Historia
SÓCRATES (469-399)

La filosofía de Sócrates no es tanto un sistema de doctrinas, sino un espíritu de investigación y un método de búsqueda de la verdad. Ese método, el método de pregunta y respuesta, fue tan característico de Sócrates y al mismo tiempo tan pleno de vida y poder que fue adoptado más o menos por todos sus discípulos, siendo conocido desde entonces como el 'método socrático'. Se aprecia en toda su perfección en los Diálogos de Platón, que constituyen las conversaciones idealizadas del Sócrates idealizado. El asunto de la filosofía socrática es la ética, en contraposición a la física; su objetivo es práctico a fin de excluir la especulación estéril, estando entre sus más notorios propósitos la ignorancia consciente, la modestia, la moderación y la moralidad pura y elevada.
El bien principal, el propósito de nuestra existencia, según la ética socrática es la felicidad, el bienestar que resulta de hacer el bien en obediencia a la voluntad de Dios y con la bendición del cielo. Jenofonte y Platón concuerdan en atribuir a Sócrates la enseñanza de que el que conoce la justicia es justo y quien entiende la virtud es virtuoso, lo que significa que reduce toda virtud al conocimiento. Pero de ambos escritores se desprende que él entendía el conocimiento en un sentido elevado y completo que no era usual en los tratados éticos, sino sorprendentemente análogo al que se usa en la Escritura. Para él el conocimiento es idéntico con la sabiduría y la ignorancia con la insensatez y el pecado, tal como en la Biblia la piedad es sabiduría y el pecado es necedad; de ahí que el malo no tiene conocimiento, mientras que el recto conoce todas las cosas.

Metropolitan Museum of Art, Nueva York
El siguiente fragmento está extraído de la Apología de Sócrates de Platón.
'Consideraremos si esperar que la muerte sea un bien.
Ella es, en efecto, una de estas dos posibilidades: o la muerte coincide con la nada y después de muerto no se tienen ya más sensaciones, o bien, por cuanto se dice, consiste en una suerte de cambio y de trasmigración del alma de esta sede a otra.
Si no hay, pues, ninguna sensación sino un especie de sueño semejante al de quien duerme sin soñar, con la muerte se obtendría una ganancia extraordinaria. Si uno escoge una noche en la que por haber dormido tan bien no haya tenido sueño alguno, y si compara esa noche con otras noches y otros días de su vida, debería reflexionar y decir cuántos otros días y cuantas otras noches vivió en su existencia con más satisfacción y placer que aquella noche; de modo que estoy dispuesto a creer que no sólo un ciudadano cualquiera, sino el mismo Gran Rey de reconocería que en comparación con todos los otros, esos días y esas noches se pueden contar con los dedos. Si tal es la muerte, yo la defino sin duda como una ganancia: de este modo, en efecto, todo el tiempo parece no ser más que una única noche.
Si, por el contrario, la muerte es una suerte de transmigración de esta vida a otro lugar y es verdad lo que se dice, esto es, que todos los muertos se reúnen en aquel lugar, ¿que bien podría ser mayor que éste, señores jueces? Pues si uno, llegado al Hades después de ser liberado por quienes se dicen jueces, encontrara a aquellos que lo son verdaderamente, a aquellos de quienes se dice ejercen allí justicia -Minos, Radamanto, Eaco, Trittolemos y otros semidioses que en vida actuaron según justicia, ¿se trataría de un viaje de poca monta? ¿Cuánto no estaría dispuesto cualquiera de vosotros a pagar con tal de encontrarse con Orfeo, con Museo, con Hesíodo o con Homero?
Es preciso, pues, que también vosotros, señores jueces, estéis bien dispuestos a la esperanza ante la muerte, y que sólo en seis esto: que ningún mal puede golpear al hombre recto y cuando vive ni cuando está muerto, y que sus acciones no son indiferentes a los dioses.
Incluso esto que ahora me ocurre a mí, no sucede por casualidad: para mí está muy claro que el morir en este punto y liberarme de todos los fastidios es lo mejor que podría suceder. Por esto no me ha detenido nunca ninguna señal divina .y por mi parte no monto en cólera por quienes me han condenado ni por mis acusadores.
Sin embargo, ellos me han condenado y me han acusado creyendo hacerme un daño, y ese diverso entendimiento suyo hace que recaiga sobre ellos una justa reprobación.
A pesar de ello, esto les ruego: castigad, hombres, a mis hijos cuando lleguen a la pubertad, molestándoles del mismo modo, en que yo os molestaba a vosotros si pareciese que se cuidan de la riqueza o de cualquier otra cosa antes que de la virtud; y si llegaran a exhibir algún valor sin valer nada, reprendedlos como yo os he reprendido a vosotros por no aplicarse en cosas que valgan la pena y por creer contar para algo cuando, en cambio, no cuentan para nada. Si hicieseis esto, yo y mis hijos habremos obtenido justicia de vosotros.
Pero ya es hora de irse: yo a la muerte, vosotros a la vida. Quien después de nosotros se encamine hacia la meta mejor, será ignoto por todos, salvo por el dios.'