Historia
PASCUAL II († 1118)
- Promesa inicial de su pontificado
- Lucha de las investiduras
- El nuevo acuerdo
- Desaprobación y anulación del acuerdo
- Asuntos en Inglaterra, Francia y el este

Ingresó en el monasterio a temprana edad y cuando tenía veinte años fue a Roma por asuntos de su monasterio, siendo retenido allí por Gregorio VII y ejerciendo como presbítero de San Clemente. Fue elegido sucesor de Urbano II el 13 de agosto de 1099 y al día siguiente consagrado. Muchos problemas esperaban solución del nuevo papa. Guiberto de Rávena, a quien Enrique IV había constituido como antipapa, fue expulsado de Roma. Sin embargo, los problemas de Pascual no acabaron con la expulsión de Guiberto, ni siquiera con su muerte, pues sus amigos eligieron a Alberto como papa, aunque éste fue detenido el mismo día y confinado en el monasterio de San Lorenzo. Pero la facción opositora continuó impertérrita, escogiendo a Teodorico, que fue capturado algo más de cien días después y encerrado en el monasterio de Cava, cerca de Palestrina. El esfuerzo final vino con la elección de Magninulfo, que tomó el nombre de Silvestre IV, pero fue obligado a huir y murió poco después. La situación alemana en el momento del ascenso de Pascual era favorable a causa del cansancio por el conflicto, que afectaba incluso a Enrique IV. Apenas supo el emperador que Clemente III había muerto, citó a los príncipes en Navidad del año 1100 para una conferencia en Maguncia, a fin de restaurar la paz eclesiástica. Ellos le aconsejaron el envío de una embajada a Roma, estando Enrique dispuesto a asistir al concilio que sería convocado en Roma en febrero de 1102. Sin embargo, Pascual estuvo desde el principio dispuesto a continuar la batalla. Apeló al conde Roberto de Flandes para que tomara las armas en una guerra santa contra Enrique, intentando reavivar el ardor marcial en Suabia y Bavaria, proclamando en el sínodo de marzo de 1102 el anattema perpetuum contra Enrique. Pero la necesidad de paz era universal y la apelación a Roberto de Flandes terminó en brusco rechazo. Al principio Enrique V satisfizo todas las expectativas y esperanzas papales; Enrique era humilde en su porte y al remover a los obispos cismáticos y devolver a Alemania su largamente dañada libertad, parecía que daba pruebas de sinceridad. El emperador, que había dejado de poner freno a las tumultuosas vicisitudes de los últimos años de su vida, murió el 7 de agosto de 1106, desapareciendo con él, desde el punto de vista del papa, el principal enemigo de la Iglesia, lo que mejoraba la situación de la Iglesia en lo que se refiere a las tareas de gobierno.

Pascual II concentró sus energías en la lucha de las investiduras, siendo casi su único objetivo asegurar su independencia respecto a la acción del Estado. Se propuso dirigir personalmente las negociaciones con Enrique V en Alemania, pero su viaje se quedó corto de logros y el sínodo a celebrarse no tuvo lugar en Alemania sino en Guastalla, entre Parma y Mantua, el 27 de octubre de 1106, cuando el papa renovó el entredicho sobre el tema de las investiduras. El hecho de que Enrique continuara ejerciendo el derecho de investidura desconcertó al papa y le hizo desconfiar. Cuando los enviados del rey le ofrecieron sus respetos en Châlons en mayo de 1107 y el arzobispo Bruno de Tréveris en el mismo lugar defendió los derechos del rey para investir, el papa rechazó bruscamente la demanda. No obstante, Pascual concedió en el sínodo celebrado poco después en Troyes que cada titular de un cargo eclesiástico que había sido investido por un laico debía ser debidamente destituido, junto con su ordenante. A Enrique le fue otorgado un año de gracia para visitar Roma y defender sus pretensiones ante un concilio general, pero el plan fracasó y las relaciones entre el papa y el rey se hicieron cada vez más tirantes. Enrique comenzó su viaje en agosto de 1110, notificando a los romanos y al papa desde Arezzo su proximidad, mandando legados al papa. Las negociaciones llevadas a cabo en Turri el 4 de febrero de 1111 entre los enviados del papa y Enrique, llegaron a los siguientes acuerdos: Enrique había de someterse en el tema de las investiduras el día de su coronación, después de que el papa hubiera redimido su promesa en el asunto de las regalías, prometiendo no interferir nunca más en el asunto de las investiduras y liberando a sus súbditos de su juramento a los obispos; debía reconocer al papa en posesión del patrimonio de San Pedro y cuidar de su seguridad personal mediante una disposición de garantías espirituales. Pedro Leonis, el enviado papal, prometió por parte del papa que cuando el rey hubiera realizado sus promesas, el papa persuadiría a los obispos alemanes a que restauraran al rey y a su esfera las regalías que habían pertenecido al imperio en el tiempo de Carlomagno y sus sucesores; el papa prohibiría a los obispos presentar nuevas demandas para esas regalías en el futuro o ejercer derechos hacia las mismas, reconociendo sus sucesores este acuerdo; finalmente, el papa coronaba al rey como emperador y le apoyaba en el mantenimiento de su dominio; el papa también se comprometía a proporcionar las garantías. Este acuerdo fue ratificado por Enrique V el 9 de febrero con una significativa reserva: el juramento cubría meramente la seguridad personal del papa e incluso quedaba condicionado a la redención que Pascual hiciera de sus promesas el domingo siguiente. Según Ekkehard, el rey hizo depender su acuerdo de la condición añadida de que los príncipes seculares y temporales asintieran al sometimiento de las regalías.
El nuevo acuerdo.
La ejecución de este tratado suponía la solución de cuestiones legales arraigadas en un pasado que comprendía varios siglos; rebajaba a los obispos de príncipes a mendigos, sacaba a la Iglesia alemana de su rutina y era una revolución de arriba a abajo, a la vez que las personas directamente implicadas, los obispos alemanes, no tenían la oportunidad de presentar su propia opinión. En ese momento, el proyecto era impracticable, ya que Pascual no tenía otro instrumento de coerción contra la inevitable oposición que la sentencia de excomunión, una pena que había sido eficaz en los últimos cincuenta años. Enrique hizo su entrada en Roma el 12 de febrero, siendo ceremonialmente recibido por Pascual. Pero cuando los términos originales del acuerdo fueron leídos en voz alta en San Pedro, se desató tal tormenta entre los príncipes seculares y espirituales que hizo el acuerdo imposible. Este fracaso culminó por la tarde, cuando Enrique arrestó al papa y a los cardenales, encerrándolos durante dos meses, quebrando la oposición del papa a los deseos del rey. El 11 de abril se concluyó el siguiente acuerdo por las dos partes. Pascual concedía que un obispo o abad fuera libremente elegido, sin simonía y sujeto al consentimiento del rey, sería investido por el rey con anillo y báculo y posteriormente consagrado por la autoridad competente tras la investidura formal. El papa además se comprometía a no molestar al rey en su esfera y nunca condenaría a Enrique con el anatema. Se comprometía a coronar al rey y a respaldar el imperio para el bien de su poder. Enrique juró liberar al papa, obispos, cardenales y todos los cautivos, el 12 o 13 de abril y a no molestarlos de nuevo; a otorgar paz al pueblo romano; a reconocer a Pascual como papa; a mantener, o si fuera necesario, restaurar a la Iglesia de Roma su patrimonio y bienes; a rendir la obediencia debida a Pascual como papa, quedando a salvo el honor del reino y del imperio. La coronación de Enrique tuvo lugar el 13 de abril, obteniendo el papa su libertad, reteniendo el emperador el derecho de investidura, mientras que todo eclesiástico o laico que se resistiera quedaba sujeto a anatema y destitución.
Desaprobación y anulación del acuerdo.
La posición de Pascual, tras haber sido humillado tan intensamente, quedó en entredicho. Perdió la confianza de la curia y marcó el resto de su pontificado. Este acuerdo de Pascual significaba la renuncia a demandas que durante muchos años la Iglesia había defendido con no pocos sacrificios; cancelaba todos los esfuerzos destinados a una reacción de la opinión pública en relación a la investidura y bloqueaba el camino para tomar de nuevo tales esfuerzos en el futuro. Una tempestad de indignación se levantó contra Pascual. En Roma un grupo de eclesiásticos le dio las espaldas; en el resto de Italia se sucedieron continuas protestas; entre los clérigos franceses y burgundios casi se produce un cisma, mientras que ni siquiera Alemania quedó libre del rechazo. La oposición de los eclesiásticos le quitó a Pascual su confianza en sí mismo. Su confusión hacia la licitud de sus actos se incrementó, pero al mismo tiempo estaba encadenado a ellos por su juramento. De ahí los altibajos de su proceder en los siguientes años. Este estado de cosas se hizo patente, en mayores círculos, en el sínodo de Letrán del 16 al 23 de marzo de 1112. Aquí, para despejar dudas sobre su ortodoxia, Pascual no sólo presentó una confesión de su fe, por la que reconocía los decretos de Gregorio VII y Urbano II, sino que también sancionó la resolución de que el privilegio arrancado al papa por coerción estaba condenado por el veredicto del Espíritu Santo, declarado inválido, quedando nulo y vacío. De esta manera, Pascual rompía la primera parte del juramento de abril de 1111, quedando así en manos del partido gregoriano respecto a una censura sobre Enrique V. Cuando el sínodo de Vienne de 16 de septiembre de 1112 condenó las investiduras laicas como herejía, excomulgó a Enrique V y trasmitió estas resoluciones al papa para que las confirmara, con el peligro de deserción en caso de rechazo, no dudó en confirmar la sentencia. Cuando la condena fue pronunciada reiteradamente contra Enrique en los años siguientes, por los legados Kuno y Dietrich (en Beauvais, Reims, Colonia y Goslar), el asunto se convirtió en el año 1116 en un tema de discusión, en el sínodo laterano del 6 de marzo. En primer lugar, se condenó el privilegio de la investidura. Pascual se vio obligado a declarar su aprobación a la excomunión del rey en audiencia pública, renunciando así a la segunda parte de su juramento. Pero a pesar de las resoluciones del sínodo laterano, ello no significó una ruptura absoluta de relaciones entre el papa y el emperador. Cuando Enrique V se puso en camino hacia Roma en la primavera de 1117, el papa huyó hacia el sur. El mismo año un sínodo celebrado en Benevento que apoyó plenamente al papa, excomulgó a Mauricio Burdino, que se había puesto de parte de Enrique y que el año siguiente sería elegido antipapa, con el nombre de Gregorio VIII.
Asuntos en Inglaterra, Francia y el este.
En relación a otros Estados, la administración de Pascual II fue menos tormentosa. Aunque en Inglaterra surgió un vehemente conflicto entre el reino y la Iglesia, halló pronta solución mediante el concordato de 1107. Este fue anterior al choque entre el papa y el rey alemán y debido a su localización no tuvo los efectos generales, comparables en importancia con la lucha de las investiduras alemanas. No obstante, Pascual no perdió de vista enteramente a Inglaterra en los años siguientes. Quiso reforzar, en oposición al rey Enrique I, los principios pseudo-isidorianos sobre las reclamaciones de la sede papal; exigió la cancelación del placet real en relación a sus legados y edictos, exigiendo mayor celo en el pago del impuesto de San Pedro. En Francia, el papa halló ocasión para interferir en el matrimonio del rey Felipe I, que se había separado de su consorte y casado con Bertrade de Monfort, quien a su vez había abandonado a su marido, el conde Foulques de Anjou. En el sínodo de Poiters del año 1100 y en presencia de los delegados papales, el rey caído fue condenado, no recibiendo la absolución hasta el 2 de diciembre de 1104, en el sínodo de París, bajo promesa de cortar las relaciones con Bertrade. El primer gran fruto de la cruzada inaugurada por Urbano II, la conquista de Jerusalén, no la conoció personalmente, pues las noticias llegaron a Roma en el pontificado de Pascual II. Su atención se centró en los crecientes problemas en relación a la fundación del reino de Jerusalén. Esta carga fue especialmente pesada, en razón de las disputas sobre la designación del patriarcado de Jerusalén y la rivalidad entre las sedes patriarcales de Antioquía y Jerusalén.