Historia
VALERIANO, PUBLIO LICINIO († 260)

relieve en roca, año 260, en la provincia de Fārs, Irán
Valeriano había sido nombrado censor por Decio, quien deseaba reavivar ese importante oficio en el imperio, siendo su elección ratificada por el senado romano. Pero Valeriano declinó aceptar la posición, que conllevaba poderes imperiales, sobre la base de que las funciones pertenecían al emperador (Gibbon, Decline and Fall, i. 247-248). En cuanto al cristianismo Valeriano ocupó tal posición bajo Decio que la tradición cristiana vio rectamente en él al instigador de la persecución. Anteriormente había roto con la política hostil y dio a los cristianos inusitados signos de favor; en su corte los cristianos fueron tan numerosos que parecía 'una iglesia de Dios' (Dionisio, en Eusebio, Hist. eccl., VII, X. 3). Esta situación recuerda la del reinado de Diocleciano y el desarrollo fue similar, ganando en ambos casos la facción anti-cristiana el favor del emperador. El dirigente anti-cristiano fue el general Marco Flavio Macriano, un hombre de gran reputación militar y entusiasta de los misterios egipcios, lo que explica su actitud. Sus razones políticas son dudosas; pudo aspirar al trono y tal vez intentó lograr sus planes mediante la inestabilidad política. En cualquier caso, indujo al emperador a emitir un rescripto en 257 que prohibía a los cristianos celebrar asambleas y reunirse en los cementerios, desterrando al clero. Macriano apuntaba evidentemente contra la organización cristiana, al ir contra los dirigentes y descabezar a la Iglesia. Cómo fue ganado el emperador para la causa pagana no se sabe, pero los términos del edicto, relativamente suaves, revelan la anterior buena voluntad de Valeriano hacia los cristianos.
En 258 emitió un nuevo rescripto los obispos, presbíteros y diáconos serían ejecutados; los cristianos de rango senatorial o ecuestre serían degradados y sus propiedades confiscadas y si eran contumaces sufrían la muerte. Las mujeres fueron amenazadas con confiscación de bienes y destierro. Los cristianos de la corte serían encadenados y obligados al servicio en los dominios imperiales. Como resultado, las dos grandes comunidades cristianas de Roma y Cartago perdieron a sus dirigentes. El obispo Sixto de Roma huyó a las catacumbas, pero fue capturado y ejecutado y Cipriano también perdió la vida ese mismo año. En Roma también se produjo el martirio de Lorenzo. La Iglesia española perdió al obispo Fructuoso de Tarragona y a sus diáconos. En la parte del imperio bajo Galieno la persecución se difundió, pensándose que era general, aunque estalló solo en puntos limitados, sin destruir al cristianismo; no había tiempo ni fuerza para una persecución generalizada. Tal vez Valeriano no estaba totalmente detrás del rescripto. De hecho, ninguna de las persecuciones cristianas ha levantado tantas preguntas sin contestar como ésta.
Valeriano cayó en manos del rey persa, quien lo hizo prisionero hasta su muerte. Los dos hijos de Macriano intentaron apoderarse del trono, pero él y ellos cayeron pronto. Galieno hizo que la persecución cesara.
Bibliografía:
Victor Schultze, The New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge; las fuentes son: Eusebio, Hist. eccl., VII., x.-xi.; y Acta proconsularia, en Cipriano, Opera, ed. Hartel, ii. 839, en CSEL. Consultar: L. S. Le Nain de Tillemont, Hist. des empereurs, vol. iii., 6 volúmenes, París, 1720-38; H. Schiller, Geschichte der römischen Kaiserzeit, i. 2, pp. 811 ss. Gotha, 1883; W. Smith, Dictionary of Greek and Roman Biography and Mythology, iii. 1216-17, Londres, 1890; P. J. Healy, The Valerian Persecution, ib. 1905; Gibbon, Decline and Fall, caps, x., xvi.; Schaff, Christian Church, ii. 62; Neander, Christian Church, i. 136-140 et passim; DCB, iv. 1100-02.