Historia
PÍO VII (1740-1823)

en el Louvre, París
Poco antes de que fuera tomado cautivo, Pío IV había prescrito que el cónclave debería celebrarse en la ciudad en cuyas inmediaciones la mayoría de los cardenales pudieran estar a su muerte y no solo en Roma. Por lo tanto se reunieron en Venecia y el 14 de marzo de 1800 Chiaramonti fue elegido unánimemente y en julio entró en Roma como Pío VII. Como secretario de Estado nombró al cardenal Ercole Consalvi, cuyo primer logro fue la conclusión del concordato con Francia, que restauraba la mayoría de sus derechos a la Iglesia católica y anulaba el poder episcopal en favor de la supremacía papal absoluta. Sin embargo, en virtud de los 'Artículos Orgánicos' (1802), el primer cónsul privó a esas concesiones de casi toda importancia, aunque el papa protestó. No obstante, ambos lados deseaban evitar una ruptura y al año siguiente Pío VII nombró al tío del cónsul (Joseph Fresch) cardenal. Mientras tanto en Alemania, por los términos de la paz de Lunéville en 1801, la margen izquierda del Rin había quedado en poder de Francia, aprobándose la secularización de los dominios temporales de la Iglesia a pesar de las protestas y siendo elegido el elector Dalberg de Maguncia, contra la voluntad de la curia, primado de Alemania. Ya entonces Napoleón ponía grandes exigencias, como cuando al nombrarle el senado gobernante hereditario de Francia quiso que el papa consumara la coronación imperial. Vacilando, pero con la esperanza de conseguir concesiones para la Iglesia, Pío VII realizó la ceremonia de unción (2 de diciembre de 1804), pero cuando iba a colocar la corona sobre la cabeza del soberano, Napoleón se lo impidió, coronándose a sí mismo y poniendo la diadema en la cabeza de su consorte, Josefina. Todas las condiciones que el papa puso con ocasión de este viaje se quedaron en la nada, siendo su única satisfacción la conducta del pueblo francés, que estuvo encantado con su presencia. En Florencia, a su regreso, recibió la sumisión plena del obispo Ricci de Pistoja.

óleo sobre lienzo de Jacques-Louis David, 1805-07; Louvre, París

La Roma de la segunda fase del pontificado de Pío VII se convirtió en la meta de artistas de todas las naciones. También cabezas coronadas buscaban la ciudad, visitando al venerable pontífice el emperador Francisco II de Austria (1819), el rey de Nápoles y el rey Federico Guillermo III de Prusia, mientras que Carlos IV de España y Emanuel de Saboya hicieron de Roma su residencia permanente. La ciudad quedó así engalanada con nuevo esplendor, siendo Pío VII conmemorado por esa parte del mueso de esculturas vaticanas que lleva el nombre de Chiaramonti.