Historia
SCHOPENHAUER, ARTHUR (1788-1860)

Según Schopenhauer la realidad se caracteriza por un ciego impulso que se actualiza en la infinita variedad de formas vivas en el mundo. La 'voluntad de vivir' describe esta fuerza impulsora. De ahí surge el fiero instinto de preservación que gobierna a cada individuo y también la implacable lucha en la que cada cual se defiende a sí mismo y devora a otros. Si en el hombre la inteligencia está más desarrollada y las sensibilidades más refinadas esto no sólo profundiza su conciencia de miseria actual, sino también la que es imaginaria y posible. Cuanto más compleja es la vida, más miserable se hace. El contenido positivo de la vida no es la alegría sino la infelicidad. Incluso la libertad del dolor resulta en molestia. La moralidad es imposible. El instinto de supervivencia se convierte en egocentrismo, vanidad e hipocresía y aunque la voluntad pueda refinarse por la cultura, es solo apariencia, estando desesperadamente encadenada sin poder ser cambiada por la educación. La historia sólo confirma la impresión recibida al hacer el análisis de la naturaleza humana. La ciencia parece ofrecer una esperanza de redención y especialmente el arte, que abre la puerta a la contemplación en el que la intensa batalla por la existencia queda momentáneamente acallada. Pero incluso esta promesa es ilusoria, porque el iniciado es simplemente exterminado en el día malo y para los demás es totalmente inútil. La única senda segura para la emancipación está en renunciar a la voluntad de vivir. El que percibe a todos los demás en este vasto torbellino y sabe que para ellos, como para sí mismo, la liberación sólo viene de la renuncia suprema y final al principium individuationis, se dedicará al ascetismo, al desengaño del placer, a la total abstención de relaciones sexuales y en última instancia del alimento.
El siguiente pasaje es de su obra El mundo como voluntad y representación.
'Cualquier enamoramiento, por mucho que intente mostrar ese criterio, hunde sus raíces sólo en el instinto sexual; incluso es del todo y ante todo un concreto impulso sexual, muy agudamente especializado y rigurosamente individualizado.
El éxtasis encantador que sufre un hombre cuando ve una mujer hermosa que a él le parece conveniente y que le hace imaginar la unión con ella como el bien sumo, es justamente el sentimiento de la especie que, al reconocer claramente en ella su sello, quisiera perpetuarlo con ella misma. De esta decidida inclinación hacia la belleza depende la conservación del tipo de especie: por eso actúa con semejante fuerza.
Por lo tanto, el hombre se guía por un instinto que tiende a la mejora de la especie, aunque se haga la ilusión de buscar solo un incremento del propio placer. En efecto, tenemos aquí un instructivo esclarecimiento de la esencia íntima del instinto, el cual suele poner, como de hecho sucede en este caso, en movimiento al individuo por el bien de la especie.
Conforme al carácter ya expuesto de la cuestión, todo enamorado, después del goce finalmente alcanzado, siente una extraña desilusión y se maravilla de cómo lo que tan ardientemente ha deseado no era más que otra saciedad sexual, hasta tal punto que no siente el impuso de repetirlo.
Este deseo sostenía una relación con todos sus deseos remanentes en todo idéntica a la que la especie mantiene con el individuo: es decir, como una cosa infinita y un finita. La saciedad, al contrario, aparece sólo por el bien de la especie y no cae por ello en la conciencia del individuo, quien, animado por la voluntad de la especie, se sacrificaba en aras de un fin que no era el suyo propio.'