Historia

SÉNECA, LUCIO ANNEO (8 a.C.-65)

Lucio Anneo Séneca, filósofo y autor romano, nació en Córdoba, España, el año 8 a. C. y murió, por suicidio obligado, cerca de Roma el año 65.

Mapa de los filósofos griegos y romanos
Como prodigio de versificación y retórica pronto adquirió una posición eminente, entrando en el senado. A la ascensión de Claudio el año 41 tuvo que exiliarse en Cerdeña, regresando el 49 para ser tutor y consejero del joven Nerón. Sus grandes talentos fueron usados sin duda para alabar o proteger la ambición criminal de Agripina y el parricidio cometido por Nerón. Desde el principio Séneca se sintió atraído por el pitagorismo y aunque era un devoto de esta creencia, su erudición para su tiempo fue casi universal. En el último análisis de las contiendas no espirituales de la humanidad Séneca sobrepasó a todos sus predecesores. En sus brillantes ensayos, entre los cuales epistulæ morales son los últimos y más importantes, se puede apreciar el orgullo estoico y la aspiración por el descanso espiritual, la sumisión a un mecanismo fatal y la lucha por la inmortalidad personal. Hay en él también un indudable movimiento desde el panteísmo de su escuela a una concepción teísta de la felicidad y las obligaciones del alma. El lema 'conócete a ti mismo' aplicado a la conciencia y la motivación fue llevado a cabo por Séneca más vigorosamente que por cualquier filósofo anterior de la antigüedad clásica ('Posiblemente si investigas diligentemente descubrirás dentro de tu seno el vicio por el que preguntas'; De beneficiis, VII, xxviii. 3). En la franca admisión de la debilidad moral esencial, acompañada con la afirmación de la más alta obligación de la conducta moral, Séneca tiene conexiones con el Nuevo Testamento. No obstante, en su filosofía de la libertad subraya el derecho y privilegio del suicidio. El historiador que fue más como él, Tácito, le trata con estricta frialdad y reserva. La 'correspondencia' de Séneca con Pablo es una ficción.

El siguiente pasaje procede de su obra La tranquilidad del alma.

Es algo grande, sublime y casi divino: la imperturbabilidad. Los griegos llaman a ese equilibrio del ánimo euthimía, y Demócrito ha escrito al respecto un libro hermosísimo. Yo llamo a ese equilibrio tranquilidad del alma. No es necesario reproducir y traducir las palabras exactamente al modo de los griegos; sí es preciso, en cambio, dar un nombre al hecho en sí del que nos ocupamos, que sea capaz de expresar su significado.
Buscamos que el alma pueda proceder en equilibrio y armonía, estar en paz consigo misma y satisfecha de su estado; que nada turbe su alegría y que se mantenga siempre serena, sin exaltarse ni abatirse. Ésa será la tranquilidad. Así pues, buscamos cómo alcanzarla; después, tú tomarás del remedio común lo que sea bueno para ti.
Entre tanto, hay que poner el mal en su conjunto al descubierto, y cada uno sabrá reconocer el que le afecta. Al mismo tiempo, te darás cuenta de cómo la insatisfacción por tu propia persona es un tormento menor comparado con el que experimenta quien por motivos de apariencia o por la carga que ella representa, se vio obligado a fingir más por el respeto humano que por voluntad.
Todos sufren esa misma enfermedad, tanto los afligidos por la volubilidad, por el aburrimiento o por los continuos cambios de humor, como los que lloran cuanto han dejado atrás o los que se abandonan a la pereza y la indiferencia. Añade también aquellos que se comportan como quien tiene el sueño ligero: se mueven continuamente en la cama cambiando de posición, hasta que encuentran reposo en el agotamiento. A fuerza de cambiar el estado de su propia vida, alcanzan finalmente un estado en el que se ven sorprendidos no por el cansancio frente a nuevos cambios, sino por la vejez, que siente pereza ante la novedad. También están aquellos que son poco volubles, mas no por la coherencia de su carácter sino por inercia, y viven no como querrían, sino como lo han hecho siempre.
Innumerables, pues, son las variedades del mal, pero el efecto es siempre único: sentirse insatisfecho de uno mismo. Y eso deriva de los desequilibrios internos y de los deseos inciertos y no realizados. Los inquietos, en efecto, o bien ni siquiera intentan obtener lo que desean, o bien no lo consiguen, y por ello viven en una esperanza vana, siempre inestables y agitados, como sucede forzosamente a quien no es capaz de tomar sus propias decisiones. Buscan por todos los medios satisfacer sus deseos. Hacen proyectos y después realizan acciones deshonestas y arriesgadas y, si sus esfuerzos no les reportan el éxito, les atormenta una vergüenza inútil y se lamentan no tanto por haber deseado el mal como por haberlo deseado sin objeto...
Debemos convencernos de que el mal que sufrimos no depende de los lugares en donde estemos, sino de nosotros mismos. No tenemos fuerzas para soportar nada, ni fatigas ni placeres, ni mucho menos a nosotros mismos. Ésa es la razón por la que algunos se sienten empujados al suicidio: porque las metas que se fijan, a fuerza de cambiarlas, les llevan continuamente a las mismas cosas y espacio a la novedad. La vida y el mismo mundo empiezan a causarles náuseas, en su mente aparece la interrogación típica de quien se marchita en sus propios placeres: "¡Siempre lo mismo! ¿Hasta cuándo durará esto?"