Historia
PEDRO EL VENERABLE (c. 1092-1155)
El siguiente objetivo de Pedro fue detener la disensión entre los monjes de Cluny y los cistercienses. En esto su éxito se debió, al menos parcialmente, a su profunda y sincera estimación hacia Bernardo de Clairvaux, evitándose el cisma que amenazaba a la Iglesia en la elección papal de 1130, gracias a los esfuerzos combinados de los dos abades, que apoyaron la causa de Inocencio II. Pero por otro lado, cuando Abelardo, que había sido condenado como hereje por el sínodo de Sens bajo Inocencio II a instancias de Bernardo, buscó refugio en Cluny, fue bien recibido por Pedro.
En 1146 sometió al capítulo general de Cluny su Consuetudines Cluniacenses, una serie de setenta y seis estatutos que proporcionaban una disciplina más estricta y abolía los principales abusos censurados por los cistercienses. En 1148 completó estos estatutos por una ordenanza que gobernaba la economía doméstica del monasterio, añadiendo un informe de las condiciones que había encontrado en Cluny, cuando fue nombrado abad.
Al pasar los años, Pedro sintió de nuevo el deseo de su juventud de pasar los últimos años de su vida en completa soledad como ermitaño, pero aunque quiso conseguir ese privilegio de Eugenio III, el papa se lo negó.
Entre los escritos existentes de Pedro el Venerable están sus seis libros de cartas recopiladas, aunque no en orden cronológico, que pertenecen a los documentos históricos más importantes del siglo XII. Incluyen cartas a los papas Inocencio II, Celestino II, Lucio II y Eugenio III; a los reyes Siward de Noruega, Roger de Sicilia, Luis VII de Francia y su ministro Suger de Saint Denis; al emperador griego Juan Comneno; al rey y patriarca de Jerusalén; a Bernardo de Clairvaux, al prior cartujo Hugo, al cardenal Mathieu de Albano, al obispo Enrique de Winchester y a muchos otros. Al faltarle el don de la predicación, luchó para refutar a los enemigos de la Iglesia mediante su pluma. El primero de sus tratados es probablemente Contra dicentes Christum nunquam se Deum dixisse, en el que, concediendo que Cristo nunca se denomina a sí mismo Dios en la Biblia, duda de que la reserva de Cristo en sus expresiones hacia sí mismo se deba a una deferencia hacia los judíos. Una fuente importante en conexión con los petrobusianos se halla en su tratado Contra Petrobusianos, en el que defiende las doctrinas del sacrificio de la misa y la transubstanciación. En su tratado Adversus Judæorum inveteratam duritiam, Pedro ataca duramente a los judíos, de quienes dice que son peores que los sarracenos, ya que éstos niegan solamente la divinidad y resurrección de Cristo, mientras que ellos no creen en Cristo en ninguna manera.
En 1141 visitó España, encargando a Pedro de Toledo que tradujera el Corán. Esta versión, aunque sólo un extracto del original, fue enviada por Pedro a Bernardo con la petición de refutarlo. Cuando Bernardo declinó, Pedro mismo escribió cinco libros Contra nefandam sectam Sarracenorum, de los que sólo se han preservado dos, si bien una tabla de contenidos del resto registrada por su secretario, Pedro de Poitiers, todavía existe. Pedro quiso probar en esta obra que el supuesto oficio profético de Mahoma era falso, ya que le faltaba el don de la predicción y el de los milagros, las dos señales de un verdadero profeta. La última obra literaria de Pedro fue su De miraculis, en la que relata las maravillas que había experimentado y también las que había escuchado en sus viajes. Se han preservado cuatro de sus sermones y algunos poemas latinos.
De su obra De miraculis I,28 está extraído el siguiente fragmento:
'Hay en España una noble y famosa ciudad llamada Estela, y no exageramos si, considerando su emplazamiento y la fertilidad de las tierras adyacentes y la densidad de su población, aseguramos estar por encima de todos los demás lugares del contorno. Allí vivía un burgués llamado Pedro Engelberto, quien, famoso por su agitada existencia y lleno de bienes de fortuna, pasó casi toda su vida, incluso la vejez, en la sociedad mundana. Al final, tocado por el que inspira cuando se le escucha, renunció al siglo y tomó la cogulla en un monasterio cluniacense que hay no lejos de allá, Nájera. Allí estuve yo dos años después de la conversión de ese hombre, y me dijeron que había contado una visión memorable que sólo por su relato ha llegado hasta nosotros.
Fue en los días en que Alfonso, el rey de Aragón, se levantó en armas contra sus enemigos en el reino de Castilla. Entonces decretó que todos los caballeros de su reino contribuyeran a su hueste con un jinete o un infante. Obedeciendo esta orden yo mismo mandé a la batalla a Sancho, uno de mis servidores obligados. Después de una ausencia no larga, volvió a casa con el resto de los que habían tomado parte en la expedición, y al poco tiempo le acometió una debilidad corporal que tras un breve agravamiento acabó con él.
Pasados cuatro años, yo estaba en mi cama en Estella, junto al fuego, pues era invierno, apareciendo cuando todavía tenía los ojos bien abiertos Sancho. Él se sentó junto al fuego, y removiendo los carbones una y otra vez, como si quisiera que dieran más calor y más luz, se me mostró con una evidencia que no admitía ninguna duda. No llevaba traje, ni otro indumento que unos miserables andrajos para evitar su desnudez. Yo le pregunté: «¿Quién eres tú?», y él me contestó con mucha humildad: «Yo soy Sancho, tu criado». «¿Qué haces aquí?», le dije, y él me contestó: «Sigo mi camino a Castilla y llevo conmigo una hueste numerosa, pues debemos hacer la penitencia justa por nuestros estragos en el mismo lugar en que los cometimos». «Y ¿por qué has vuelto acá?» «Porque», dijo, «tengo alguna esperanza de perdón, y tú, si tienes piedad de mí, puedes adelantarme la hora del descanso». «¿Cómo?» «Yo te lo diré. En esa expedición de que tú sabes, azuzado por la licencia que la guerra lleva consigo, entré con unos compañeros en una iglesia, donde robamos todo lo que encontramos, llevándonos incluso los ornamentos sagrados, por cuyo pecado yo estoy atormentado con espantosos sufrimientos, por lo cual te ruego que como amo mío hagas cuanto puedas para proporcionarme los beneficios espirituales que necesito. Ante todo te pido que digas a tu esposa, mi señora, de mi parte que sin demora pague los ocho sueldos que me quedó a deber por mi servicio, de manera que ese dinero que en mi vida se habría gastado en mis necesidades corporales, ahora se dé a los pobres, de manera que así me sirva a mí, lo cual me es a cual más urgente.»
Entonces se oyó otra voz fuerte y con un sonido muy áspero, pareciendo venir del lado de la ventana, hablando en estos términos: «A este hombre no le puedes preguntar muchas cosas, pues es poco el tiempo que lleva entre nosotros, pero yo que llevo ya cinco años en esta vida conozco las que además me han contado otros espíritus». Yo estaba sorprendido de oír esa segunda voz, y deseando ver al que hablaba, volví la vista a la ventana. Entonces, a la luz de la luna, que ya estaba alumbrando toda la casa, vi a otro hombre sentado en la parte baja y vestido como el primero. «¿Y quién eres tú?», le pregunté. Contestando él al momento: «Yo soy compañero de este otro que ves, y con los suyos y otra hueste voy también a Castilla. Y yo sabía dónde estaba el rey Alfonso de Castilla, pero dónde está ahora no lo sé. Pues él estaba padeciendo sufrimientos amargos entre las ánimas en pena, pero entonces le tomaron a su cargo los monjes de Cluny, y yo no he vuelto a saber de su paradero».'