Historia

TÁCITO, PUBLIO CORNELIO (56-120)

Publio Cornelio Tácito, historiador romano, nació en el año 56 y murió en el 120.

Vida.
Tal vez naciera en el norte de Italia (Galia cisalpina) o, más probablemente, en la Galia meridional, no sabiéndose nada de su ascendencia. Aunque Cornelio era el nombre de una noble familia romana, no hay pruebas de que descendiera de la aristocracia romana, pues en ocasiones las familias tomaban el nombre del gobernador que les había otorgado la ciudadanía. En cualquier caso creció en circunstancias favorables, disfrutando de una buena educación y abriéndose paso en una carrera pública. Estudió retórica, lo que proporcionaba una educación literaria general, incluyendo la práctica de la composición en prosa. Esta instrucción fue una preparación sistemática para el oficio administrativo. Estudió para ser abogado bajo dos oradores destacados, Marcos Aper y Julio Segundo, comenzando luego su carrera con un vigintivirato (uno de los veinte nombramientos para magistraturas menores) y un tribunato militar (parte del personal al mando de una legión). En el año 77 se casó con la hija de Gnaeo Julio Agrícola, quien ascendió al consulado en el servicio imperial en el año 77 o 78 y aumentaría posteriormente su prestigio como gobernador de Britania. Tácito se abrió paso socialmente y aumentó su distinción pública, beneficiándose de las relaciones políticas de su suegro. Tras diversos pasos obtuvo una cuestoría (cargo provincial) en el año 81 y en el 88 una pretoría (cargo con jurisdicción legal), siendo miembro del colegio sacerdotal que custodiaba los libros sibilinos y supervisaba la práctica religiosa extranjera. Tras ello pudo ostentar un puesto de decano provincial, normalmente al mando de una legión, durante cuatro años. Cuando regresó a Roma fue testigo de la opresión de la aristocracia romana en los últimos años de Domiciano. Su suegro murió el año 93, pero para entonces Tácito ya era alguien por sí mismo. En el año 97, bajo el emperador Nerva, alcanzó el consulado y pronunció el discurso fúnebre por Verginio Rufo, un famoso soldado que se había negado a competir por el poder tras la muerte de Nerón. Esta distinción no sólo reflejaba su reputación como orador sino también su autoridad moral y dignidad oficial.

Primeras obras literarias.
En el año 98 Tácito escribió dos obras: De vita Julii Agricolæ y De origine et situ Germanorum, que reflejaban sus intereses personales. La primera es una biografía de la carrera de su suegro, con referencia especial a su etapa de gobernador de Britania (78-84) y los últimos años bajo Domiciano. Es laudatoria aunque circunstancial en su descripción, proporcionando un juicio político equilibrado. La segunda es otro relato descriptivo, esta vez de la frontera romana en el Rin. Subraya las virtudes y vicios de las tribus germánicas, en contraste con la laxitud moral de la Roma contemporánea, avisando de la amenaza que esas tribus, si actuaban unidas, podían ser para la Galia romana. En este escrito va más allá de la geografía internándose en la etnografía. La obra supone la apreciación de un administrador sobre la situación germana, sirviendo como introducción histórica a esos pueblos. Tácito practicó todavía la abogacía, acusando junto con Plinio el Joven a Mario Prisco, un procónsul en África, de extorsión, aunque se dio cuenta de que la oratoria había perdido mucho de su espíritu político y sus profesionales eran incompetentes. Este declive de la oratoria facilitó su Dialogus de oratoribus. La obra retrocede a su juventud, presentando en ella a sus profesores Aper y Segundo. Se ha fechado hacia el año 80, principalmente por su estilo ciceroniano más marcado que en otros escritos. Pero su estilo surge de su forma y asunto y no señala a una etapa anterior de desarrollo estilístico. La fecha se sitúa entre los años 98 y 102 y el tema se adapta a ese periodo. Tácito compara la oratoria con la poesía como un medio de vida literaria, marcando el declive de la oratoria en los asuntos públicos el hecho de que mientras la República había dado cabida a la verdadera elocuencia el imperio limitó su inspiración. La obra refleja su talante en el tiempo en el que se vuelve de la oratoria a la historia. Hubo historiadores de la Roma imperial antes que él, especialmente Aufidio Basso, que narró los sucesos desde el ascenso de Augusto hasta el reinado de Claudio, y Plinio el Viejo, que continuó esta obra (a fine Aufidii Bassi) hasta el tiempo de Vespasiano. Al ocuparse de la historia, Tácito se unió a la línea de sucesión de quienes describieron e interpretaron su propio periodo, abarcando el relato desde la situación política que siguió a la muerte de Nerón hasta el final de la dinastía flavia.

Historiæ y Annales.
La Historiæ comienza el 1 de enero del año 69 con Galba en el poder y llega hasta la muerte de Domiciano en el 96. La obra contenía doce o catorce libros (se sabe que en conjunto Historiæ y Annales, ambos incompletos en su estado actual, comprendían treinta libros). A juzgar por la referencias de Plinio el Joven, varios libros ya estaban listos hacia el año 105, la obra bien avanzada hacia el 107 y acabada el 109. Sólo existen los libros i-iv y parte del v correspondientes a los años 69 y 70. Cubren la caída de Galba y Piso antes de Otón (libro i); la posición de Vespasiano en el este y el suicidio de Otón, dando paso a Vitelio (libro ii), la derrota de éste por las legiones del Danubio que estaban del lado de Vespasiano (libro iii) y el comienzo del reinado de Vespasiano (libros iv-v). Esta porción representa una pequeña parte de lo que debe haber sido un brillante y sistemático relato del crítico periodo flavio en la historia romana, especialmente donde Tácito escribió con conocimiento de primera mano sobre las condiciones en el oeste y los últimos años de Domiciano en Roma. La narrativa, con su magnífica introducción, es una composición poderosamente sostenida que, con el énfasis y colorido de su prosa, es perfectamente apropiada para describir el nudo de sucesos durante la guerra civil del año 69. Esta fue sólo la primera etapa de la obra histórica de Tácito. Al aproximarse el reinado de Domiciano se enfrenta a una política romana que, salvo en asuntos provinciales y fronterizos, fue menos coherente y predecible. Demandaba un análisis más agudo que encara con amargura, ira e ironía. El posterior despotismo de Domiciano ultrajó a la tradición aristocrática. No se sabe, y es la laguna más seria, cómo Tácito manejó en detalle la reputación de Domiciano. Tal vez su retrato del emperador Tiberio en los Annales deba algo a su ejercicio sobre Domiciano. Hay que tener en mente la fecha de la obra de Tácito. Había ganado distinción bajo Nerva y disfrutado de los efectos de la política liberal; al mismo tiempo había vivido la crisis de la política imperial que ocurrió cuando Nerva y Trajano llegaron a la sucesión. Bajo Trajano retuvo su puesto en los asuntos públicos y en 112-113 coronó su carrera administrativa con el proconsulado de Asia, la cima del gobierno provincial. Su carrera personal le había mostrado, en la corte y en la administración, el juego de poder que se esconde tras la fachada imperial de gobierno. Estuvo especialmente familiarizado con el resultado del control dinástico, que tendía a corromper a los gobernantes, como sucedió en el periodo desde Vespasiano hasta Domiciano, y a reducir a los nobles al servilismo, mientras que sólo la revuelta militar ya fuera en Roma o de las legiones en la frontera podía cambiar la situación, como pasó al final del reinado de Nerón. De lo que puede reconstruirse de su carrera personal junto con las implicaciones de su pensamiento histórico, es posible percibir un punto decisivo en su vida tras el cual comenzó a explorar la naturaleza del Imperio romano. Aunque en De vita Julii Agricolæ había prometido continuar su escrito desde los años flavianos hasta el nuevo régimen, ahora no se movió hacia delante sino hacia atrás. Ya no se contentaba con narrar el presente sino que se sintió impulsado a explicar la carga política del pasado, desde el tiempo cuando Tiberio consolidó la política imperial de Augusto.

Los Annales (Cornelii Tacti ab excessu divi Augusti) siguen la forma tradicional de narrativa anual con elaboración literaria sobre los sucesos importantes, cubriendo el periodo de la dinastía julio-claudia desde la muerte de Augusto y la ascensión de Tiberio en el año 14 hasta el final del reinado de Nerón, en el año 68. La obra contenía 16 o 18 libros y la comenzó probablemente durante el reinado de Trajano, terminándola al principio del de Adriano. Sólo existen los libros i-iv, parte del v, la mayor parte del vi (que trata los años 14-29 y 31-37 bajo Tiberio) y los libros xv-xvi, incompletos (sobre Claudio desde 47 a 51 y Nerón desde 51 a 66). Es aquí donde se halla la famosa cita sobre los cristianos:

'Para acallar los rumores sobre el incendio de Roma, Nerón señaló como culpables a unos individuos odiosos por sus abominaciones, a los que el vulgo llama cristianos. Este nombre les venía de Chrestos, el cual, durante el reinado de Tiberio, fue condenado al suplicio por el procurador Poncio Pilato. Reprimida de momento, aquella execrable superstición desbordaba de nuevo, no sólo en Judea, cuna de tal calamidad, sino en Roma, adonde afluye de todas partes toda atrocidad o infamia conocida. Fueron detenidos primero los que confesaban su fe; luego, por indicación suya, otros muchos, acusados no tanto de haber incendiado la ciudad cuanto de odio contra el género humano.'
(Ann., xv, 44)
Al rememorar la primera etapa del imperio, Tácito no deseaba opacar a sus predecesores en ese campo, cuyas sistemáticas narraciones respetaba. Su principal propósito fue volver a explicar críticamente la dinastía julio-claudia, cuando el poder imperial se convirtió en un control central que, incluso tras el golpe militar de 68-69, continuaría bajo los flavios. Los Annales son un diagnóstico en forma narrativa del declive de la libertad política romana, escritos para explicar las condiciones del imperio que ya había descrito en la Historiæ. Tácito consideraba el primer siglo imperial una entidad. Hacía una comparación, por ejemplo, entre la conducta personal de Tiberio y la de Domiciano, no porque fueran la misma clase de hombres sino porque ambos estaban corrompidos por similares condiciones del poder dinástico. No obstante, no comenzó con Augusto, salvo por una fría referencia a su memoria. El mundo moderno tiende a pensar que Augusto fue el fundador del imperio. Los romanos, se puede citar a Apión de Alejandría y a Publio Annio Floro junto a Tácito, lo consideraron, al menos durante la primera etapa de su carrera, como el último de los caudillos que dominaron la república. Al iniciar los Annales Tácito acepta la necesidad de un poder fuerte en el gobierno romano, que permita el surgimiento de talento fresco para hacerse con el mando. Esa era la actitud aristocrática hacia la libertad política, pero lograr la continuidad de la autoridad personal mediante el convencionalismo dinástico, sin tener en cuenta la idoneidad del gobernante, era subvertir la tradición romana y corromper la moralidad pública. Si Augusto comenzó como caudillo, acabó estableciendo una dinastía, aunque el punto decisivo hacia la dinastía tiránica fue la ascensión de Tiberio. Se puede creer que Tiberio se vio impulsado a asumir el poder imperial porque estaba amedrentado por la situación militar en la frontera, pero Tácito no tenía dudas de la seguridad de la posición romana, por lo que estimó que la vacilación que mostró Tiberio al tomar el poder fue hipócrita; de ahí la ironía histórica, en interpretación y estilo, de sus seis primeros libros. Tal vez aquí Tácito tuviera algo de apoyo para su explicación. Un rudo y adusto soldado como era Tiberio, además de hombre suspicaz, tenía poco que decir en su círculo de la corte sobre asuntos públicos. A su muerte fue acusado de no decir nunca lo que pensaba ni explicar lo que decía, afianzando Tácito esa impresión. Su crítica del poder dinástico también subrayó el efecto de la personalidad; si Tiberio era falso, Claudio fue débil y Nerón no sólo inestable sino malo, siendo las viudas imperiales peligrosas. Con respecto a la administración provincial, sabía que podía dar por hecho su carácter regular, tanto en el primer periodo como en el suyo propio.

Fuentes.
Para el periodo desde Augusto hasta Vespasiano, Tácito pudo indagar en relatos anteriores que contenían material de los archivos públicos, informes oficiales y comentarios contemporáneos. Se ha señalado que la obra de Aufidio Basso y su continuación por Plinio el Viejo cubría esos años; ambos historiadores también trataron las guerras germanas. Entre otras fuentes Tácito consultó a Servilio Noniano (sobre Tiberio), Cluvio Rufo y Fabio Rústico (sobre Nerón) y Vipstano Mesala (sobre el año 69). También echó mano de los archivos del Senado, el diario oficial, e información de primera mano de un discurso de Claudio, las memorias personales de Agripina la Joven y las militares del general Gnaeo Domicio Corbulo. Para los años posteriores de Vespasiano y los reinados de Tito y Domiciano debió trabajar en los archivos oficiales. A la luz de su experiencia administrativa y política, Tácito en la Historiæ pudo interpretar la evidencia histórica para el periodo flavio más o menos directamente. No obstante, a lo contemporáneo le puede faltar perspectiva. Reconoció este problema cuando, en los Annales, retomó el estudio de la dinastía julio-claudia. Pero retroceder un siglo supone problemas adicionales de método histórico. Tácito tuvo que determinar primero la veracidad y actitud política de sus fuentes y luego adaptar su propia noción general del imperio, en caso de que fuera anacrónica, a las condiciones anteriores. La fuerza de su convicción limitó su juicio en ambos puntos. Subestimó el efecto de las circunstancias inmediatas y sobreestimó el factor personal, tendencia que influenció su uso de las fuentes históricas. Tiberio en particular, que a pesar de su ineptitud política luchó con auténticas dificultades, sufrió en la reputación de su trato. Pero Tácito no perdona a ningún hombre en el poder. Controla la composición de sus caracteres, escribiendo magníficamente aunque no históricamente necesariamente.

Estilo e importancia.
Al ser un consciente estilista literario, su obra se caracteriza por su expresión en pensamiento y forma. La historiografía griega había establecido formas de describir la historia, que podía analizar los sucesos en manera sencilla, presentar el escenario con los personajes o elevar la apelación dramática de la acción humana. Cada método tenía su propia técnica y el mayor escritor podía combinar los tres elementos. La forma romana, tras años de desarrollo, permitió esta variedad de estilos en episodios significativos. Tácito conocía las técnicas y las controló para sus explicaciones políticas, habiendo estudiado al biógrafo romano Salustio. Lo que impresiona al lector es su dominio del latín literario. Escribió en estilo grandilocuente, sostenido por el uso poético y solemne de la tradición romana, explotando las cualidades latinas de fuerza, ritmo y colorido. Su estilo, como su pensamiento, evita la dulzura artificiosa. Su escritura es concisa, rompiendo cualquier equilibrio fácil de las frases, dependiendo para el énfasis del orden de las palabras y de la variación sintáctica y subrayando el asunto que demanda un impacto formidable. Se aprecia especialmente en el tema de Tiberio, pero su técnica es sólo una forma concentrada de la fuerza estilística que se puede hallar en toda su narrativa. La obra de Tácito no proporcionó una fuente fácil para los resúmenes de la historia imperial ni fue popular su actitud política en los círculos gobernantes; pero fue leída y su texto copiado hasta que en el siglo IV Amiano Marcelino continuó su obra y siguió su estilo. En la investigación moderna los escritos de Tácito son seriamente estudiados, con reservas críticas, para reconstruir el primer periodo del Imperio romano y en el lado literario son apreciados como obras maestras de estilo.