Paolo Segneri, jesuita italiano, nació en Nettuno el 21 de marzo de 1624 y murió en Roma el 6 de diciembre de 1694.
Paolo SegneriIngresó en la Compañía de Jesús en 1637, siendo ordenadosacerdote en 1652, enseñando desde entonces hasta 1665 en una escuela jesuita en Pestoia. Desde 1665 a 1692 pasó seis meses de cada año en retiro y el resto viajando como misionero por el norte de Italia. Se convirtió en el principal predicador jesuita en Italia, siendo llamado "el restaurador de la elocuencia." Sus sermones estaban modelados en los de Crisóstomo. Cuando los jesuitas en Roma percibieron que el quietismo estaba lentamente debilitando al catolicismo y particularmente al jesuitismo, le enviaron "un fardo de libros quietistas con directrices para preparar un antídoto contra ellos." En 1680 publicó en Florencia un pequeño volumen con el título Concordia tra la fatica e la Quiete (Armonía entre el esfuerzo y la quietud), en el que sin nombrar a Molinos ni desdeñar la vida contemplativa, se propuso mostrar que los logros del quietismo eran posibles sólo para unos pocos. Sin embargo, su libro suscitó una tormenta de oposición de los entonces poderosos quietistas, siendo puesto en el Índice. Segneri permaneció prudentemente lejos de Roma. En 1692 Inocencio XII lo llamó a Roma como su predicador en ordinario y teólogo de la penitenciaría. Su Opere apareció en Venecia en 4 volúmenes, 1712; también en Milán, 1845-47. Su obra mejor conocida es Il Quaresimale (34 sermones de Cuaresma, Florencia, 1679; traducción inglesa de James Ford, Sermons from the Quaresimale of... P. Segneri, 3 volúmenes, Londres, 1857-61, reimpresa en 2 volúmenes, Nueva York, 1872). Además se han traducido The Devout Client of Mary Instructed (Londres, 1724; 1857); The Knowledge of Ourselves (1848); Father Segneri's Sentimenti; or, Lights in Prayer (1876); Panegyrics (1877); Manna of the Soul (2 volúmenes, 1879); Practice of Interior Recollection with God (1881).
De su obra "Sacros panegíricos, Panegírico de San Ignacio de Loyola" es el siguiente pasaje:
'Una vez sacrificada a Dios la parte superior de sí mismo, que era el espíritu, con tan humildes mortificaciones, faltaba por sacrificarle todavía la parte inferior, que era la carne, con los más dolorosos tormentos; y así prepararse tal vez, casi como en una batalla doméstica, contra esos dos terribles enemigos que había de encontrar siempre en la propagación por el mundo de la mayor gloria divina; afrentas espirituales, sufrimientos corporales. ¿Cómo creéis que dominaba su cuerpo sin compasión alguna? Escuchadme y luego, si podéis, no os horroricéis.
Cubrirse con un saco extraordinariamente áspero y por debajo un erizado silicio; envolverse las caderas desnudas o bien con ortigas muy ásperas, o con verdugos espinosos, o con hierros puntiagudos; ayunar todos los días, excepto los domingos, a pan y agua, y los domingos añadirle para deleite alguna hierba amarga, disuelta en cenizas o en tierra; pasar a veces tres, a veces seis, a veces hasta los ocho días enteros sin comer; flagelarse cinco veces entre noche y día, siempre con una cadena y haciéndose sangre; con una piedra golpearse con furia habitualmente el pecho desnudo; no tener más lecho, donde acomodar sus miembros, que el duro suelo, ni otra almohada, donde apoyar la cabeza, que un helado peñasco; pasar de rodillas siete horas al día en profunda contemplación, no parar nunca de llorar, no cesar nunca de torturarse; este fue el invariable régimen de vida que llevó en la cueva de Manresa, sin suavizarlo nunca ni siquiera durante las largas y penosísimas enfermedades que muy pronto contrajo, debilidades, temblores, espasmos, desmayos, fiebres incluso mortales.'