca al Padre, sino que el que procede de Dios, ése ha visto a Dios (No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que viene de Dios, éste ha visto al Padre.[…]Juan 6:46)? Pues si Cristo es sólo un hombre no pudo ver a Dios, pues a Dios no lo ha visto ningún hombre (Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, El le ha dado a conocer.[…]Juan 1:18). Ahora bien, si por proceder de Dios ha visto a Dios, quiso que se entendiera que él es más que un hombre, pues ha visto a Dios.'