Historia
RICARDO DE SAN VÍCTOR († 1173)
Al igual que su maestro Hugo, Ricardo fue uno de los teólogos que quisieron salvar los dogmas tradicionales, en peligro por los métodos dialécticos de la lógica aristotélica, mediante el misticismo. Sosteniendo que el objeto de la fe está parcialmente de acuerdo con la razón, parcialmente la trasciende y parcialmente la contradice, enseñó que la verdad puede ser conocida solo por quien se adentra en ella mediante el misticismo, de modo que donde la razón naufraga, la meditación y contemplación pueden llevar a la verdad. Estas ideas las avanzó en su Benjamin minor o De præparatione animi ad contemplationem y Benjamin major o De gratia contemplationis, con el apéndice Allegoria tabernaculi fæderis. Esas fuentes son complementadas por De exterminatione mali et promotione boni, De statu inierioris hominis, De eruditione interioris hominis y De gradibus caritatis, también por sus interpretaciones de Ezequiel y Apocalipsis, Explicatio aliquorum passuum difficilium (Pauli) apostoli, Declarationes nonnullarum difficultatum scripturæ, De Emmanuele, De superexcellenti baptismo Christi, Mysticæ adnotationes in Psalmos, Expoxitio cantici Habacuc, In cantica canticorum, Quomodo Christus ponitur in signum populorum y el sermón de Pascua De missione Spiritus Sancti.
En Benjamin minor Ricardo traza el desarrollo psicológico del hombre desde su primer tenue deseo por el conocimiento más puro, hasta la más elevada contemplación, por una exégesis alegórica de la familia de Jacob (Labán tenía dos hijas; el nombre de la mayor era Lea, y el nombre de la menor, Raquel.[…]Génesis 29:16 y sig.). Las esposas de Jacob representan los poderes básicos del alma, tipificando Lea el afecto y Raquel la razón, operando ambas facultades por sus doncellas: sensualidad e imaginación (Zilpa y Bilha). Los nacimientos en la casa de Jacob simbolizan el progreso del alma hasta la contemplación, procreando primero Lea pues el primer impulso procede del afecto. Rubén, 'hijo de visión', tipifica el temor que surge por la cuidadosa consideración de las faltas, mientras que el dolor que sigue al temor por el que el hombre es oído, está simbolizado por Simeón, 'oir'. Al temor y al dolor se añade la esperaza (representada por Leví, 'añadidura') que guía al perdón. La esperanza obtenida del temor y el dolor resulta en alabanza a Dios (Judá, 'alabanza'). Sin embargo, por concentrarse en esta meta, Lea o afecto, cesa de engendrar y Raquel, o la razón, suspira por procrear, ya que la razón es incapaz de pensar a través de la mera inteligencia y comienza por la imaginación. Bilha, o la imaginación, concibe dos hijos, Dan que tipifica la formación de una imagen mental sobre la base de objetos visibles y Neftalí que simboliza la empresa de elevarse de lo visible al conocimiento de lo invisible. El éxito de la razón despierta el afecto de nuevo y cuando Lea ve a Raquel teniendo hijos por su doncella, no puede descansar hasta que Zilpa también da a luz, procediendo de la sensualidad controlada la vida temperada (Gad) y la paciencia en la adversidad (Aser). De esta manera se prepara el camino para nuevos afectos y Lea concibe de nuevo. Tras apartarse de falsas alegrías y ociosas perturbaciones, el afecto da a luz al gozo verdadero (Isacar), al que sigue el odio hacia todo lo malo (Zabulón). La serie de virtudes se completa con la vergüenza (Dina), que procede del aborrecimiento del pecado.
Todas esos afectos no pueden llevar al hombre hasta su meta, pues las virtudes se convierten en vicios a menos que sean controladas por la meditación. Por lo tanto Dios hace fértil a Raquel, ya que solo a través de la interposición de la gracia divina puede el hombre alcanzar su desarrollo. Por eso José y Benjamín tipifican la meditación y contemplación. Pero el nacimiento de la contemplación va acompañado de dolores extremos, aunque la razón, sabiendo que este nacimiento trasciende sus poderes es insaciable en su deseo. De esta forma el objetivo es conseguido, pero el alma debe presionar hasta que se desvanezca lo último de la oscuridad y la verdad eterna se revela.
En Benjamin major, Ricardo restringiéndose a los factores intelectuales distingue seis grados de contemplación: imaginación sola; imaginación según la razón; razón según la imaginación; razón sola; por encima, pero no contraria, a la razón y por encima y aparentemente contraria a la razón. Los primeros tres grados no pueden dispensarse con la facultad imaginativa, pues gradualmente se debilitan, por lo que en el segundo grado la imaginación recibe a la razón y en el tercero se eleva a una igualdad con la imaginación. La cuarta etapa, razón pura, es trascendida en el sexto por la verdadera sabiduría.
Ricardo aparece en una luz totalmente diferente en una serie de escritos sobre la Trinidad: De Trinitate con su apéndice, De tribus appropriatis personis in Trinitate; De Verbo incarnato y Quomodo Spiritus Sanctus est amor Patris et Filli. El argumento de los seis libros de De Trinitate es convencionalmente escolástico, pero no parece haber motivos para dudar de su autenticidad. En la filosofía y teología de la Edad Media, Ricardo ejerció una notable influencia, así como sobre Alejandro de Hales, Buenaventura y Pedro d'Ailly, tanto como sobre el posterior misticismo alemán. Es también interesante para la historia de la cultura, así como en sus relatos de la filosofía contemporánea y vida monástica.