Historia
PIRRO († 655)
«Datos muy importantes para el historiador -dice Drapeyren- son los que ofrece la vida del monje Pirro. Debió su fortuna al patriarca Sergio, el cual, como Jorge Pisides, llamaba su compatriota, su comensal y su amigo. Por su espíritu intrigante y sutil se concilió el favor imperial, de suerte que Heraclio no le nombraba por otro nombre que el de mi hermano. Le cupo la honra de ser el padrino de bautismo de la hermana del soberano y esto acabó de darle ascendiente en la casa real; la vejez de Heraclio y de Sergio le llevó a la cumbre de la gloria. El monje Pirro tuvo que suplir a la vez al emperador y al patriarca y desde luego asumió la debida responsabilidad del gobierno político y espiritual, decidiendo lo mismo las cuestiones de Estado que las de teología. Naturalmente que un hombre de esta suerte era el más a propósito para llevar a cabo las maquinaciones de la emperatriz Martina, a fin de hacer coronar a Heracleón, su hijo. La intriga obtuvo su efecto. No tardó Pirro en ver satisfecha su ambición y recompensado su espíritu complaciente a la muerte del viejo patriarca. Heraclio, o más bien Martina, escogió, en efecto, al hermano Pirro para que ocupase la sede vacante; de este modo la amistad con que Sergio le había honrado sirvió de pasaporte a este hipócrita, que cambió alegremente el hábito por la mitra.»
(Drapeyron, L'empereur Héraclius, páginas 380-390).
Entre tanto, Pirro comenzó a propagar sus errores en África, hasta que vino a dar con un adversario formidable, el adalid más fuerte que tuvo la causa ortodoxa en su lucha contra el monotelismo. Este era Máximo, antiguo secretario particular del emperador Heraclio y después monje de Crisópolis. La célebre controversia entre Pirro y Máximo se realizó en julio de 645 en presencia de Gregorio, exarca de África, de los obispos y principales personajes de aquella provincia. Por fortuna nos ha sido transmitido íntegro este debate en el cual la doctrina del monotelismo fue expuesta, examinada y refutada, y al fin, Pirro, confesándose vencido, prometió ir a hacer penitencia a Roma y entregar al papa una declaración en la cual abjurara de sus errores. Se cree con bastante probabilidad que el lugar de la controversia fue Cartago (Mansi, Conc. Ampliss. coll., tomo X, columnas 709-760). Al terminar la discusión se dice que Máximo se reconcilió con el gobernador Gregorio (quien representaba al emperador Constante II, fanático monotelita) y partió luego para Roma acompañado de Pirro, en donde éste abjuró de sus errores.
El efecto que produjo este debate en África fue, en verdad, muy provechoso a la causa ortodoxa. A principios del año 646 se reunieron los obispos de Numidia, Bizacena y Mauritania, para condenar el monotelismo. Se conservan tres cartas sinodales de aquellos concilios, de las cuales la primera es un memorial dirigido al papa Teodoro, en la que se menciona la retractación de Pirro y se suplica al papa que haga llegar a manos del patriarca de Constantinopla, Pablo, una carta en la que le exhortan encarecidamente a que anatematice los errores que acaba de condenar Pirro y mande destruir los ejemplares de la Ectesis fijadas en público; y que en caso de negarse dicho patriarca, Roma extirpe este miembro corrompido (Mansi, op. cit., tomo X, columna 919). Ignoraban sin duda estos obispos que Pirro había caído de nuevo en la herejía. En efecto, como consta en el discurso con que más tarde el papa Martín abrió el concilio de Letrán, Pirro «entregó a Roma un memorial en el que anatematizaba sus errores, pero más tarde (estando en Rávena) obró como perro que vuelve a su vómito y por esto fue depuesto.» El terrible rito de su deposición nos lo refiere Teófanes en su Cronografía. Reunió el papa Teodoro a los obispos y al clero de Roma en una especie de sínodo que celebró en la iglesia de San Pedro y tomando unas gotas sacadas del cáliz las mezcló con tinta, firmando, sobre la tumba de San Pedro, la sentencia de condenación contra Pirro (Libellus Synodicus, en Mansi, op. cit., tomo X, columna 610). También condenó y depuso Teodoro a Pablo, sucesor de Pirro en Constantinopla, el cual se vengó incitando a Constante II a publicar en 648 el Tipo, especie de decreto imperial, no menos herético que el símbolo llamado Ectesis, que añadía a éste la amenaza de las más terribles penas para quien no lo quisiera abrazar.
Tal condenación solemne del monotelismo acabó de enfurecer al emperador Constante II, quien mandó prender a Martín I, le desterró la isla de Naxos y le sometió a crueles vejaciones en Constantinopla. Por entonces murió Pablo y le sucedió Pirro en la sede de Constantinopla. Mas el emperador que guardaba recelos de Pirro por la noticia que tuvo de su retractación, quiso esclarecer este asunto. Envió enseguida un funcionario, por nombre Demóstenes, al calabozo donde estaba Martín para que indagase lo ocurrido con Pirro. El papa respondió que Pirro había ido a Roma de su propia voluntad, que allí emitió libremente su profesión de fe y que el papa Teodoro le había reconocido como verdadero obispo, por no ser mirado Pablo en Roma sino como un intruso. Demóstenes defendió que Pirro no había obrado con libertad y que le habían aherrojado para constreñirle. Martín lo negó, aduciendo testigos, que a la sazón estaban en Roma y al presente se hallaban en Constantinopla. Poco después Martín era enviado al Quersoneso y moría después de indecibles padecimientos el 16 de septiembre de 655.
Pirro, una vez en la sede de Constantinopla, quiso vengarse de Máximo, su antiguo adversario, atrayéndole a su causa. En 655, después de Martín, fue llamado a comparecer en el tribunal de Constantinopla el abad Máximo. Es preciso recordar que el clero de Roma, obedeciendo a la presión de Constante y temiendo que éste pusiera en la sede de Roma un papa monotelita, eligió a Eugenio I, viviendo aún Martín. El nuevo papa envió legados a Constantinopla para llamar a la iglesia de Bizancio a la comunión con la iglesia de Roma. Entonces un clérigo de Constantinopla arbitró un medio que agradó a Pirro e hizo caer en el engaño a los emisarios de Eugenio. Propuso una fórmula de avenencia en la cual se reconocía en Cristo una sola voluntad hipostática y dos voluntades naturales; esto es, que si se consideraba a Cristo según su personalidad se debía afirmar que en él había una sola voluntad, pero considerado con respecto a sus dos naturalezas, era preciso atribuirle dos voluntades, correspondientes a cada una de las dos naturalezas. Esta fórmula fue aceptada no sólo por Pirro sino también por los aprocrisiarios del papa. Enseguida fue comunicado el hecho a Máximo, mas éste se negó a aceptar la fórmula y advirtió que los embajadores no representaban en esta ocasión a Eugenio I, pues habían sido enviados con cartas para el emperador y no para el patriarca. Todavía dirigió Pirro un nuevo ataque pocos días después, como consta por una carta escrita por Máximo a sus discípulo el monje Anastasio. Mandó Pirro que comunicaran al abad esta orden: «Las iglesias de Constantinopla, de Roma, de Antioquía, de Alejandría y de Jerusalén están ahora unidas; si quieres ser católico debes unirte también con ellas.» Máximo se negó de nuevo a aceptar la doctrina que defendía en Cristo una voluntad hipostática y dos voluntades naturales. Los enviados de Pirro replicaron: «El emperador y el patriarca han decidido conforme al decreto del papa (per decretum papae) que seas anatematizado y condenado a muerte si resistes.» Máximo permaneció inquebrantable y Pirro tuvo que darse por vencido (Mansi, op. cit., tomo XI, columna 11). Esto sucedía a fines de abril de 655 y poco después moría Pirro, tras haber disfrutado sólo unos meses del patriarcado de Constantinopla.