Historia

PEDRO DAMIÁN (1007-1072)

Pedro Damián, cardenal y reformador, nació en Rávena en 1007 y murió en Faenza, a 50 kilómetros al sudoeste de Rávena, el 22 de febrero de 1072.

Educación y preparación.
La suya fue una infancia infeliz y perdida, pues abandonado por sus padres, quedó después de su muerte bajo su hermano mayor que también lo desechó. Otro hermano, llamado Damián, le acogió, siendo tal vez el nombre que luego él ostentara en un agradecido recuerdo hacia él, gracias al cual pudo estudiar en Faenza y Parma. Cuando comenzó a enseñar sobre gramática y retórica fue muy apreciado, pero el ideal de vida ascética pudo más y, tal vez en el año 1035, se fue con los monjes de Fontavellana, cerca de Gubbio, en los Apeninos, monasterio fundado posiblemente por un discípulo de Romualdo.

Monje y reformador de la vida monástica.
Se le permitió omitir el noviciado y hacer los votos inmediatamente. Pronto se distinguió tanto que fue llamado a otros monasterios para reavivar la disciplina. En 1043 alcanzó la posición de prior de Fontavellana. Bajo su liderazgo el monasterio floreció y aumentó el número de los que ingresaban, formándose de los nuevos asentamientos la congregación de Fontavellana. En estos círculos, Pedro halló su actividad favorita: cultivar y alimentar en sí mismo y en otros las virtudes monásticas. Ayunos rigurosos y flagelaciones fueron promovidas, éstas últimas especialmente por Domingo Loricato, no olvidándose de la lectura de las Sagradas Escrituras, de los Padres de la Iglesia y de las labores manuales.

Reformador eclesiástico.
Pero aunque el encanto de la vida en el claustro le satisfacía completamente, Pedro era demasiado activo como para no volver su atención a la vida de la Iglesia fuera del convento. Necesidades clamorosas pedían reformas; por encima de todo los dos males fundamentales del siglo XI: la simonía y el nicolaitismo. Pedro se preparó para darles batalla. Cuando el sacerdote Juan Graciano ascendió al trono papal como Gregorio VI, Pedro le saludó con entusiasmo, pero se mostró incapaz y, más aún, manchado con simonía; de ahí que las esperanzas de Damián se volvieran hacia el rey alemán Enrique III. Este moralmente estricto y enérgico monarca, convencido de la necesidad de reformas completas en la vida eclesiástica, vino en su ayuda. En 1046 apareció en Italia, donde los tres papas, Benedicto IX, Silvestre III y Gregorio VI, habían sido depuestos por sendos sínodos en Sutri y Roma, procurando que la Iglesia tuviera una cabeza suprema digna. Clemente II destacaba sobre sus predecesores, pero no era una personalidad vigorosa, siendo instruido Pedro, que ya había entrado en contacto con el rey alemán en su interés común en la reforma de la Iglesia, por él para apoyar al papa, aunque era impaciente con su debilidad. La súbita muerte de Clemente II promovió a un segundo obispo alemán, Poppo de Brixen, como Dámaso II al trono papal, pero también tuvo un breve pontificado. Fue de la mayor importancia que en su sucesor, León IX, se hallara un hombre que acometió la reforma sistemáticamente y con gran energía. Pedro puso gran confianza en él, correspondiéndole recíprocamente el papa. Su relación con Víctor II no fue tan estrecha.

Cardenal y obispo de Ostia.
Hasta ese momento, la actividad de Pedro en la elevación de la vida eclesiástica había estado libre de cualquier actitud oficial. Ese estado de cosas cesó bajo el papa Esteban IX. Con la esperanza de incrementar la eficacia de Pedro en bien de la Iglesia, le designó en 1057 cardenal y obispo de Ostia. Pero esta promoción no fue del agrado del candidato; él retrocedió ante la reentrada al mundo del que había huido, pero su sentido del deber le hizo aceptar la posición. Desde el momento de su nombramiento se dedicó con gran fidelidad a los nuevos objetivos, apoyando la política de reformas de Esteban con toda su fuerza. Pero este papa vivió poco tiempo. Cuando tras la muerte de Esteban la nobleza romana elevó al obispo Juan de Velletri como Benedicto X, Pedro con otros cardenales huyó de Roma y se fue a Fontavellana. Cuando regresó a las antiguas condiciones, fue plenamente consciente de lo que había dejado al salir del monasterio. Entonces se dirigió a Nicolás II, que había sido elegido por los cardenales como sucesor de Esteban, para pedirle que le liberara de sus oficios en el gobierno de la Iglesia. Todo lo que pudo aducir en su favor lo presentó, pero no estaba equivocado cuando pensó que Hildebrando, que había procurado su designación como cardenal, se opondría a su deseo.

En el tiempo de Hildebrando.
Las relaciones con Hildebrando fueron notorias. Aunque tenían un solo objetivo, ambos difirieron fundamentalmente sobre los medios a ser empleados y en sus propias personalidades. Hildebrando tenía una voluntad de hierro, sometiéndose Pedro a él, aunque no sin resistencia. Lo llamó 'tirano categórico, que mostraba piedad con el amor de un Nerón, aficionado a golpear los oídos, haciendo presa con garras de águila'; en una atrevida paradoja le llama 'santo Satanás'. Nicolás II rechazó otorgarle a Pedro el permiso de dimitir; los tiempos eran demasiado serios para permitir que un poder como el suyo se malgastara en el servicio de un simple monasterio. No solamente hizo a Pedro cardenal, también tuvo que asumir la administración del obispado de Vellettri. Cuando a través del movimiento de los patarinos en Milán surgieron intolerables condiciones y parecía llegado el momento para que Roma interviniera, Pedro fue enviado enseguida como legado, junto con Anselmo de Lucca (Alejandro II), justificando la plena confianza que había sido depositada en él. Logró persuadir al clero de Milán a abjurar de la simonía y el matrimonio de los sacerdotes, trayendo la sede de Ambrosio a la obediencia a Roma.

En el tiempo de Alejandro II.
El cisma que tras la muerte de Nicolás II estalló entre Alejandro II y Honorio II halló a Pedro del lado del primero, trabajando en su favor con gran celo por medio de cartas al antipapa y componiendo el tratado Disceptatio synodalis, antes de la asamblea citada en Augsburgo para octubre de 1062, que decidiría entre los dos rivales. Cuando Alejandro II obtuvo el reconocimiento, Pedro le presionó para poder regresar a su monasterio, pero la respuesta fue que lo envió como legado a Francia, para resolver la batalla entre el claustro de Cluny y el obispo de Mâcon. También este viaje fue un éxito. No obstante, Pedro también podía ser desagradable. De su propia iniciativa pidió al arzobispo Anno de Colonia que trabajara para la convocatoria de un concilio general, con el propósito de acabar con el cisma, lo que no se correspondía con los deseos de Alejandro II. Cuando el sínodo se reunió en Mantua, en Pentecostés de 1084, acabó de hecho con el triunfo de Alejandro. La corte papal quedó también insatisfecha cuando Pedro, sin ser instruido al efecto, envió en 1065 una sincera exhortación al rey Enrique IV de Alemania para que fuera a Italia y aniquilara a Cadalus y fuera coronado; este viaje a Roma podía fácilmente desembocar en un fortalecimiento de la influencia imperial en Italia, debilitando lo que había sido uno de los principales objetivos de la política papal ya desde los días de Esteban IX.

Misión a Enrique IV de Alemania.
En el año 1067 Pedro finalmente consiguió su liberación de sus deberes episcopales; sin embargo, no solo continuó teniendo los títulos de obispo y cardenal, sino que también fue empleado ocasionalmente por Alejandro II en casos difíciles. Fue enviado a Alemania como legado en 1069, cuando Enrique IV quería divorciarse de su consorte Berta. En este caso también el poder persuasivo de su oratoria fue brillantemente ejercido, haciendo que el rey se sometiera en la dieta de Worms. También pudo reconciliar a Rávena, que se había puesto por el arzobispo Enrique del lado de Cadalus, con Roma, tras la muerte del arzobispo.

Influencia.
Los grandes méritos de Pedro Damián descansan en la reforma de la vida dentro de la Iglesia. En la batalla contra la 'incontinencia' del clero, concepto en el que incluyó no solo meros actos inmorales, sino también los matrimonios de sacerdotes, fue el más importante y persistente en la primera línea de batalla, preparando el camino para las medidas legislativas del papado para imponer el celibato forzoso del clero. Su segundo gran objetivo fue su lucha contra la simonía. Este mal había adquirido vastas dimensiones y formas tan variadas que su carácter fundamental, la compra de posiciones eclesiásticas, quedó a veces disfrazado. De especial dificultad fue la cuestión de qué corolarios habían de extraerse de la trasferencia simoníaca de un oficio, si es que el oficio de sacerdote u obispo podía ser obtenido de alguna manera en esa forma. Sobre este problema las ideas dentro de la facción gregoriana eran muy divergentes. Pedro se decantó por la idea de que, ya que la cualidad de un sacerdote consagrado nunca puede afectar a la consagración realizada por él, incluso un simoníaco puede impartir una ordenación verdadera, y que las órdenes son válidas incluso en caso de que la persona ordenada tuviera conocimiento de la mancha simoníaca del ordenador. Por lo tanto, rechaza la repetición de una ordenación que haya sido realizada por un simoníaco y desea dejar en el oficio a aquellos que han recibido, libres de acusación, las órdenes de un simoníaco. En su tiempo la cuestión de las investiduras laicas no estaba todavía en primer plano, pero de numerosos pasajes en sus escritos se desprende que considera a la Iglesia y al Estado poderes coordinados con diferentes esferas de deber; lo que quiere es cooperación armoniosa y aunque desaprobaba la investidura por príncipes seculares, no la rechazó en principio. En esos axiomas de política eclesiástica se aprecia un resultado posterior del tiempo de Enrique III. La controversia entre Berengario de Tours y Lanfranco sobre la doctrina de la eucaristía no le ocupó mucho, ni tampoco el estallido del Cisma de Oriente entre Roma y Bizancio.

Caracterización.
Pedro Damián fue en todo y ante todo un monje; incluso cuando entró involuntariamente al colegio de cardenales, siguió siéndolo. Pero poseyó grandes dones que le procuraron señalados logros cuando tuvo que salir al mundo. No fue injusto el contemporáneo que lo denominó 'viejo Jerónimo', a quien tanto se parecía en muchos aspectos. Sus más grandes metas pertenecen a la elevación religiosa y moral de los monjes italianos y el clero secular. En la Iglesia católica fue pronto reverenciado como santo, aunque no fue canonizado hasta 1828 por León XII, siendo incluido en la lista de los doctores ecclesiæ.