Historia
OWEN, JOHN (1616-1683)

Su padre, el reverendo Henry Owen, vicario de Stadhampton, Oxfordshire, era de extracción galesa, descendiente de Gwegan ap Ithel, príncipe de Glamorgan. El hijo fue enviado a Oxford cuando tenía doce años y estudió clásicas, matemáticas, filosofía, teología, hebreo y enseñanza rabínica (licenciatura en humanidades, 1632; máster en humanidades, 1635), dejando Oxford en 1637. Posteriormente, el 23 de diciembre de 1653, recibiría el doctorado en teología por esa universidad. El doctor Thomas Wilson fue su maestro de música y su tutor el doctor Thomas Barlow, cuya amistad retuvo a lo largo de su vida. En la universidad la influencia de Laud era entonces muy poderosa, queriendo implantar sus planes de Alta Iglesia, a los que Owen se negó a someterse. Cayó en un estado de profunda melancolía, por sus dificultades materiales y espirituales. Antes de dejar la universidad fue ordenado, siendo capellán de Lord Lovelace, miembro del partido monárquico. Pero Owen se apartó de él a causa de su propia simpatía hacia los patriotas, como eran llamados los parlamentaristas. Retirado a Londres, un sermón basado en las palabras '¿Por qué teméis, hombres de poca fe?' le guió a una decisión espiritual. Poco después Owen publicó un libro decididamente calvinista, titulado Display of Arminianism (Londres, 1643) por el que se identificó con la facción contraria a la alta Iglesia de Inglaterra y obtuvo la secuestrada rectoría de Fordham, y The Duty of Pastors and People Distinguished, or a Brief Discourse tocuhing the Administration of Things commanded in Religion (1643), obra en la que sostenía los principios presbiterianos de gobierno eclesiástico, que luego cambiaría por los de la independencia tras una investigación más exhaustiva de la historia de la Iglesia antigua. La transición se efectuó en 1646, por lo que se desprende de su sermón ante el parlamento, A Vision of unchangeable free Mercy, &c., whereunto is annexed a short Defensative about Church Government (Londres, 1646). Hacia ese tiempo, al morir el verdadero titular, Owen fue expulsado del beneficio por el patrono, pero habiendo abrazado el pacto fue instituido por mandato de la Cámara de los Comunes, por recomendación del conde de Warwick, para la vicaría vecina de Coggeshall, donde modeló su iglesia enteramente bajo principios congregacionales, que publicó en una exposición titulada Eschol; or Rules of Direction for the Walking of the Saints in Fellowship (1648). Durante su residencia en Coggeshall se involucró en la controversia calvinista, escribiendo Salus Electorum, Sanguis Jesu; or the Death of the Death in the Death of Christ (1648), una polémica contra el arminianismo, aunque la tendencia antinomiana de esta obra levantó protestas de Richard Baxter y John Horne. También predicó y publicó dos sermones para los parlamentaristas en Colchester y Rumford titulados Ebenezer: a Memorial of the Deliverance of Essex County and Committee (1648). Totalmente identificado con la causa parlamentaria, fue invitado a predicar ante el parlamento el día después de la ejecución de Carlos I, desenvolviéndose con gran prudencia. Poco después se encontró con Cromwell, a quien ayudó como capellán en su expedición a Irlanda. Sus sermones ante el parlamento, antes de su embarque y a su regreso, sobre el estado espiritual de Irlanda, resultaron en la dotación de Trinity College, Dublín, y el establecimiento de seis predicadores parlamentarios asalariados. El 8 de marzo de 1650 Owen fue nombrado predicador del consejo de Estado. Acompañó a Cromwell a Escocia, ocupando los púlpitos presbiterianos mientras el conflicto continuaba entre el parlamento y los lealistas escoceses. Regresó a Coggeshall en 1651, votando la Cámara de los Comunes que fuera designado deán de Christ Church, Oxford, en lugar de Edward Reynolds, el presbiteriano. El 24 de octubre de 1651 predicó ante el parlamento el sermón de acción de gracias por la victoria de Worcester y el 6 de febrero de 1652 el sermón fúnebre de Ireton.

Su carrera en Oxford fue destacada. La universidad había caído en gran desorden durante los años de la guerra civil y el nuevo deán actuó como reformador vigoroso. Al frente de las cátedras puso a hombres de saber eminente, que promovieron la educación y la religión, pasando muchas distinguidas personas de la Iglesia y el Estado por sus manos. Owen fue nombrado vice-canciller en 1652, predicando ante el Parlamento al año siguiente, en la acción de gracias por la victoria naval sobre los holandeses. Tras la disolución del Parlamento Largo, en 1653, la universidad escogió a Owen como su representante en los Comunes, aunque perdió su escaño por causa de su ordenación. En el mismo año, fue uno de los comisionados para expulsar y constituir ministros y en 1654 era uno de los examinadores, un cuerpo de independientes, presbiterianos y bautistas, treinta y ocho en número, autorizado para investigar la idoneidad de los titulares para el puesto que ejercían. Owen se comportó con sabiduría y moderación, salvando al célebre Edward Pocock, profesor de árabe, de un trato duro e injusto. Cuando estalló una conspiración contra Cromwell en 1655, el vice-canciller actuó para preservar la paz pública, creando una tropa de sesenta jinetes, siendo visto con frecuencia cabalgando al frente, armado con espada y pistola. En defensa de la etiqueta académica vestía más como un laico que como un teólogo, pero estaba tan lejos de ir desaliñado que Anthony à Wood le presenta como un presumido; era estrictamente disciplinante y refrenó el libertinaje de los terræ filii al arrestar a uno de ellos y mandarlo a la Bocardo (la cárcel de la universidad). Promovió el saber y la piedad y desalentó la persecución. Aceptó el uso público de la proscrita liturgia anglicana en la casa del doctor Thomas Willis, en la vencidad de Christ Church. En 1655 asistió a una conferencia en la abadía de Whitehall en la que se discutió el trato hacia los judíos, considerando las propuestas de Manasés ben Israel. Ese mismo año, por petición del consejo de Estado, entró en liza con John Biddle con Vindiciæ Evangelicæ; or the Mystery of the Gospel vindicated and Socinianism examined. Esta obra hizo que Hammond entrara en la contienda defendiendo a Grocio, a quien Owen había clasificado entre los socinianos, replicando Owen en A Review of the Annotations of Hugo Grotius in reference to the Doctrine of the Deity and Satisfaction of Christ; with a Defence of the Charge formerly laid against them (1656). Predicó un sermón bien conocido en Westminster titulado God's Work in founding Zion, and his People's Duty thereupon (Oxford, 1656). En 1658 fue reemplazado como vice-canciller por John Conant. A pesar de las grandes responsabilidades que sus diversos cargos le suponían, encontró tiempo para publicar en la imprenta de la universidad varios tratados teológicos. Se opuso a los socinianos, al deducir la absoluta necesidad de la satisfacción por el pecado de la constitución de la naturaleza divina en Diatriba de Divina Justitia seu Justitiæ Vindicatricis Vindiciæ (1658). Atacó también a los arminianos en Doctrine of the Saints' Perseverance Explained and Confirmed (1654), oponiéndose a Redemption Redeemed de John Goodwin. Algunos de sus mejores tratados cortos de este periodo son Of the Mortificatum of Sin in Believers (1666); Of Communion with God the Father, Son, and Holy Ghost, each Person distinctly in Love, Grace, and Consolation (1657), una pieza de corte místico severamente criticada por William Sherlock; Of Schism (1657), un ingenioso intento de exonerar a los no conformistas del cisma, que provocó una respuesta de Daniel Cawdry, replicando Owen con A Review of the True Nature of Schism (1657); Of Temptation: the Nature and Power of it (1658) y Of the Divine Original Authority, Self-evidencing Light and Power of the Scriptures (1659). Agregada a esta obra iba Considerations on the Prolegomena and Appendix to the late Biblia Polyglotta, que suscitó de Brian Walton una respuesta, y Some Exercitations (en latín) contra la teoría cuáquera de la inspiración, que fue respondida con ardor inamistoso por Samuel Fisher en Rusticus and Academicos. Owen no era partidario de la idea de Cromwell del protectorado, no tomando parte en su nombramiento para tal cargo. En Savoy se celebró una reunión de los independientes con el permiso de Cromwell, donde se elaboró una confesión de fe, para la cual Owen escribió el prefacio. Mientras se celebraban las sesiones en Savoy murió Cromwell, lo que significó un gran cambio en el futuro de Owen. El deán predicó ante el primer parlamento del nuevo protector, viéndose involucrado en las confusas consultas en Wallingford House, que acabaron en la caída de Richard Cromwell y la convocatoria del Parlamento Largo. Owen predicó ante sus miembros por última vez en mayo de 1659 y en marzo de 1660 la Cámara de los Comunes le despidió de su cargo de deán y lo restituyó a Reynolds.

Fotografía de Kenton Gribble
Se retiró a su propiedad en Stadham, dedicándose a compilar Theologoumena Pantodapa (1661), un enciclopédico tratado latino sobre la historia de la religión y la teología, desde la Creación hasta la Reforma. Mientras que el Acta de Uniformidad estaba pendiente escribió una moderada protesta, A Discourse concerning Liturgies and their Imposition (Londres, 1662), siendo evaluada esta obra, junto con Animadversions (1662) y Vindication of it (1664), como un gran servicio a la causa protestante, por lo que Lord Clarendon le ofreció un alto ascenso si se conformaba a la Iglesia de Inglaterra. Pero Owen prefirió ser fiel a sus principios y después de ser acusado por tener servicios religiosos en su casa y escapar del encarcelamiento en 1664-65, se trasladó a Londres. Allí tenía poderosos amigos en la corte. Defendió la causa de la libertad religiosa en varios tratados anónimos: Indulgence and Toleration considered y A Peace Offering or Plea for Indulgence, publicados en 1667, y Truth and Innocence vindicated (1669), una réplica a Discourse on Ecclesiastical Polity de Samuel Parker. También publicó A brief Instruction on the Whorship of God and Discipline of the Churches of the New Testament (1667); The Nature, Power, Deceit, and Prevalency of the Remainders of Indwelling Sin in Believers (1668) y con su nombre en 1669 A Practical Exposition on Psalm cxxx y A Brief Declaration and Vindication of the Doctrine of the Trinity. Su elaborado Exercitations on the Epistle to the Hebrews, de la que apareció el primer volumen en 1668, se completó en cuatro volúmenes, de los que el último no se publicó hasta después de su muerte. En 1671 editó un documento en favor de la estricta observancia del domingo, titulado Exercitations concerning the Name, &c., of a Day of Sacred Rest y en 1672 una discusión contra la práctica de la conformidad ocasional adoptada por algunos de los disidentes menos estrictos, titulada A Discourse concerning Evangelical Jove, Church Peace, and Unity. El duque de York discutió los aciertos y errores de la no conformidad con él y Carlos II le concedió audiencia privada y mil guineas en compensación por los daños penales. No obstante, se le permitió predicar y tras colaborar débilmente con el proyecto de Baxter para una unión entre presbiterianos e independientes, aceptó en 1637 una labor pastoral en Leadenhall Street. En su Pneumatologia; or Discourse on the Holy Spirit (1674), Doctrine of Justification by Faith through the Imputation of the Righteousness of Christ (1677), Christologia (1679), Church of Rome no Safe Guide (1679) y Union among Protestants (1680) dedicó toda su fuerza al objetivo de impedir que el movimiento se inclinara hacia Roma por un lado y hacia el racionalismo por otro. Contestó a un ataque de Stillingfleet contra los disidentes con Brief Vindication of Non-conformuits from the charge of Schism (1681) e Inquiry into the Original Nature, Institution, Power, Order, and Communion of Evangelical Churches (1681), intentando demostrar que la línea eclesiástica de los dos primeros siglos fue congregacional. Publicó Phronema pneumatos; or the Grace of Being Spiritually-Minded (1681), Of the Work of the Holy Spirit in Prayer (1682) y a su muerte Meditations and Discourses on the Glory of Christ (1696), un refrescante libro devocional.
Valoración.
Owen protestó contra los congregacionales de Nueva Inglaterra por su intolerancia, rechazando la presidencia de Harvard. Se casó dos veces, teniendo con su primera esposa once hijos, que murieron todos, igual que ella, durante la vida de Owen; con su segunda esposa, Dorothy, viuda de Thomas D'Oyley de Chiselhampton, cerca de Stadhampton, se casó el 21 de junio de 1677, no teniendo hijos con ella, quien tenía una considerable fortuna, que le permitió mantener su carromato y una villa, primero en Kesington y luego en Ealing. Owen era físicamente alto y fuerte y de disposición amigable. Fue uno de los teólogos protestantes más eminentes y un controversista incisivo, vasto en su saber, variado y profundo, estando a la altura de Baxter y Howe. Su estilo es a veces tortuoso y su método indebidamente discursivo, por lo que sus obras son en ocasiones tediosas. Su dominio del calvinismo era completo. Otras obras notorias suyas son Exercitations on the Epistle to the Hebrews (1668-84); A Brief Instruction in the Worship of God and Discipline of the Churches of the New Testament (1669) y también A Complete Collection of Sermons (1721).
El siguiente extracto procede de A Display of Arminianism:
'Queremos ahora considerar al ídolo que es esta gran deidad llamada LIBRE ALBEDRÍO, y cuyo origen no es conocido. Algunos pretenden que, como la imagen de Diana de los efesios, el libre albedrío cayó del cielo y recibió sus atributos de lo alto. Pero si tenemos en cuenta lo insignificante que era al principio cuando fue descubierto, en comparación con la gran importancia que ha llegado a tener, podemos decir de él lo que dijo el pintor de su cuadro que llegó a ser algo monstruoso, luego de haberlo corregido o más bien cambiado y arruinado siguiendo la opinión de todos los demás: "Es el producto de la mente de la gente". Orígenes supuestamente lo introdujo por primera vez en la iglesia, pero entre los muchos adoradores sinceros de la gracia divina, este presentador de nuevos demonios encontró poca aceptación. Lo veían como el tronco de Dagón con su cabeza y manos colocadas ante el arca de Dios sin cuya ayuda no podía saber ni hacer ningún bien de ninguna clase, pues seguía siendo considerado "el palo de una higuera, un pedazo inútil de madera". Los padres de las épocas subsiguientes debatían mucho sobre qué uso debieran darle, y la mayoría llegaba a la conclusión que se dejara seguir siendo un palo hasta que con el tiempo apareció un fuerte campeón desafiando en su nombre a toda la iglesia de Dios, y como un caballero errante, iba de este a oeste para enfrentar a cualquiera que se opusiera a su ídolo; quien, aunque se topó con diversos adversarios, uno en especial, en el nombre de la gracia de Dios frustraba continuamente sus esfuerzos y lo dejaba tendido en el suelo con la aprobación de todos los jueces legítimos reunidos en concilios y en la opinión de la mayoría de los cristianos comunes. No obstante, con su insidiosa sutileza, plantó tal opinión de la deidad del ídolo y de la autosuficiencia en el corazón de algunos que, hasta hoy, no ha sido posible arrancarlo de raíz.Pues bien, después de la muerte de sus adoradores pelagianos, algunos de los maestros de filosofía y teología de la Edad Media, viéndolo expuesto desde su nacimiento al viento y el mal tiempo, a todos los ataques en su contra, por pura caridad y amor propio le construyeron un templo y lo adornaron con luces naturales, méritos, operaciones independientes incontroladas y muchas otras alegres virtudes. Pero al comienzo de la Reforma -época fatal para la idolatría y superstición al igual que para abadías y monasterios- el celo y erudición de nuestros antepasados con la ayuda de la Palabra de Dios, arrasaron con este templo destruyéndolo totalmente. Era nuestra esperanza que en sus escombros el ídolo habría sido enterrado a tal profundidad que nunca más levantaría su cabeza para ser exaltada para detrimento de la iglesia de Dios. Pero tiempo después algunos ocurrentes curiosos cuyos estómagos débiles estaban henchidos de maná y aborrecían la leche sincera de la Palabra, rastrillando las ruinas en busca de algo novedoso, para desgracia, dieron con este ídolo y con no menos alegría que la del matemático al descubrir una nueva proporción geométrica, exclamaron: ¡Eureka! ¡Lo hemos encontrado!". Sin más ni más, levantaron un santuario, y hasta el día de hoy siguen ofreciendo alabanzas y acciones de gracias por todo el bien que le hace a la obra de sus propias manos.
A fin de que el ídolo no volviera a la ruina, a la cual, sabían por experiencia, podía volver, le agregaron una contingencia, diosa nueva que ellos mismos crearon, que ha probado ser muy fructífera produciendo nacimientos monstruosos como fruto de su unión. No dudan de que jamás les faltará alguien para colocar en el trono y hacer soberano de todas las acciones humanas. De modo que teniendo diversos triunfos en al menos mil doscientos años, contendiendo con la providencia y la gracia de Dios, se jacta ahora como si hubiera obtenido una victoria total. No obstante, todos sus éxitos son atribuibles a la diligencia y el barniz de sus nuevos cómplices con -¡para nuestra vergüenza sea dicho! -la negligencia de sus adversarios. No hay en él y su causa más valor auténtico que cuando fue maldecido y quitado de la iglesia. De modo que, aquellos que pueden, recorriendo laberintos de curiosas ideas, se encuentran que han sido como los novicios egipcios, quienes pasando por majestuosos frontispicios y cortinajes suntuosos con mucho celo y devoción, al final se encontraban con la imagen de un feo simio.
Sin embargo, no nos oponemos totalmente al libre albedrío, como si fuera solo un fruto de la imaginación o como si es algo que no existe, sino solo en el sentido que le dan los pelagianos y arminianos. No argumentaremos sobre palabras. Aceptamos que sustancialmente en todas sus acciones, el hombre tiene tanto poder y libertad como es capaz de tener una criatura creada. Aceptamos que es libre para tomar decisiones sin que se le obligue desde afuera y sin una necesidad natural interior de obrar según [su preferencia] y deliberadamente, adoptando espontáneamente lo que le parezca bien a él. Asimismo, no tenemos ningún problema que llamen a este poder: libre albedrío o lo que les plazca, siempre y cuando no lo consideren supremo, independiente y sin medida. La selección de nombres depende de la discreción de los que los inventan.
Además, aun en cuanto a las cosas espirituales, negamos que nuestra voluntad tenga obstáculos o que algo pueda impedir que la cumplamos. Pero aquí decimos que, ciertamente, no somos verdaderamente libres hasta que el Hijo nos hace libres... no pretendemos tener una libertad al punto que nos hace despreciar la gracia de Dios, por medio de la cual realmente podemos obtener la verdadera libertad, la cual nos da más libertad, y no nos quita nada de nuestra libertad original. Pero esto lo digo después de haber mostrado qué ídolo han hecho los arminianos del libre albedrío. Y tomen nota de que al comenzar a hablar ahora de este, no lo hago como algo que Dios creó al principio y que ahora se ha corrompido, aun así le adjudican más de lo que jamás abarca.
"En esto", dice Arminio, "consiste la libertad de la voluntad, en que aun contando con todo lo requerido para capacitarla a tener la voluntad de lograr algo específico, no le importa si la lleva a cabo o no". Y todos los participantes del sínodo dicen: "Acompaña a la voluntad del hombre una propiedad inseparable que llamamos libertad, y por ende la voluntad es llamada un poder, el cual cuando todas las cosas consideradas como necesarias a su operación son satisfechas, puede o no aceptarla. ¡Es decir que según esa creencia, nuestro libre albedrío tiene tal poder absoluto e incontrolable en la esfera de las acciones humanas, que ninguna influencia de la providencia de Dios, ninguna certidumbre de sus mandatos, ninguna inmutabilidad de su propósito, puede cambiar las determinaciones tomadas libremente ni tener poder de lo Alto para causarle que quiera o resuelva llevar a cabo alguna acción que Dios tiene la intención de producir por intermedio de él! Tomemos como ejemplo la gran obra de nuestra conversión. "Todos los hombres no regenerados", dice Arminio, "tienen en virtud de su libre albedrío, el poder de resistir al Espíritu Santo, de oponerse a la gracia ofrecida por Dios, de rechazar el consejo de Dios en lo que a ellos mismos se refiere, de rechazar el evangelio de gracia, de no abrirle el corazón a él, que todo lo sabe". ¡Qué ídolo tenaz es este, que ni el Espíritu Santo, ni la gracia y el consejo de Dios, ni el llamado del evangelio tocando a la puerta del corazón, lo puede mover, ni aun en la medida más pequeña prevalecer contra él! ¡Ay de nosotros entonces, si cuando Dios nos llama, nuestro libre albedrío no tiene la inclinación ni la disposición de acudir a él! Pues parece que no hay ninguna otra manera de responder a él, por más todopoderoso que sea. "Porque reconozcamos", dice Corvino, "que a pesar de todas las operaciones de gracia que Dios puede usar para nuestra conversión, esta permanece bajo el poder de nuestra propia libertad por lo que podemos no convertirnos; es decir que queda en nosotros el poder de arrepentirnos o no". Dondequiera que el ídolo claramente desafía al Señor a obrar con todo su poder, después de haberlo hecho le dice que al final de cuentas seguirá haciendo lo que quiere. Su presciencia, su poderosa predeterminación, la eficacia moral del evangelio, la infusión de su gracia, la operación eficaz del Espíritu Santo, todo esto es nada, nada puede ayudar ni cambiar nuestra voluntad independiente en lo que respecta a lo antedicho. Bueno, ¿entonces en qué lugar hemos de colocar al ídolo?
"En alguien a quien ha llevado a pecar o a hacer lo que le place", como sugiere el mismo autor. Pareciera que, en lo que al pecado se refiere, ¿entonces nada se requiere de él para hacer el bien que contar con el permiso de Dios? ¡No! Porque los Remonstrantes "siempre suponen un poder libre de obedecer o no obedecer, tanto en el caso de aquellos que obedecen como de aquellos que no obedecen", donde todos los méritos de nuestra obediencia, que nos hace diferentes de los demás, se nos atribuye a nosotros mismos, y a ese poder que tenemos de elegir libremente.
Ahora bien, esto se aplica no solo al acto de obedecer, sino a la fe misma y su total consumación. "Porque si alguien dijera que todos los hombres en el mundo tienen el poder de creer, si esa es su voluntad, y de obtener salvación, y que este poder es parte de su naturaleza, ¿qué argumento tendríamos para refutarlo"? le dice triunfalmente Arminio a Perkins, confundiendo claramente el sofístico innovador, la gracia y la naturaleza como siempre lo hizo Pelagio. Entonces, lo que los arminianos declaran aquí en nombre de su libre albedrío, es una independencia absoluta de la providencia de Dios al hacer cualquier cosa que sea y de toda su gracia al hacer lo bueno: una autosuficiencia en todos nuestros actos y una neutralidad absoluta al hacer lo que queremos, que esto o aquello se superpone a cualquier influencia de lo Alto. De modo que, según esta creencia, las buenas acciones nacen de nuestra voluntad y no dependen en absoluto de la providencia de Dios como actos originados en su gracia porque son actos buenos, sino que en ambos casos proceden de un principio dentro de nosotros mismos que no son motivados de ninguna manera por un ser superior.
Ahora bien, rechazamos la primera premisa porque nuestra voluntad es creada, y en segundo lugar porque es corrupta. El hecho de ser creada le impide hacer algo por sí misma sin la ayuda de la providencia de Dios; y el hecho de ser corrupta le impide hacer algo bueno sin la gracia divina. A menos que nuestra intención es convertirla en un dios, no podemos aceptar una operación autosuficiente, o sea sin la obra eficaz de Dios todopoderoso. Y no hemos de otorgar al hombre un poder de hacer el bien como lo tiene de hacer el mal a menos que neguemos la caída de Adán y pensemos que todavía estamos en el Paraíso.
Tenemos, sí, un libre albedrío que es libre de toda compulsión externa y necesidad interna, que tiene la facultad de elegir aquello que cree es bueno para esta dentro de lo que comprende una elección libre. No obstante, está sujeta a lo decretado por Dios, tal como ya lo he demostrado. Es totalmente libre en todo lo que hace, tanto con respecto al objeto que escoge como al poder y facultad vital por los que obra infaliblemente de acuerdo con la providencia de Dios. Pero afirmar una independencia suprema y en todo sentido ajena a cualquier sujeción como pretenden los arminianos, que suponen que todas las otras cosas necesarias deben permanecer absolutamente en nuestro propio poder de voluntad, a hacer algo o no hacerlo, es simplemente insinuar que nuestra voluntad está sujeta al gobierno del Altísimo... contra tal exaltación de ese grado de independencia, me opongo:
Primero, toda operación que sea independiente de cualquier otra cosa es puramente activa, y en consecuencia un dios, porque nada fuera de una voluntad divina puede ser un acto puro, poseyendo tal libertad en virtud de su propia esencia. Cada voluntad creada debe tener la libertad de participación, que incluye una potencialidad tan imperfecta que no puede ser activada sin la acción previa de un ser superior. Ni es esta acción extrínseca en perjuicio de todo libre albedrío, el cual requiere que el principio de funcionamiento interno se active y libere, pero no dice que este no sea activado por un ser superior externo. Nada en este sentido puede tener un principio independiente de operación si no cuenta con un ser independiente.
Segundo, si los actos libres de nuestra voluntad están sujetos a la providencia de Dios a fin de usarla para cumplir su voluntad, y por medio de ellos cumplir muchos de sus propósitos, entonces no pueden por sí mismos ser absolutamente independientes al punto de, por su propio poder, manejar cada circunstancia y condición a su antojo. Ahora bien, he dado prueba de lo anterior presentando todas las razones y los pasajes de las Escrituras para mostrar que la providencia de Dios invalida las acciones y determina la voluntad de los hombres para que libremente realicen aquello que él ha determinado. Y, por cierto que si fuera de otra manera, el dominio de Dios sobre la mayoría de las cosas en este mundo sería excluido: no tendría nada de poder para determinar algo que alguna vez pudiera suceder relacionado con lo que tiene que ver con la voluntad del hombre.
En tercer lugar, la doctrina del libre albedrío es aceptable cuando se ejerce bajo la dirección de Dios "en quien vivimos, nos movemos y somos". pero es idolatría cuando se ejerce solo porque el hombre tiene la facultad de hacerlo.
Considerando ahora, en segunda instancia, el poder de nuestro libre albedrío en hacer aquello que es moralmente bueno, encontraremos que no solo es esencialmente imperfecto, por ser creado, sino también es corrupto por un efecto contraído. La habilidad que los arminianos le adjudican en este sentido -de tener el poder de hacer aquello que es moral y espiritualmente bueno- es tanta que hasta lo declaran un estado de inocencia, aun el de un poder para creer el evangelio y el poder para resistirlo, de obedecer y no obedecer, y de volverse a Dios o no.
En las Escrituras, como ya he mencionado, no existe ese término [libre albedrío] ni ningún equivalente. En cambio, las expresiones que usa concernientes a nuestra naturaleza y todas sus facultades en esta condición de pecado y de falta de regeneración parecen implicar todo lo contrario: Que estamos "sujetos a servidumbre" (y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida.[…]Hebreos 2:15), "muertos en... pecado" (Y El os dio vida a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados,[…]Efesios 2:1) y, por lo tanto "libres acerca de la justicia" (Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres en cuanto a la justicia.[…]Romanos 6:20); "esclavos del pecado" (v. 17); bajo el reinado y dominio del mismo (v. 12 y 14) y nuestros "miembros" siendo "instrumentos de iniquidad" (v. 13); que no somos verdaderamente libres hasta que el Hijo nos libere (Así que, si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres.[…]Juan 8:36); de modo que este ídolo que es el LIBRE ALBEDRÍO, en lo que respecta a cosas espirituales, no es ni un ápice mejor que los otros ídolos de los paganos.'