Historia

TERESA DE ÁVILA (1515-1582)

Teresa de Ávila, mística y reformadora monástica española, también llamada Teresa de Jesús, siendo su nombre original Teresa de Cepeda y Ahumada, nació en Ávila el 28 de marzo de 1515 y murió en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582.

Retrato de Teresa de Ávila
Retrato de Teresa de Ávila
Vida en el claustro.
Desde temprano, el ideal piadoso y ascético según el ejemplo de santos y mártires se hizo presente en ella, bajo la influencia de su padre, el caballero Alonso Sánchez de Cepeda y especialmente de su madre, Beatriz de Ávila y Ahumada. Una mañana en 1534 dejó su casa secretamente para ingresar en el monasterio de la Encarnación de las monjas carmelitas en Ávila. En el convento sufrió mucho por su mala salud. Allí experimentó periodos de éxtasis espiritual mediante el uso del libro devocional titulado Abecedario espiritual, comúnmente conocido como el 'tercero' o el 'alfabeto espiritual' (publicado en seis partes entre 1537 y 1554). Esta obra, siguiendo el ejemplo de escritos similares de los místicos medievales, consistía de directrices para casos de conciencia y concentración espiritual y contemplación interior, conocido en la nomenclatura mística como oratio recollectionis u oratio mentalis. Además, empleó otras obras ascéticas místicas, tales como Tractatus de oratione et meditatione de Pedro de Alcántara y tal vez muchas en las que Ignacio de Loyola se basó para sus Ejercicios, y no improbablemente los Ejercicios mismos. Profesó, en su enfermedad, elevarse de la etapa inferior de 'recogimiento' a las 'devociones de paz' o incluso a las 'devociones de unión', que era uno de los éxtasis perfectos. A ello se unía una 'rica bendición de lágrimas'. Al percibir la distinción católica entre pecado mortal y venial, cayó bajo la impresión de un horrible terror de iniquidad pecaminosa por la naturaleza inherente del pecado original, a la vez que la conciencia de impotencia absoluta natural y la necesidad de total sometimiento a Dios. Las sugerencias por parte de varias amistades (c. 1556) de que sus experiencias sobrenaturales podían tener un origen diabólico y no divino, la llevó a 'infligirse las más severas torturas y mortificaciones', hasta que Francisco de Borja, quien era su confesor, la reafirmó. El día de San Pedro de 1559 quedó firmemente convencida de que Cristo estaba presente en ella corporal, pero invisiblemente. Esta visión duró, casi interrumpidamente, más de dos años. En otra visión, un serafín clavó la punta de una lanza dorada repetidamente en su corazón, causándole un inigualable dolor físico-espiritual. El recuerdo de este episodio le sirvió de inspiración para fijar su larga lucha de amor y sufrimiento, de la que emanó su pasión vitalicia por conformar su vida a la vida y sufrimiento del Salvador, resumida en el clamor que usualmente aparece inscrito como lema en sus imágenes: 'Que muero porque no muero'.

Actividades como fundadora y reformadora.
El incentivo para dar expresión externa práctica a su motivación interior le vino de Pedro de Alcántara, quien la conoció a principios de 1560, siendo su guía espiritual y consejero. Ella resolvió fundar un monasterio carmelita para monjas y reformar la laxitud en la que había encontrado el convento de la Encarnación y otros. Guimara de Ullón, mujer de riqueza y amiga suya, suplió los fondos. La absoluta pobreza del nuevo monasterio fundado en 1562 y llamado de San José provocó el escándalo entre los ciudadanos y autoridades de Ávila, quedando la pequeña casa con su capilla en peligro de supresión, pero poderosos simpatizantes, como el obispo mismo, así como la constatación de su subsistencia y prosperidad, cambiaron la animosidad en aplauso. En marzo de 1563, cuando Teresa se trasladó al nuevo convento, recibió la sanción papal para sus principios de pobreza absoluta y renuncia a la propiedad, que ella plasmó en una 'constitución'. Su idea era la renovación de las antiguas reglas, complementadas por nuevas regulaciones, como las tres disciplinas de flagelación ceremonial prescritas para el servicio divino cada semana o descalzarse. Por primera vez en cinco años, Teresa permaneció en piadosa reclusión, volcada en escribir. En 1557 recibió el permiso del general carmelita, Rubeo de Rávena, para fundar nuevas casas de su orden, viajando para tal fin por casi todas las provincias de España. En su Libro de las fundaciones relata todos estos extremos. Entre 1567 y 1571 reformó los conventos establecidos en Medina del Campo, Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca y Alba de Tormes. Según su espíritu y ejemplo, Juan de la Cruz inició un movimiento similar para hombres. Otro amigo, Jerónimo Graciano, visitador carmelita de la antigua observancia de Andalucía y comisionado apostólico, posterior provincial de las reformas teresianas, dio su poderoso apoyo al fundar los conventos de Segovia (1571), Beas de Segura (1574), Sevilla (1575) y Caravaca en Murcia (1576), mientras que Juan de la Cruz, por su influencia como maestro y predicador, promovió la vida interior del movimiento. En 1576 comenzaron una serie de persecuciones por parte de los antiguos observantes carmelitas contra Teresa, sus amigos y sus reformas. En conformidad con un conjunto de resoluciones adoptadas en el capítulo general en Piacenza, se prohibió toda fundación adicional de conventos. El general la condenó a retiro voluntario a una de sus instituciones, obedeciendo ella y escogiendo el de San José en Toledo. Sus amigos y subordinados quedaron sujetos a mayores dificultades. Finalmente, tras varios años, sus ruegos por carta a Felipe II le procuraron alivio. Como resultado, en 1579, fue abandonado el proceso ante la Inquisición abierto contra ella, Graciano y otros, y la extensión de su reforma fue al menos negativamente permitida. Un breve de Gregorio XIII permitió un provincial especial para la rama más joven de las descalzas y un rescripto real creó una junta protectora de cuatro asesoras para la reforma. Durante los últimos tres años de su vida Teresa fundó conventos en Villanueva de la Jara en el norte de Andalucía (1580), Palencia (1580), Soria (1581), Burgos y Granada (1582). De los diecisiete conventos, todos menos uno los fundó ella; también muchos de los conventos masculinos fueron reformados por su actividad durante veinte años. Su enfermedad final la sorprendió en uno des sus viajes desde Burgos a Alba de Tormes. Cuarenta años después de su muerte sería canonizada. Las Cortes la declararon patrona de España en 1814 y en 1970 se convirtió, junto con Catalina de Siena, en la primera mujer elevada por la Iglesia católica al título de doctora de la Iglesia. El misticismo en sus obras ejerció una influencia formativa en muchos teólogos de los siguientes siglos, como Francisco de Sales, Fénelon y los de Port-Royal.

El éxtasis de Santa Teresa, mármol y bronce de Gian Lorenzo Bernini, 1645–52; en la capilla Cornaro, Santa Maria della Vittoria, Roma
El éxtasis de Santa Teresa, mármol y bronce
de Gian Lorenzo Bernini, 1645–52;
capilla Cornaro, Santa Maria della Vittoria, Roma
Su misticismo.
El meollo del pensamiento místico de Teresa en todos sus escritos es el ascenso del alma en cuatro etapas. La primera, o 'devoción del corazón', es la contemplación devota o concentración, la retirada del alma de lo externo y especialmente la devota observancia de la pasión de Cristo y hacer penitencia. La segunda es la 'devoción de paz', en la que al menos la voluntad humana se pierde en la de Dios, en virtud de un estado sobrenatural, carismático, dado por Dios, mientras que las otras facultades, como la memoria, la razón y la imaginación no están todavía a resguardo de la distracción mundana. Mientras tanto una distracción parcial se debe a actos externos como la repetición de oraciones y escribir cosas espirituales. El estado prevaleciente es el de quietud. La 'devoción de la unión' no es solo un estado sobrenatural, sino esencialmente de éxtasis. Aquí se produce una absorción de la razón en Dios, quedando solo la memoria y la imaginación divagando. Este estado se caracteriza por una paz beatífica, un reposo dulce de al menos las facultades superiores del alma, un rapto consciente en el amor de Dios. La cuarta es la 'devoción de éxtasis o rapto', un estado pasivo en el que la conciencia de estar en el cuerpo desaparece (2 Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (no sé si en el cuerpo, no sé si fuera del cuerpo, Dios lo sabe) el tal fue arrebatado hasta el tercer cielo. 3 Y conozco a tal hombre (si en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe) […]2 Corintios 12:2-3). Cesa la actividad de los sentidos, quedando la memoria y la imaginación también absorbidas en Dios. El cuerpo y el espíritu están en los espasmos de un dulce, feliz dolor, alternando entre un llameante brillo temeroso, una completa impotencia e inconsciencia y un hechizo de estrangulación, con intermitentes vuelos estáticos en los que el cuerpo es levantado en el espacio. Tras hora y media continúa una relajación de unas pocas horas de pérdida de conciencia, ayudada por una negación de todas las facultades en la unión con Dios. El sujeto se despierta en lágrimas, siendo la cima de la experiencia mística, producto del trance.

Carta autógrafa de Teresa de Ávilaconservada en el Carmelo de Sevilla
Carta autógrafa de Teresa de Ávila
conservada en el Carmelo de Sevilla
Sus escritos.
Los escritos de Teresa, elaborados con propósitos didácticos, están entre los más destacados de la literatura mística católica. La Autobiografía, escrita antes de 1567 bajo la dirección de su confesor Pedro Ibáñez; Camino de perfección, escrita también antes de 1567, bajo dirección de su confesor (Salamanca, 1589); Castillo interior, escrita en 1577, en la que compara al alma con un castillo con siete salas interiores o recámaras, análogas a los siete cielos y Relaciones, una extensión de la autobiografía en la que cuenta sus experiencias internas y externas en forma epistolar. Dos obras más pequeñas son Conceptos del Amor y Exclamaciones. Además, están las Cartas (Zaragoza, 1671), de las que trescientas cuarenta y dos son cartas y ochenta y siete fragmentos de otras. La prosa de Teresa está marcada por una gracia sin afectación, un arreglado ornato y un sugestivo poder de expresión, lo que la sitúa entre los prosistas españoles de primera fila; sus excepcionales poemas se distinguen por su ternura de sentimiento y ritmo de pensamiento.

De su obra Camino de perfección es el siguiente texto, en el que confunde a los luteranos con los calvinistas franceses o hugonotes:

'Vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho estos luteranos... Parecíame que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían; y como me vi mujer y ruin, y imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en servicio de Dios... Así que no penséis, hijas, que es menester poco favor de Dios para esta gran batalla adonde se meten [quienes tratan con el mundo], sino grandísimo. Para estas dos cosas os pido yo procuréis ser tales que merezcamos alcanzarlas de Dios: la una, que haya muchos, de los muy letrados y religiosos, que tengan las partes que han menester -como he dicho- para esto... y la otra, que después de puestos en esta pelea... los tenga [Dios] de su mano para que sepan librarse de los peligros... Esforzaos en observar nuestras reglas para que nuestras oraciones y penitencias puedan ser de provecho para ayudar a esos siervos de Dios... Éste es un favor especial, que no comparten los hombres de los que os he hablado.'
Uno de sus poemas más característicos es el siguiente:
Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Aquesta divina unión
del amor con que yo vivo,
hace a Dios ser mi cautivo
y libre mi corazón;
mas causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay! ¡Qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

¡Ay! ¡Qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Y si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga;
quíteme Dios esta carga
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo, el vivir
me asegura mi esperanza;
muerte do el vivir se alcanza
no te tardes que te espero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
vida, no seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte;
venga ya la dulce muerte,
venga el morir muy ligero,
que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva;
muerte no seas esquiva;
vivo muriendo primero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es perderte a ti,
para mejor a El gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues a El solo es el que quiero,
que muero porque no muero.

Estando ausente de ti,
¿qué vida puedo tener,
sino muerte padecer
la mayor que nunca vi?
Lástima tengo de mí,
por ser mi mal tan entero,
que muero porque no muero.


Bibliografía:
O. Zöckler, The New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge; la biografía de Teresa por su confesor, F. de Ribera, se publicó primero en Madrid, 1590. Su autobiografía, preservada en el monasterio de San Lorenzo en El Escorial, se publicó en Madrid, 1882. Biografías posteriores son de Diego Yepes, Madrid, 1599; Juan de Jesús Maria, ib. 1605; G. Gracian, ib. 1611; A. de S. Joaquín, 12 volúmnenes, ib. 1733-66; F. a S. Antonio, Venecia, 1754; M. de Traggia, Madrid, 1807; J. B. A. Boucher, 2 volúmenes, París, 1810; F. B. Collombet, Lyón, 1837; J. H. Hennes, 2ª ed., Frankfort, 1866; Luis de León, Biographieen aus der Geschichte der spanischen Inquisition, p. 356, Halle, 1866; Ida. Countess Hahn-Hahn, Mainz, 1867; P. Rouseelot, Les Mystiques espagnlos, pp. 308-378, París, 1867; E. Hofele, Regensburgo, 1882; J. Loth, Rouen, 1883; Mme. Estienne d'Orves, París, 1890; Prinz von Oettingen-Spielberg, Regensburgo, 1899; H. Joly, 2ª ed., París, 1901; M. G. Lasst, Munster, 1901; W. Fairweather, Londres, 1907; Helen H. Colvill, Saint Teresa of Spain, Londres, 1909. Consultar: O. Zöckler, Petrus von Alcantara, Teresia von Avila, und Johannes de Cruce, en Zeitschrift für lutherische Theologie und Kirche, xxvi (1805), 68-106, 281-303; H. Heppe, Geschichte der quietistischen Mystik in der katholischen Kirche. pp. 9-22, Berlín, 1875; G. Hahn, Les Phénomènes hysteryques et les révélations de S. Thérèse, Bruselas, 1883; L. de Sau, Étude pathologico-théologique sur S. Thérèse, Lovaina, 1886; H. Delacroix, Études d'hist et de psychologie du mysticisme, París, 1908; Saint Theresa. the History of her Foundations, Transl. from Spanish by Sister Agnes Mason, Londres, 1909.