Historia

SINESIO DE CIRENE (c. 370 - c. 415)

Sinesio de Cirene nació en Cirene entre 370 y 375, muriendo antes de 415. Estaba orgulloso de pertenecer a una estirpe real, al ser descendiente de Eurysthcnes, uno de los Heráclidos, quien dirigió a los dorios a Esparta. Estimulado por el saber clásico fue a Alejandría para estudiar poesía, retórica y filosofía bajo Hipatia. Tras regresar a su hogar, aunque todavía era joven, fue nombrado cabeza de una diputación de la Pentápolis al emperador Arcadio para procurar la liberación de ciertas condiciones onerosas de impuestos. Hacia 399 o 400 viajó a Constantinopla, donde el eunuco Eutropio gobernaba al incompetente emperador y al imperio; permaneció allí tres años, esperando un año antes de que pudiera obtener audiencia. Entonces pronunció ante Arcadio y la corte su celebrado discurso "Sobre la realeza", en el que mostró la diferencia entre un tirano y un rey gobernado por el temor de Dios y describió el desvío de la antigua simplicidad romana en la afectación de la ostentación y la ceremonia oriental. Pronunció una patriótica protesta contra la encomienda del imperio a extranjeros irresponsables y peligrosos, que luego sería subrayada por la irrupción de los godos bajo Tribigildo en Asia Menor, con quien Gainas hizo causa común poco después, y provocó el destierro de tres notorios estadistas, entre ellos Aureliano, amigo de Sinesio. Estos sucesos los describió Sinesio en una novela histórica (MPG, lxvi. 1209-1282). Hacia 402 había logrado los resultados procurados para su ciudad natal y regresó, describiendo su viaje en una carta (MPG, lxvi. 1328 y sig.). Luego visitó Atenas y Alejandría (402-404) para un estudio añadido y luego dividió su tiempo entre su hogar en Cirene y su posesión rural, donde se entregó a ocupaciones campestres y al estudio, teniendo una desafección hacia las ocupaciones públicas. En ciertos momentos estuvo ocupado en defender sus posesiones contra las incursiones de tribus del interior. En el año 403 se casó con una mujer cristiana. Llevó a cabo una extensa correspondencia; aunque se lamentaba de que estaba en un entorno no filosófico produjo en "Sobre los sueños" (MPG ut sup., 1281-1320) una declaración de su ideal de la cultura filosófica; su Dion, ē peri tes kath' heauton diagogēs es una defensa de lo mismo. Es destacable el hecho de que tal hombre fuera unos pocos años después llamado para ser obispo. No hay huella en su vida y escritos hasta ese momento de nada que indique que fuera cristiano, aunque conocía el cristianismo muy bien. Pudo haber sido testigo del fanatismo en 392 que destruyó el Serapion en Alejandría, ya que en Constantinopla no escapó a las actividades de un Crisóstomo. Él había cantado a los templos cristianos como santuarios de los dioses y espíritus a quien el Todopoderoso había vestido con brillantez angélica y en la teología monástica reconoció una lucha similar a la contemplación mística de la filosofía. La influencia de su esposa puso ser determinante, así como la influencia que procedía del interés por teólogos como Teófilo. De esto testifican los diez himnos, escritos antes de que fuera obispo, que, aunque en sabor neoplatónico, hablan de Dios como la unidad más elevada, la mónada de las mónadas, padre y madre, centro de la naturaleza. No obstante en el noveno himno, aparece el Hijo divino, el Salvador, el hijo de David, que abre las puertas del Tártaro y dirige a las almas hasta el cielo más elevado. Incluso se hizo más cristiano en el tono, desarrollando su material sin cambiar esencialmente el núcleo de sus ideas religioso-filosóficas hasta que en el último himno está la oración piadosa a Cristo, el médico del alma y el cuerpo.

En 409 (¿406 o antes?) la sede del obispado en Ptolemaida quedó vacante y el clero y los laicos llamaron a Sinesio, de quien se esperaba mucho por sus influyentes relaciones. Consintió en que el asunto fuera referido al patriarca Teófilo, pero envió con el mensajero una carta a su hermano Evoptio (MPG, lxvi. 1481 y sig.) a la que se le dio publicidad. Esta carta, destacable por su contenido, contenía la expresión de sus escrúpulos y dudas en vista del deber del sacerdote u obispo y las altas obligaciones que descansaban sobre él. Más aún, las conclusiones que su filosofía le imponían no concordaban con las enseñanzas que la religión pudiera demandar de él sobre la relación del alma con el cuerpo; la forma de la doctrina de la resurrección, tal como él la sostenía, no concordaba con la forma de las creencias sostenidas por la multitud, pues la filosofía se opone a los sentimientos del vulgo. Estaba también el asunto de su matrimonio; su esposa era el don de la ley, de Dios y de Teófilo y él no se separaría de ella abiertamente ni la visitaría secretamente. También se lamentaba de abandonar sus amadas ocupaciones y diversiones, aunque lo haría si el llamamiento parecía imperativo y haría lo mejor para desempeñar el cargo. Tras un retraso de siete meses Sinesio recibió el bautismo y la consagración episcopal, aunque sus cartas muestran que su corazón permaneció siendo el mismo y sus sentimientos divididos. Sus cartas expresan humildad y desconfianza hacia su capacidad e idoneidad para sus deberes. En el año 407 estalló su conflicto con Andrónico, el tiránico prefecto de la Pentápolis, a quien al principio intentó en vano apaciguar de su crueldad. Por la retirada del derecho de asilo por Andrónico, Sinesio se encontró en una posición difícil como filósofo e incapaz de manejar el asunto. En el mismo escrito (MPG, lxvi. 1384-1400) en el que habla de su determinación de excomulgar a Andrónico, recuerda los felices tiempos anteriores, cuando no le eran impuestos tales deberes. Expresó su deseo de poder ser liberado de su consagración, temiendo ser indigno de ministrar los misterios de Dios; deseaba, si no podía ser liberado de sus deberes, al menos tener un ayudante. Antes de que la excomunión fuera pronunciada, Andrónico pareció haberse arrepentido; la publicación se retrasó, pero cuando el prefecto volvió a sus antiguos caminos se publicó la excomunión a finales del año 407. Las dificultades de Sinseio se incrementaron cuando las tribus del interior irrumpieron de nuevo en la desafortunada provincia. Al principio el joven y capaz Anisio, a quien Antemio envió como comandante, pudo proporcionar protección. Pero poco después un cambio en los asuntos dio a los bárbaros campo libre y Sinesio pensó incluso en dejar su patria; incluso cuando, un año después, la situación mejoró, la tristeza dominante no le abandonó. Del resto de su vida nada se sabe, aunque no parece haber sobrevivido a Hipatia o al episcopado de Cirilo de Alejandría.