Historia
PALMER, BENJAMIN MORGAN (1818-1902)

Además de seis libros, publicó numerosos folletos y contribuyó con muchos artículos a la Southern Presbyterian Review, la Southwestern Presbyterian y la Presbyterian Quarterly.
Fue autor de The Life and Letters of James Henley Thornwell, D.D., LL.D. (1875); The Family in Its Civil and Churchly Aspects (1876); Formation of Character (1890); The Broken Home, or Lessons in Sorrow (1890); The Threefold Fellowship and the Threefold Assurance (1892); y Theology of Prayer (1894).
De su obra The Family in Its Civil and Churchly Aspects es el siguiente pasaje:
"Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas" (Maridos, amad a vuestras mujeres y no seáis ásperos con ellas.[…]Colosenses 3:19)."Es digno de mención especial que, en todos los mandatos apostólicos, el gran deber que se impone [al esposo] es el amor. Además del testimonio que encabeza este capítulo, la obligación se expone más detalladamente en la Epístola a los Efesios: "Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella... Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama... Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia... Cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo" (Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio a sí mismo por ella,[…]Efesios 5:25, 28-29, 33).
Pero, ¿no es el amor un deber de la esposa también? Es más, [según] nuestra filosofía, nos atreveríamos a decir que es a ella a quien le corresponde, principalmente, exponer ese gran poder. Con cierta sorpresa, encontramos que se atribuye a la conciencia del esposo como su obligación suprema y no podemos descansar hasta que descubramos el fundamento de esta discriminación... El mandamiento de amar está claramente diseñado para abarcar todo el oficio del esposo con sus distintas funciones. ¿Somos capaces de rastrear la sabiduría de la palabra?
1. El esposo es el representante y el canal del amor en el que se fundamenta la relación matrimonial. No es necesario demostrar que el amor es el elemento en el que se mueve la familia, la atmósfera que sostiene su vida o que es la base sobre la que se contrae el matrimonio y sin la cual es poco más que una inmoralidad sexual autorizada. Esto puede ser asumido. Si se ampliara, sólo serviría para dar énfasis a la exhortación, lo cual no es nuestro objetivo en este momento.
Observemos entonces que, en el orden de la naturaleza, este amor comienza con el hombre. Él es quien escoge, lo que explica el peculiar lenguaje de Por tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.[…]Génesis 2:24: "Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer". No lo dice al revés, aunque en realidad, implica un sacrificio mayor cuando la mujer abandona el hogar de su juventud. Pero no le corresponde a ella tomar la iniciativa. La mujer debe imponer restricción a sus afectos hasta que se le convoque. Como la violeta, oculta su dulzura bajo la hoja hasta que se tiende la mano para sacarla de su escondite. Ella puede despertar el amor que suscitará el suyo propio en respuesta absoluta, pero ese amor debe hablar primero desde los labios de otro, de los cuales, el suyo propio, no es más que el eco. Así pues, puesto que este amor es deseado primero por el hombre, es reconocido y es expresado primero por él, él lo representa en su poder activo y controlador a lo largo de la vida. Su amor debe ir siempre al frente. Tal como él comenzó, así debe continuar siendo su promotor y representante. Corresponde a su oficio de esposo, sentar las bases de la nueva sociedad y de la comunión en el amor; y él es el canal a través del cual pronuncia sus grandes mandatos. Es muy significativo el hecho de que, para él, el amor sea un deber primario que obliga la conciencia y no simplemente, un instinto ciego que opera mecánicamente como el de las bestias. Es una fuerza que él origina y de cuya perpetuación se le hace responsable. Esta ha de ser, de ahora en adelante, la ley de su vida y la fuente de todas sus acciones hacia aquella que, por ese amor, ha sido ganada para sus brazos. Él es constituido el guardián de aquello en lo que todo verdadero matrimonio tiene su vida y su ser.
2. Como la naturaleza del hombre es la más áspera de las dos, su amor necesita ser sometido al imperio de la voluntad y ser cultivado como un principio. El novelista y el poeta pueden tratar el amor como una emoción o como una pasión; pero el moralista debe llegar hasta la raíz, de la cual, ambas brotan, y reconocerlo como un principio. Como tal, puede ser cultivado; no directamente, tal vez, pero sí indirectamente porque sólo así, las emociones pueden ser controladas por una fuerza que está detrás de ellas y por una ley que las hace depender de ella para todas sus manifestaciones. Por ejemplo: Existe el potente poder del hábito que surge del ejercicio repetido del principio. ¿Y dónde se ilustra esto más profusamente que en el matrimonio, donde el hábito del amor se fortalece, mientras que la mera emoción se debilita? Además, podemos obligarnos a prestar atención a aquellas cualidades personales que despertaron por primera vez el afecto y, así, las brasas moribundas pueden ser encendidas en una llama tan fresca como cuando estalló por primera vez desde los lugares profundos del corazón. Además, la conciencia puede ser entrenada para considerar lii obligación que surge de nuestra elección original, cuando demandamos el afecto correspondiente que nos haría felices. Debe ser un corazón frío e ingrato el que pueda resistirse a una apelación tan constante a su propia generosidad. Estas especificaciones bastarán para mostrar, al menos, algunos de los métodos por los cuales se puede hacer que el principio del amor, eche sus raíces más profundamente en el corazón; el cual, por la ley natural de expansión, brotará en los sentimientos y florecerá al fin, en la plena pasión del amor. Es bueno para nosotros que, cuando la novedad del goce se extingue en la relación con la esposa, lleguemos, a través del poder controlador del hábito, a una firme necesidad de amar; y ese poderoso principio vive y trabaja invisiblemente en las profundidades de nuestra naturaleza, brotando en nuevas flores, tan rápido como las viejas se marchitan y caen.
La mujer, por su constitución más amable y confiada, puede ser dejada, en gran medida, a la acción de sus propios instintos más suaves y dulces. Pero al hombre, cuya aspereza natural podría oponerse al desarrollo, le es ordenado que sus afectos sean educados por la conciencia y regulados por la voluntad. En consecuencia, se le hace más consciente de su responsabilidad como exponente oficial y guardián del amor sobre el que descansa el matrimonio. Por supuesto, nada de lo que aquí se ha escrito, debe interpretarse en el sentido de sacar el amor recíproco de la mujer de la esfera de la moralidad y tratarlo como simplemente constitucional e instintivo. Puesto que su naturaleza es idéntica a la del hombre como lo demuestra el hecho de que haya sido creada de su costado está sometida a la guía y a las sanciones de las mismas leyes que él. Sólo se quiere decir que lo que es cierto para ambos, puede aplicarse con un énfasis especial al hombre, en la medida en que las influencias morales puedan ser particularmente necesarias para el desarrollo de su carácter y la regulación de su conducta.
3. Las ocupaciones del hombre en la vida, al ser más diversas que las de la mujer, pueden absorber por completo sus pensamientos. La esposa encuentra su mundo en el hogar, cuyo cuidado le pertenece por vocación. Es su función presidirlo, como un juez se sienta en el estrado, o un abogado aboga en el tribunal, o un comerciante se mueve en los círculos del comercio. Protegida de las preocupaciones más rudas de la vida, respira la atmósfera del amor y, en el cumplimiento constante de sus dulces y placenteros deberes, corre poco peligro de escapar de su influencia y control. Pero en el caso del hombre, sumido en los pormenores de los negocios, el amor es propenso a resultar excesivo en un episodio'. Apartado de los tiernos amores de su hogar, y preocupado con las ansiedades y trabajos del mundo exterior, su corazón es propenso a endurecerse bajo las influencias que son muy desfavorables para el desarrollo de los afectos. No podemos, por lo tanto, sino aprobar la sabiduría que lo pone tan preeminentemente bajo la ley del amor y lo ata con sus santas obligaciones.
4. Este mandato determina la naturaleza de su autoridad y la templa con la gracia. Bajo todo gobierno, la soberanía debe recaer en alguna cabeza reconocida. Debe existir un tribunal supremo, más allá del cual no pueda haber apelación. En el sentido supremo, esto pertenece sólo a Dios; pero en la familia, la cual está constituida bajo la providencia divina, el impresionante privilegio y la ventaja de representar el poder de Dios recaen sobre el esposo y al padre. Él es delegado como cabeza del estado doméstico y su autoridad une al hogar. Esta perspectiva de su posición es poco considerada, sin embargo, ¡cómo santifica toda relación y todo deber! Si se erige como representante de Dios ante todos los que están bajo su influencia, ¡con cuanta consideración debe administrar su sagrada confianza! Y cómo se les quita toda humillación a quienes obedecen, cuando el cetro ante el que se inclinan lleva la inscripción del nombre divino... Aquí está, a la vez, la limitación y la concesión de su poder. La una está plegada dentro de la otra: Si él representa a Dios en la plenitud de su gobierno, entonces debe tomar la justicia, la ternura y la paciencia del divino Legislador como pruebas de su propia fidelidad. Quien gobierna para Dios en esta mancomunidad primaria, debe aprender él mismo, la ley del amor como el trasfondo de su propia autoridad. Interpretamos la palabra del Apóstol, no simplemente como un control contra los caprichos y la voluntad propia, ¡sino como la definición de la naturaleza de su gobierno, llevándolo a la esfera de la gracia y convirtiéndolo en el reino del amor! Está fundado en el amor en su origen; ha de administrarse en el espíritu del amor como ley suprema; y del esposo, situado en la fuente y manantial de su solemne autoridad, brota esta ley de amor para todos los que están bajo su dominio. Para ello, es investido en su cargo bajo la sanción de este gran mandamiento, sin el cual, se convierte en tirano y usurpador.
Sin profundizar más en la filosofía del caso, las razones expuestas bastan para explicar el énfasis que se pone en el amor del esposo. La idea general se ve reforzada por la forma de la exhortación que es dirigida a él: "No seáis ásperos con ellas" ... La palabra áspero, no indica tanto una falta especial que deba censurarse, sino el peligro y la tentación fundamentales a los que está expuesta la relación. Se refiere a la autoridad con la que está investido el esposo y cuyo abuso es un peligro constante. La palabra áspero toca esto como con la punta de una aguja y no estará de más, sugerir algunas de las direcciones más obvias en las que, tan a menudo por desconsideración como por malignidad, un abuso de la autoridad marital puede ser fuente de amargura para quien es objeto de ella.
1. A veces se da una presunción de superioridad señorial y se menosprecia a la esposa como si fuera inferior. Nada puede ser más irritante para cl orgullo de ella. ¿Acaso no basta con que el hombre esté investido de una supremacía oficial a la que ella debe rendir el homenaje con respeto, para que ésta deba ser llevada al extremo de la humillación? Todos sus instintos se rebelan contra la degradación, la cual, realmente, la incapacitaría para los deberes de su posición. Si [ella] es tomada de la misma sustancia del hombre, ¿cómo puede ser inferior en dignidad natural? Si se le entrega como una ayuda idónea, ¿cómo puede ser ella su complemento, si no es su igual? ¿Cómo puede estar asociada con él en un gobierno conjunto, si no está al mismo nivel? El hecho es que todas las comparaciones entre los dos, en cuanto a cuál debería ser considerado más digno, son superficiales e irrelevantes. Cada uno es el mejor en su lugar y ninguno es perfecto sin el otro. La distinción de sexo atraviesa toda la naturaleza de ambos, de modo que difieren tanto en su estructura espiritual como física; pero esta misma distinción impide la comparación entre los dos. Lo que se llama la debilidad de la mujer es, en realidad, su fortaleza. Proviene de la delicadeza más exquisita de su organización, tanto intelectual como física, la cual la capacita para los oficios más delicados y tiernos que está llamada a desempeñar. La dependencia para la cual todo esto la prepara, no es su degradación, sino su gloria. Por lo tanto, sólo delata insensatez aquel que es incapaz de distinguir entre la sumisión y la inferioridad; y que no recuerda que la sumisión en el cargo, a menudo, se obtiene donde hay igualdad absoluta en el rango. No hay amargura más amarga para una verdadera mujer que este menosprecio que la degrada a los ojos de aquel a quien ella misma está obligada a honrar.
2. También hay un alarde pretencioso de autoridad en las exigencias innecesarias de obediencia. No es una prueba pequeña de la bondad divina que haya gozo en la dependencia, siempre que corra dentro del surco que la naturaleza le ha proporcionado. Si no, entonces, puede estar acompañada de una fricción que desgastará la maquinaria. Hay, en efecto, un revestimiento suave bajo las cadenas que el amor pone alrededor de los miembros. Pero, aun así, pueden ser tirados y retorcidos con una aspereza desconsiderada que raspará estos miembros y dejará feas cicatrices donde sólo deberían adornar. Incluso la suave dependencia de la mujer, ofende la cobarde tiranía que ejerce la autoridad sin otro motivo que exhibir el poder al que se aferra.
3. Hay aspereza en negar la demostración de amor que es el consuelo de una mujer. Ella fue ganada por esto y por esto dejó los afectos más tranquilos del hogar de su infancia. Es el tributo que se le debe por el sacrificio; y hay un sentimiento de ultraje y de agravio cuando, en ocasiones apropiadas, se le niega. No se trata, simplemente, de la pérdida de lo que ella había considerado como su ganancia, sino de un sentimiento de deshonra al ser desplazada del trono de los afectos. Las atenciones demasiado visibles del cortejo eran aceptadas como pruebas de un amor que nunca conocería disminución y la sagrada promesa sólo puede ser redimida mediante una atenta vigilancia a lo largo de la vida que no tiene por qué degenerar en un afecto servil y sumiso hacia la esposa para satisfacer todas las demandas del corazón de ella.
4. Es otra forma de lo mismo cuando se le niega el debido apoyo en sus preocupaciones. La carga del hombre recae sobre él en gran medida y las energías de la voluntad se movilizan más fácilmente para su apoyo. El destino de la mujer no es tanto de trabajo duro como de preocuparse, lo cual la fatiga por atrición. Una mirada amable o un tono suave, serán como aceite para suavizar la fricción. Hace que la cruz sea un gozo, si gana el tributo del amor al sacrificio constante y paciente del amor.
5. El aislamiento de la sociedad es otra amargura para ella, quien necesita apoyarse en ésta para sí misma y para su hogar. El matrimonio la aísla del mundo. Nunca se pretendió que el hogar fuera su prisión, donde comulgar en soledad y silencio, sólo con esperanzas frustradas y gozos arruinados. Es una clara subversión de su justo derecho, cuando la esposa abandonada se ve reducida a envidiar a los rivales más burdos -ya sea un negocio absorbente, o el frenesí de la política, o los placeres del club y la cantina- que la han suplantado en su supremacía.
6. Lo peor de todo es la amargura de su alma que se lamenta ante un esposo totalmente indigno de su reverencia. Si hay una esclavitud más intolerable que otra, es la de servir sin afecto. Pero el dolor aquí es que, el afecto que una vez hizo del servicio un deleite, ha muerto por completo en el alma de la mujer y ella no puede revivirlo. Su corazón se ha marchitado en su interior y se ha convertido en polvo. Está atada con cadenas más fuertes que el hierro a lo que, a partir de ahora, es para ella sólo "un cuerpo de muerte". Y, sin embargo, a esta repugnante corrupción que engendra ofensas a cada paso, ha prometido el homenaje de su respeto. Pero el respeto es algo que debe ser merecido. Fue prometido alegremente en el altar del matrimonio cuando todo parecía ser justo y verdadero. Ahora, cuando las tentaciones del pecado han apartado de la integridad y del honor a aquel a quien la ley de Dios y su propia elección colocaron sobre ella como cabeza, ¡cuál debe ser la amargura de su espíritu al encontrar que la devoción, la estima y el amor se desvanecen en su corazón hacia aquel que tan terriblemente ha dejado de ser para ella una cobertura y una gloria!
No podemos proseguir con estos pensamientos que excitan, a la vez, las emociones gemelas de la indignación y de la lástima. Han sido llevados hasta aquí, sólo para ilustrar la designación integral del oficio del esposo mediante la palabra amor. La dignidad y el carácter sagrado de la relación se expresan por igual con ella; pues no puede asignarse una misión más elevada o más solemne que la de representar oficialmente este principio divino justo en el punto donde se encuentra el germen de toda sociedad humana.
Tal es entonces, la doctrina general de la supremacía del esposo basada en el amor. Recibe un énfasis adicional del doble argumento con el que el Apóstol la impone a la conciencia. El primero es la consideración de la identidad de la esposa con su esposo. La referencia, por supuesto, es al misterio de la mujer siendo tomada del cuerpo del hombre. Ella es, por tanto, su otro yo. "Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras este dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; esta será llamada Varona, porque del varón fue tomada" (21 Entonces el SEÑOR Dios hizo caer un sueño profundo sobre el hombre, y éste se durmió; y Dios tomó una de sus costillas, y cerró la carne en ese lugar. 22 Y de la costilla que el SEÑOR Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la trajo al hom[…]Génesis 2:21-23). Aunque ahora existe separada de él, con personalidad propia, el matrimonio la devuelve a un rencuentro místico con él. La costilla, extraída de su costado, es reemplazada por la forma viviente que lo complementa, de modo que "el que ama a su mujer, a sí mismo se ama" (Así también deben amar los maridos a sus mujeres, como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.[…]Efesios 5:28). Y así como "nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida" (Porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia;[…]Efesios 5:29), él, sencillamente, ama su propio cuerpo. Hay una profunda ternura en esto que sólo inunda el corazón con tiernas y benditas simpatías. Es el amor mismo el que corona al hombre como cabeza de la familia; quien, en el esplendor de esta majestad, acoge dentro de sí a la tierna contraparte de su propio ser, la cual ciñe la guirnalda alrededor de su frente. Ella es, a partir de ahora, una con él en una unidad mística, más santa y más cercana que la que se rompió cuando la carne se cerró sobre la hendidura de su costado."
Bibliografía:
Charles F. Arrowood, Dictionary of American Biography; Portavoz de la Gracia