Historia

VOLTAIRE, FRANÇOIS MARIE AROUET DE (1694-1778)

François Marie Arouet (Voltaire), escritor y deísta francés, nació en París el 21 de noviembre de 1694 y murió en esa ciudad el 30 de mayo de 1778.

Voltaire
Voltaire
Primeros años.
Fue educado por los jesuitas en el colegio Louis-le-Grande en París, donde 'no aprendió nada, sino latín y tonterías'. Su padre quería que estudiara derecho, pero su talento natural, así como su disposición, le dirigían hacia la vida literaria: teatro, panfleto, salones, donde los esfuerzos eran pocos y los triunfos rápidos. Tenía agudeza, estilo y un maravilloso talento para convertir todo en verso y aún más una maravillosa competencia para dejar caer insinuaciones, maliciosas o lascivas, según las circunstancias. Escribió pequeños poemas, satíricos o de cumplimiento y pronunció frases lapidarias en las mesas de duques y abades. En 1713 obtuvo una posición diplomática como secretario del embajador francés en Holanda. Pero en La Haya fue ridiculizado por una dama de media posición, Madame du Noyer, de cuya hija se enamoró e intentó seducirla para fugarse. Fue absuelto y enviado a París y Madame du Noyer se recuperó de sus problemas publicando sus cartas de amor. En 1714 aspiró al galardón de la academia, pero no pudo conseguirlo. En 1716 se le atribuyeron algunas vitriólicas sátiras sobre el regente y la duquesa de Berri, por lo que fue encarcelado en La Bastilla, donde pasó once meses, estudiando a Homero y Virgilio y en la composición de su primera tragedia: Edipo. Poco después de su liberación se estrenó la tragedia con gran éxito, lo que le dio a Voltaire renovada energía. Imprimió la Henriada, una gran épica sobre Enrique IV comenzada en La Bastilla, que no logró la aprobación del censor real, pero que le dio fama y fortuna. Pero la ambición de Voltaire iba siempre un poco más allá de su capacidad: Artémise fracasó completamente y Mariamne, parcialmente. Por una pendencia con el Caballero de Rohan, Voltaire fue encarcelado de nuevo, siendo liberado de La Bastilla a condición de que saliera inmediatamente para Inglaterra.

Madurez.
Desde 1726 a 1729 residió en Londres, ejerciendo sobre él una profunda influencia el carácter y la literatura inglesa, sus instituciones y filosofía, dándole un poco de sobriedad a su temperamento y un gusto por la ciencia y sus métodos de investigación y desarrollando su sentido del valor social de la verdad. Se sintió grandemente impactado por el gran descubrimiento de Newton que le expuso el Dr. Samuel Clarke en 1726 y por el efecto de la muerte de Newton sobre la mente inglesa al año siguiente. Más tarde por su Éléments de la philosophie de Newton (1738) y La metaphysique de Newton (1740), contribuyó a que las ideas de Newton fueran aceptadas, no sólo en Francia, sino en el continente en general. De Locke derivó toda su psicología; de los deístas ingleses aprendió cómo atacar las afirmaciones tradicionales, sobrenaturales y dogmáticas de las creencias prevalecientes, con las armas de los escritores deístas contra la credulidad y abusos de la Iglesia católica; de la historia inglesa y las instituciones obtuvo sus ideas sociales y políticas. Hay una relación directa y demostrable entre la revolución de 1789 y sus Letters Concerning the English Nation (Londres, 1733, edición francesa posterior), uno de sus más brillantes y característicos escritos polémicos. También hizo un cuidadoso estudio de Shakespeare y Milton y los otros grandes escritores ingleses. A su regreso a Francia en 1729 descubrió enseguida que París no era seguro para él. En 1734 sus Lettres fueron públicamente quemadas por orden del parlamento como subversivas para el Estado, la Iglesia y la moralidad pública. Desde ese tiempo hasta 1740 residió en Cirey, en casa de Madame du Châtelet, una dama de talento matemático y filosófico por la que tenía gran respeto. Aparte de lo que pueda decirse en otros aspectos, ella estimuló su capacidad para la producción literaria. Durante este periodo escribió Zaire, Alzire, Mahomet, Mérope; terminó Charles XII y comenzó Siècle de Louis XIV; publicó una veintena o más de panfletos polémicos, ingeniosos, maliciosos e indecentes en grado inusitado, además de un gran número de cartas a todas las personas prominentes de Europa. A mediados del siglo XVIII era la mayor celebridad literaria que la civilización europea había producido, superando a Erasmo tanto en fama como en poder. Cuando en 1750 partió para Berlín, a invitación de Federico II, no era un pensionista mendigando en la mesa de su patrón, sino el rey de la pluma que venía a visitar al rey de la espada. Voltaire y Federico se admiraban mutuamente. Pero Voltaire admiraba en Federico sólo lo general y éste quería ser admirado como poeta; a su vez, Federico admiraba en Voltaire sólo al poeta y éste quería ser admirado como estadista. Absurdos conflictos nacieron casi desde el mismo momento en que se encontraron, que crecieron hasta convertirse en una guerra continua. En 1752 el enconamiento alcanzó la cima cuando, bajo pseudónimo, Voltaire ridiculizó al presidente de la academia de Berlín. En marzo del año siguiente se le permitió dejar la ciudad sólo para ser arrestado, por mandato del airado rey, en Francfort, donde fue sometido a irritantes humillaciones que de hecho él había provocado, de lo que se vengó ampliamente en una obscena sátira sobre la vida privada de Federico. Así acabó la extraña amistad que por la idiosincrasia de los dos afectados contenía todos los ingredientes de una tragicomedia.

Voltaire en su despacho en el palacio de Sans-Souci, pintura de August Borckmann, 1874
Voltaire en su despacho en el palacio de Sans-Souci,
pintura de August Borckmann, 1874
Últimos años.
La última parte de su vida la pasó en Ferney, una propiedad que compró en el condado de Gex (1758), situada convenientemente cerca de la frontera suiza, saliendo a la luz en ese periodo algunas de las mejores características de su personalidad. En Ferney vivían cuarenta y seis miserables campesinos cuando compró la propiedad y cuando murió la habitaban mil doscientos, ocupados en la relojería, sastrería de seda y otras industrias, construyendo sus casas, comprando sus herramientas y vendiendo sus productos. Su defensa del hugonote Jean Calas y la protección de Sirven muestran un valor admirable, mientras que su incansable esfuerzo para rehabilitar sus nombres y bienes y los de La Barre y el conde Laily añaden lustre a su reputación por la justicia. Pero sus escritos, y entre ellos su composición más prominente como es Essai sur les Moeurs et l'Esprit des Nations, Dictionnaire Philosophique, muestran que su pasión polémica se había intensificado hasta el punto máximo, que su energía mental se había concentrado en su famoso lema Écrasez l'infâme, con el que terminaba cada carta que mandaba a sus amigos. Por l'infâme, originalmente, quería decir la Iglesia católica y luego cualquier Iglesia que tuviera apoyo del Estado para implantar su doctrina y disciplina y finalmente significó toda religión, en tanto afirmara que sus orígenes eran sobrenaturales. En este aspecto su odio es insaciable y penetra en todos sus escritos, desde Candide y Le Diner du comte de Boulinvilliers a La Pucelle y L'Orphéline de la Chine y en sus panfletos menores, artículos periodísticos y cartas, arrastrándole no sólo por debajo de su dignidad sino también de su decencia. Cuando fue a París en 1778 se le recibió con tal entusiasmo y ovaciones como el mundo nunca había visto antes. Pero el frenesí que le produjo fue demasiado para su salud, cayendo enfermo y tomando una excesiva dosis de opio, de forma que murió delirando.

De su Dictionnaire Philosophique es el siguiente pasaje:

'El fanatismo es a la superstición lo que el delirio es a la fiebre y lo que la rabia es a la cólera. Quien experimenta éxtasis y visiones y toma sus sueños y sus propias imaginaciones por profecías es un entusiasta; quien hace de su propia locura delito es un fanático.
El más detestable ejemplo de fanatismo es el de los burgueses de París, quienes la noche de San Bartolomé corrieron a asesinar, degollar, defenestrar y descuartizar a aquellos de sus conciudadanos que no acudían a misa.
Hay fanáticos de sangre fría: son los jueces que condenan a muerte a quienes no han cometido otro delito que el de no pensar como ellos; y esos jueces aún son más culpables y más dignos de la execración del género humano, en tanto que, no encontrándose en un exceso de furor, parece que podrían escuchar la razón.
Una vez el fanatismo ha gangrenado un cerebro, la enfermedad es casi incurable. He visto convulsivos que, hablando de los milagros de san Paris, se excitaban lentamente y muy a su pesar: sus ojos se inflamaban, sus miembros temblaban y el furor desfiguraba sus rostros; y habrían matado a quien les hubiese contradicho.
No hay otro remedio para esta enfermedad epidémica que el espíritu filosófico, que, difundido por doquier, acabará suavizando las costumbres de los hombres y previniendo los excesos del mal; porque en cuanto el mal hace algún progreso, no queda sino huir y esperar a que la atmósfera se purifique.
Las leyes y la religión no sirven contra esta peste de los ánimos; la religión, lejos de ser para ellos un alimento saludable, se transforma en veneno para sus cerebros infectados. Estos miserables tienen continuamente presente el ejemplo de Aod, que asesina al rey Eglón; de Judit, que corta la cabeza a Holofernes, después de haber yacido con él; de Samuel, que corta al rey Agag en pedazos. No ven que estos ejemplos, respetables en la antigüedad, son abominables en el presente y recaban sus iras y cóleras de la misma religión que los condena.
Las leyes son todavía muy impotentes contra esos excesos de rabia: es como si leyerais a un exaltado un decreto del consejo del rey. Ellos [los exaltados] están persuadidos de que el Espíritu Santo que les inspira está por encima de las leyes, y de que su entusiasmo es la única ley que deben escuchar. ¿Qué responder a un hombre que os dice que prefiere obedecer a Dios que a los hombres y que, en consecuencia, está seguro de merecer el cielo degollándoos?'
Bocetos sobre un busto de Voltaire
Bocetos sobre un busto de Voltaire
Su poesía y filosofía.
Voltaire dejó su huella en la literatura como poeta. Su Zaïre, Mahomet y Mérope se consideran el pináculo de la tragedia. Para el público para el que Voltaire escribió la tragedia era solo un laberinto de intrincadas normas convencionales, pero él las dominaba tan completamente que su audiencia se quedaba encandilada, transportada y atrapada en sus tragedias, como sobre 'nubes de viento' entretejidas flotando en el atardecer. Sus obras históricas tienen más valor sólido. Su verdadero mérito descansa en su respeto por los hechos, de lo cual es deudor a Newton y Locke. De la historia como un movimiento orgánico con leyes internas de desarrollo, no tuvo otro concepto diferente que el de otros de su tiempo. En parte por él la historia ha tenido desde entonces un lugar esencial en toda educación liberal. En lo que respecta a la filosofía Voltaire no fue, estrictamente hablando, un filósofo en absoluto. Los elevados métodos para extraer la verdad nunca los hizo suyos, siendo incapaz por disposición natural del esfuerzo sostenido de pensamiento sin el que no pueden formarse las ideas sistemáticas. Sin embargo, él es el verdadero representante de la 'Edad de la Razón' y el gran logro de esa edad fue simplemente su filosofía. Voltaire no era ateo. Valoraba a los ateos como a fanáticos. Su deísmo era parcialmente una reacción contra la corrupción, crueldad, ignorancia y superstición de los católicos y protestantes de su tiempo. Como deísta partía de las tres conocidas premisas del deísmo: Dios, el mundo y entre ambos ninguna relación que puede representarse bajo la forma de revelación divina o providencia especial. Pero para Voltaire Dios existe, porque es una necesidad del pensamiento: 'Si no existiera, habría que inventarlo'. No hay huella de que tuviera relación personal alguna con Dios y lo que es peor, no entendía que tal relación pudiera existir. De su idea general de Dios habló a veces con fría indiferencia, iluminada aquí y allá con chispas de cinismo, que para hombres de fuerte disposición religiosa hizo que sus obras fueran abominables. Su método no fue tanto atacar los principios sino los hechos aducidos por el cristianismo o mostrar lo irreconciliable de la noción cristiana con otras creencias necesarias. No entendía nada de las profundas verdades del evangelio ni de las idas de sus seguidores. Su crítica, en lo que respecta a la naturaleza última del cristianismo, es literaria, superficial, negativa y transitoria. La inmortalidad del alma no tiene lugar vital en su pensamiento. Por el contrario, el mundo fue un asunto serio para Voltaire y algo que sí comprendió.
Como crítico lo fue de primer rango. Su instinto por la verdad fue claro y vívido, combinando con el mismo un poder nunca igualado para hacer declaraciones luminosas. Al servicio de su vanidad, envidia y maldad y para encubrir deliberadamente falsedades y mentiras, su ingenio a veces es chocante. Pero la claridad, precisión y seguridad de su declaración sobre un hecho o una idea a veces hizo la verdad irresistible y sin entrar en los detalles de su actividad, sus victorias y derrotas, se puede decir que su crítica desembocó en la literatura moderna en un gusto por lo que es simple, natural y claro.


Bibliografía:
C. A. Beckwith, The New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge; G. Benegesco, Voltaire: bibliographie, 4 volúmenes, París, 1882-90. Sobre su vida y obras, consultar: L. M. Chaudon, Historical and Critical Memoirs of the Life and Writings of M. de Voltaire, Londres, 1786; M. J. A. N. Caritat, Marquis de Condorcet, Vie de Voltaire, Kehl, 1789, París, 1822, 1895; E. M. G. Lepan, Vie politique, littéraire et morale de Voltaire, París, 1817; Henry, Lord Brougham, Lives of Men of Letters, vol. iv., Londres, 1845; J. M. Quérard, Ferney-Voltaire, París, 1848; J. Janin, Le Roi Voltaire, París, 1861; M. U. Maynard, Voltaire, sa vie ct ses œuvres, 2 volúmenes, París, 1867; B. H. C. K. van der Wyck, Voltaire, Ámsterdam, 1868; J. Morley, Voltaire, Londres, 1872; H. Beaune, Voltaire au college, sa famille, ses études, ses premiers amis, París, 1873; E. B. Humley, Voltaire, Edimburgo, 1877; R. d'Argenta), Histoire complète de la vie de Voltaire, Neuchâtel, 1878; E. Noel, Voltaire, sa vie et ses œvres, París, 1878; G. Norga, Voltaire, sa vie, ses œuvres, París, 1878; E. de Pompery, La Vie de Voltaire, París, 1878; J. Parton, Life of Voltaire, 2 volúmenes, Londres, 1881; G. Renard, Vie de Voltaire, París, 1883; R. Kreiten, Voltaire, Friburgo, 1885; V. Mahrenholtx, Voltaire's Leben und Werke, parte 2, Oppeln, 1885; E. Champion, Voltaire, París, 1893; F. Espinasse, Life of Voltaire, Londres, 1892; E. Faguet, Voltaire, París, 1895; S. G. Tallentyre, Life of Voltaire, 2 volúmenes, Londres, 1903; J. C. Collins, Voltaire, Montesquieu and Rousseau in England, Londres, 1909.

Sobre su pensamiento, consultar: E. Bersot, La Philosophie de Voltaire, París, 1848; L. L. Bungener, Voltaire et son temps, 2 volúmenes, París, 1850; J. B. Meyer, Voltaire und Rousseau, in ihrer socialen Bedeutung, Berlín, 1856; A. Anot, Études sur Voltaire, París, 1864; J. Barni, Histoire des idées morales, pp. 211-349, París, 1865; D. F. Strauss, Voltaire: sechs Vorträge, Bonn, 1878; H. Martin, Voltaire et Rousseau et la philosophie du dix-huitième siècle, París, 1878; Moussinot, Voltaire et l'Église, Neuchâtel, 1878; J. Stephen, Horæ sabbaticæ, 2ª serie, pp. 211-279, Londres, 1892; R. Urbach, Voltaire's Verhältniss zu Newton und Locke, Halle, 1900; P. Salem»nn, Voltaire's Geistesart und Gedankenwelt, Stuttgart, 1909.