Historia

OSIO (c. 256-357/358)

Osio nació probablemente en Córdoba hacia el año 256 y murió en esa ciudad el 357 o 358.

Primeros años.
Osio, aunque fue uno de los principales eclesiásticos del siglo III, designado por Atanasio con el título de 'Grande', no tuvo biógrafo formal y no dejó escritos, salvo dos cartas, una al emperador Constancio y otra a Julio de Roma. Todo lo que se sabe de él procede de esas cartas, de menciones casuales en documentos y autores contemporáneos y de unos pocos increíbles detalles de tradición posterior. Ya en el año 356 había sido obispo de Córdoba durante 'más de sesenta años' (Atanasio, Historia de los arrianos xlii), por lo que debió ser consagrado hacia el año 295. Que fue confesor 'cuando se desató una persecución bajo Maximiano, el abuelo de Constancio', se sabe por su propia carta, pero nada sobre el lugar o los detalles. Estuvo presente en el concilio de Elvira, pero probablemente no lo presidió. Compartió la tendencia rigorista del sínodo, pudiendo inferirse del canon xxxiii que era célibe. Su presencia allí da testimonio de la fecha del concilio; la teoría que lo sitúa hacia el 313 se debilita por el hecho de que desde el 313 al menos, si no desde el 312, estaba al lado de Constantino. Lo que le encomendó el emperador no se sabe, pero es cierto que durante ciertos años, tal vez hasta el 326, estuvo cerca del emperador como principal consejero en asuntos eclesiásticos. Los donatistas le hicieron responsable, aunque él no estuvo en el concilio anti-donatista de Arlés, de las medidas represivas adoptadas contra ellos por el emperador; la ordenanza imperial para la manumisión de esclavos en las iglesias (18 de abril del 321) fue dirigida a él, siendo enviado por Constantino a Alejandría en el año 323 o 324 para resolver los problemas que habían surgido allí. Un sínodo reunido en esa ciudad en su presencia reprendió a Coluto, un ambicioso presbítero que había asumido funciones episcopales y una posición cismática, declarando nulas y vacías las ordenaciones conferidas por él y obligándole a renunciar a sus pretensiones de poder episcopal.

En el concilio de Nicea.
Osio es conocido también por su relación con el concilio de Nicea. Era natural que el consejero del emperador ejerciera gran influencia en sus deliberaciones, y aunque la expresión de Atanasio (ut sup., xliv) que le atribuye la formulación de la fe allí adoptada es demasiado fuerte en su sentido literal, está en un sentido justificada. Ninguna de las autoridades afirma que él presidiera formalmente el concilio, no probándolo el hecho de que su nombre aparezca al principio de todos los asistentes, con los nombres de los legados romanos. Menos sostenible es la hipótesis de que él presidió con los legados romanos, como representante del papa; si hubiera presidido, habría sido en todo caso en virtud de la delegación imperial, no papal. Tras el concilio de Nicea, Osio desaparece de la historia durante casi veinte años. Presumiblemente viajó al oeste con Constantino en la primavera del año 326 y luego, incluso antes de que otras influencias le suplantaran, regresó a España.

En el concilio de Sárdica.
Nada definido se sabe de él hasta poco antes del concilio de Sárdica. La declaración citada por Hilario (MPL, x. 667 B) de que él fue parcialmente responsable de su convocatoria es creíble. En cualquier caso, con Atanasio, con quien se encontró en la Galia, fue al lugar de la reunión, siendo indudable que presidió las sesiones de la mayoría (la minoría oriental le había excomulgado). Parece que tuvo interés en elaborar la fórmula de un credo que representara la fe de la mayoría, conocido como el credo de Sárdica, aunque según Atanasio no fue formalmente aceptado, sino sólo propuesto por 'algunos' (Libro a los Antioquenos). En cualquier caso, Osio y Protógenes de Sárdica, quien se unió a él en la carta al papa Julio, que acompañó la fórmula, estaba entre los que deseaban una exposición del credo niceno y es probable que esta fórmula fuera de su composición. Su principal interés yace en que es la aproximación más cercana a una interpretación 'oficial' del credo de Nicea y desde ese punto de vista merece atención.

Infeliz término de su vida.
Tras el concilio de Sárdica, Osio desaparece una vez más durante diez años. Lo siguiente que se sabe de él es que en el invierno de 353-54, Liberio de Roma le comunicó los pasos que estaba dando para la convocatoria de un nuevo sínodo y de la lamentable debilidad con que su legado, Vicencio de Capua, se había sometido bajo presión en el sínodo de Arlés. Unos pocos años más tarde, sin embargo, el dirigente de la ortodoxia no estaría en mejor posición que Vicencio, a pesar de las ingeniosas construcciones que los controversistas católicos hacen sobre la fecha y de algunas dificultades que deben ser admitidas en la Historia de los arrianos. Osio no tomó parte en el sínodo de Arlés (353) ni en el de Milán (primavera del 355), pero los obispos del partido imperial estaban deseosos, después de que Liberio hubiera caído víctima de sus tretas y hubiera sido desterrado (verano u otoño del 355), de atrapar a Osio en su tela de araña. Incitado por ellos, Constancio citó al anciano obispo a su presencia, indudablemente en Milán. Pero Osio no pudo ser inducido a declarar contra Atanasio ni a tener comunión con los arrianos, impresionando su resistencia al emperador que le permitió regresar sin ser molestado. Los obispos de la corte encizañaron de nuevo al emperador para que le mandara una carta amenazante, pero Osio permaneció firme, contestando a las amenazas y seducciones con la respuesta valiente y bien considerada que Atanasio ha preservado, conteniendo un anatema contra los arrianos, apoyando ardientemente a Atanasio y amonestando sinceramente al emperador.

El siguiente pasaje de esa carta está recogido por Atanasio en su Historia arianorum:

'Osio al emperador Constancio, salud en el Señor: Yo confesé a Cristo ya una vez, cuando tu abuelo Maximiano suscitó la persecución. Y si tú me persiguieres, pronto estoy a padecerlo todo, antes que derramar sangre inocente y ser traidor a la verdad. De ningún modo puedo aprobar tu conducta, ni tus escritos, ni tus amenazas. Deja de escribir semejantes cosas; no pienses como Arrio [...] No te entrometas en los asuntos eclesiásticos, ni nos mandes sobre puntos en que debes ser instruido por nosotros. A ti te dio Dios el Imperio; a nosotros nos confió la Iglesia. Y así como el que te robase el Imperio se opondría a la ordenación divina, del mismo modo guárdate tú de incurrir en el horrendo crimen de adjudicarte lo que toca a la Iglesia. Escrito está: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Ellos le dijeron*: Del César. Entonces El les dijo*: Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.[…]Mateo 22:21). Por lo tanto, ni a nosotros es lícito tener el Imperio en la tierra, ni tú, ¡oh, rey!, tienes potestad en las cosas sagradas.'
Finalmente, hallando un pretexto en el rechazo de otros españoles, presumiblemente influenciados por Osio, a firmar contra Atanasio, Constancio le citó a Sirmio, reteniéndole allí 'un año entero', comenzando no antes de julio del 357. Se sabe que Osio firmó la 'segunda fórmula de Sirmio', el compromiso propuesto por los obispos cortesanos que querían evitar expresiones 'no escriturales' como el ousia de Cristo y se manifestaba en términos ante-nicenos y bíblicos que escondían una decidida tendencia arriana. Hilario, en su tratado De synodis (comienzos del 359) que comienza con esa 'blasfemia en Sirmio', afirma claramente que Osio fue 'arrastrado por la enseñanza de una nueva impiedad'. No es necesario entender de las fuertes expresiones de Hilario nada más que Osio asintió a la fórmula de compromiso, pero incluso esto significa mucho. La fórmula fue enviada a todas partes, haciendo constar que había sido aprobada por él. Febadio dice en su Liber contra Arianos (358), que su nombre fue usado como un ariete contra los obispos galos y según Sozomeno (IV, xii. 7), Eudoxio tenía una carta en el sínodo de Antioquía en la primavera del 358 en la que, en el espíritu de la fórmula de Sirmio, Osio se declaró contra el homoousios y el homoiousios, lo que fue tomado como favorecedor de la idea del anomoios. Si estas cartas eran genuinas o no, lo que sí es seguro es que los obispos cortesanos no dudaron en hacer del anciano obispo su cómplice. Se ha pensando que su sometimiento tuvo lugar al final del 'año entero', mencionado por Atanasio. Pero el sínodo de Sirmio se celebró antes de noviembre del 357 y Osio, como se ha visto, no llegó a Sirmio hasta julio de ese año. Debe haber cedido a las amenazas del emperador poco después de su llegada, según Marcelino y Faustino 'para no sufrir el destierro', diciendo expresamente Atanasio que su detención en Sirmio fue 'en lugar del destierro'. Es probable que Constancio le retuviera allí como garantía y respaldo de la validez de la fórmula. Los intentos que se han hecho para demostrar que murió el 27 de agosto del 357 o que enseguida retiró su asentimiento, no se sostienen. Es imposible fijar la fecha de su muerte y mientras que el hecho de su dócil debilidad parece estar demasiado bien probada, es difícil intentar adivinar los motivos o reconciliar el valor de la firmeza de su carta a Constancio con la diplomacia cortesana que marca su entrada y su partida del escenario de la historia. No parece que tuviera importancia como autor. La Sententiæ publicada por Pitra (Analecta Sacra, v. 117) bajo su nombre no puede probarse que sea suya.

La segunda fórmula de Sirmio, que Osio firmó, afirmaba lo siguiente:

'Pero puesto que muchas personas se han perturbado sobre las cuestiones sobre la substancia, que en griego se llama ousia, es decir, con más precisión, sobre el homooúsion [de la misma substancia] o homoioúsion [de substancia semejante], tales cosas no han de mencionarse. Tampoco se ha de hacer exposición alguna de ellas por razón y consideración de que no se encuentran en las Sagradas Escrituras, que están por encima de la compresión humana, y que nadie puede declarar el nacimiento del Hijo, de quien se ha escrito: su generación ¿quién la contará? Porque resulta claro que solamente el Padre sabe cómo engendró al Hijo, y solamente el Hijo cómo fue engendrado por el Padre. No hay duda alguna de que el Padre es superior. Nadie puede dudar que el Padre es mayor que el Hijo en honor, dignidad, esplendor, majestad y en el nombre mismo de Padre, según lo testifica el mismo Hijo: Quien me envió es mayor que yo. Y nadie ignora que es doctrina católica [es decir, universal y ortodoxa] que hay dos personas que son el Padre y el Hijo; y que el Padre es mayor, y que el Hijo está subordinado al Padre, juntamente con todas la cosas que el Padre le subordinó, y que el Padre no tiene principio y es invisible, inmortal e impasible, mientras que el Hijo fue engendrado por el Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, y que la generación de éste Hijo, como se ha dicho, nadie la conoce sino su Padre.'