Historia
SHIPLEY, JONATHAN (1714-1788)

Su consagración a una sede y su traslado a otra en el mismo año (1769) indica que tenía un alto favor del rey y su ministro, el duque de Grafton. Pero en un sermón predicado al año siguiente ante la Cámara de los Comunes, respaldó la doctrina whig sobre el fundamento de la supremacía real, mostrando pronto signos de diferencia con 'sus amigos e incluso ministros respetables que le ayudaron.' Él abiertamente se unió a la oposición 'con la que era un perfecto extraño' (Works, ii. 61), debido a la política del rey hacia las colonias americanas. En su actitud hacia esta cuestión fue grandemente influenciado por su profunda amistad con Benjamin Franklin, quien había disfrutado 'la suave brisa de Twyford' ya en 1771. Hinchliffe, obispo de Peterborough, fue el único miembro del episcopado que simpatizó con sus ideas. En 1773 Shipley predicó ante la Sociedad para la Propagación del Evangelio un sermón que contenía una cálida alabanza hacia las colonias americanas. Franklin, al comentarlo, rechazó la opinión pública que consideraba haber sido escrito 'como un cumplido para él' y que el obispo por su audaz declaración 'con la sola esperanza de hacer bien' había 'provocado el desagrado de la corte' y comprometido 'la posibilidad de un futuro ascenso' (Works, viii. 40). En 1774, tras votar contra la alteración de la constitución de Massachusetts, propuesta como un castigo por las revueltas del té en Boston, Shipley publicó un discurso que por algunas razones no había sido pronunciado, siendo considerado una obra maestra de su tiempo. 'Contemplo a Norteamérica como el único gran semillero de libertad que queda en la tierra.' En el debate de 1778, memorable por el último discurso de Chatham, Shipley votó con el duque de Richmond contra la continuidad de la guerra. La política de Lord Rockingham tuvo el cálido apoyo de Shipley. Cuando se vislumbró la paz, Franklin escribió al obispo: 'La causa de la libertad en América está en deuda contigo. Espero que vivas para ver que el país florece bajo la nueva constitución.' (Works, ix. 229). En su camino de París a América, Franklin se encontró con 'el buen obispo' y su familia en Portsmouth y le regaló un retrato suyo. Tres años más tarde, cuando Catherine Shipley le anunció la muerte de su padre, Franklin contestó con tierna simpatía que si los 'consejos de su sermón y discurso hubieran sido tenidos en cuenta, mucha sangre y desgracia para la nación se habría evitado'.
No sólo respecto a la independencia americana estuvo Shipley en la oposición, también estuvo solo respecto a las leyes contrarias a los protestantes disidentes (1779), caracterizándolas en un mordiente discurso como 'la desgracia de la Iglesia anglicana.' No tuvo nada que decir sobre la confesión de fe propuesta como condición de relajación, porque cambiaría la ley en una 'nueva ley penal.' La tolerancia no era una cuestión de la Iglesia sino del Estado. 'Y permitidme decir, con todos los respetos a este reverendo organismo, que nosotros no somos los hombres a los que yo encargaría esta decisión.'
En junio de 1782 Franklin expresó la esperanza de que Shipley fuera promovido, al estar Rockingham en el poder. Horace Walpole lo estimaba como el hombre más idóneo para Salisbury (Letters, viii. 238). Pero la sede fue otorgada a Shute Barrington. El 19 de marzo de 1783 Cornwallis, arzobispo de Canterbury, murió y la comisión ministerial pudo posiblemente recomendar a Shipley como primado. Pero la misma víspera de su formación el rey otorgó el arzobispado a Moore.
De acuerdo a una tradición familiar, podía haber ejercido el primado si hubiera abandonado su oposición a la guerra. Pero sus manifestaciones de 1778 y 1782 hacían casi imposible que su promoción pudiera ser respaldada por el rey. 'Los príncipes son los mandatarios, no los propietarios de su pueblo.' Shipley se involucró en la política, siendo Burke uno de sus amigos íntimos y por el don de su hija Georgina para la pintura, Sir Joshua Reynolds fue otro. Según la alabanza de un contemporáneo, Shipley 'fue lo que un obispo debía ser', pero el ideal contemporáneo del deber episcopal era bajo. Mejorando ligeramente el ejemplo de su 'amigo y modelo' Hoadly, que nunca visitó su diócesis de Bangor, Shipley residió un mes al año en St. Asaph, estando el palacio en pésimas condiciones. El resto del año lo dividía entre Londres, Chilbolton y Twyford. Sus cuatro discursos no delataban fervor religioso, pero dieron una expresión dignificada al sentimiento de libertad política que le dio a su carrera gran interés histórico.