Historia

SIDONIO APOLINAR, CAYO SOLIO MODESTO (c. 430 - c. 479)

Cayo Solio Modesto Sidonio Apolinar nació en Lyón el 5 de noviembre de algún año entre 430 y 433, siendo enterrado en Clermont el 21 de agosto de 479 (482 o 484).

Primeros años.
Procedía de noble familia, habiendo su abuelo desempeñado un alto oficio y siendo el primer cristiano en la familia; su padre también era "prefecto del pretorio de los galos." Recibió su educación en las todavía florecientes escuelas de gramática y retórica de su región natal, dedicando su atención a la adquisición de facilidad y perfección para escribir prosa y poesía en latín. Tenía como propósito adquirir fama como escritor y en el servicio del Estado y entre sus instructores estuvieron Claudiano Mamerto y otros destacados profesores. Su matrimonio con Papianila, hija de Avito, uno de los hombres más prominentes de Auvernia, le hizo familiar en lo que sería una especie de patria para él; su esposa le proporcionó sus posesiones y una vida familiar feliz que le capacitaba para el papel de un poeta de vida y tranquilidad hogareña. Pero su ambición, impulsada por la combinación de riqueza y cultura, le llevó a no contentarse con llevar la vida de un oscuro ciudadano. La elevación de su suegro a la dignidad imperial estimuló la musa de Sidonio en la dirección del panegírico. Sidonio le acompañó a Roma y publicó allí su poema de alabanza (en el que la nota cristiana está totalmente ausente), que fue estimado tan destacado que le aseguró al autor un lugar, señalado por una estatua de bronce, entre los celebrados autores honrados en la basílica de Trajano. Pero el reinado de Avito fue corto, produciéndose su caída tras diecisiete meses. Tras la caída de Lyón, Sidonio dirigió su poesía hacia la alabanza del vencedor, en una composición que tiene valor histórico por su retrato de los francos (líneas 238-254). El período de retiro que sucedió dejó huellas en las epístolas de Sidonio, dando valiosas descripciones de la cultura del tiempo (Epist., ii. 2), así como de sucesos históricos. Durante el reinado de Teodorico II, Sidonio parece haber vivido en retiro y bajo Antemio (467-472) fue a Roma por mandato del emperador para representar al pueblo de Auvernia. Allí entró en estrecho contacto con los dos senadores más prominentes, siguiendo su consejo para dedicar al nuevo emperador un panegírico. Esta es la última de sus carmina fechadas, que resultaron en un nombramiento como prefecto del Senado y la ciudad; tiene valor histórico por su descripción de los hunos, su mención de Geiserico y la descripción de la situación de los godos orientales hacia 467. Una epístola de Sidonio hacia el año 470 (v. 13) tiene valor histórico también porque trata con el gobernador Seronato y próxima en el tiempo es la destacada carta (ii. 1) que narra la opción que le fue presentada de ser obispo o perder sus derechos romanos, salvando sus derechos mediante la jerarquía.

Sidonio como obispo.
Poco después, Sidonio era obispo de Clermont, que pertenecía a la archidiócesis de Bourges. Como obispo Sidonio abandonó la escritura de poesía secular, pero en el ejercicio de su cargo se sintió atraído a la arena política. Su cuñado Ecdicio fue protector de la facción romana, mientras Clermont, la última fortaleza de los romanos en Aquitania, amenazaba caer ante los godos. Sidonio pidió ayuda cerca y lejos y entre las peticiones hay una carta (vii. 6) contra Eurico. La situación eclesiástica era lamentable, nueve sedes estaban vacantes e incluso la memoria de la disciplina eclesiástica había cesado. Con la lucha de los burgundios y godos la tierra había quedado desgarrada; todos los esfuerzos iban dirigidos a que Eurico permitiera que obispos fueran consagrados, para que el pueblo de la Galia conservara la fe. La causa de la triste condición la atribuye Sidonio a los cabezas de la diócesis de Arlés, escuchando el obispo Greco amargos reproches. No obstante, la condición no era tan mala como le parecía a Sidonio; Clermont no fue destruida y la corte goda no era tan hostil a la cultura. En Toulouse el hombre más influyente tras el rey era León de Narbonne, el maestro de oratoria de Marco Aurelio. En este período escribió Sidonio la más célebre de todas sus cartas (viii. 9); contiene un poema, indudablemente elaborado para el oído del rey, describiendo el poder mundial del gobernante de los visigodos, por lo que puede ser bien llamado el cuarto panegírico de Sidonio. Tras haber dejado su sede, después de algún tiempo pudo regresar y desempeñar su cargo.

Sus escritos.
Como escritor Mommsen (Reden, p. 139, Berlín, 1905) estimó a Sidonio muy por encima de los otros de su tiempo. No obstante, a pesar de los pasajes sentenciosos, satíricos y gráciles que se hallan, su poesía tiene menos valor estético que la de Ausonio. No obstante, su importancia desde un punto de vista histórico-literario es elevada. En asunto de forma, es un puente hacia la poesía medieval por la frecuencia en el empleo de la rima, aliteración y otras disposiciones artísticas; su poesía muestra también lo que era la moda de su tiempo; ilustra lo que las formas de los mitos clásicos tomaron durante la caída del antiguo orden de cosas en la Galia. Para la historia de la Iglesia las cartas son más valiosas que el carmina. Sidonio no era original, pero podía expresarse en un lenguaje que era apropiado y expresivo. Los nueve libros de sus cartas se editaron en grupos. El primero, escrito en su mayor parte hacia el año 469 en Roma, comienza con una dedicatoria a Constancio, un clérigo de Lyón, a quien se atribuye una biografía del obispo Germán de Auxerre. Las cartas del libro segundo parecen haber sido publicadas hacia mediados del año 472, aunque son probablemente de fecha anterior, ya que no reflejan la situación clerical y el pensamiento no es cristiano. Esos dos libros (25 cartas) fueron los primeros editados. El siguiente grupo, libros tres-siete (70 cartas), revela una situación diferente. Comienzan con la declaración de que el escritor ha sido escogido obispo de Clermont. Una sección de este grupo (vi. 1-vii. 11) contiene cartas dirigidas a obispos. Posteriormente, por deseo de amigos, Sidonio juntó los restos de su correspondencia para un octavo libro y no poco después añadió un noveno, "según el modelo de Plinio." No se observa cronología en el arreglo, aunque se preserva una cierta secuencia general. Las cartas, 127 en número, tienen gran importancia histórica porque muestran como ningún otro documento el estilo de la escuela latina de retórica, justo antes de su caída; desde este punto de vista cada carta separada es valiosa, aun cuando su sustancia sea de poco valor. Entre las personas a las que se dirigen están el africano Domnulo, dos retóricos españoles, un franco que fue llamado "conde Arbogastes de Treveri", que recibió también una carta del obispo Auspicio de Toul (quien recibió también carta de Sidonio) y Firmino de Arlés, el amigo de Cesáreo. Un tercio de las cartas están dirigidas a eclesiásticos, 36 de ellas a obispos, conociéndose las sedes de 31 de ellas. Perpetuo de Tours, una ciudad que era todavía romana, fue uno a los que escribió; hay cartas a los obispos de Sens, Auxerre, Orleáns y a Lupo de Tréveris. Aunque ignorando al obispo de Arlés, Sidonio estuvo en correspondencia frecuente con los sufragáneos de esa sede, los obispos de Orange, Vaison y Marsella; como originario de Lyón, tenía un interés patriótico en ello. Hay cartas a los sufragáneos de Autun y Langres, al metropolitano de Aix y su sufragáneo de Riez, a Reims, Toul y Ginebra. Sus cartas muestran el estilo del círculo de los retóricos y la escuela de la que fue parte, como se aprecia por las cartas y escritos de Ruricio y de Álcimo Avito y Ennodio; en un periodo posterior el interés en él surgió de nuevo, leyéndole y admirándole hombres tales como Flodoardo, Sigebert de Gembloux, Vicente de Beauvais, Pedro el Venerable, Pedro de Poitiers y Juan de Salisbury. Tuvo influencia sobre Petrarca.

Su importancia.
En lo que respecta a los poemas de Sidonio pudieron todos haber sido escritos por alguien que no era cristiano; por otro lado, la mitología pagana es para él solo un medio de adorno, apareciendo los pensamientos monoteístas en forma noble y dejando más espacio para la oración que para la ayuda de los médicos. Sin embargo, los escritos cristianos no parecen ser de suficiente valor para él, posiblemente por su servicio obligado a la organización externa de la Iglesia. Tuvo una especie de obsesión por las clases bajas que "hablaban mal latín", aunque siempre demostró una bondad de disposición hacia esas gentes. Como predicador y salvador de almas su reputación no fue elevada. Su conocimiento de las Escrituras y su dogmática eran igualmente débiles; habló, por ejemplo, del Espíritu Santo haciéndose carne en Cristo. Tenía poco interés y conocimiento en las controversias dogmáticas de su tiempo. Se vio impulsado a usar su pluma para escribir historia, pero sabiamente estimó sus poderes y desistió. Su servicio a la mejor parte de la nobleza de la Galia se resume en su consejo de que ya que el Estado se estaba rompiendo, sería mejor para ellos salvar su nobleza en la jerarquía y desempeñar su herencia romana en cargos eclesiásticos. Y sin embargo él mismo fracasó en gran medida en alcanzar el fin que puso delante a los demás, no siendo capaz de suplir la oportunidad para llenar la retórica de las escuelas con un espíritu cristiano.