Historia
WESSEL, JOHANN (c. 1419-1489)
- Vida
- Escritos
- Principios religiosos básicos
- Cristología
- Doctrina de la justificación
- Doctrina de la Iglesia
- Penitencia, confesión, absolución
- Indulgencias y purgatorio

Ámsterdam
Aunque su nombre es asunto de debate es más probable que fuera bautizado con el nombre de Wessel, asumiendo el nombre de Johannes mientras vivió con los Hermanos de la Vida Común en Zwolle, que el nombre Harmenss viniera de la costumbre local de llevar el nombre del padre (en este caso Harmen), con la adición del sufijo que significa 'hijo', y que latinizara su nombre Wessel como Basilio, mientras que Gansfort era el nombre de una aldea de Westfalia. Sus estudios preparatorios los realizó en Zwolle, matriculándose en Colonia en octubre de 1449. Sus primeros días en Zwolle dejaron una influencia permanente en su vida, aunque no fue controladora; su predilección por la lógica y la filosofía era notoria, por lo que aunque las tendencias reverenciales de Zwolle le influyeron, la estrechez de conceptos que allí había le repelía. Cuánto fue influenciado por los profesores de Colonia no puede determinarse, aunque su realismo parece haber venido por la tradición tomista que allí se fomentaba. Parece que encontró su camino a Bernardo, Agustín y Platón, siendo luego influido por el humanismo. Aprendió hebreo y griego. Sus intereses eran muy amplios y viajó a Heidelberg y París para tomar parte en la disputa entre nominalismo y realismo, en el curso de la cual abjuró del realismo por el nominalismo, un hecho que pudo ser significativo en su vida posterior, ya que los nominalistas eran la facción antipapal. Es posible que viviera en París durante dieciséis años, sin otro propósito que enseñar y aprender. Sus intereses humanistas y su relación con el cardenal Bessarion le llevaron a Roma, donde llegó hacia 1470. De allí regresó a París, donde influyó en hombres tales como Reuchlin y Agrícola, obteniendo el título de magister contradictionum por su espíritu crítico. Un lugar más tranquilo lo tuvo en Basilea, declinando una invitación extendida por el obispo de Utrecht para que fuera allí. En abril de 1479 estaba de regreso en su patria. Vivió parte del tiempo en el convento de clarisas de Groningen y parte con los Hermanos en Agnetenberg, cerca de Zwolle.
Visitó frecuentemente la floreciente abadía de Adewert, encontrando un amigo y protector en el obispo David de Utrecht. Estaba rodeado de un círculo de amigos y alumnos, disfrutando de la amistad de hombres mayores como el abad de Adewert, Enrique von Rees, el filólogo Rudolf van Langen y Paulus Pelantius. Enseñó un humanismo profundamente religioso y teológicamente encauzado. Tras un sombrío periodo de duda que amenazó su fe, pudo decir antes de su muerte: 'No conozco nada sino a Jesús crucificado'. Fue enterrado en la iglesia del convento en Groningen, donde se colocó una piedra memorial en 1637, reemplazada por otra en 1730 y 1742.
Escritos.
Sus producciones literarias existentes datan de la última década de su vida. Se trata principalmente de cortos tratados, en forma de aforismos, que tocan temas teológicos especiales. Sus contactos con los 'religiosos' en Groningen y Zwolle le guiaron a componer dos libros para ser guías en la religión práctica, no siendo publicados ninguno antes de su muerte. Uno trata sobre la oración, el otro era Scala meditationis. Tras su muerte, Cornelius Hoen (Honius) recopiló trabajosamente sus manuscritos. Lo que encontró lo envió a Lutero y Zwinglio, de manera que apareció una colección de tratados con el título Farrago uberrima (Wittenberg, 1522 y 1523). El hecho de que nos hayan llegado pocas obras de Wessel se explica por la declaración del librero Adam Petri, que los frailes mendicantes actuaron con furor contra los trabajos de Wessel.
Principios religiosos básicos.
Los principios religiosos básicos de Wessel son los de Agustín, si bien él llegó a la conclusión platónica de que Dios es el Ser Absoluto, siendo el ser necesario, opuesto a lo finito y accidental. El fin del hombre es elevarse a sí mismo a ese nivel de ser absoluto por el sometimiento completo y la auto-negación. Pero tal elevación, por encima de lo terrenal, es imposible sin la mediación divina. Dios ha enviado la plenitud de su ser a través de su Hijo, la Virgen y los ángeles, que actúan como intermediarios. La naturaleza es la expresión ordinaria de la voluntad de Dios, mientras que el milagro es la voluntad del mismo Dios expresada en lo que es inusual. En lo que respecta a su entorno físico inmediato, el hombre es dejado a su propio consejo, mientras que su personalidad se reconoce en su valor específico en contraste con el ser absoluto. El hombre es esencialmente a la imagen de Dios, portador de la característica trinitaria de mente o memoria, inteligencia y voluntad. El estado original del hombre fue menos perfecto que el de los ángeles, ya que estaba en un peldaño inferior. De ahí que la imagen de Dios requiera purificación y perfección por medio de los ángeles. La mente ha de purificarse mediante el sabio conocimiento de Dios, la inteligencia ha de ser iluminada por la sublime glorificación de Dios y la voluntad perfeccionada por el bendito disfrute de Dios. El Padre obra en la mente, el Verbo en la inteligencia y el Espíritu Santo en la voluntad. Evidentemente tal fundamento, mezclando arbitrariamente lo metafísico y lo ético, había de tener su efecto sobre la doctrina del pecado. El pecado se define como vivir por debajo del ideal, quedando atrás la meta de la realización. Se hace la distinción entre pecados de comisión y omisión, siendo la culpa el resultado de la ruptura de la ley, que exige al hombre perfección tal como Dios es perfecto. Antes de la Caída hubo faltas veniales en el fracaso por obtener la perfección exigida; en la Caída hubo además el desprecio de la revelación divina. Wessel hablaba de una Caída no solo en el mundo del hombre sino también en el de los ángeles, dejando la primera una degeneración perdurable y la segunda extendiendo también sus efectos sobre el hombre, por las relaciones íntimas que existieron entre el hombre y el ángel, al ser éste mediador, como antes se dijo. Los ángeles caídos trabajaron también sobre el hombre, despertando su amor hacia sí mismo, que es la esencia del pecado original. Aunque el hombre no está en la posición de alcanzar solo la perfección, las condiciones siempre están al alcance, cooperando el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en ello.
Cristología.
En cristología sitúa la idea de totalidad en el primer plano, sobre la idea de redención y reconciliación. Como la criatura está necesitada desde el principio de reconciliación con el Dios absoluto, la encarnación estaba determinada y preparada. Aunque no hubiera habido Caída, el Verbo se habría hecho carne. Por qué Dios se hizo hombre se contesta por el hecho de que la Iglesia triunfante no podía ser privada de su cabeza, que la edificación del templo santo tenía que tener su piedra angular, que toda la creación ha de tener su mediador y que el ejército y pueblo de Dios debe tener su Rey. La pérdida de la vida en Dios sólo pudo ser remediada y devuelta mediante la carne elevada por encima de la criatura (a través de la encarnación). Lo humano en Cristo solo fue el refugio donde el gobierno y la totalidad divina se iban a cumplir. Wessel, al desarrollar tal cadena de pensamientos, no se quedó satisfecho con las meras consecuencias teóricas. El carácter individual de la encarnación descansa en que en toda la vida de Cristo, y particularmente en su muerte, se muestra el contenido del Verbo eterno. El lado humano fue lo preponderante en la cristología de Wessel. El significado del sacerdocio de Cristo también lo subrayó, expresándose el anonadamiento de Cristo en sus sufrimientos sacrificiales como cordero, obteniendo por su muerte satisfacción. No hay otra posible víctima para el pecado, porque cuando el pecado es remitido cesa, ocupando en ese momento la justicia su lugar. La doctrina de Wessel sobre el valor salvador de la muerte de Cristo no ha de confundirse con las teorías de Anselmo ni de Lutero, aunque tiene similitudes de expresión. El valor salvador de la muerte de Cristo consiste en la devoción absoluta del amor, que efectúa una impresión inmediata no sólo sobre los pecadores sino sobre todo lo imperfecto, avivando el amor en ellos, sacándolos de sí mismos y equipándolos con el Espíritu, que a su vez se convierte en medio del conocimiento pleno de Dios.
Doctrina de la justificación.
No hay duda de que Wessel derivó la salvación del individuo de un acto divino y absoluto de la gracia de Dios. Como Cristo fue el primer predestinado, así lo son todos los miembros de la congregación del Cristo predestinado. Wessel sigue la tradición de Agustín y otros teólogos anteriores a la Reforma. La fe es un don de Dios, inclinando la mente a aceptar la verdad del evangelio y dirigiéndola hacia Cristo crucificado. La concepción de Wessel de la justificación es la misma que la de Agustín, es decir, la comunicación de la justicia de Dios. La penitencia es esencialmente contrición de corazón, una disposición a someterse a la guía de la revelación divina. Es un paso en el establecimiento de la justicia, convirtiéndose en una etapa más elevada en una recta evaluación del pecado. En tanto la penitencia es dolor, es tristeza acompañada de amor por la incapacidad para abarcar el amor divino en su plena extensión. El amor místico, que desde el principio opera en la fe, puede encontrar satisfacción sólo en una liberación ascética del mundo. La victoria sobre el mundo no significa para Wessel la conquista y transformación del mundo y de la propia vida, sino más bien la indiferencia mística al mundo en comparación con el conocimiento y contemplación de Dios. En este aspecto Wessel no refleja el verdadero espíritu de la Reforma. Su importancia para la Reforma del siglo XVI reside principalmente en su crítica de la vida eclesiástica.
Doctrina de la Iglesia.
La idea medieval de la Iglesia es que era una especie de sanatorio, que con sus tesoros de gracia podía proporcionar la salvación eterna. Wessel rechazó esta idea y la contempló como una communio a la que pertenecían todos los que imitaban a Cristo en la fe, la esperanza y el amor. No subrayó, como hicieron Agustín y sus seguidores en la Edad Media, el hecho de la predestinación; sustituyó la frase 'los predestinados' por 'los santos'. La unidad externa de la Iglesia, bajo un papa, no es esencial sino incidental. Al expresar esta opinión, Wessel sacudió la piedra angular de la estructura eclesiástica medieval. Al evaluar que la forma externa de la Iglesia es un asunto indiferente, Wessel no vio necesidad de transformarla, por lo que su posición permaneció esencialmente negativa. Negó a la Iglesia toda autoridad en asuntos de fe y toda capacidad para impartir la salvación con certeza. Ni el papa ni la Iglesia son infalibles. Muchos papas 'cometieron errores pestilenciales'. Que los cristianos tengan que someterse ciegamente a los mandatos de eclesiásticos es 'irracional' y 'una saturación de blasfemia'. Los concilios no son órganos infalibles del Espíritu y sus decisiones están sujetas al juicio de los laicos. Wessel se anticipó a la Reforma al basar su posición en la autoridad de las Escrituras, aunque concedió una cierta autoridad a la Iglesia, incluso cuando no anda con el Espíritu que opera en la Palabra. Junto al sacerdocio interior hay uno externo y sacramental. Otorga al papa derechos de jurisdicción y legislación sobre la paz y seguridad externas de la Iglesia, pero bajo la naturaleza de un contrato. Una trasgresión de los derechos comunes por las autoridades eclesiásticas, como en el caso de las civiles, puede terminar en su destitución. Wessel rechazó cualquier eficacia especial del sacerdocio. La afirmación de que la salvación depende de los sacramentos y de que los sacerdotes imparten los sacramentos, queda vacía al devaluar a estos últimos. Que Wessel no disputara sobre los siete sacramentos, se debió a que no veía valor particular en ellos. No creía que el bautismo tuviera poder para limpiar el pecado, ni en la recepción de la comunión como medio para recibir el Espíritu. En la misa, ni la 'intención' del celebrante ni su 'juicio', por quien la misa es celebrada, tienen valor. Todo depende del alma, del amor y carácter interno, del hambre y la sed espiritual.
Penitencia, confesión, absolución.
Wessel criticó duramente la doctrina medieval de la penitencia. No era capaz de entender cómo puede haber castigo tras el perdón; la imputación (del pecado) se manifiesta en castigo y cuando la imputación cesa no puede haber castigo. Si Dios remite el castigo eterno, ¿por qué no va a remitir el temporal también? Sería el mayor obstáculo a la piedad, si el piadoso tuviera que sobrellevar constantemente el pensamiento de su propia bajeza. La 'contrición, aflicción, castigo y mortificación' corporal no es más que un cuerpo contrito, pero no un corazón contrito. La única 'satisfacción' auténtica, en el sentido teológico, es la conversión. Ningún deber se ha de imponer al convertido, salvo el de no pecar más y que ame a Dios con afecto puro. Similarmente, la confesión es la consecuencia y no la condición de la justificación; significa odio al pecado. De hecho es mejor alabar a Dios que confesar los pecados. La absolución no está en poder del padre confesor; depende de la disposición interior, que el sacerdote desconoce en el confesionario. La absolución es un aditivo, no la esencia de la justificación. Surge del despertar del amor. Solo Dios puede actuar sobre el alma del hombre. La eficacia humana, sea del sacerdote o del santo, queda excluida. La recepción del creyente a la comunidad de los santos, no es sino el reconocimiento de un acto divino ya realizado. La actividad del sacerdote en el sacramento es por tanto meramente ministerial. La penitencia es una institución puramente eclesiástica, no siendo rechazada como tal por Wessel, pero va acompañada de muchos abusos que deben ser combatidos.
Indulgencias y purgatorio.
El abuso más serio asociado con la doctrina de la penitencia de la Iglesia era el de las indulgencias. Wessel atacó este error desde muchos ángulos. El papa no tiene poder para separar el pecado del castigo, ni la persona de sus actos. No hay tal distinción como castigo temporal y eterno, que era el fundamento en favor de las indulgencias. Más aún, las indulgencias introducen una contradicción entre la conexión de pecado y castigo. Además, el papa no puede ponerse entre el hombre y Dios, ni tiene poder sobre los méritos de Cristo, ni sobre la eficacia de la intercesión de los santos. Wessel también rechazó la doctrina del fuego del purgatorio. Creía en la necesidad de un continuo desarrollo de la vida cristiana tras la muerte, pero no daría oídos a la satisfacción de pecados en el purgatorio. Mientras que el alma puede en el futuro ser purificada de la basura de su existencia terrenal, tal proceso ha de ser espiritual y gozoso, en lugar de doloroso. La entrada en el 'purgatorio' debe ser un proceso de mejora, que guía a un estado del ser superior al primer estado de Adán, ya que la posibilidad de tentación está excluida. Si hay 'dolor' en el purgatorio, ese dolor es tristeza más que sufrimiento, un dolor causado por el sentido de indignidad. Es el dolor purificador del amor de Cristo. Aunque Wessel ha sido demasiado entusiastamente saludado como 'reformador antes de la Reforma', es igualmente erróneo considerarle un eclesiástico ortodoxo. Es evidente que prefiguró la Reforma alemana en muchos aspectos en sus enseñanzas, pero en muchos otros el rostro de Wessel se vuelve hacia Agustín y Bernardo.
Bibliografía:
S. D. van Veen, The New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge; la única edición de Opera se publicó en Groningen, 1614, reimpresa en Ámsterdam, 1617. La primera biografía fue de A. Hardenberg (A. Rizaeus) y fue prefijada a Opera, ut sup. Consultar: H. von der Hardt, Memoria Chryeoloræ, Byzantini, Helmstadt, 1718; J. Wessel, G. H. Goetzi... commentationem... de Joanne Wesselo... tuebitur, Lübeck, 1719; J. M. Schroeckh, Christliche Kirchengeschichte, xxxiii. 278-295, 45 volúmenes, Leipzig, 1768-1812; W. Muurling, Commentatio... de Wesseli Gansfortii cum vita, Utrecht, 1831; idem, Oratio de Wesseli... principiis atque virtutibus, Groningen, 1840; B. Bähring, Liben Johann Wessels, 2ª ed. Bielefeld, 1852; O. Jaeger, J. Wycliffe und seine Bedeutung für die Reformation, Halle, 1854; J. Friedrich, Johann Wessel, Regensburgo, 1862; J. J. Doedes, en TSK, 1870; P. Hoffstede de Groot, Johan Wessel Ganzevoort, Groningen, 1871; C. Ullmann, Reformers before the Reformation, ii, 263-015 (un relato crítico de la literatura, pp. 610-615), Edimburgo, 1877, comp. su Johann Wessel, ein Vorgänger Luthers, Hamburgo, 1834; S. Kettlewell, Thomas à Kempis, and the Brothers of Common Life, 2 volúmenes, Londres, 1882, 2ª ed., resumida, cap, xiv., ib. 1885; Bayle, Dictionary, v. 543-547.