Historia

PAULINO DE NOLA (c. 353-431)

Paulino de Nola (Poncio Meropio Anicio Paulino) nació en Burdeos en el año 353 o 354 y murió el 22 de junio del 431. Era de familia distinguida y había heredado tan gran riqueza que su maestro, Ausonio, denomina a sus posesiones regna (Epist., XXV. 116). Su educación fue casi exclusivamente en latín e incluso así su conocimiento de la literatura fue parcial; conocía a los poetas pero desdeñaba a los historiadores. De Ausonio aprendió un estilo elegante en verso y prosa. Las influencias familiares y su propio talento le encumbraron pronto a grandes honores, aunque no fue cónsul en 378 como se ha supuesto. Sin embargo, la carrera mundana no le atraía y entre el 380 y el 390 vivió en su hogar, siendo bautizado por Delfín de Burdeos (390-404). Hombres como Martín de Tours, Victricio de Rouen y, por encima de todos, Ambrosio, fueron sus consejeros, enseñándole a contemplar al cristianismo y al monasticismo como inseparables. Se había casado con una rica mujer, Terasia, quien compartía sus inquietudes y tras la muerte de su único hijo, acordaron vivir aparte. Paulino fue a España, siendo presbítero en Barcelona hacia el 394 o 395. Tanto él como su esposa habían dado mucho de su riqueza, por lo que fueron alabados por Ambrosio, Martín de Tours, Agustín y Jerónimo. Pero a Siricio, obispo de Roma, le desagradó la notoriedad que Paulino había adquirido por su renuncia, por lo que no hizo ningún intento de retenerlo en Roma cuando visitó la ciudad.

Desde su juventud, Paulino había contemplado a Félix de Nola, reputado confesor de la persecución de Decio, como su modelo, y ahora se afincó en la ciudad de Campania (394 o 395). Allí él y Terasia vivieron vidas de renuncia y ascetismo que les produjeron serias enfermedades. Paulino parece que retuvo algún control sobre su propiedad, pues construyó un refugio para monjes y pobres, cerca de la iglesia de San Félix, proporcionando a Nola un equipamiento de agua, construyendo una basílica en Fondi y otra en Nola. Pagaba las deudas de pobres endeudados, convirtiéndose su retiro en el refugio de una muchedumbre llegada de cerca y de lejos. Se escribió con Agustín y Jerónimo, pero las dos cartas a Rufino (xlvi, xlvii) no cuadran con su vida y probablemente no son genuinas. No es segura la fecha de su nombramiento como obispo, pero probablemente fue poco antes del año 410. A pesar de su nueva posición, su manera de vida y actividad no cambiaron; durante veinte años continuó siendo admirado y amado, especialmente por la facción monástica, disfrutando de la relación con sus mejores hombres y mujeres, que le visitaron o le escribieron. Vivió para ver el comienzo de la controversia pelagiana, pero aparentemente no permitió ni que Agustín ni que el emperador Honorio le comprometieran en la misma contra sus amigos Pelagio y Juliano.

De los escritos de Paulino el siguiente, mencionado por Genadio (De vir. ill., xlix), se ha perdido: un panegírico sobre el emperador Teodosio (alabado por Jerónimo, Epist., lviii. al sobrepasar a todas las anteriores obras de Paulino en riqueza de pensamiento y expresión acabada), un Opus sacramentorum et hymnorum, ciertas cartas a su hermana, un Liber de pænitentia y un Liber de laude generali omnium martyrum. Una versión poética de una obra perdida de Suetonio De regibus, conocida de Ausonio (Epist., xix. 10 y sig.), también se ha perdido. Cuarenta y nueve cartas a amigos (Sulpicio Severo, Agustín, Delfín, Victricio, Panmiaco y otros) y treinta y tres poemas se han preservado. De los poemas los más importantes son las epístolas a Ausonio, trece eulogías de Félix de Nola y un epitálamo para un hijo del obispo de Capua. La amigable personalidad del autor es evidente en sus escritos, que muestran las características buenas y malas del monasticismo. Está convencido de la vanidad de todas las cosas de este mundo. Los bienes terrenales no son sino medios para alcanzar el reino de los cielos por un uso recto, sirviendo mejor cuando son desechados. Desde un desprecio del ser pasó a una tendencia para ver lo anormal y excepcional en lo sencillo y natural, buscar milagros y ver visiones y exagerar la reverencia por los santos y las reliquias. En Epist. xxxii. 10 y sig., Paulino describe la basílica que había construido y en xiii. 11 y sig., proporciona la que es, probablemente, la información más antigua sobre San Pedro en Roma, dando datos de mucha importancia para la historia del arte cristiano.