Historia

PÍO VII (1740-1823)

Pío VII (Luigi Chiaramonti) fue papa entre los años 1800-23. Nació el 14 de agosto de 1740 y murió en Roma el 20 de agosto de 1823.

Pío VII, de Jacques-Louis David; en Louvre, París
Pío VII, de Jacques-Louis David;
en el Louvre, París
A la edad de dieciséis años ingresó en la orden benedictina, enseñando en el claustro de Parma y más tarde en Roma. Su predecesor le hizo obispo de Tívoli, luego de Imola y en 1785 cardenal. Cuando el ejército francés se acercó a Imola él todavía mantenía su residencia en esa ciudad. Con tal ocasión (1797) luchó para salvar la ciudad del expolio e incluso mantuvo buenas relaciones con el poder republicano.

Poco antes de que fuera tomado cautivo, Pío IV había prescrito que el cónclave debería celebrarse en la ciudad en cuyas inmediaciones la mayoría de los cardenales pudieran estar a su muerte y no solo en Roma. Por lo tanto se reunieron en Venecia y el 14 de marzo de 1800 Chiaramonti fue elegido unánimemente y en julio entró en Roma como Pío VII. Como secretario de Estado nombró al cardenal Ercole Consalvi, cuyo primer logro fue la conclusión del concordato con Francia, que restauraba la mayoría de sus derechos a la Iglesia católica y anulaba el poder episcopal en favor de la supremacía papal absoluta. Sin embargo, en virtud de los 'Artículos Orgánicos' (1802), el primer cónsul privó a esas concesiones de casi toda importancia, aunque el papa protestó. No obstante, ambos lados deseaban evitar una ruptura y al año siguiente Pío VII nombró al tío del cónsul (Joseph Fresch) cardenal. Mientras tanto en Alemania, por los términos de la paz de Lunéville en 1801, la margen izquierda del Rin había quedado en poder de Francia, aprobándose la secularización de los dominios temporales de la Iglesia a pesar de las protestas y siendo elegido el elector Dalberg de Maguncia, contra la voluntad de la curia, primado de Alemania. Ya entonces Napoleón ponía grandes exigencias, como cuando al nombrarle el senado gobernante hereditario de Francia quiso que el papa consumara la coronación imperial. Vacilando, pero con la esperanza de conseguir concesiones para la Iglesia, Pío VII realizó la ceremonia de unción (2 de diciembre de 1804), pero cuando iba a colocar la corona sobre la cabeza del soberano, Napoleón se lo impidió, coronándose a sí mismo y poniendo la diadema en la cabeza de su consorte, Josefina. Todas las condiciones que el papa puso con ocasión de este viaje se quedaron en la nada, siendo su única satisfacción la conducta del pueblo francés, que estuvo encantado con su presencia. En Florencia, a su regreso, recibió la sumisión plena del obispo Ricci de Pistoja.

Coronación de Napoleón en Nôtre-Dame,óleo sobre lienzo de Jacques-Louis David, 1805-07; Louvre, París
Coronación de Napoleón en Nôtre-Dame,
óleo sobre lienzo de Jacques-Louis David, 1805-07; Louvre, París
Pero negras nubes se cernían desde Francia. El emperador exigió la disolución del matrimonio de su hermano Jerónimo, deseando que se casara con una princesa, un preludio de su propia carrera posterior. Cuando el papa se opuso firmemente, Napoleón declaró el matrimonio disuelto. En 1808 se las arregló para encontrar una excusa y ocupar Roma; en 1809 la declaró ciudad francesa y cuando por este motivo fue excomulgado tomó al papa y al cardenal Pacca llevándolos cautivos a Savona. Pero incluso aquí Pío VII no se doblegó y rechazó la confirmación de los obispos franceses designados por el emperador, hasta que finalmente las estrecheces del cautiverio le indujeron a una aceptación oral. Sin embargo, cuando debido al continuado confinamiento en Fontainebleau el atormentado anciano, el 25 de enero de 1813, acordó firmar un concordato en el que sometía Roma y confirmaba a los obispos designados por el emperador, los cardenales Consalvi y Pacca, que se apresuraron a ir al lugar, lograron que se retractara. Mientras tanto, el destino de Napoleón había cambiado; el año 1814 le dio libertad a su cautivo y el 24 de mayo entró triunfalmente en Roma.

Firma del concordato entre la Santa Sede y Francia
Firma del concordato entre la Santa Sede y Francia
La restauración de los jesuitas y de la Congregación del Índice, junto con la actividad de Consalvi en el congreso de Viena, restauraron a la Iglesia católica tanto dentro como fuera, mientras que por los términos de diversos concordatos favorables el papa logró grandes avances en los estados de Europa central. Al final de su vida Pío VII se encontró de nuevo envuelto en conflictos, esta vez con España y Portugal. La revolución y el gobierno liberal de 1820 no solo habían abolido las casas de los jesuitas, sino también las de la mayoría de las otras órdenes, rompiéndose las relaciones diplomáticas. Los franceses, sin embargo, suprimieron la revolución y el rey Fernando VII proclamó la abrogación de todos los actos contra la Iglesia católica (1823). Esto sucedió también en Portugal, donde Dom Miguel, al mismo tiempo, puso fin al liberalismo.

La Roma de la segunda fase del pontificado de Pío VII se convirtió en la meta de artistas de todas las naciones. También cabezas coronadas buscaban la ciudad, visitando al venerable pontífice el emperador Francisco II de Austria (1819), el rey de Nápoles y el rey Federico Guillermo III de Prusia, mientras que Carlos IV de España y Emanuel de Saboya hicieron de Roma su residencia permanente. La ciudad quedó así engalanada con nuevo esplendor, siendo Pío VII conmemorado por esa parte del mueso de esculturas vaticanas que lleva el nombre de Chiaramonti.