Historia
TAYLOR, EDWARD (c. 1642-1729)
En 1671 una delegación de la localidad fronteriza de Westfield, Massachusetts, le pidió a Taylor que fuera su ministro y tras escudriñar su alma viajó cientos de millas hacia el oeste para unirse a ellos, donde se quedó el resto de su vida. Al ser el miembro más educado de esa comunidad, sirvió como ministro, médico y servidor público. Taylor se casó dos veces y tuvo catorce hijos, muchos de los cuales murieron prematuramente. Riguroso observador de todas las funciones eclesiásticas, Taylor no eludió las controversias religiosas del periodo. Fue un estricto observante de la antigua escuela de Nueva Inglaterra, demandando un relato público de conversión antes de admitir a nadie a la Iglesia.
Taylor fue un hombre entendido y piadoso. Como la mayoría de los ministros de Harvard, sabía latín, hebreo y griego. Tenía una pasión por los libros y copió de su propia mano varios volúmenes que tomó prestados de su compañero de clase Samuel Sewall. Éste y otros amigos lo estimaban un buen predicador y en una ocasión envió poemas y cartas a amigos en Boston, publicándose algunas partes durante su vida. Pero la obra de Taylor como poeta permaneció en el desconocimiento hasta que, en 1930, Thomas H. Johnson descubrió la mayor parte de los poemas que el nieto de Taylor, Ezra Stiles, había depositado en la biblioteca de la universidad de Yale. Fue uno de los mayores descubrimientos literarios del siglo XX, mostrando la obra de un teólogo puritano destacada en antigüedad y calidad.
El interés de Taylor en la poesía fue permanente, ensayando una variedad de géneros: elegía a la muerte de figuras públicas, lírica como las canciones isabelinas, un largo poema, God's Determination, en la tradición del debate medieval; y una casi ilegible obra de quinientas páginas Metrical History of Christianity, que es un libro de mártires. Pero la mejor poesía de Taylor se encuentra en una serie llamada Preparatory Meditations. Esos poemas, escritos para su propio deleite, vinieron principalmente por la preparación de sermones. Dan al poeta la ocasión de resumir el contenido emocional e intelectual de su sermón, hablando directa y fervientemente a Dios. Algunas veces esos poemas son retorcidos y difíciles de seguir, pero también muestran una única voz, la inconfundible de Taylor. Están escritos en un lenguaje que evoca el verso que Taylor debió conocer cuando era niño en Gran Bretaña, la lírica metafísica de John Donne y George Herbert, deleitándose en juegos de palabras y paradojas con una rica profusión de metáforas e imágenes. Nada previamente descubierto sobre la literatura puritana había sugerido que hubiera un escritor en Nueva Inglaterra que sustentó tal amor por la poesía.