Historia

PÍO VI (1717-1799)

Pío VI (Giovanni Angelo Braschi) fue papa entre los años 1775-99. Nació en Cesena, Estados papales, el 25 de diciembre de 1717 y murió en Valence, Francia, el 29 de agosto de 1799.

Pío VI
Pío VI
Elección y política.
Tras hacer la carrera de jurisprudencia entró en el estado clerical, yendo a Roma en 1740 con su tío, auditor del cardenal Ruffo. Años más tarde reapareció como secretario de Benedicto XIV y canónigo en San Pedro. Fue nombrado cardenal en 1773 por Clemente XIV, con quien no congeniaba en la importante cuestión relacionada con su nombre, esto es, la supresión de la orden jesuita en 1773. Cuando el cónclave se reunió a la muerte de Clemente, la elección de los cardenales fue vigorosamente resistida desde varios ángulos, empleándose incluso la calumnia personal y alcanzando su elección solo tras cuatro meses de cónclave. Los romanos lo recibieron fríamente. Sin embargo, aunque la facción más celosa esperaba una inmediata restauración de la orden jesuita, Pío VI se ciñó a una política de expectación, para no entrar en conflictos con España, Francia u otros Estados.

Dificultades alemanas y austriacas.
Al principio, el papa fijó su atención en la elevación de la moral del clero en Roma. Pero enseguida se sintió atraído por asuntos de lejos, primero en Alemania. En ese país el movimiento que iba asociado a la obra de Febronio se había extendido notablemente, a pesar de haber sido puesto en el Índice en 1764. Mientras tanto, la verdadera autoridad, escondida bajo pseudónimo, ya era conocida. Ya que Pío VI había correctamente descrito, en una alocución del 24 de septiembre de 1775, la importancia del movimiento para la Iglesia católica, comisionó al elector de Tréveris a que obligara al autor a retractarse, siendo la forma de retractación una declaración de carácter puramente voluntario. Este experimento fue infructuoso, pues el autor era un quebrantado anciano que tenía (1778) casi ochenta años. Sin embargo, en otras esferas el febronianismo manifestaba el espíritu que Hontheim había provocado, en la forma de josefinismo.
Pero aunque Pío VI percibió las cosas claramente y se preparó para tomar represalias, no aprobó ni se opuso abruptamente al primer procedimiento de José II, quien retiró los claustros austriacos de la sumisión al control supremo de los generales extranjeros de las órdenes monásticas. Incluso cuando Garampi, su nuncio en Roma, en diciembre de 1781, tuvo un brusco choque con el conde Kaunitz, por su instructiva Promemoria al emperador, el papa todavía creía que podía conseguir cada punto con la intervención personal. Por lo tanto, en la primavera de 1782 viajó a Viena, pero fueron inútiles todos los intentos de atraer al emperador y sus ministros y alejarlos de la senda reformista emprendida. Los entusiastas comentarios, que la población católica dirigió al papa con ocasión de su imponente mandato, aparecidos en Viena, Munich y Augsburgo no lograron consolarle del fracaso del intento. Esto se aprecia por el breve al emperador, fechado el 3 de agosto de 1782, con su patente afirmación de que 'aquellos que ponen sus manos sobre los bienes de la Iglesia pertenecen al infierno'. Después sería más conciliador, pero en septiembre de 1783 se sintió provocado de nuevo por la arbitrariedad del emperador al designar, como si fuera la única autoridad, un obispo para Milán. Cuando confrontó a José II con la amenaza de excomunión, respondió que esperaba que su santidad aplicara el castigo sobre quien se había atrevido a poner su nombre en un documento falso. Sin esperar la contestación, el emperador se presentó en Roma en enero de 1784. Finalmente, Pío ganó la batalla por la que tan vehementemente había luchado, esto es, que la designación de las sedes episcopales de Lombardía le pertenecían a él. Continuó las reformas en las condiciones eclesiásticas en Austria. Una vez que el Congreso de Ems hubo terminado sus sesiones y los electores trasmitieron al emperador la Provisión de Ems, José II les respondió que ellos podían contar con su cooperación en la ejecución de la misma. Y sin embargo, habían subrayado la sola prerrogativa de los arzobispos en asuntos de reforma. En todos los aspectos el papa sería fácilmente el dueño de las resoluciones de Ems y no solo los obispos en Alemania, e incluso uno de los miembros del congreso, el arzobispo de Maguncia, se pasó al campo papal. Para conseguir la aprobación de la curia en la elección de un coadjutor, ofreció la Proposición de Ems como moneda de cambio, siendo seguido, hasta 1789, por los otros participantes en el congreso. En resumen, trasformaron las resoluciones esbozadas en modestas peticiones. En el caso del rey de Prusia, Federico Guillermo II, que se había acomodado al papa en relación con Maguncia, Pío VI, acordó recompensarlo no retirándole el título de rey.

Asuntos en Bélgica e Italia.
Aunque los signos de la Revolución Francesa ya eran perceptibles, el papa todavía obtuvo otra victoria frente a los intentos reformistas del emperador. En lo que era entonces la Bélgica austriaca, el cierre de los seminarios episcopales (1786) había provocado gran agitación, fomentada también por el nuncio papal. Aunque José II destituyó al nuncio de ese país, esta medida no detuvo más la insurrección que el rechazo al cierre mismo, junto con una palabra propiciatoria del papa. Las provincias llegaron hasta el final proclamando su independencia, al ser el presidente el devoto cardenal papal, el primado Frankenberg. José II murió en 1790. Consecuentemente, los intereses de la Iglesia en las tierras austriacas hereditarias se sometieron una vez más a las rutinas papales, quedando obstaculizada alguna ligera modificación provisional en manos del emperador Leopoldo II. Todavía más serio para Pío VI fue la orientación de las condiciones eclesiásticas en Toscana bajo el gran duque Leopoldo I. Éste, con fecha 26 de enero de 1786, emitió una circular a los obispos de Toscana proponiendo cincuenta y siete reformas; por ejemplo, la convocatoria de sínodos diocesanos, la mejora de los estudios clericales, la segregación de reliquias sospechosas, la disminución de procesiones y semejantes. Siete obispos aceptaron el principio, entre ellos Ricci de Pistoja, que también sometió esos puntos a un sínodo celebrado en Pistoja en septiembre de 1786, siendo inmediatamente aceptado. Por otro lado, se elevó una protesta de los obispos en general por el canal del concilio toscano (abril-junio de 1787). Al reafirmarse Leopoldo I en sus planes de reforma, entró en conflicto con el papa, mientras que el enviado de Toscana fue llamado de Roma. Solamente cuando Leopoldo ascendió al trono imperial (1790) fue cuando se terminaron esas complicaciones; Ricci dimitió y Fernando III se retiró. No era la situación menos grave, en lo que al papa se refiere, en el reino de Nápoles. En 1779 el exequatur real quedó rechazado completamente en una serie de breves papales; en 1780 el rey reclamó el derecho de patrocinio general sobre los beneficios, luego sobre los obispados, disolviéndose en 1782 el tribunal de la Inquisición en Sicilia; desde 1787 se interrumpió la costumbre, de largos siglos de duración, de ofrecer un pabellón y el denominado 'tributo feudal' en la fiesta de San Pedro y san Pablo. Poco a poco el número de obispados vacantes fue tan grande que en 1791 el papa finalmente concedió al rey el derecho de presentación de tres candidatos, quedando cubiertas sesenta y dos sedes episcopales.

Conflicto con Francia.
El estallido de la Revolución Francesa trajo consecuencias decisivas para la Iglesia católica. La 'constitución civil del clero' propuesta por Luis XVI fue rechazada por Pío VI, rechazándola 50.000 sacerdotes que siguieron el precedente de 130 obispos de no jurar esta nueva norma. Por lo tanto, en septiembre de 1791, la Asamblea Nacional respondió anexionándose Aviñón y Venaissin. Luego, cuando un secretario de la embajada francesa fue asesinado en Roma por la chusma en 1793 y cuando el papa tomó parte en la coalición contra Francia, Bonaparte le declaró la guerra, avanzando sobre Roma y obligando a Pío VI, por la tregua de Bolonia (1796), a renunciar a una gran parte de los Estados Papales. Cuando los disturbios se renovaron, el general Berthier ocupó Roma en 1798, siendo Pío VI, que estaba enfermo, trasladado a Florencia y luego a Valence, donde murió.