Historia
PRISCILIANO († c. 385)
Los noventa cánones.
Educado evidentemente bajo influencia gnóstica por un cierto maniqueo llamado Marcos de Memfis, Prisciliano sostuvo la doctrina de que los carismas continuaban en la Iglesia, contemplando a los apócrifos como inspirados. Fue un rígido asceta, aunque no renunció a su esposa ni siquiera cuando ya era obispo. Su primera obra literaria parece haber sido Nonaginta canones, en la que se proponía refutar a los herejes por los escritos de Pablo, teniendo huella marcionita en su esencia. Los obispos y el clero han de ser pacíficos; apóstoles, profetas y maestros (doctores) son los oficios divinamente ordenados en la Iglesia, teniendo la preeminencia los doctores, entre los cuales Prisciliano se consideraba. El espiritual comprende y juzga todas las cosas, siendo 'hijos de sabiduría y luz', enfatizando la distinción entre carne y espíritu, tinieblas y luz, Moisés y Cristo, príncipe de este mundo y Cristo, de manera que se contraponen dos clases de espíritus y dos sabidurías. Al mismo tiempo este dualismo se mezcla con el monismo, pues aunque Cristo es Dios y hombre, como hombre no está 'hecho de la divinidad sino de la simiente de David y de la mujer', una primitiva cristología que atraería sobre él la acusación de fotinianismo. La justificación es por la fe y la fe por la gracia de Dios. Se recomienda el rígido ascetismo, incluyendo la abstinencia de pan y vino, exhortándose a la separación de los incrédulos. El Antiguo Testamento está muy por debajo del Nuevo.

Conflictos.
Prisciliano, no contento con ser un maestro laico y dirigente de conventículos pequeños, deseaba ser clérigo, para dar a su enseñanza una difusión mayor. Tan formidable se hizo el movimiento que en el año 380 el obispo Hidacio de Emérita convocará un sínodo en Zaragoza, en el que acusó a la facción del asceta de leer los apócrifos, asociándolo con el novacianismo, fotinianismo, maniqueísmo y toda clase de herejías. Prisciliano, que todavía era laico, no fue al sínodo, aunque escribió en réplica su tercer tratado justificando la lectura de los apócrifos, sin negar que su contenido fuera parcialmente espurio. Las resoluciones del sínodo, que consistía de diez obispos españoles y dos galos, condenaron ciertas prácticas de los conventículos de Prisciliano, tales como recibir la eucaristía en la iglesia pero comerla en casa o en el conventículo, ayunar las tres semanas anteriores a Epifanía, el día del nacimiento y bautismo de Cristo (el veinticinco de diciembre todavía no había sido aceptado en España), sustituir la asistencia a la iglesia durante ese periodo por la meditación en las montañas, ayunar los domingos del periodo de Cuadragésima y los domingos en conjunto, imitar a Cristo en el desierto durante los cuarenta días de Cuaresma, preferencia por los conventículos, en los que las mujeres hablaban y enseñaban, sobre las iglesias. Prisciliano, aunque se le prohibió expresamente llamarse doctor, no fue condenado específicamente. Hidacio, sin embargo, solicitó que Prisciliano y sus seguidores fueran anatematizados, sobre lo cual los obispos Higinio de Córdoba y Simposio de Astorga, simpatizantes de Prisciliano, avisaron que habría que convocar un sínodo. Esta sugerencia fue aceptada por los priscilianistas, toda vez que Prisciliano había sido consagrado obispo de Ávila por Instancio y Salviano. Hidacio, previendo su derrota, obtuvo de Graciano un rescripto contra los pseudo-obispos y los maniqueos, por lo que Prisciliano, Instancio y Salviano fueron a Roma, a Dámaso I, poniendo delante de él un memorial (el segundo tratado), solicitando ser rehabilitados por un sínodo o por el emperador. Aunque ambos recibieron a los tres obispos españoles con sospecha, obtuvieron de Graciano un rescripto liberándolos de la acusación de ser pseudo-obispos y maniqueos, asegurándose Prisciliano de esta manera su posición.
Ideas.
Teológicamente (Tractates, iv-xi) el Dios de Prisciliano es el 'Dios Cristo'; él no es patripasiano sino Cristopasiano. Dios es 'invisible en el Padre, visible en el Hijo' y el Espíritu Santo es uno en la obra de ambos. En Cristo está todo; fuera de él nada. Este Dios-Cristo era para él el orden de los elementos preexistentes del mundo, y en ese sentido el creador, así como el antagonista de los poderes de tinieblas del caos. Los poderes terrenales y otras potencias son mantenidas, pero la vivificación del caos es la obra del Espíritu de Dios. A través de su sistema se aprecia un cierto dualismo. El hombre fue hecho por Dios a su imagen; el Creador dio vida al cuerpo humano de una morada terrestre, por lo que el hombre pertenece a la tierra; el hombre natural está sujeto al tiempo y la 'raza divina de los hombres' está debilitada por su incorporación terrenal, de ahí la caída y el paganismo. La ley de Moisés era la preparación para la redención a través de la prohibición de la idolatría, mientras que el sacrificio estaba destinado a matar los vicios del hombre. La salvación fue traída por Cristo, quien sufrió todo lo que el hombre ha de sufrir. A través del nacimiento y muerte de Cristo fueron purificados los males del nacimiento humano y crucificadas las maldiciones del dominio terrenal, de manera que él venció la naturaleza terrenal del hombre. Según la tricotomía de Prisciliano un tercer testamento del Espíritu habría de seguir, pero en sus escritos existentes no hay detalles sobre ese asunto. En ascetismo Prisciliano distinguió tres grados, aunque no negó la esperanza del perdón para quienes fueran incapaces de obtener la perfección absoluta. El perfecto en cuerpo, mente y espíritu es célibe o, si está casado, continente. A través de sus escritos, Prisciliano se muestra como un cristiano occidental arcaico con ideales de rígido ascetismo y tendencias gnósticas. Aunque claramente él no era consciente de ser un hereje, su velado dualismo podía difícilmente ser considerado ortodoxo, debiendo haber escrito al menos una obra que fue incuestionablemente gnóstica. En la misma enseñó que el alma humana, nacida de Dios, había procedido de una especie de 'almacén'. Descendiendo a través de numerosos círculos, habría sido capturada por los poderes malignos y encarcelada en el cuerpo. Este encarcelamiento había sido confirmado por un precepto divino que Cristo habría anulado con su muerte. El primer círculo parece estar controlado por los patriarcas, quienes, como poderes benéficos, controlan los 'miembros del alma', mientras que los 'miembros del cuerpo' están sujetos al zodíaco. Pareciera también que los priscilianistas asumieron siete cielos (los 'círculos'), con sus correspondientes arcontes, estando la tierra bajo el 'príncipe maligno'. Según Orosio, Prisciliano derivó esas doctrinas de una 'Memoria de los apóstoles', donde se habla del 'príncipe de la frialdad' y el 'príncipe del fuego' como poderes de la naturaleza. Cuando Dios muestra 'la virgen de la luz' al 'príncipe de la frialdad' suceden relámpagos y lluvia. Como atribuyó una influencia de las estrellas sobre el hombre, ello sustancia la afirmación de que por muchos años Prisciliano estudió la magia y la astrología, poseyendo después el carisma de sanar a los enfermos.
Los priscilianistas.
Con el victorioso retorno de Prisciliano e Instancio, parecía que la controversia había llegado a su fin. Pero en su camino por la Galia puso en contacto a los ascetas de ese país con los de España, de manera que pudieran sentir que eran un solo poder. Los obispos oponentes renovaron su actividad, siendo los españoles dirigidos por Itacio Claro, obispo de Sossuba desde antes del 379 hasta cerca del 388. Aunque no atacaron directamente a Prisciliano, éste apeló a la protección del procónsul Volvencio, e Itacio buscó refugio en la Galia, con el prefecto Gregorio. Mientras tanto, Graciano había muerto y el nuevo emperador, deseoso de escuchar a Itacio, convocó un sínodo en Burdeos en el año 385, donde todas las partes serían escuchadas. Allí se defendió Prisciliano en su primer tratado, manteniendo que los apócrifos deberían ser leídos, pero declarándose inocente de patripasianismo, maniqueísmo, ofitismo y otras herejías, condenando a Basílides, Arrio, a los borboritas y montanistas y negando que adorara a las estrellas o a los demonios o enseñando que el hombre hubiera sido creado por el diablo. Igualmente negó que practicara la magia. El resultado del sínodo había sido determinado desde el principio. Instancio fue desposeído y Prisciliano para escapar a algo peor, apeló al emperador. La decisión tuvo lugar en Tréveris. Itacio, secundado por Hidacio, acusó a Prisciliano de magia y maniqueísmo, siendo el castigo la pena capital según la ley romana. Martín de Tours, denunciado como hereje por Itacio, intercedió a favor de Prisciliano ante el tribunal, afirmando que la destitución era suficiente castigo. Máximo prometió solemnemente respetar las vidas de los acusados, pero los obispos Magno y Rufo exhortaron al emperador a romper su palabra y él confió la investigación al prefecto Evodio, quien empleó la tortura. Tértulo, Potamio y Juan, para escapar del castigo, se confesaron culpables. Evodio acusó a Prisciliano de brujería y le obligó a una confesión de que los conventículos eran inmorales. Máximo podía ahora satisfacer su avaricia tomando ventaja de los acusados. Itacio, el acusador, se retiró para evitar escandalizar a los obispos, siendo tomado su lugar, por mandato del emperador, por un cierto Patricio. Prisciliano y cuatro compañeros fueron decapitados, corriendo pronto la misma suerte Asarbo y el diácono Aurelio. Instancio y Tiberiano (cuya propiedad fue confiscada) fueron desterrados y Tértulo, Potamio y Juan sentenciados a un breve exilio. La ejecución de un obispo por brujería e inmoralidad (el último cargo no tenía fundamento) atrajo una gran atención en todas partes, pero con la caída de Máximo cambió la tendencia. Hidacio dimitió de su sede, mientras que Itacio fue desposeído y probablemente desterrado de España. Prisciliano, por otra parte, fue estimado por sus amigos como mártir. Sus seguidores se esparcieron ampliamente, especialmente en Galicia (España), aunque sin representación episcopal. Crecieron tanto que hicieron una apelación a León I (440-461), quien escribió una carta que hizo época; un sínodo de Toledo (447) bajo la influencia del papa condenó la secta y en el año 563 el sínodo de Braga fue obligado a tratar con el asunto, pero a partir de ahí se desvaneció, siendo absorbido por los cátaros. La secta gnóstica y ascética de Prisciliano ha de ser valorada primeramente como un fenómeno del monasticismo occidental y temprano entusiasmo cristiano, desembocando en el gnosticismo. El fundamento de esta secta fueron los 'abstinentes' de Filasterio (Hær., lxxxiv), grupos de ascetas en la Galia y España bajo sospecha, aparentemente encratitas transplantados al occidente. Adoptaron elementos gnósticos y maniqueos, habiendo rechazado muchos alimentos como del diablo y despreciando el matrimonio. Ellos, como los priscilianistas, eran esencialmente hijos de los escritos apócrifos como los Hechos de Tomás, Andrés y Juan y tal vez de los libros de Esdras y la epístola a los Laodicenses. Mezclados con los conceptos gnósticos de los priscilianistas había elementos paganos, con la consciente posesión de doctrinas secretas no católicas, que eran a la vez la ventaja y el peligro de la secta, que se demuestran por el hecho de que el priscilianista Dictinio, y luego obispo católico de Astorga, en su Libra afirmó que los priscilianistas estaban justificados al mentir si era necesario, juzgando que podían hacerse pasar por católicos aunque reteniendo en sus corazones verdades opuestas a la Iglesia, pues la veracidad solo se requería hacia los seguidores de la secta y no hacia la Iglesia católica.
El siguiente texto de la Crónica de Sulpicio Severo narra los comienzos del priscilianismo en España:
'El origen de esta desgracia es Oriente y Egipto, pero no es fácil explicar con detalle cuáles fueron sus inicios y progresos. El primero en introducirla en Hispania fue Marco de Menfis, procedente de Egipto. Discípulos suyos fueron cierta Ágape, de condición nobiliar, y el rétor Elpidio. Estos, a su vez, fueron los maestros de Prisciliano. De familia noble, era enormemente rico, incisivo, inquieto, elocuente, erudito gracias a sus muchas lecturas, siempre dispuesto a disertar y discutir, feliz si no hubiera corrompido su extraordinaria inteligencia entregándose a dedicaciones depravadas. Podían encontrarse en él, y en abundancia, buenas cualidades de cuerpo y ánimo. Podía aguantar largas vigilias, soportar el hambre, resistir la sed. Era poco ávido de riquezas y extremadamente parco en el uso de las que poseía. Pero también era muy vanidoso, y se enorgullecía en exceso de su conocimiento de las cosas profanas. Incluso se cree que en su juventud se dio a las artes mágicas. Cuando asumió esta doctrina perniciosa, atrajo a compartirla a muchos nobles y gentes del común, con su capacidad de persuasión y su arte para halagar. También afluyeron a él en gran número las mujeres, deseosas de novedad, indecisas en la fe y con espíritu curioso de todo, pues Prisciliano, mostrando humildad en el rostro y en el aspecto exterior, se había ganado el respeto y la reverencia de todos. Paulatinamente, el contagio de su perfidia invadió toda Hispania e infectó a algunos obispos, entre ellos, a Instancio y Salviano, que no sólo se adhirieron a Prisciliano, sino que formaron con él una suerte de conjura, hasta que Higinio, obispo de Córdoba, actuando desde la vecindad, la descubrió y la denunció ante Hidacio, obispo de Mérida. Éste, atacando sin mesura y más de lo conveniente a Instancio y sus compañeros, prendió la llama de un incendio, de manera que, más que controlar, exasperó a los malvados.'
(11,46,2-9)