Jacques Saurin, predicador francés, nació en Nimes el 6 de enero de 1677 y murió en La Haya el 30 de diciembre de 1730.
Jacques SaurinFue educado en Ginebra, adonde había llegado cuando era niño por la revocación del Edicto de Nantes y en 1701 fue ordenado para el ministerio. Inmediatamente fue a Inglaterra y durante cuatro años fue pastor de la congregación valona en Londres, hasta que se creó una posición especial para él en La Haya en 1705, que desempeñó hasta su muerte. Durante esos años su fama como predicador aumentó, escuchando multitudes sus sermones, atraídas no solo por la dicción, lógica y presentación, sino especialmente por la profunda convicción religiosa y adhesión al evangelio que los penetraba. Aparte de sus sermones, sus dos principales obras fueron Discours historiques, critiques, théologiques et moraux sur les événements les plus mémorables du Vieux et du Noveau Testament (4 volúmenes, con 7 volúmenes de continuidad por P. Roques y C. S. de Beausobre, Ámsterdam, 1720-39) y L'État du Christianisme en France (parte i, La Haya, 1725-27). Sin embargo, su obra más importante fueron sus sermones, de los que él mismo publicó cinco volúmenes y su hijo, Philippe Saurin, siete (la mejor edición la de La Haya, 1749). Esas alocuciones, muchas de la cuales han sido publicadas individualmente y en selecciones, tanto en el original como en traducción, cubren los más diversos temas, desde teología dogmática hasta la vida cristiana social. El espíritu que alienta en ellas es esencialmente el del tipo reformado francés de cristianismo bíblico, aunque con una fuerte tendencia ética y práctica, incluso subjetiva y mística, no faltando el elemento apologético. Los sermones son de gran extensión, requiriendo muchos de ellos dos horas de duración, aunque son tan compactos que incluso sus subdivisiones proporcionarían material para un gran número de sermones de predicadores ordinarios. Por otro lado, tanto el estilo como la dicción son a veces descuidados y precipitados, compartiendo sus sermones la falta común de su tiempo en el despliegue de conocimiento que los sobrecarga, especialmente en las porciones iniciales. Aunque en la exposición y todavía más en la perorata el genio de Saurin alcanza su cima, en forma y sabor queda por debajo de Bossuet y en el sentimiento no se puede comparar con Massillon. Sin embargo, su peor carencia fue la falta de simpatía, a pesar de su elevación, su intelectualidad y su seriedad, a cuya deficiencia se debe que nunca fuera popular y que luego fuera poco leído.
";Oh deplorable estado del hombre! La pequeñez de su mente no le permite contemplar ningún objeto, sino el de su pasión, mientras está presente ante sus sentidos; no le permitirá, entonces, recordar los motivos, los grandes motivos que debieran impelerlo a su deber; y cuando el objeto está ausente, no siéndole posible ofrecerlo a sus sentidos, vuelve a presentarlo a su imaginación revestido con encantos nuevos y extraños, ideas engañosas que lo consuelan por su ausencia y lo excitan a amarlo con más ardor que a su verdadera posesión, cuando por lo menos, sentía la insensatez y vanidad de ello. ¡Oh, guerra horrible de las pasiones contra el alma! Cerrad la puerta de vuestras habitaciones en la cara del objeto encantador, entrará con vosotros. Tratad de libraros de él, atravesando planicies y campos y países enteros; surcad las olas del mar, volad en las alas del viento, y tratad de colocar entre vosotros y la encantadora, el profundo, el rumoroso océano; ella viajará con vosotros; navegará con vosotros; os perseguirá por todas partes, porque dondequiera vayáis, os llevaréis a vosotros mismos, y dentro de vosotros, bien hondo dentro de vuestra imaginación, impresa la imagen hechicera." Luego, cambiando los objetos terrenales y por medio de un número de ilustraciones, demuestra que no pueden traer satisfacción; y de allí su conclusión:
"Acortemos nuestro esfuerzo. Coloquemos a todas las criaturas en una sola clase. Clamemos, 'vanidad' en todo. Si nos determinamos a seguir nuevos objetos, escojamos aquellos que sean capaces de proporcionarnos satisfacción. No los busquemos aquí abajo. No pueden hallarse en este mundo avejentado, que Dios ha maldecido. Está en "el nuevo cielo y la nueva tierra."