Historia

TEODORICO EL GRANDE (454-526)

Teodorico el Grande, rey de los ostrogodos, nació en 454 y murió el 30 de Agosto de 526.

Sello de Teodorico
Sello de Teodorico
Era hijo de Teodomiro, jefe de la facción de los ostrogodos establecida en Panonia, y se educó en la corte de Constantinopla, donde pasó diez años en rehenes (462-472). Vuelto a su patria, tomó parte en las luchas de su padre, y a la muerte de éste (474 o 473), fue nombrado rey de los ostrogodos, y habiendo tenido ocasión de prestar algunos servicios al emperador Zenón, fue nombrado por él senador, patricio, magister de la milicia (481) y cónsul (484). Mientras tanto había llegado a ser el jefe de todos los ostrogodos y era temido hasta por el mismo imperio, cuando pidió permiso a Zenón para conquistar Italia (488). Obtenida sin esfuerzo la autorización, abandonó el Danubio a la cabeza de su pueblo, derrotó a los gépidos por el camino y descendió a Italia. Odoacro, rey de Italia, intentó resistir la invasión, pero fue vencido sucesivamente a orillas del Isonzo, en Verona y en el Adda (490), debiendo retirarse a Verona, donde resistió por espacio de tres años. Se firmó, por fin, la paz entre los dos, pero Teodorico no tardó en deshacerse de su rival, quedando como único dueño de Italia (493). Sin dejar de reconocer la soberanía bizantina, se hizo proclamar rey de Italia. Auxiliado por el hábil ministro Casiodoro y rodeado de consejeros romanos, Teodorico se esforzó en mantener la igualdad entre vencedores y vencidos. Dio a los suyos la tercera parte de las tierras, y el reparto, llevado a cabo por funcionarios romanos, no originó la menor protesta; respetó las leyes y las constituciones romanas, conservó el Senado y la organización administrativa existente, mantuvo el sistema de los impuestos, del que no exceptuó a los godos; para la administración de la justicia nombró por partes iguales a los magistrados romanos y a los condes godos; promulgó una legislación completamente romana y se esforzó en fundir, por medio de una amplia tolerancia, a los dos pueblos. Al mismo tiempo se preocupó de la prosperidad material del país, favoreció la agricultura y el comercio, mantuvo en buen estado de conservación los monumentos públicos, emprendió hermosas construcciones en Rávena, la capital, y fomentó el cultivo de la literatura romana. También muy tolerante en materia religiosa, aunque él era arriano, se abstuvo de intervenir en los asuntos de la Iglesia, y cuando la lucha entre Símaco y Laurencio, sólo se decidió a convocar un concilio a petición de las partes interesadas. En el exterior su influencia había aumentado de modo prodigioso, pues alianzas de familia le unían a la mayor parte de los soberanos bárbaros, entre ellos los vándalos, los burgundios, visigodos, francos y turingios, que le reconocían como jefe y acudían a él para arreglar sus diferencias, que resolvía siempre en su provecho y sin violencias. De este modo adquirió Sicilia y Provenza, que le cedieron, respectivamente, los vándalos y los visigodos.

El gobierno de Teodorico en Italia ofrece un curioso ejemplo del modo cómo los bárbaros intentaron fusionarse con los pueblos romanos vencidos, pero a pesar de su habilidad y buenos deseos, no lo consiguió por completo. Establecido en un territorio que había pertenecido al imperio, sus relaciones con Constantinopla no llegaron nunca a ser cordiales ni claras. Por lo que respecta a la Iglesia, los italianos no podían olvidar que Teodorico era bárbaro y arriano, y, por tanto, miraban sus concesiones como una conveniencia suya más que como fruto de la convicción. Los bizantinos, por su parte, jamás pudieron acostumbrarse a considerarle como otra cosa que como un delegado y vasallo del emperador, por más que usara las insignias imperiales, que le habían sido enviadas por Anastasio. Tampoco consiguió conciliar a la aristocracia con la Iglesia. Cuando después de la muerte de Anastasio, Justino, primero, y Justiniano luego, persiguieron el arrianismo en oriente, Teodorico abandonó su habitual pasividad en la materia y usó de represalias, castigando con gran rigor a varias familias de la aristocracia. De este modo, al fin de su reinado, se inició el desmoronamiento de la obra que con tanto cariño e inteligencia habla emprendido. Le sucedió su nieto Atalarico. La memoria de Teodorico ha sido muy celebrada por la leyenda germánica con el nombre de Dietrich de Bern (Verona).