Historia

STRAUSS, DAVID FRIEDRICH (1808-1874)

David Friedrich Strauss nació en Ludwigsburg, Alemania, el 27 de enero de 1808 y murió allí el 8 de febrero de 1874.

David Friedrich Strauss
David Friedrich Strauss
Primeros años.
Era hijo de un comerciante y asistió a la escuela latina en su ciudad natal, entrando en 1821 en el seminario en Blaubeuren, de donde pasó en 1825 a la universidad de Tubinga, siendo un estudiante aplicado. Su anterior profesor, Ferdinand Christian Baur, anteriormente en Blaubeuren pero luego en Tubinga, le liberó de lo que Strauss consideraba la estupidez de los cursos universitarios. Durante sus días de estudiante se puso en contacto con las enseñanzas de Schleiermacher, Schelling y Hegel, graduándose con honores y obteniendo un buen fundamento teológico y filosófico. Durante un tiempo ejerció como vicario en una localidad cerca de Ludwigsburg, viajando luego a Berlín, 1831-32, para estudiar la filosofía hegeliana en sus fuentes. También escuchó a Schleiermacher, aunque le repelió su estilo docente. Leyó el manuscrito de éste sobre la vida de Jesús, resolviendo al regresar a Tubinga dar clases sobre la lógica de Hegel, la historia de la filosofía moderna y Platón. Entre los estudiantes levantó gran expectación por la filosofía hegeliana, pensando entrar en la facultad filosófica pero al encontrar cierta oposición de las autoridades universitarias regresó a sus estudios teológicos. Su Leben Jesu, (2 volúmenes, Tubinga, 1835-36; traducción inglesa 3 volúmenes, Londres, 1846) lo escribió en este periodo, en el corto espacio de un año.

Vida de Jesús.
La impresión que la Vida de Jesús provoca en el lector por su profundidad de erudición es lo más destacado, en vista de que era la obra de un joven de veintisiete años. En ese tiempo había tres facciones en la controversias sobre el problema de la vida de Jesús: los sobrenaturalistas, que aceptaban la narrativa del Nuevo Testamento y los milagros; los racionalistas, que rechazaban los milagros y los racionalistas radicales, que rechazaban la narrativa de los evangelios como fabricaciones, aunque esta posición fue prácticamente sostenida solo por Paulus en Heidelberg. Strauss tomó una posición independiente. Comenzó con la presuposición de que la narrativa de los evangelios debe ser interpretada exactamente igual que cualquier otra obra. Pero aunque rechazó los milagros no quiso atribuir fabricación intencional a los evangelistas. Para reconciliar ambas posturas avanzó su teoría 'mítica', que derivó de la filosofía de Hegel sobre la religión. Las ideas filosóficas están precedidas por las presentaciones míticas que son comparativamente inseguras, pero verdaderas para el estado intelectual del hacedor de mitos. Pero aun cuando una idea sea promulgada con pleno conocimiento por parte de su autor de su carácter ficticio, puede ser llamada 'mito' si es aceptada y transmitida con convicción mediante la multitud, al estar en armonía con sus sentimientos e ideas religiosas. Hace falta una cierta distancia en el tiempo para constituir un mito. De ahí que el evangelio de Juan no pudo ser escrito por un testigo ocular, lo que significa que no es de Juan el apóstol. Los evangelios sinópticos no afirman haber sido escritos por testigos oculares. Otro concepto hegeliano que Strauss aplicó a la teoría de la vida y personalidad de Jesús. Según los sobrenaturalistas, Jesús fue una persona única y perfecta y como tal Hijo de Dios. Strauss replicó que la 'idea' no se realiza en esta forma vertiéndola en toda su plenitud sobre un ejemplo, sino mediante una multitud de ejemplos que mutuamente se complementan uno a otro. El verdadero Dios-hombre, por tanto, no es un individuo, sino la humanidad como especie. Los escritores de los evangelios, afirma Strauss, tuvieron ante sí las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, atribuyendo a Jesús las palabras y hechos de las profecías; sin embargo, al hacer eso, a veces añadieron ideas originales e insuflaron una nueva alma en el antiguo material. La obra de Strauss fue completamente crítica. En su opinión, no había llegado todavía el tiempo para una descripción constructiva.

Resultados sobre su carrera.
Su libro causó tan gran sensación, pudiendo calificarse su año de aparición, 1835, como un punto decisivo en la teología contemporánea. Planteó ante el mundo cristiano la pregunta: ¿Quién era Jesús, el fundador del cristianismo? Ante la tormenta de ataques que siguió, Strauss tuvo que hacer frente a la misma casi solo. Fue liberado de su cargo y trasladado al liceo en Ludwigsburg, pero pronto dejó esta posición y se fue a Stuttgart, donde escribió Streitschriften zur Verteidigung meiner Schrift über das Leben Jesu und zur Characteristik der gegenwärtigen Theologie (1837), que es una de sus más brillantes realizaciones. Sus amigos lograron conseguirle un puesto en la universidad de Zurich, pero la oposición clerical prevaleció, no siéndole permitido ejercer. Rechazó dimitir voluntariamente, pero al término de su vida le fue otorgada una pensión de mil francos, que en gran proporción usó en obras de caridad.

Vida posterior y obras.
Su segunda obra más importante, Die christliche Glaubenslehre in ihrer geschichtlichen Entwickelung und im Kampfe mit der modernen Wissenschaft (2 volúmenes, Tubinga, 1840-41), la comenzó mientras se preparaba para ir a Zurich. Es más negativa en carácter que Leben Jesu, duramente polémica, y desde un punto de vista literario superior a su primera obra. Da claro testimonio del sentimiento del autor de la injusticia que se le ha hecho. Durante los siguientes veinte años Strauss no escribió nada sobre teología. Su matrimonio con la cantante de ópera, Agnes Schebest, fue infeliz. Durante un poco de tiempo representó a Ludwigsburg en Württemberg. Publicó un volumen de charlas políticas (1847) y biografías de Schubart (2 volúmenes, Berlín, 1849), Christian Marklin (1850), Nikodemus Frischlin (Francfort, 1855), Ulrich von Hutten (3 partes, Leipzig, 1858-60) y Hermann Samuel Reimarus (1862). En 1860 regresó a la teología con una traducción de las conversaciones de Ulrich von Hutten, a las que precedió una polémica contra el prelado de Württemberg, Mehring. Luego se dispuso a trabajar en una nueva Leben Jesu für das deutscke Volk (1864). Mientras la obra estaba todavía en manuscrito, aunque casi acabada, apareció Life of Jesus de Kenan, dudando Strauss durante un tiempo si publicar su trabajo. Pero finalmente se inclinó a hacerlo, pensando que su libro podía servir para el pueblo alemán lo mismo que el de Kenan para el pueblo inglés. La nueva obra era un intento de construcción positiva, pero el autor finalmente fue obligado a admitir que la fecha para tal intento era insuficiente: 'Todavía permanece en un cierto sentido como un tejido de hipótesis'. Fue incapaz de llenar el abismo entre el Cristo de la fe y el Jesús de la historia. El invierno de 1869-70 Strauss dio algunas clases de las que surgió su pequeña obra maestra sobre Voltaire (1870). El estallido de la guerra franco-prusiana ocasionó dos patrióticas cartas abiertas a Ernest Kenan que contaron con el aplauso general en Alemania. En 1872 publicó una versión popular de un tema que había manejado tiempo atrás: Der alte und der neue Glaube. Artísticamente era una composición maestra, según Zeller de la misma altura que la obra sobre Voltaire. Sin embargo, levantó una tormenta de críticas por sus ideas escépticas. A la pregunta '¿Somos todavía cristianos?' el autor responde secamente: 'No'. A la pregunta '¿Tenemos todavía religión?', responde 'Sí o no' según la idea que se tenga sobre religión; la antigua creencia en un Dios personal y en la inmortalidad se ha evaporado, quedando el sentimiento de absoluta dependencia del universo. El tono de la obra al discutir la naturaleza del alma es materialista. El autor adopta la teoría darwiniana y toma su posición basándose en la ciencia natural. Poco después de la publicación de este libro hizo su aparición la enfermedad que le llevaría a la tumba. En una serie de poemas escritos en su lecho de muerte late una pía resignación que muestra que, a su manera, Strauss poseyó un sentimiento religioso. En 1910 se erigió un monumento conmemorativo en su ciudad natal.

En el estudio crítico de la vida de Jesús, Strauss está en un punto medio. Todas las investigaciones previas convergen en él y todas las obras posteriores, sea en acuerdo o desacuerdo, parten de él. Su hazaña más grande la realizó al comienzo de su carrera. El resto de su vida fue trágicamente incompleta. Incluso sus más encarnizados enemigos, con la única excepción de Nietzsche, han admitido que fue un brillante escritor y un hombre osado.

Refutación de su teoría.
Pero la teoría que lleva el nombre de Strauss está lejos de estar claramente definida y ser coherente con la propia declaración del autor; y su Vida de Jesús, aunque obra de gran erudición en detalle, es singularmente deficiente en exhaustividad y unidad. La teoría, en resumen, es la siguiente: Jesús era hijo de José y María. En su infancia, demostró una inteligencia y facultades excepcionales, en comparación con sus ventajas externas, y fue objeto de admiración en el humilde círculo familiar en el que se formó. Pronto se convirtió en discípulo de Juan el Bautista; y, debido a su profunda simpatía por su entusiasta expectativa de la pronta llegada del Mesías (una expectativa que albergaban vívidamente todos los judíos leales de aquella época), concibió la idea de asumir ese personaje y lo personificó con tanto éxito que se convirtió en su propia víctima, pasando así inconscientemente de la impostura al autoengaño. Hizo prosélitos, escogió discípulos, pronunció discursos que impresionaron profundamente a la opinión pública y se ganó la hostilidad de los principales hombres de la nación, especialmente de los fariseos. Procuraron su ejecución como traidor; pero sus discípulos, creyendo que Jesús no podía mentir, sostenían que debía haber resucitado vivo del sepulcro y, como no había sido visto entre los hombres después de su crucifixión, que había ascendido al cielo. Esta sencilla historia de vida se convirtió en la base de una multitud de mitos, narraciones no intencionalmente falsas ni inventadas conscientemente, sino algunas que dieron lugar a una mayor credibilidad popular; otras, formas simbólicas en las que sus discípulos se atrevieron a encarnar las doctrinas y preceptos que constituían la base de sus discursos. Su nacimiento milagroso fue imaginado y creído, porque parecía imposible que el Mesías hubiera nacido como los demás hombres. Se le atribuían obras sobrenaturales, porque las leyendas hebreas las atribuían a los antiguos profetas, y no podía ser que aquel que era mayor que ellos, y de quien se creía que habían escrito predicciones brillantes, no hubiera realizado milagros más misteriosos y maravillosos que cualquiera de ellos. Sus apariciones después de su resurrección fueron inventadas, definidas en tiempo y lugar, e incorporadas a la fe de sus discípulos, porque era inconcebible que hubiera regresado a la vida sin ser visto. Estos mitos tuvieron su origen principalmente fuera del círculo de los apóstoles y las personas más cercanas a Jesús, y probablemente se debieron en gran parte a la imaginación constructiva de los habitantes de las zonas de Galilea donde permaneció poco tiempo, o de admiradores que habían sido sus compañeros solo por un breve período. El elemento mítico, una vez introducido en su historia, experimentó un rápido crecimiento durante unos treinta, cuarenta o cincuenta años después de su muerte, y nuevos incidentes acordes con el ideal mesiánico se añadieron constantemente al multiforme evangelio oral propagado y transmitido por sus discípulos. Durante ese período, diversas personas, ninguna de ellas apóstoles ni amigos íntimos de Jesús, recopilaron las narraciones que les habían llegado; y de estas narraciones han llegado hasta nosotros nuestros cuatro evangelios, junto con otras historias fragmentarias de igual autoridad, que llevan la denominación popular de evangelios apócrifos.

Tal es la complejidad de la teoría mítica de Strauss, tal como se desarrolla en su Vida de Jesús, publicada en 1835-36, reeditada con frecuencia. En su nueva obra, publicada en 1864, The Life of Jesus for the German People, se aparta de su postura anterior hasta el punto de acusar a los propagandistas e historiadores del cristianismo de falsificaciones deliberadas y conscientes, y de sostener, con los críticos de la escuela de Tubinga, que los cuatro evangelios fueron escritos, en gran parte, para sancionar y promover las creencias dogmáticas de sus respectivos autores, y que, por lo tanto, representan tantas tendencias teológicas divergentes. Al asumir esta base, Strauss amplía la definición del término mito, que ya no denota simplemente el desarrollo fabuloso o la encarnación de una idea sin intención fraudulenta, pero incluye falsedades descabelladas diseñadas para expresar, promulgar o sancionar dogmas teológicos.

Hemos dicho que Strauss admite un oasis histórico para la estructura mítica erigida por los evangelistas. ¿Cómo determinar esta base? ¿Cómo distinguir entre hechos y mitos? (1) El orden habitual de la naturaleza no puede, en ningún caso, manera o medida, haber sido interrumpido. Por lo tanto, todo incidente sobrenatural debe considerarse mítico. (2) Habiendo sido Jesús considerado el Mesías, era inevitable que se hicieran representaciones de él de acuerdo con las nociones mesiánicas de su tiempo y pueblo, y con las predicciones consideradas mesiánicas en los escritos de los profetas hebreos. En consecuencia, todas estas representaciones, aunque no impliquen nada sobrenatural, como su descendencia de David y su huida a Egipto, son al menos sospechosas y pueden considerarse mitos con seguridad. (3) Su Sus admiradores probablemente le habrían atribuido dichos y hechos que se corresponden con los registrados de varias personas distinguidas de la historia judía. Por lo tanto, toda parte de la narración que guarde alguna semejanza o analogía con algún incidente relatado en el Antiguo Testamento es mítico. Pero (4), por otro lado, Jesús era hebreo, confinado en el estrecho círculo de las ideas judías, y no bajo ninguna formación o influencia que pudiera haber ampliado ese círculo. En consecuencia, toda supuesta declaración, y toda idea de su misión y carácter, que sea más amplia y elevada que el judaísmo más estricto, también es mítica. Así, tenemos un personaje histórico, de quien el crítico niega a la vez todo lo nacional y todo lo extranacional. Por paridad de razonamiento, podríamos, en la biografía de Washington, arrojar sospechas sobre todo lo que se le atribuye haber dicho o hecho como un estadounidense leal, porque lo era, y su biógrafo, por supuesto, le atribuiría los atributos de un estadounidense; y sobre todo lo que se le atribuye haber dicho o hecho impulsado por un mayor sentido de humanidad, porque, siendo estadounidense, era imposible que fuera algo más; un estilo de crítica que, con referencia a cualquier personaje que no fuera sagrado, el mundo consideraría simplemente idiota. Pero esto no es todo. (5) Aunque entre los historiadores seculares, incluso de períodos y sucesos bien conocidos, hay discrepancias en detalles menores, y estos se consideran confirmaciones de los hechos principales, como evidencia de la independencia mutua de los escritores considerados como autoridades separadas, por alguna razón inexplicable y para nosotros inescrutable, esta ley no se aplica a los evangelios. En ellos, cualquier discrepancia, por mínima que sea, arroja una sospecha justa sobre un supuesto hecho o un discurso o conversación registrados. Esta sospecha se extiende incluso a la omisión o la variada narración de detalles muy leves, sin tener en cuenta los diferentes puntos de vista que necesariamente deben ocupar varios testigos independientes, ni las diferentes partes de una transacción o discurso prolongado que llegarían a sus ojos u oídos, según estuvieran más lejos o más cerca, más temprano o más tarde en el terreno, más o menos absortos en lo que estaba sucediendo. Todo, por lo tanto, en lo que los evangelios varían entre sí, es mítico. Pero mientras que su variación siempre indica un mito (6), su estrecha concordancia exige la misma interpretación; pues dondequiera que los diversos narradores coincidan circunstancial y verbalmente, su coincidencia indica alguna fuente legendaria común. Así, mutuamente inconsistentes y contradictorias son las diversas pruebas recibidas por Strauss para separar el mito de la realidad. En la práctica, si la Vida de Jesús de Strauss se hubiera perdido para el mundo, se podría reconstruir clasificándola como mito, bajo uno o más de los encabezados que hemos especificado; cada hecho de la historia de Jesús, y cada acto o expresión suya, que indique la divinidad de su misión, su sabiduría incomparable o la belleza, pureza y excelencia trascendentales de su carácter.

Sin embargo, aunque Jesús es representado en parte como un autoengañado y en parte como un impostor, y su biografía, en todos sus rasgos distintivos, es completamente ficticia, por extraño que parezca, Strauss reconoce esta biografía como un símbolo de la historia espiritual de la humanidad. Lo que es falso respecto del Jesús individual es cierto respecto de la raza. La humanidad es "Dios manifestado en carne", hija de la madre visible, la Naturaleza, y del padre invisible, el Espíritu. Obra milagros, pues somete a la Naturaleza en sí misma y a su alrededor por el poder del Espíritu. Es impecable; libre de contaminación. Se adhiere al individuo, pero no afecta a la raza ni a su historia. Muere, resucita y asciende al cielo; pues la supresión de su vida personal y terrenal —en otras palabras, la aniquilación de los hombres individuales por la muerte— es una reunión con el Padre Todopoderoso, el Espíritu. La fe en este fárrago metafísico justifica y santifica la fe cristiana. Así, una historia, que es producto conjunto de la impostura y la credibilidad, por una extraña casualidad (pues la providencia no existe), se ha convertido en una representación simbólica de la verdadera filosofía espiritual.

A continuación, se presentan algunas de las principales consideraciones teóricas, que se oponen con razón a la teoría mítica.

1. Esta teoría asume que los milagros son imposibles. Pero, ¿por qué son imposibles si existe Dios? El poder que estableció el orden de la naturaleza incluye el poder de suspenderlo o modificarlo, como lo mayor incluye lo menor. Si ese orden fue establecido con un propósito moral y espiritual, para beneficio de seres racionales, responsables e inmortales, y si ese mismo propósito puede percibirse mediante la suspensión de causas próximas en cualquier época de la historia humana, entonces podemos esperar encontrar vestigios auténticos de dicha época. Todo lo que se necesita para que los milagros sean creíbles es el descubrimiento de un propósito adecuado, un fin justificante. Tal propósito, tal fin, es el desarrollo de las más altas formas de bondad en la conducta y el carácter humanos; y si los milagros —reales o imaginarios— han desempeñado un papel esencial en dicho desarrollo, es una pregunta histórica que estamos capacitados para responder. Supongamos que anotamos los nombres de todos los hombres que han dejado una reputación de excelencia preeminente: orientales, griegos, romanos, antiguos, modernos, las luces de las épocas oscuras, los representantes escogidos de cada escuela filosófica, el producto final de la civilización más elevada de todo tipo, renovadores, filántropos, aquellos que han alcanzado las posiciones más elevadas, aquellos que han hecho ilustres las posiciones más bajas. Separemos entonces los nombres en dos columnas, colocando a los cristianos en una columna y al resto en la otra. Descubriremos que hemos hecho una división horizontal: el más pequeño en la columna cristiana es mayor que el más grande fuera de ella. De Pablo, Pedro y Juan; de Martyn, Doddridge, Judson, hombres cuyo genio y cultura conspiraron con su piedad para hacerlos muy buenos, hasta el iletrado calderero de Bedford, John Pounds el zapatero remendón, la hija del lechero, con la educación justa suficiente para leer su Biblia y conocer la voluntad de su Señor, encontramos rasgos de carácter, que en parte no son compartidos en ningún grado, en parte apenas remotamente aproximados, por los mejores hombres fuera del ámbito cristiano.

Ahora bien, cuando examinamos los elementos y procesos formativos de estos caracteres cristianos, encontraremos que los milagros del Nuevo Testamento ocupan un lugar primordial, y nos resultará imposible incluso concebir su formación bajo la teoría mítica. Es absurdo pensar en Pablo abarcando mar y tierra, desnudando su espalda al látigo, buscando la corona del martirio, para defender una resurrección y ascensión míticas de la humanidad; de Martyn o Judson, quienes renunciaron a todas las alegrías de la vida civilizada y se enfrentaron a dificultades peores que la muerte para predicar el straussianismo; del evangelio según Strauss, que sustituyó al evangelio de Mateo o Juan en manos del calderero o la lechera, desarrollando el espíritu de santidad y anunciando las muertes triunfantes, de las que tenemos registros tan frecuente en los anales de los pobres. Estos hombres y mujeres santos han sido guiados y sostenidos virtualmente por la autoridad de un Legislador divinamente comisionado, cuyas palabras han recibido porque él había sido proclamado y atestiguado como el Hijo de Dios por el poder de lo alto. Han tenido una fe activa en la inmortalidad —una fe como ningún razonamiento, analogía o instinto jamás ha dado— porque han permanecido en sus pensamientos junto al féretro a las puertas de Naín y junto a la tumba de Betania; porque han visto la luz que emana del sepulcro roto del crucificado y han escuchado la voz del ángel de la resurrección. Ahora bien, si el desarrollo del más alto estilo de carácter humano es un propósito digno de Dios, y si, de hecho, la creencia en milagros ha desempeñado un papel esencial en el desarrollo de tales caracteres, entonces los milagros no solo son posibles, sino precedentemente probables e intrínsecamente creíbles. Y este es un argumento que no puede ser impugnado hasta que el straussianismo haya proporcionado al menos unos pocos caracteres acabados, que podamos colocar junto a aquellos que han sido formados por la fe en un Maestro y Salvador milagrosamente capacitado.

El milagro, al estar claramente dentro del ámbito de la omnipotencia, solo necesita un testimonio adecuado para justificarlo. Es cierto que se apela al testimonio humano como prueba del orden inquebrantable de la naturaleza; pero, en la medida en que va, prueba lo contrario. No podemos rastrear ninguna línea de testimonio que no alcance una época milagrosa. De hecho, si hay algún elemento de la naturaleza humana que sea universal, con excepciones tan raras como la idiotez o la locura, es el apetito por los milagros. Siendo tal el anhelo instintivo de la naturaleza humana por aquello que está por encima de ella, es intrínsecamente probable que Dios haya respondido a este anhelo mediante voces auténticas del reino espiritual, mediante vislumbres auténticas tras el velo de los sentidos, mediante auténticas insinuaciones del brazo omnipotente desde debajo del manto de las causas próximas.

2. Strauss se refuta a sí mismo en su propio terreno. Sostiene la uniformidad de la ley de causalidad en todo tiempo, por igual en el universo material e intelectual, de modo que ningún fenómeno intelectual puede aparecer, excepto a partir de causas y en condiciones adecuadas para su existencia. Los mitos, por lo tanto, no pueden originarse, excepto por causas y bajo condiciones favorables para su nacimiento y desarrollo. Ahora bien, si examinamos los mitos indudables relacionados con la historia y la religión de las naciones antiguas, descubriremos que tuvieron su origen antes de la era de la literatura escrita; que su núcleo evidente debe buscarse en personajes y acontecimientos históricos de una época muy temprana; que adquirieron formas fantásticas y vastas proporciones mediante su transmisión de lengua en lengua, ya sea en relatos o canciones; que sus diversas versiones son el resultado de la tradición oral a través de diferentes canales, como en los estados separados de Grecia y entre las tribus aborígenes y los colonos prehistóricos de Italia; y que no reciben adiciones ni modificaciones esenciales después de la época en que comienza la historia auténtica. Así, los últimos dioses, semidioses y héroes milagrosos de la fábula griega —los que jamás vivieron— vivieron siete siglos antes de Heródoto, y no menos de cuatro siglos antes de Hesíodo y Homero; los diversos relatos que tenemos de ellos parecen haber existido en el período más temprano de la literatura griega; y no tenemos pruebas del origen de ninguna fábula extensa ni de la existencia de ningún personaje que se volviera mítico después de ese período. El caso es similar al de los mitos distintivamente romanos y las partes míticas de la historia romana. Todos son considerablemente anteriores a la historia y literatura escritas más tempranas de Roma; los períodos mítico e histórico de todas las naciones son completamente distintos entre sí. Ahora bien, la era cristiana se encuentra muy dentro del período histórico. De hecho, se relatan prodigios individuales en la historia de esa época, como de vez en cuando en la historia moderna e incluso reciente; pero los incidentes principales de las vidas individuales y las etapas sucesivas de los asuntos públicos y nacionales de esa época se detallan con la misma superficialidad con que se escribe la historia de los siglos XVII o XVIII. Sin embargo, si hubieran existido las condiciones para el crecimiento de los mitos, no habrían faltado personajes, cuyas vastas habilidades, extrañas vicisitudes de la fortuna y una fama extendida los habrían convertido en míticos. Es casi imposible que hubiera habido un suministro más abundante de material para mitos en la vida de Hércules, Cadmo o Medea, que en la de Julio César, Marco Antonio o Cleopatra. Tampoco se puede sostener que, en este sentido, Judea se encontrara en una etapa cultural más temprana y primitiva que Roma o Jerusalén. Josefo, el historiador judío, nació en torno a la muerte de Jesucristo y escribió casi en el período asignado por Strauss para la composición de los primeros evangelios.

3. Los mitos son vagos, intemporales, incoherentes, oníricos, poéticos; mientras que los evangelios son eminentemente prosaicos, circunstanciales y abundan en cuidadosas descripciones de personas y designaciones de lugares y tiempos. Las genealogías dadas en Mateo y Lucas son presentadas por Strauss como míticas; pero nada podría oponerse más rotundamente a nuestra idea de mito, y al carácter de los mitos reconocidos de la antigüedad, que tales catálogos de nombres. Creemos que ambas genealogías son auténticas; pues solo Mateo afirma dar la ascendencia natural y real de José, mientras que Lucas dice expresamente que da la genealogía legal de Jesús, y es bien sabido que la genealogía legal de un judío puede diferir ampliamente de la línea de su ascendencia real. Pero incluso si admitiéramos la supuesta inconsistencia de ambas, ambas presentan marcas indiscutibles de haber sido copiadas de documentos existentes, y no imaginadas ni inventadas. A lo largo de los evangelios encontramos, en estrecha conexión con los milagros de Cristo, detalles de la vida judía común, a menudo tan minuciosos y triviales que habrían quedado totalmente fuera del alcance de una ficción ambiciosa o una fantasía frívola, y solo habrían podido encontrar un lugar en la narración porque realmente ocurrieron. Los milagros no ocurren en un contexto propio, como lo habrían sido en una narración ficticia. Se insertan en una historia singularmente natural y realista, humilde y sin pretensiones. El estilo de los evangelistas no es el de hombres que se maravillaban, o esperaban que otros se maravillaran, de lo que relataban; pero es el estilo poco ambicioso de los hombres que esperaban ser creídos, y que estaban perfectamente satisfechos con los maravillosos acontecimientos que describían, y si relataban estos acontecimientos a partir de rumores, de una imaginación descontrolada o con una disposición a engañar, debieron haber escrito a menudo en un estilo inflado, con una profusión de epítetos, con frecuentes apelaciones al sentimiento de lo maravilloso, no exentos de la exhibición de argumentos para convencer a los incrédulos. Cuando no encontramos en la corriente de la historia evangélica ni una sola huella de dicción exagerada, ni una aceleración del pulso retórico, ni una desviación del flujo narrativo tranquilo, prosaico y circunstancial al describir sucesos como la caminata sobre el mar, la resurrección de Lázaro, la ascensión de Jesucristo al cielo, podemos explicar este fenómeno literario sin precedentes solo suponiendo que los testigos se habían familiarizado tanto con los milagros, ya sea por su propia experiencia o por su intimidad con testigos oculares, que los sucesos ajenos al curso ordinario de la naturaleza habían dejado de ser contemplados con asombro.

4. Otro argumento concluyente contra la teoría mítica se deriva de los sufrimientos y martirios de los cristianos primitivos. Strauss admite que el más antiguo de nuestros evangelios asumió su forma actual entre treinta y cuarenta años después de la muerte de Jesús. En aquel tiempo aún vivían multitudes de personas que podrían haber sido contemporáneas a Jesús y coetáneas a él, y que contaban con los medios para determinar la verdad respecto a su historia personal. Una mera fábula, sin consecuencias graves para quienes la recibieron, podría haber pasado desapercibida y haber sido devorada por hombres débiles y mujeres supersticiosas con fácil credibilidad. Pero los hombres no suelen arriesgar su reputación, sus propiedades ni sus vidas en historias que pueden comprobar, sin examinar cuidadosamente la evidencia de su veracidad. Ahora bien, ningún hecho histórico es más cierto que el de que, cuarenta años después de la muerte de Cristo, un gran número de personas, muchas de ellas nativas de Judea, sufrieron la más severa persecución e incurrieron en dolor y muerte ignominiosa por fuego, crucifixión y exposición a bestias feroces, como consecuencia de su creencia profesada en la misión divina, los dones milagrosos y la resurrección de Jesús. Muchas de estas personas eran hombres inteligentes y cultos. Debían saber hasta qué punto los supuestos hechos de la vida de Jesús habían sido confirmados por testigos oculares, y hasta qué punto y por qué motivos fueron cuestionados. Vivieron en una época en la que podrían haber juzgado a los testigos, y debieron ser más o menos humanos si sacrificaron sus vidas por meras exageraciones o fábulas. Strauss admite la autenticidad de varias de las epístolas de Pablo, y ni él ni nadie más duda de los prolongados sacrificios y sufrimientos de Pablo, ni de su sacrificio final como creyente cristiano. Las epístolas de Pablo muestran que fue un hombre de eminente poder y cultura; en opinión de muchos, el hombre más grande que Dios jamás creó; a juicio de todos, muy por encima de la mediocridad. Judío de nacimiento, educado en Jerusalén, familiarizado con las supuestas escenas y testigos de los milagros de Jesús, inicialmente perseguidor de la iglesia naciente, solo pudo haberse convertido en creyente y defensor de la fe cristiana con pruebas contundentes y con pleno conocimiento de los fundamentos de la incredulidad y la duda. Y tenemos su propia declaración de lo que creía, y especialmente de su indudable creencia en el milagro supremo de la resurrección de Jesús. No conocemos a ningún hombre cuyo testimonio sobre el estado del argumento, tal como se sostuvo en vida de los coetáneos de Jesús, sea tan valioso como el suyo; y es inconcebible que él, precisamente, haya sufrido o muerto para dar fe de lo que se suponía o sospechaba que eran mitos. Pero debemos multiplicar su testimonio por cientos, incluso por miles, para representar la magnitud y el peso del testimonio del martirio. Si bien no dudamos en absoluto de que nuestros evangelios fueron escritos, tres de ellos al menos en una fecha anterior a la que Strauss asigna al primero, y todos por los hombres cuyos nombres llevan, los consideraríamos, si fuera posible, más autenticados en cuanto a su contenido, si supusiéramos que son obras anónimas de fecha posterior; pues en ese caso, incorporarían narraciones ya selladas por la sangre martirizante de una multitud de testigos, y, por lo tanto, no serían la mera historia de sus autores, sino la historia de la iglesia colectiva.

5. El carácter de los cristianos primitivos es un argumento inexpugnable a favor de la verdad de la historia evangélica, en contraposición a la teoría mítica. No cabe duda alguna de que desde la vida de Jesús comenzó la regeneración moral de la humanidad. Virtudes que antes apenas tenían nombre, surgieron de repente. Vicios que habían sido embalsamados en canciones y apreciados en el corazón de la más alta civilización del imperio romano fueron condenados y denunciados. Un estándar ético más elevado —un estándar que aún no ha sido mejorado— fue propuesto por los primeros escritores cristianos y reconocido en todas las comunidades cristianas. Entre los primeros cristianos existían tipos de carácter que nunca han sido superados, y difícilmente igualados desde entonces. Strauss sostiene que no hay efectos incausados, ni efectos que no tengan causas plenamente compatibles con ellos mismos. Un joven judío, mitad entusiasta, mitad impostor, debió ser inconmensurablemente inferior a aquellos grandes filósofos y moralistas de la antigüedad clásica, que dejaron una huella profunda en la depravación de su propia y próspera época. Tal joven debió tener nociones muy vagas de moralidad y haber sido un ejemplo muy pobre de ella. Podría haber fundado una secta de fanáticos, pero no un grupo de hombres completamente puros, veraces y santos. Hay una flagrante insuficiencia; es más, una discrepancia total e irreconciliable entre la causa y el efecto. Podemos explicar la reforma moral que siguió al ministerio de Jesús solo suponiendo que estuviera dotado de una sabiduría superior y más serena, de un sentido más agudo de la verdad y la justicia, de una influencia más dominante sobre el corazón y la conciencia humanos, que la que jamás haya tenido cualquier otro ser que el mundo haya visto. Exteriormente, era un judío humilde, analfabeto, en una época degenerada, de un linaje nacional corrupto; y no hay forma de explicar su superioridad sobre todos los demás maestros de la verdad y el deber, a menos que creamos que poseía, por don de Dios, una preciada autoridad, de la cual su supuesto dominio sobre la naturaleza y victoria sobre la muerte no eran más que la expresión natural y adecuada.

6. Strauss basa su teoría en la suposición de que nuestros evangelios no fueron escritos por los hombres cuyos nombres llevan, sino que fueron obras de autores ahora desconocidos, en períodos posteriores e inciertos; y admite que la trama mítica que él supone que constituyen los evangelios no pudo haber tenido su origen bajo las manos, o con la sanción, de los apóstoles o sus compañeros. Pero la autenticidad de ningún antiguo, casi podríamos decir, de ninguna obra moderna se basa en evidencia más sólida que la autoría de nuestros evangelios por parte de los hombres cuyos nombres llevan. En épocas anteriores, su composición por sus ahora supuestos autores nunca fue negada ni cuestionada, ni siquiera por los herejes, quienes, por razones doctrinales, rechazaron algunos de ellos y habrían considerado conveniente rechazarlos todos; ni siquiera por los opositores judíos y gentiles del cristianismo, quienes argumentaron con vehemencia y vulgaridad contra su contenido sin cuestionar su autenticidad. Justino Mártir, quien escribió a mediados del siglo II, habla repetidamente de las Memorias de los Apóstoles, llamadas evangelios, y en su frecuente recapitulación de lo que afirma haber extraído de esta fuente, hay numerosas coincidencias con nuestros evangelios, no solo en los hechos narrados, sino también en palabras y pasajes de considerable extensión. A partir de sus obras existentes, casi podríamos reconstruir la historia del evangelio. Era un hombre de mente singularmente inquisitiva, de profundo conocimiento filosófico, de amplia y variada erudición; y es posible que no supiera si estos libros fueron recibidos sin cuestionamientos o si se encontraban bajo sospecha de un juicio espurio. Ireneo, quien escribió un poco más tarde, ofrece una descripción detallada de nuestros cuatro evangelios, nombrando a sus respectivos autores y señalando el orden y las circunstancias en que fueron leídos; y escribe, no solo en su propio nombre, sino en el de toda la Iglesia, afirmando que estos libros no fueron ni habían sido cuestionados por nadie. Estos son solo ejemplos de las numerosas autoridades que podrían citarse. Casi al mismo tiempo, Celso escribió contra el cristianismo, y se basó tanto en nuestros textos como en las narraciones autorizadas de la vida de Cristo, que casi podría hacerse una historia conexa de esa vida a partir de los pasajes existentes citados de sus escritos por sus oponentes cristianos.

A mediados y la segunda mitad del siglo II, había grandes grupos de cristianos en todas partes del mundo civilizado, y las copias de los evangelios se cuentan ahora por miles. Su recepción universal como obras de los hombres cuyos nombres ahora llevan solo puede explicarse por su autenticidad. Supongamos que fueran espurios, pero escritos y circulados en vida de los apóstoles; es imposible que no negaran abiertamente su autoría, y que esta negación no dejara rastros de sí misma en los días de Justino Mártir e Ireneo. Supongamos que se pusieran en circulación por primera vez bajo los nombres que ahora llevan, después de la muerte de los apóstoles; es inconcebible que no hubiera hombres lo suficientemente astutos como para preguntarse por qué no aparecieron mientras sus autores vivían, y su aparición tardía habría suscitado dudas y preguntas que no se habrían calmado durante varias generaciones. Supongamos que se publicaron y circularon por primera vez de forma anónima; debe haber habido una época en la que se les asignaron por primera vez los nombres de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y es imposible que la asociación de los nombres de hombres bien conocidos como autores a libros que habían sido anónimos no haya estado acompañada de graves dudas.

La declaración de Lucas en la introducción de su evangelio, y la propia naturaleza del caso, hacen seguro que numerosos otros relatos, más o menos auténticos, de la vida de Cristo se escribieron tempranamente, y algunos de ellos, comúnmente llamados evangelios apócrifos, aún existen. Pero tenemos amplia evidencia de que tales escritos no fueron recibidos como de autoridad, leídos en las iglesias ni sancionados por los funcionarios y líderes de las comunidades cristianas; y la mayoría desaparecieron en una fecha temprana. Ahora bien, es imposible explicar el descrédito y la supresión de estos escritos, a menos que la Iglesia estuviera en posesión de un registro autorizado. Si nuestros evangelios no tuvieran mayor autoridad que la que correspondía a esas narraciones, todos los relatos de la vida de Jesús habrían sido recibidos y transmitidos con igual crédito. Pero si hubo cuatro narraciones escritas por testigos oculares y sus acompañantes acreditados, mientras que el resto fueron escritos por personas con menos información y autoridad, entonces podemos explicar, como en ninguna otra forma, por el hecho admitido de que los cuatro evangelios expulsaron a todos los demás de la Iglesia y los llevaron al descrédito, casi al olvido.

Tenemos entonces abundantes razones para creer, y ninguna para dudar, de que nuestros cuatro evangelios actuales fueron escritos por los hombres cuyos nombres llevan; y si esto es cierto, por la confesión del propio Strauss, la teoría mítica es insostenible.


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