Pablo IV (Giovanni Pietro Caraffa), papa entre 1555 y 1559, nació en Carpriglio, Abruzos, el 28 de junio de 1476 y murió en Roma el 18 de agosto de 1559.
Pablo IV, detalle de la escultura de su tumba por Pirro Ligorio; en la iglesia de Santa María sopra Minerva, RomaFue consagrado al sacerdocio en 1494, tras estudiar lenguas, filosofía, teología y derecho canónico. Su tío, el cardenal Oliviero Caraffa, le abrió el camino para su promoción eclesiástica, siendo de esta manera chambelán bajo Alejandro VI, protonotario bajo Julio II y obispo de Chiete (Teate) en los Abruzos. Estuvo empleado en misiones diplomáticas en los años 1506 y 1507, ocupándose luego de varias reformas en su propia diócesis, hasta que fue llamado a Roma, en 1512, como presidente de una de las congregaciones del V concilio de Letrán. En espera del concilio fue enviado a Inglaterra por León X para colectar el óbolo de San Pedro, siendo enviado a España antes del regreso para unir a los príncipes cristianos contra los turcos. Los años que pasó en España fueron decisivos para su posterior política, al conocer de primera mano una institución que nominalmente también existía en otras partes, pero que sólo en la forma que había asumido en España le iba a servir como poderoso instrumento: la Inquisición.
Para empezar, Caraffa impulsó reformas dentro de la Iglesia. Bajo León X formó parte de un comité con Silvestre Prierias y poco después fue miembro del Oratorio del Amor Divino. Cuando Adriano VI se propuso promover una reforma, encomendó a Caraffa y a Tommaso Gazzella de Gaeta para que elaboraran un borrador de recomendaciones, aunque sus trabajos no dieron resultado. En igual manera, cuando Clemente VII se vio, a su pesar, constreñido por la opinión pública a impulsar algunos esfuerzos, llamó a Caraffa como ayudante, aunque aquí de nuevo los intentos de mejorar la preparación del clero y acabar con la simonía no dieron mucho resultado. Como reacción ante tanto trabajo en vano, Caraffa se retiró de la vida pública, a causa de la curia. Con algunos amigos del Oratorio fundó los teatinos. Era natural, en un hombre del carácter de Caraffa, que tras ver que todos sus intentos de reforma desde dentro de la Iglesia se habían echado a perder y que la 'herejía' se difundía más y más, que tomara como política de combate una resolución firme y sin transigencias ni compromisos. En consecuencia, cuando Roma cayó en manos de las tropas españolas y alemanas de Carlos V en 1527, trasladó la nueva orden de Roma a Venecia, quedando inmerso de nuevo en la senda de una reacción ilustrada, lo que se evidencia por dos informes: uno, el decenvirato, y otro en 1532, a Clemente VII, exhortando en ambos al rigor más extremo contra toda forma de herejía.
Para ello Caraffa buscó y encontró nuevos métodos. Una vez más, cuando regresó a Roma, intentó acometer reformas, para lo que fue designado por Pablo III para el comité de nueve prelados que elaboraron Concilium de emendenda ecclesia en 1536; pero este intento también demostró ser inútil en ese momento, aunque el concilio de Trento, un cuarto de siglo después, llevó a cabo las recomendaciones que allí se exponían. En el año 1537 él y sus colegas del comité fueron objeto de la burla por parte de los protestantes, a causa de la ineficacia de su reforma. La curia todavía parecía inclinada a buscar un acuerdo con los protestantes, ya que Contarini en 1541 fue enviado a Regensburgo como delegado papal. Pero una fuerte facción en la curia, en la que estaba Caraffa, se opuso al plan desde el principio, lo que hizo inviable la resolución del conflicto. En este sentido, Caraffa y Contarini representan los polos opuestos de la política de la curia, siendo el resultado final que la reacción rígida ganara la partida y que Contarini se retirara de la curia, sospechoso de traición. Es notorio que el mismo año y en virtud de la bulaLicet ab initio de 21 de julio de 1542, entró en efecto la reorganización de la Inquisición romana, que Caraffa remodeló según el modelo español. Fue su creación favorita, de ahí que proveyera, incluso con sus propios medios, lo que fuera necesario para su funcionamiento, dirigiendo todas las conferencias consultivas y elaborando sus directrices en toda Italia. Plenamente convencido de que el catolicismo estaba capacitado para recuperar su supremacía universal, si dedicaba todo esfuerzo a ese fin, Caraffa es la encarnación de la Contrarreforma.
Escudo de armas de Pablo IV
Aunque a la muerte de Pablo III, en 1549, Caraffa había obtenido muchos votos en la elección del sucesor, no fue hasta después de Julio III, en 1555, que fue elegido papa como Pablo IV, siendo ya de setenta y nueve años de edad. Los cuatro años que le quedaban de vida, los empleó decisivamente en el objetivo que se había propuesto. Podría haber conseguido más, de no haber sido por el ciego odio que sentía hacia todo lo español e imperial y si el nepotismo no hubiera hallado hueco en su alma. Pero esta última falta, al menos, la venció en su primer año de pontificado, expulsando a los jóvenes Caraffas. Pablo IV inflexiblemente se entregó a dos actividades: la Inquisición y la prosperidad de los jesuitas. Las medidas de represión religiosa que tomó ocasionaron tanto descontento, que cuando el papa expiró siguieron escenas de desorden, alborotos, perturbaciones y motines; los edificios principales del Santo Oficio fueron tomados por asalto y medio destruidos, siendo la estatua del papa derribada y arrastrada ignominiosamente por las calles. El embajador veneciano en Roma escribía: "La violencia del papa es siempre grande, pero cuando se trata de la Inquisición es indecible. Ningún poder del mundo podría impedirle consagrarse por entero al día fijado, el jueves, para la reunión de la comisión. Recuerdo el día en que los españoles conquistaron Anagni y mientras toda Roma corría a las armas, temblando por sus vidas y sus bienes, Pablo IV iba a presidir, impasible, el Santo Oficio, tratando de las cosas del orden del día como si los enemigos no estuvieran a las puertas de la ciudad." En el uso de la Inquisición prefirió golpear a los que estaban en altas posiciones, como a Morone y al obispo Soranzo, mientras que favoreció a los jesuitas hasta tal punto que alguien de la Compañía de Jesús escribió: 'Mucha gente sostiene que Pablo es el fundador de nuestra sociedad.' Su muerte representó la desaparición de un poderoso papa, que dejó su huella en la organización de la Iglesia católica de su tiempo.