Historia
SEVERO, SULPICIO (c. 363 - c. 420)
Como erudito y autor Severo ocupó un alto rango en su generación. Es un noble representante de la cultura formal que existió en el sur de Francia, durante los siglos IV y V, al ser un estudiante diligente de los escritores clásicos. Su Crónica, tenía el sabor de autores tales como Salustio y Tácito, Veleio y Curcio, mientras que los Diálogos, aunque específicamente cristianos, rememoran a Cicerón. No hay barbarismos ni novedades y el genio franco resplandece en refinamientos estilísticos y elegantes giros de expresión. Como crítico sobrepasó a su tiempo; especialmente notable es su investigación del relato de Judit. De las 'obras menores', mencionadas por Genadio existen solo las cartas a varias personas (su hermana, Paulino y otros). Se han expresado dudas de algunas de ellas, pero pueden ser genuinas, ya que no se espera la misma calidad de estilo en tales escritos como en obras literarias formales dirigidas a un público educado. Además, Severo ha dejado tres obras genuinas, en las que su propósito era recomendar al mundo educado, especialmente en Aquitania, el cristianismo histórico y la vida cristiana ascética. Su Crónica es la conversión del material bíblico en un libro histórico para lectura; su Vida de Martín de Tours es un cuadro brillante y edificante del asceta. El tercero es su Diálogos. El primero ha llegado en un solo manuscrito del siglo XI; del segundo hay muchos manuscritos, el más antiguo del siglo VII es copia de un ejemplar del siglo VI (fechado en el año 519). La Crónica falla en interés, parcialmente porque se trata de una deliberada reconversión y su popularidad quedó limitada, tal vez por la difusión de la Biblia. Pero la Vida fue un libro de edificación e interés de primer rango en su tiempo, no por la atmósfera de clasicismo que lo envuelve, sino porque por medio de ella el tipo de cristianismo que en el siguiente milenio predominaría, brilla en toda su fuerza.
La Crónica en dos libros, no publicada antes del año 403, comienza con la creación y sostiene la clásica cronología de seis mil años, aunque no sin observaciones críticas. Su propósito es transmitir concisamente la historia de ambos Testamentos, justificando el prefacio la continuación hasta el tiempo de Severo. Es un intento de vestir la Biblia con traje contemporáneo, habiendo sido denominada un feliz intento de unir los estudios bíblicos con los clásicos, mostrando un sentido crítico y sobrio, rechazando la tipología y alegoría, con un sincero y libre juicio de las relaciones de su tiempo, específicamente las de la Iglesia y el Estado, discutiendo al mismo tiempo la jurisprudencia hebrea y haciéndola inteligible mediante el derecho romano. En la parte que trata la historia post-bíblica la obra es de especial provecho por la luz que arroja sobre el priscilianismo (ii. 46-51, comp. Diálogos iii. 11-13), siendo una fuente de primer rango; la imparcialidad que demuestra sitúa al autor en una posición honorable.
El siguiente texto de la Crónica narra los comienzos del priscilianismo en España:
'El origen de esta desgracia es Oriente y Egipto, pero no es fácil explicar con detalle cuáles fueron sus inicios y progresos. El primero en introducirla en Hispania fue Marco de Menfis, procedente de Egipto. Discípulos suyos fueron cierta Ágape, de condición nobiliar, y el rétor Elpidio. Estos, a su vez, fueron los maestros de Prisciliano. De familia noble, era enormemente rico, incisivo, inquieto, elocuente, erudito gracias a sus muchas lecturas, siempre dispuesto a disertar y discutir, feliz si no hubiera corrompido su extraordinaria inteligencia entregándose a dedicaciones depravadas. Podían encontrarse en él, y en abundancia, buenas cualidades de cuerpo y ánimo. Podía aguantar largas vigilias, soportar el hambre, resistir la sed. Era poco ávido de riquezas y extremadamente parco en el uso de las que poseía. Pero también era muy vanidoso, y se enorgullecía en exceso de su conocimiento de las cosas profanas. Incluso se cree que en su juventud se dio a las artes mágicas. Cuando asumió esta doctrina perniciosa, atrajo a compartirla a muchos nobles y gentes del común, con su capacidad de persuasión y su arte para halagar. También afluyeron a él en gran número las mujeres, deseosas de novedad, indecisas en la fe y con espíritu curioso de todo, pues Prisciliano, mostrando humildad en el rostro y en el aspecto exterior, se había ganado el respeto y la reverencia de todos. Paulatinamente, el contagio de su perfidia invadió toda Hispania e infectó a algunos obispos, entre ellos, a Instancio y Salviano, que no sólo se adhirieron a Prisciliano, sino que formaron con él una suerte de conjura, hasta que Higinio, obispo de Córdoba, actuando desde la vecindad, la descubrió y la denunció ante Hidacio, obispo de Mérida. Éste, atacando sin mesura y más de lo conveniente a Instancio y sus compañeros, prendió la llama de un incendio, de manera que, más que controlar, exasperó a los malvados.'
(11,46,2-9)
Totalmente diferente en carácter de la Crónica es la Vida de San Martín y los Diálogos, con los que pueden ser encasilladas tres genuinas cartas sobre Martín. La Vida la escribió antes de la muerte de Martín, pero no fue publicada hasta después; los dos (no tres) Diálogos son del 405 o más tarde. La Vida está modelada de acuerdo con la creencia contemporánea en lo milagroso, aunque no faltan pasajes de carácter histórico. La facultad crítica del autor es puesta a un lado y la obra es otro testimonio de la indefensión de la cultura romana contra el barbarismo, que una fe piadosa y las fantasías ascéticas creaban.
El siguiente pasaje es un relato de la actividad evangelizadora de Martín de Tours en la Vida de San Martín:
'Voy a contar qué sucedió en un lugar del territorio de los eduos. Mientras estaba asimismo derribando un templo, una muchedumbre de paganos enfurecida se lanzó contra él. Y como uno, más audaz que los demás, lo atacara espada en mano, deshaciéndose del manto ofreció su nuca desnuda a quien iba a asestarle el golpe. No vaciló el pagano en herirle, pero, como hubiese elevado excesivamente la mano, cayó hacia atrás y derribado comenzó a pedir perdón por temor a Dios. Y parecido a esto fue lo siguiente. Como, cuando estaba destruyendo unos ídolos, un personaje hubiese pretendido herirle con un cuchillo, en el momento del golpe, el arma escapándosele de las manos desapareció. Y con frecuencia, cuando los campesinos se le oponían de palabra para que no destruyera sus santuarios, aplacaba su espíritu pagano con su santa predicación de tal modo que, mostrándoles la luz de la verdad, ellos mismos echaban abajo sus templos.'
