Historia

TERTULIANO, QUINTO SEPTIMIO FLORENCIO (c. 155 - c. 220)

Quinto Septimio Florencio Tertuliano, el primer gran escritor del cristianismo latino y uno de las más grandes y originales personalidades de la Iglesia antigua, nació hacia el año 155 en Cartago y murió en esa ciudad después del 220.

Vida.
De su vida se sabe poco, estando basado tal conocimiento en referencias de pasada en sus propios escritos y en Eusebio, Hist. eccl., II, ii. 4 y Jerónimo, De vir. ill., liii. Su padre tenía una posición (centurio proconsularis, 'ayuda de campo') en el ejército romano en África y la sangre púnica de Tertuliano se aprecia palpablemente en su estilo, con sus arcaísmos y provincianismos, su ardiente imaginería y su apasionado temperamento. Era un erudito que recibió una excelente educación. Escribió al menos tres libros en griego, a los cuales él mismo se refiere, aunque ninguno ha sobrevivido. Su principal estudio fue la jurisprudencia, revelando sus métodos de razonamiento notorias huellas de su preparación jurídica. Brilló entre los abogados de Roma, tal como informa Eusebio. Su conversión al cristianismo tuvo lugar hacia 197-198, pero sus antecedentes inmediatos son desconocidos, salvo lo que se puede conjeturar de sus escritos. El acontecimiento tuvo que ser súbito y decisivo, transformando de una vez su personalidad; él mismo dice que no puede imaginar una verdadera vida cristiana sin tal consciente brecha, que es un radical acto de conversión: 'Los cristianos son hechos, no nacen' (Apol., xviii). En la iglesia de Cartago fue ordenado presbítero, aunque estaba casado, hecho que está bien establecido por sus dos libros sobre su esposa. A mediana edad (hacia 207) rompió con la Iglesia católica, convirtiéndose en dirigente y apasionado exponente del montanismo, haciéndose así cismático. La declaración de Agustín (Hær., lxxxvi) de que antes de su muerte volvió al seno de la Iglesia católica es muy improbable. Su facción, los tertulianistas, todavía tenía en los tiempos de Agustín una basílica en Cartago, aunque en el mismo periodo se pasaron a la ortodoxia. Jerónimo dice que Tertuliano vivió hasta avanzada edad. A pesar de su cisma, Tertuliano continuó combatiendo contra la herejía, especialmente el gnosticismo y por las obras doctrinales que produjo se convirtió en el maestro de Cipriano, el predecesor de Agustín, y fundador de la teología latina.

Escritos.
Entre los de carácter general se cuentan treinta y siete, habiéndose perdido varios tratados latinos así como los escritos en griego. Sus obras cubren todo el campo teológico de los apologistas de su tiempo contra el paganismo y el judaísmo, polémicas, organización, disciplina y moral, o la reorganización completa de la vida humana sobre una base cristiana; dibujan un cuadro completo de la vida y pensamiento religioso de su tiempo, que es de gran interés para el historiador. Su tono general es austero y su propósito práctico; están llenos de vida y frescura. En su empresa de hacer de la lengua latina un vehículo para sus, de alguna manera, tumultuosas ideas, el autor es forzado y oscuro, pero como norma es rápido, preciso y directo. Es también poderoso e intrépido, demandando, no rogando, la atención del lector. Con referencia a la literatura y costumbres anteriores, es un maestro del ingenio y el sarcasmo, siendo siempre original. Ha sido siempre comparado a un torrente fresco de montaña, tumultuoso, que se abre camino.
La cronología de esos escritos está en parte determinada por las ideas montanistas que están expuestas en algunos de ellos, por las propias alusiones del autor a sus escritos y por datos históricos definidos (como la referencia a la muerte de Septimio Severo, Ad Scapulam, iv). En su obra contra Marción, que denomina su tercera composición sobre el marcionismo, da su fecha como el año decimoquinto del reinado de Severo (Adv. Marcionem, i. 1, 15). Los escritos pueden dividirse con referencia a sus dos periodos de actividad cristiana: la católica y la montanista, o según su tema. El objeto de la primera división es mostrar, si es posible, el cambio de ideas de Tertuliano. Siguiendo el segundo criterio, que es de más interés práctico, los escritos se dividen en dos grupos: (1) apologéticos y polémicos, como Apologeticus, De testimonio animæ, Adv. Judæos, Adv. Marcionem, Adv. Praxeam, Adv. Hermogenem y De præscriptione hereticorum, Scorpiace, para frenar el aguijón el gnosticismo, etc.; (2) prácticos y disciplinarios, como De monogamia, Ad uxorem, De virginibus velandis, De cultu feminarum, De patientia, De pudicitia, De oratione, Ad martyras, etc.

Entre los escritos apologéticos el Apologeticus, dirigido a los magistrados romanos, es la más incisiva defensa del cristianismo y los cristianos nunca escrita hasta entonces, contra los reproches de los paganos y uno de los más magníficos legados de la antigua Iglesia, lleno de entusiasmo, valor y vigor. Proclama primero claramente el principio de la libertad religiosa, como derecho inalienable del hombre y exige un juicio justo para los cristianos antes de condenarlos a muerte. Tertuliano fue el primero en quebrar la fuerza de bulos tales como que los cristianos sacrificaban niños en la celebración de la Cena y cometían incesto; señaló la comisión de tales crímenes en el mundo pagano, demostrando, por el testimonio de Plinio, que los cristianos estaban comprometidos a no cometer asesinato, adulterio u otros crímenes; adujo también la inhumanidad de las costumbres paganas, tales como engordar la carne de los gladiadores para jactarse. Los dioses no existen y por lo tanto no hay religión pagana a la que los cristianos puedan ofender. Los cristianos no se asocian en la necia adoración de los emperadores; ellos hacen algo mejor: orar por ellos. Los cristianos pueden enfrentar la tortura y la muerte y cuanto más son perseguidos más crecen; 'La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos' (cap. 1). Su denuncia contra las leyes romanas de persecución se puede sintetizar en las cuatro proposiciones siguientes: 1. El procedimiento usado contra los cristianos es irregular y absurdo (c. 1-3); 2. Las leyes por virtud de las cuales se persigue a los cristianos son contrarias al derecho común y al derecho natural (c. 4-G); 3. Los crímenes nefandos, los de impiedad y lesa majestad que se les imputa son puramente imaginarios (c. 7-38); y 4. La asociación de los cristianos es lícita, su doctrina verdadera, y su conducta, tanto pública como privada, es irreprochable (c. 39-50). El texto siguiente es del Apologeticus:

'Somos un cuerpo por la conciencia de religión, por la unidad de disciplina y por la asociación de la esperanza. Nos congregamos apretándonos en grupo, como para obligar a Dios con nuestras preces. Esta fuerza sí es grata a Dios. Oramos también por los emperadores, por sus ministros y autoridades, por el estado del mundo, por la paz universal, por la demora del fin. Nos reunimos para recordar las Sagradas Escrituras, por si la índole de los tiempos presentes nos induce a la premonición del futuro o al reconocimiento del pasado [...]. En dichas asambleas también se dan exhortaciones, castigos y censuras en nombre de Dios. Pues se pondera con mucha consideración [...] si alguien delinquiera de tal modo que deba ser apartado de la comunión de oración, de la reunión y de toda ceremonia sagrada.
Presiden ancianos probados, que han alcanzado este honor no por precio sino por testimonio a su favor, puesto que ninguna realidad de Dios se valora a precio. De la misma manera, si hay algo de bolsa común, no se reúne a fuerza de honorarios de una religión subastada. Cada uno aporta, si quiere y puede, una módica contribución mensual o cuando lo estime oportuno [...] Son como depósitos de piedad. No se hace el dispendio para comilonas, bebidas o francachelas, sino para dar de comer y sepultar a los necesitados, para socorrer a los niños y niñas desprovistos de bienes y de padres, lo mismo que a los sirvientes ancianos, náufragos, condenados a las minas, o a las islas o a las cárceles [...]. Todo lo tenemos en común entre nosotros, menos las esposas [...].
¿Por qué os admiráis si celebramos en convites caridad tan grande? [...]. Nuestra cena da razón de sí por su mismo nombre: se llama igual que amor [ágape] entre los griegos [...]. Puesto que forma parte del oficio religioso, no admite nada de vileza, nada de inmodestia. No nos sentamos a la mesa antes de pregustar una oración a Dios; se come cuanto toman los que tienen hambre; se bebe cuanto es útil a los honestos [...] Después de lavarse las manos y encender las luces, cada uno es invitado a cantar las alabanzas de Dios, según le inspiran las divinas Escrituras o su propio ingenio: de esto queda probado cómo había bebido. De la misma manera la oración remata el convite.'
(Tertuliano, El apologético 39,1-18.)
Una segunda apología hallamos en Ad nationes libri II en el único manuscrito (Cod. Agobardinus), ilegible en muchas partes. Demuestra en el primer libro que los crímenes imputados a los cristianos son en realidad de los gentiles; y en el segundo, fundado en el Rerum divinarum libri de Varrón, fustiga la creencia pagana acerca de los dioses. La escribió, sin duda, el año 197, poco antes que el Apologeticum, mas no le aventaja en el estilo, que es algo arrebatado y desmañado.

Forma como un apéndice del Apologeticum el librito de oro De testimonio animae. Es un breve tratado en el que Tertuliano amplía el argumento que a favor de la existencia de un solo Dios había presentado en el Apologeticum (c. 27), y da un brillante testimonio contra los gentiles acerca de la unidad de Dios y la existencia de la vida futura.

Ad Scapulam, escrita probablemente en 212, se propone amonestar a Scápula, procónsul de África, que se enardecía contra los cristianos, trayéndole a la memoria los juicios de Dios en los perseguidores que le habían precedido. Idea que volvió á tomar más tarde Lactancio.

Entre estas obras de polémica descuella Adversus Marcionem libri V, que escribió Tertuliano ya montanista; el primer libro salió de sus manos en 207. Los libros 1.° y 2.° muestran que el creador del mundo no puede ser distinto del Dios bueno, como pretendía Marción. El tercero prueba que el Cristo que ha aparecido es cabalmente el mismo que fue profetizado en el Antiguo Testamento, y no, como decía aquel hereje, un eon superior con un cuerpo aparente. Los dos últimos libros son una censura del Nuevo Testamento de Marción y demuestran que entre el Antiguo y el Nuevo Testamento no hay ninguna contradicción. Esta obra de Tertuliano contra Marción es considerada con razón como un tesoro de la teología antigua. En esta obra Tertuliano se muestra milenarista.

De menos valor es el Adversus Valentinianos, en donde se declara abiertamente montanista. En los capítulos III y VI promete hacer una crítica científica de la gnosis valentiniana, pero no se sabe si lo cumplió. Tomó bastante de autores anteriores, sobre todo de Ireneo. De mucha mayor importancia para la teología es su tratado De baptismo, que escribió antes de pasarse al montanismo, con el fin de prevenir a sus neófitos contra las enseñanzas de cierta Quintila que pretendía desacreditar este sacramento. A este propósito trata de la necesidad, unidad, ceremonias, ministro, sujeto y efectos del bautismo cristiano, valor del bautismo de los herejes, etc. Llamó Scorpiace, o medicina contra los escorpiones, un opúsculo escrito contra los gaianitas que negaban la obligación de confesar su fe hasta la muerte, padeciendo el martirio en caso de ser necesario. A sus adversarios los asemeja al escorpión.

El tratado Adversus Praxeam es considerado con razón como la más notable y clara exposición anterior al concilio de Nicea de la doctrina de la Trinidad, y fue compuesto contra el patripasiano Práxeas, quien en 180 había ido a Roma procedente del Asia Menor. Más tarde éste previno a Víctor contra los montanistas, por lo cual Tertuliano vertió contra él todo su odio, desenmascarando sus errores trinitarios. A pesar de su valor teológico, no está exenta esta obra de cierto subordinacionismo. Puede incluirse en esta sección el tratado De anima, de época montanista, que es la primera psicología cristiana. Consta de tres partes: esencia del alma (c. 1-22), origen de la misma (c. 23-41), su suerte después de la muerte (c. 42-58). En la primera parte, sin negar la inmortalidad del alma, opina erróneamente Tertuliano que puede atribuírsele cierta corporeidad. En la segunda desecha las teorías de la preexistencia y metempsicosis, pero sustenta, contra la doctrina de la creación del alma, el generacionismo o traducianismo más grosero.
3) Obras práctico-ascéticas. En esta sección se incluyen los escritos en que su autor trata ya de un punto de disciplina eclesiástica, ya de una cuestión moral individual, o bien se esfuerza en resolver las dificultades prácticas que nacen para los cristianos de sus relaciones con los paganos. De oratione, dedicada a los catecúmenos, exposición del Padrenuestro, conjunto de avisos generales sobre la oración, y exposición de su poder y eficacia.

De patientia. Tertuliano, tan falto de paciencia por su natural impaciente y colérico, se dedica con gusto a celebrar esta virtud como un enfermo ensalza el valor de la sanidad. «¡Desgraciado de mí! ¡Me abraso constantemente en el fuego de la impaciencia!» Miserrimus ego, semper uror caloribus impatientae (De pat., c. 1). Con razón nota su autor que no hay que confundirla con la apatía estoica. Ad martyres (que es de 197 o 202), tal vez la obra más antigua de Tertuliano que poseemos. En esta preciosa carta, dirigida a ciertos cristianos que hacía largo tiempo se pudrían en las cárceles, les exhorta a la perseverancia. Se juntan admirablemente en esta carta exquisitos sentimientos delicados y verdaderas bellezas.

De paenitentia. Habla en esta obra su autor de dos especies de penitencia propias de la Iglesia primitiva: la que debían practicar los adultos antes del bautismo (c. 1-6) y la llamada penitencia canónica, a que estaban sujetos los bautizados antes de la reconciliación por haber cometido uno de los tres pecados capitales: idolatría, homicidio, carnalidad (c. 7-12).

De pudicitia, de Tertuliano ya montanista. Es una impugnación del derecho de la Iglesia a la remisión de los llamados pecados capitales. Su autor desahoga toda su hiel contra cierto edictum peremptorium de un obispo (pontifex maximus, episcopus episcoporum), el cual había dicho: Ego et moechiae et fornicationis funes (según otra lectura: delicta paenitentia functis) dimitto. En el apéndice a la historia de la Iglesia del cardenal Orsi (1749) K. Adam expone su opinión de que el pontifex maximus no era el obispo de Roma, sino el de Cartago (¿Agripino?); pero Esser creyó que el edictum peremptorium era de Ceferino (Theologische Revue, páginas 398-401, 1918). Otros, con H. Koch, creen que el edicto era del papa Calixto (Koch, Kallist und Tertullian, Heidelberg, 1920).

De ieiunio adversus psychicos, que Tertuliano montanista escribió contra los «psíquicos», esto es, los católicos, acusándoles de glotones, porque no observaban la multiplicidad y el rigor de los ayunos de su secta.

Anteriores a su época montanista son los libros Ad uxorem, donde aconseja a su esposa que, si él muere, o se quede viuda o se case sólo con cristiano (Cf. Cortellezi, Il concetto della donna nelle opere di Terlulliano, en Didascaleion, págs. 43-100, 1923). Asimismo también dos libros De cultu feminarum contra el adorno inmoderado de las mujeres, obra llena de reproches y consejos. Y un libro De spectaculis, en el que prohíbe a los cristianos asistir a los espectáculos (al teatro y al circo) en nombre de la Escritura, por estar relacionados con el culto idolátrico y por ser inmorales. Al final de este libro se revuelve Tertuliano contra el paganismo en una vivísima descripción del mayor espectáculo que puede presenciar el mundo: el advenimiento de Jesucristo en el juicio universal.

En cambio, son producto de Tertuliano en el montanismo las obras siguientes: De exhortatione castitatis, que dirige a un viudo, amigo suyo, condenando las segundas nupcias. Llega a decir que, si Pablo las permite, habla en esto no como oráculo del Espíritu Santo, sino según su opinión humana y falible. De monogamia, escrito poco más tarde, en donde defiende el mismo error con sofismas de falsa retórica. Según él, en este punto el Paráclito ha corregido el Antiguo Testamento y a san Pablo. Tertuliano llega a atacar al mismo matrimonio y a la familia. De fuga, en donde condena el huir en tiempo de persecución, contestando a la consulta de un cristiano católico. De corona militis, con ocasión de un soldado cristiano que se negó a coronarse, contra las prescripciones de entonces, en virtud de las cuales cuando un soldado se presentaba para recibir un donativo del emperador, había de llevar la cabeza coronada. Esta falta de disciplina costaba entonces muy cara. Tertuliano alabó el celo de este soldado y sostiene en esta obra que la corona es un símbolo de idolatría y que el oficio de las armas es incompatible con la profesión de cristiano. De velandis virginibus, donde exige, en nombre del Paráclito y con argumentos de la Escritura y disciplina eclesiástica, que las vírgenes no sólo en la iglesia, sino siempre que aparezcan en público, se muestren veladas. De idolatria, que muestra a las claras cuan incapaz era Tertuliano de dar una solución aceptable a las cuestiones prácticas por los excesos de su temperamento. Pues a fin de apartar a los cristianos del peligro de idolatría, no sólo les prohíbe el fabricar ídolos y el construir templos, sino aun el ejercer los oficios de comerciante, maestro de escuela, soldado y funcionario.

En De præscriptione desarrolla su idea fundamental de que, en una disputa entre la Iglesia y los herejes, la carga de prueba va en contra de ésos, ya que la Iglesia, en posesión de la tradición ininterrumpida, es, por su misma existencia, garantía de la verdad. Los cinco libros escritos en 207 o 208 contra Marción son los más elaborados y completos de sus obras polémicas e inestimables para el conocimiento del gnosticismo. De los tratados ascéticos y morales, De patientia y De spectaculis están entre los más interesantes y De pudicitia y De virgimbus velandis entre los más característicos.

Teología.
Aunque totalmente familiarizado con la teología griega, Tertuliano fue independiente de su especulación metafísica. Conocía las apologías griegas, pero marca un contraste directo con Orígenes. Éste impulsó su idealismo en la dirección del espiritualismo gnóstico. Tertuliano, el príncipe de los teólogos realistas y prácticos, llevó su realismo al vértice del materialismo. Esto se evidencia en la atribución a Dios de corporeidad y su aceptación de la teoría traducianista del origen del alma. Despreció la filosofía griega y lejos de considerar a Platón, Aristóteles y otros pensadores griegos a quienes otros citaban como precursores de Cristo y del evangelio, Tertuliano los considera patriarcas de los herejes (De anima, iii). Su desdén al exponer su inconsistencia lo usa, por ejemplo, cuando menciona que Sócrates al morir ordenó sacrificar un gallo a Esculapio (De anima, i). Tertuliano siempre escribió bajo la presión de una acusada necesidad. Nunca era tan feliz como cuando tenía oponentes como Marción o Práxeas, pero sin embargo, por abstractas que puedan ser las ideas tratadas, él siempre se movió por consideraciones prácticas para hacer su caso claro e irresistible. Parcialmente fue este elemento lo que dio a sus escritos una influencia formadora en la teología post-nicena en el oeste y los ha conservado frescos hasta el día de hoy. Fue un controversista nato, movido por los más nobles impulsos conocidos en la Iglesia. Es verdad que durante el siglo III su nombre no es mencionado por otros autores. Lactancio, al principio del siglo IV es el primero en hacerlo, pero Agustín le trata abiertamente con respeto. Cipriano, el compatriota norteafricano de Tertuliano, aunque no menciona su nombre, estaba bien versado en sus escritos, tal como Jerónimo refiere del secretario de Cipriano.

Las principales enseñanzas de Tertuliano son las siguientes:
(1) El alma no es preexistente, como Platón afirmó, ni predispuesta a la metempsicosis, como sostuvieron los pitagóricos. En cada individuo es un nuevo producto, procediendo de los padres igualmente con el cuerpo y no creada posteriormente y asociada con el cuerpo (De anima, xxvii). Sin embargo, es una entidad distinta y tiene una cierta corporeidad, al poder ser atormentada en el Hades (De anima, lviii).
(2) La pecaminosidad del alma se explica fácilmente por su origen traducianista (De anima, xxxix). Está atada a Satanás (a cuyas obras renuncia en el bautismo), pero tiene semillas de bondad (De anima, xli) y al ser avivada por el llamamiento de Dios (Apol., xvii) es naturalmente cristiana. Existe en todos los hombres. Es un fiscal y un testigo inconsciente por su impulso a la adoración, su temor de los demonios y sus meditaciones sobre el poder de la muerte, la benignidad y el juicio de Dios, tal como está revelado en las Escrituras cristianas (De testimonio, v-vi).
(3) Dios, quien hizo el mundo de la nada por su Hijo, el Verbo, tiene corporeidad aunque es espíritu (De præscriptione, vii; Adv. Praxeam, vii). En la declaración de la Trinidad, Tertuliano fue un precursor de la doctrina nicena, acercándose al asunto desde el punto de partida de la doctrina del Logos, aunque no declaró plenamente la inmanencia de la Trinidad. En su tratado contra Práxeas, que enseñaba el patripasianismo en Roma, usó las palabras 'Trinidad y economía, personas y sustancia'. El Hijo es distinto al Padre y el Espíritu es de ambos (Adv. Praxeam, xxv). 'Esos tres son una sustancia, no una persona; y al decir "Yo y mi Padre somos uno", lo dice no respecto a la singularidad del número, sino a la unidad de sustancia.' Los mismos nombres 'Padre' e 'Hijo' indican distinción de personalidad. El Padre es uno, el Hijo es uno y el Espíritu es uno (Adv. Praxeam, ix). La cuestión de si el Hijo fue coeterno con el Padre, no la expone con claridad plena y aunque no desarrolló la doctrina de la inmanencia de la Trinidad, recorrió una larga distancia en el camino hacia ella (B. B. Warfield, en Princeton Theological Review, 1900, páginas .50, 159).
(4) En soteriología Tertuliano no dogmatiza, prefiriendo guardar silencio ante el misterio de la cruz (De patientia, iii). Los sufrimientos de la vida de Cristo y de su crucifixión son eficaces para la redención. En el agua del bautismo, sobre una cita parcial de 1 Había un hombre de los fariseos, llamado Nicodemo, prominente entre los judíos. 2 Este vino a Jesús de noche y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer las señales que tú haces si Dios no está con él. 3 R[…]Juan 3 de que es necesario (De baptismate, vi ), nacemos de nuevo; no recibimos al Espíritu Santo en el agua, pero somos preparados por él. Somos pececitos, nacidos en el agua, según el ejemplo del ichthys, 'pez' Jesucristo (siendo las iniciales de las palabras Jesus Christus, theou uios soter, constituyentes del anagrama que forma la palabra 'pez' en griego) (De baptismate, i). Al discutir si los pecados cometidos después del bautismo pueden perdonarse, llama al bautismo y a la penitencia 'dos tablas', sobre las que el pecador puede salvarse del naufragio (De penitentia, xii).
(5) Con referencia a la regla de fe, se puede decir que Tertuliano usa constantemente esta expresión, significando por ella ya sea la tradición autoritativa guardada en la Iglesia, ya sean las Escrituras mismas y tal vez también una fórmula doctrinal definida. Mientras que no da una lista de los libros de la Escritura, los divide en dos partes y los llama instrumentum y testamentum (Adv. Marcionem, iv. 1). Distingue entre los cuatro evangelios e insiste en su origen apostólico, que acredita su autoridad (De præscriptione, xxxvi; Adv. Marcionem, iv. 1-5); al intentar explicar el tratamiento de Marción hacia el evangelio de Lucas y los escritos paulinos, sarcásticamente se pregunta si 'el piloto del Ponto' (Marción) ha sido culpable de coger los bienes de contrabando o falsificarlos al tenerlos a bordo (Adv. Marcionem, v. 1). La Escritura, la regla de fe, está para él fijada y es autoritativa (De corona, iii-iv). Al ser opuesta a los escritos paganos es divina (De testimonio animæ, vi). Contiene toda la verdad (De præscriptione, vii, xiv) y de ella bebe (potat) la Iglesia su fe (Adv. Praxeam, xiii). Los profetas fueron más antiguos que los filósofos griegos y su autoridad está acreditada por el cumplimiento de sus predicciones (Apol., xix-xx). Las Escrituras y la enseñanza de la filosofía son incompatibles. '¿Qué tienen de común Atenas y Jerusalén?' exclama '¿o la Academia con la Iglesia?' (De præscriptione, vii). La filosofía humana es una obra de los demonios (De anima, i); las Escrituras contienen la sabiduría del cielo. La regla de fe, parece que la aplica Tertuliano a ciertas fórmulas de doctrina y da una sucinta declaración de la fe cristiana bajo este término (De præscriptione, xiii).

Principios morales.
Tertuliano fue un decidido defensor de la estricta disciplina y de un austero código de práctica, siendo uno de los representantes del elemento puritano en la Iglesia antigua. Esas ideas le empujaron a adoptar el montanismo, con su rigor ascético y su creencia en el milenio y la continuidad de los dones proféticos. En sus escritos sobre las diversiones públicas, el velo de las vírgenes, la conducta de las mujeres y semejantes temas, da expresión a esas ideas. Sobre el principio de que no deberíamos mirar o escuchar lo que no tenemos derecho a practicar, y que las cosas contaminadas contaminan (De spectaculis, viii, xvii), declaró que un cristiano debe abstenerse del teatro y el anfiteatro, porque se invocan los nombres de las divinidades paganas y se practican ritos religiosos, no siendo lugar para el cultivo de la gracia cristiana. Las mujeres deberían dejar a un lado el oro y las piedras preciosas como ornamentos (De cultu, v-vi) y las vírgenes deberían conformarse a la ley de San Pablo para las mujeres y mantenerse estrictamente veladas (De virginibus velandis). Alabó el estado célibe como el más elevado (De monogamia, xvii.; Ad uxorem, i. 3), llamando a los cristianos a no ser superados por la virtud de las vírgenes vestales y los sacerdotes egipcios, declarando que el segundo matrimonio es una especie de adulterio (De exhortatione castitatis, ix). Si Tertuliano se fue a un extremo poco saludable en su rigor ascético, también se le puede perdonar, cuando se tiene en cuenta su propio vigor moral y sus grandes servicios como intrépido y natural defensor de la fe cristiana, que con él, como después con Lutero, fue en primer lugar una experiencia de su propio corazón.

El siguiente pasaje procede de su obra Apologético, 17:

'He aquí lo que permite comprender a Dios: la imposibilidad de comprenderle. La fuerza de su grandeza le revela y le oculta a la vez a los hombres, cuyos pecados se pueden reducir al de no querer reconocer a aquel a quien no pueden ignorar. ¿Queréis que probemos su existencia a partir de sus obras, tantas y tales que nos mantienen, nos deleitan y hasta nos aterran? ¿Queréis que lo probemos por el testimonio de la misma alma? Esta, aunque se halla presa en la cárcel del cuerpo, contrahecha por la mala educación, debilitada por sus pasiones y concupiscencias, sometida a la esclavitud de los falsos dioses, sin embargo, cuando recapacita como despertando de una embriaguez, o del sueño, o de alguna enfermedad, recobrada su salud normal, invoca entonces a Dios con este solo nombre, que es el único propio del verdadero Dios, diciendo: «Dios grande, Dios bueno, lo que Dios quiera». Estas son expresiones que están en boca de todos. De la misma manera lo reconocen como juez, y dicen: «Dios lo ve, a Dios me encomiendo, Dios me pagará». ¡Oh testimonio del alma naturalmente cristiana! En fin, cuando el hombre profiere semejantes expresiones, no mira hacia el capitolio, sino hacia el cielo, pues sabe que allí está la sede del Dios vivo; y sabe de él y de allí ha descendido.'
Mapa de los Padres de la Iglesia - Tertuliano


Bibliografía:
D. S. Schaff, The New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge; La editio princeps de Beatus Rhenanus apareció en Basilea en 1521, 3ª ed., 1539. Otras son de M. Mesnarts, París, 1546; S. Gelenius, Basilea, 1550; R. L. de la Barre, París, 1580; J. von Wouwer, Frankfort, 1603 y 1612; J. Pamelius, París, 1608; J. A. Semler, Halle, 1770-76; E. F. Leopold, Leipzig, 1839-41; en MPL, volúmenes i.-ii.; una de las mejores es de F. Oehler, 3 volúmenes, Leipzig, 1853-54; otra está en CSEL, Reifferscheid y G. Wissowa, Viena, 1890 ss., continuada por A. Kroymann en 1906 ss.
Las obras sobre la vida de Tertualiano son: Grotemeyer, Ueber Tertullien's Leben und Srhriften, Kempen, 1863-65; J. Kaye, The Ecclesiastical History of the Second and Third Centuries, Cambridge, 1889; G. Boissier, La Fin du paqanisme, i. 259 ss., París, 1891; H. Leclercq, L'Afrique chrétienne, vol. i. París, 1904; W. Walker, Greatest Men of the Christian Church, Chicago, 1908; DCB, iv. 818-864 (de Pusey; elaborado); Schaff, Christian Church, ii. 818-833 et passim; Neander, Christian Church, vol. i, passim.
Sobre sus escritos y doctrina consultar: J. A. Nosselt, De vera ætate ac doctrina scriptorum Tertulliani, 1768; W. Munscher, Darstellung der moralischen Clemens von Alexandrien und des Tertullian, 1796; F. C. H. Schwegler, Der Montanissmuss, Tubinga, 1841; K. Hosselberg, Tertullian's Lehre entwickelt aus seinen Schriften, vol. 1, Leben und Schriften, Dorpat, 1848; J. A. W. Neander, Antignosticus oder Geist des Tertullian und Einleitung in dessen Schriften, Berlín, 2ª ed. 1849; G. Uhlhorn, Fundamenta chronologiæ Tertullianæ, Gotinga, 1852, A. Crés, Les Idées de Tertullien zur la tradition ecclésiastique, Estrasburgo, 1855; P. Daurès, Étude zur l'apoloqétique de Tertullien, Estrasburgo, 1855; F. A. Burckhardt, Die Seelenlehre des Tertullian, Budessin, 1857; C. Viala, Tertullien consideré comme apologiste, Estrasburgo, 1857; H. Mauchou, Exposition critique des opinions de Tertullien sur l'origine et la nature du péché, Estrasburgo, 1859; V. Bordes, Exposé critique des opinions de Tertullien zur la rédemption, Estrasburgo, 1860; P. Gottwald, De montanismo Tertulliani, Breslau, 1862; J. Donaldson, Critical Hist. of Christian Literature and Doctrine, 3 volúmenes, Londres, 1864-60; J. Pelet, Essai sur l'Apologeticus de Tertullien, Estrasburgo. 1868; C. A. H. Kellner, en TQ, lii. (1870), 547-556, liii. (1871), 585-609; K. Rónsch, Das neue Testament Tertullians aus den Schriften des Letzteren reconstruirt, Leipzig, 1871; C. E. Troppel, Tertullien, 2ª ed., París, 1872; F. Boehringer, Die Kirche Christi, 2 volúmenes, 2ª ed., Zurich, 1873; K. Leimbach, Beiträge zur Abendmahislehre Tertullians, Gotha, 1874; G. Caucanus, Tertullien et le montanisme, Ginebra, 1876; G. N. Bonwetsch, Die Schriften Tertullians, Bonn, 1878; A. Harnack, en ZKG, ii (1878), 572-583; idem, Die griechische Uebersetzung des Apologeticus Tertullians, Leipzig, 1892; idem., Litteratur, i. 667-687, ii. 2 passim; F. Oehninger, Tertullian und seine Auferstehungslehre, Augsburgo, 1878; J. de Soyres, Montanism and the Primitive Church, Londres, 1878; F. Nielsen, Tertullian's Ethik, Copenhague, 1879; G. R. Hauschild, Die rationale Psychologic und Erkenntnistheorie Tertullians, Frankfort, 1880; G. N. Bonwetsch, Die Geschichte des Montanismus, Erlangen, 1881; W. Belck, Geschichte des Montanismus, Leipzig, 1883; G. Ludwig, Tertullian's Ethik, Leipzig, 1885; L. Atzberger, Geschichte der christlichen Eschatologie der vornicanischen Zeit, Friburgo, 1886; L. Lehanneur, Le Traité de Tertullien contre les Valentiniens, Caen, 1886; M. Klussmnnn, Curarum Tertullianearum particulæ, Halle, 1887; T. Zahn, Geschichte des neutestamentlichen Kanons, i. 51 ss., 105 ss., 585 ss., ii. 449 ss., Leipzig, 1889-92; P. Corssen, Die Altercatio Simonis Iudæi... auf ihre Quellen Geprüft, Berlín, 1890; C. A. H. Kellner, Chronologiæ Tertullianes supplements, Bonn, 1890; E. Noeldechen, Tertullian, Gotha, 1890; G. Rauch, Die Einfluss der stoischen Philosophie auf die Lehrbildung Tertullians, Halle, 1890; F. Cabrol, Tertullien selon M. Courdaveaux, París, 1891; H. G. Voigt, Eine verschollene Urkunde des antinomistischen Kampfes, Leipzig, 1891: M. Klussmann, Excerpta Tertullianea in Isidori Hispalensis etymologiis, Hamburgo, 1892; K. H. Wirth, Der "Verdienst" -Begriff bein Tertullian in der christlichen Kirche entwickelt, Leipzig, 1892; C. T. Cruttwell, Literary Hist. of Early Christianity, 2 volúmenes, Londres, 1893; G. Esser, Die Seelenlehre Tertullians, Paderborn, 1893; J. E. B. Mayor, Tertullian's Apology en Journal of Philosophy, xxi. (1893), 259-295; H. Gompers, Tertullianea, Viena, 1895; E. Rolffs, en TU, xii. 4 (1895); K. Werber, Tertullians Schrift De spectaculis in ihrem Verhaltnis zu Varros Rerum divinarum libri, Teschen, 1896; M. Winkler, Der Traditionsbegriff des Urchristentums bei Tertullian, Munich, 1897; P. 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Warfield, en Princeton Theological Review, 1905, pp. 520-555, 1906, pp. 1-36, 145-167; K. Adam, Der Kirchenbegriff Tertullians, Paderborn, 1907; Kruger, History, pp. 256-280 et passim; Bardenhower, Geschichte, pp. 39, 41, 310 ss., 365; idem. Patrologie, pp. 157-167; Ceillier, Auteurs sacrés, ii. 1-86.