Historia
WINCHELSEA, ROBERT DE († 1313)
Peckham murió el 8 de diciembre de 1292 y el papado estaba vacante, habiendo una oportunidad de una elección canónica para Canterbury. El 22 de diciembre, Enrique de Eastry († 1331), prior de Christ Church, procuró la licencia para elegir y dos de sus monjes visitaron a Eduardo en Newcastle, de donde regresaron el 6 de enero de 1293 con el permiso necesario. La elección tuvo lugar el 13 de febrero y fue per viam compromissi, confiándose a un comité de siete efectuar el nombramiento en favor de todo el capítulo. Por la influencia de Eastry y probablemente la buena voluntad de Eduardo I, Winchelsea fue unánimemente elegido. El rey dio su consentimiento después de tres días, tras lo cual Winchelsea se preparó para partir para Roma, adonde llegó en Pentecostés, el 17 de mayo. El papado estaba vacante y la curia le retuvo más de un año antes de que pudiera obtener la confirmación y consagración. Causó tan buena impresión en los cardenales que llegó a creerse en Inglaterra que podía ser papa. Al final la elección de Celestino V terminó la larga vacante el 5 de julio de 1294. El nuevo papa tenía tan buen concepto de Winchelsea que le ofreció la púrpura cardenalicia, que él rehusó. A pesar de la oposición de los franciscanos, Celestino confirmó la elección de Winchelsea. El 12 de septiembre fue consagrado obispo en Aquila, donde estaba la corte papal entonces. Partió de Roma el 5 de octubre y viajó por Alemania, Brabante y Holanda, evitando los territorios de Felipe el Hermoso, con el que Eduardo I estaba en guerra. Llegó a Yarmouth el 1 de enero de 1295. Además de la suma de 142 libras gastadas en Inglaterra, su estancia en Roma había costado la enorme cantidad de 2.500 marcos. Los supervisores del capítulo habían gastado más de la mitad además.

Sacerdote secular, canónicamente elegido por un capítulo inglés, Winchelsea estaba deseoso desde el principio de no quedarse atrás de sus dos predecesores mendicantes (Kilwardby y Peckham), a quienes el papado había impuesto al rey y a la Iglesia inglesa. En santidad personal no era inferior a ellos, siendo probablemente superior en capacidad. Asistía a las horas canónicas regularmente como un monje. Se retiraba frecuentemente para orar y meditar, además de, como sus íntimos sospechaban, para disciplinarse corporalmente. Sus caridades y limosnas eran generosas. Muchos estudiantes pobres se beneficiaron de su bondad, cuidando de reservar muchos de sus mejores beneficios para profesores y bachilleres de teología en necesidad. Fue pródigo hacia los frailes mendicantes, aunque procuró limitar el ejercicio de sus funciones pastorales sin el consentimiento del clero local. Constantemente distribuía sus ricas indumentarias a los pobres, no quedándose con más de dos capas para sí mismo. Comía raramente de las costosas carnes que le ponían delante, dándolas habitualmente para los pobres y enfermos, para disgusto de sus sirvientes. No obstante, no se sometió a un ascetismo excesivo. Era de temperamento alegre, de cuerpo corpulento y duro trabajador, destacando en su tarea administrativa. Era celoso de su precedencia y dignidad personal en las ocasiones públicas, pero se juntaba en términos amistosos de igualdad con su clero. Odiaba a los aduladores, traidores y derrochadores. Raramente se dirigía a las mujeres salvo en confesión.
Winchelsea fue un eclesiástico comprometido y un celoso defensor de la autoridad papal. Pero su amor al poder y la influencia eran tan grandes que le pusieron en conflicto con su clero, sus sufragáneos, muchos de los nobles, el rey y a veces incluso con el papa. Con mayor experiencia inglesa que Peckham y la amplia perspectiva de un sacerdote secular, Winchelsea no limitó sus intereses tan estrictamente al lado eclesiástico de los asuntos como hizo su predecesor. Su prioridad era proteger a la nación y a la Iglesia igualmente. Las crecientes dificultades en las que se vio envuelto por la política demasiado ambiciosa de Eduardo I, permitieron a Winchelsea combinar con el antagonismo puramente eclesiástico que heredó mediante él de Peckham, una fuerte oposición a la política del rey.
Incluso antes de su entronización, Winchelsea había dado pasos en esa dirección. Convocó un concilio de sus sufragáneos el 15 de julio de 1295 en New Temple, pareciendo una amenaza al rey los procedimientos de ese organismo. En el parlamento en otoño en Londres, Eduardo abogó el 26 de noviembre que el clero realizara un gran subsidio para la guerra. Winchelsea le ofreció un diezmo, que Eduardo rechazó. A pesar de la fuerte presión, el arzobispo le ofreció el diezmo un segundo año si la guerra continuaba. Al año siguiente las dificultades de Eduardo crecieron mientras que la posición de Winchelsea la fortaleció Bonifacio VIII al publicar la bula Clericis laicos el 24 de febrero de 1296, por la que se prohibía al clero pagar impuesto a la autoridad secular. En noviembre se reunió el parlamento en Bury St. Edmund y los laicos otorgaron un generoso subsidio. Al día siguiente Winchelsea arengó al estamento clerical en el capítulo de la abadía. Admitiendo la realidad del peligro que suponía Francia, apeló a la prohibición papal y la mejora del clero por las exacciones anteriores, negando que el clero hubiera prometido nuevos impuestos. Al final persuadió a Eduardo a que esperara hasta enero de 1297 para una respuesta final. Mientras tanto, el parlamento estalló y Winchelsea citó una convocación provincial para el 13 de enero en San Pablo, que se hizo cargo de los asuntos que el estamento clerical había evadido. Antes del encuentro el 5 de enero Winchelsea publicó por orden papal la bula Clericis laicos en cada deanato de Inglaterra.
Winchelsea inauguró la convocación con un sermón. 'Tenemos dos señores sobre nosotros' dijo 'el rey y el papa, y, aunque debemos obediencia a ambos, debemos mayor obediencia al señor espiritual que al señor temporal.' El clero, por tanto, debía, si era posible, encontrar una vía media entre la subversión del reino y la desobediencia al papa. El clero, aunque dividido, se negó a un subsidio general y Eduardo los amenazó con la proscripción. Aunque clérigos individuales hicieron donativos personales al rey, que anunció su disposición a aceptar la quinta parte, Winchelsea permaneció firme y mantuvo al clero en conjunto de su parte. El 30 de junio se promulgó formalmente la sentencia de proscripción contra el clero por John de Metingham, presidente del tribunal en Westminster Hall. El 10 de febrero Winchelsea, que había ido a Canterbury para la consagración de John de Monmouth como obispo de Llandaff, predicó al pueblo en la catedral tras la ceremonia y pronunció entonces solemnemente la excomunión contra todos los que se atrevieran a transgredir la bula papal. El 12 de febrero Eduardo respondió ordenando a los magistrados tomar posesión de todos los bienes seculares de todo el clero de la provincia de Canterbury. Pero al cabo de dos semanas la resistencia de los barones bajo Norfolk y Hereford en Salisbury fortalecieron más la posición de Winchelsea.
La tensión era demasiado grande para que durara. Winchelsea, que todo el tiempo había admitido la necesidad de la guerra y la legitimidad de las demandas del rey en pro de ayuda, encontró juicioso no presionar más la situación. El 7 de marzo persuadió a Eduardo a suspender la ejecución del edicto que confiscaba los bienes seculares. Citó otra convocación para el 24 de marzo, pero en su apertura el rey envió seis comisionados, que advirtieron de no hacer nada contra su autoridad. Dos dominicos sostuvieron los derechos del rey a imponer impuestos de guerra, abandonando Winchelsea su heroica actitud. Impidió que el concilio tomara cualquier decisión formal, pero antes de separarse dijo: 'Os dejo a todos y cada uno a vuestra propia conciencia, pero la mía no me permite ofrecer dinero para la protección del rey bajo ningún pretexto.' 'Unusquisque animam suam salvet.' Era sustancialmente una recomendación a cada clérigo para que hiciera sus propios términos de sumisión.
Las posesiones de Winchelsea estuvieron en manos del rey más de cinco meses, durante los cuales dependió de la caridad para subsistir. Los enviados reales se apoderaron de sus caballos en Maidstone y le obligaron a viajar a pie. El 27 de febrero el rey se apoderó de Christ Church y selló sus almacenes para impedir a los monjes prestarle alguna ayuda. Pero incluso los clérigos partidarios de Winchelsea que le saludaron como a un segundo Thomas Becket, admitieron que sus peores sufrimientos no resultaron de las órdenes directas de Eduardo sino del celo oficioso subyacente. La restricción del rey hizo la reconciliación más fácil y la ira de Eduardo quedó aplacada cuando los clérigos más individualistas hicieron su voluntaria ofrenda, acordando los barones luchar por él más allá de los mares. El 14 de julio se produjo la reconciliación pública entre la Iglesia y el Estado, en la afectuosa escena del adiós representada fuera de Westminster Hall. Winchelsea rompió en lágrimas ante la apelación del rey a las emociones de sus súbditos y prometió que le sería fiel en el futuro. Dos días después, Winchelsea citó otra convocación para deliberar en cuanto a los medios de lograr el permiso del papa para pagar al rey. El 19 de julio sus tierras y pertenencias le fueron devueltas.
Winchelsea se aplicó entonces a convencer a los condes de Norfolk y Hereford para hacer las paces con el rey. El 27 de julio se entrevistó con los enviados de los condes en Waltham y al día siguiente los llevó a su sede en St. Albans. No fue por su culpa que los dos condes se mantuvieran distantes. El 31 de julio Eduardo recibió al clero de nuevo bajo su protección y antes de embarcarse escribió al arzobispo pidiéndole que orara por el éxito del ejército.
El 10 de agosto Winchelsea inauguró la convocación en Londres, informando que el rey le había prometido confirmar los estatutos si el clero hacía una donación adecuada para la guerra francesa. Sin embargo, la asamblea acordó que no haría concesión sin tener el permiso del papa, pero prometió al rey solicitarlo a Bonifacio. Curiosamente la bula de 28 de febrero de 1297, por la que el papa exceptuaba de su prohibición todos los donativos y sumas voluntarias recaudadas para la defensa nacional, no fue invocada por ninguna de las partes en discusión. El 20 de agosto Eduardo, sin esperar una concesión, ordenó la inmediata recaudación de un tercio de las temporalidades del clero y el 23 de agosto zarpó para Flandes. Después de todo, la reconciliación no era muy profunda.

La vigorosa y fructífera resistencia de Winchelsea ante Eduardo le dio una gran reputación entre todos los amantes de la autoridad clerical. Bonifacio VIII le llamó solus ecclesiæ Anglicanaæ pugil invincibilis, inflexibilisque columna. A pesar de su despreocupación en política, Winchelsea había encontrado tiempo para otra tarea. Tenía numerosas disputas en sus manos. Una con Gilbert de Clar, noveno conde de Gloucester, que estalló antes de la entronización del arzobispo, no pudo ser resuelta mediante arbitraje, siendo finalmente referida al obispo de Durham. Tuvo una controversia grave con el abad y convento de St. Augustine, Canterbury. En el curso de la misma fue citado a Roma en 1299 y en 1300 Bonifacio VIII emitió una bula exceptuando la abadía de toda jurisdicción episcopal. Pero las firmes protestas de Winchelsea llevaron al papa a publicar en 1303 otra bula que minimizaba los privilegios que antes había concedido. El papa le jugó a Winchelsea una mala pasada aún peor cuando en 1297 exoneró al obispo de Winchester vitaliciamente de toda su jurisdicción arzobispal. Winchelsea procuró aumentar el número de monjes y mejorar la disciplina incluso en el fiel convento de Christ Church. Frecuentemente objetó a las elecciones episcopales, pero dichas objeciones no siempre fueron apelaciones a Roma. Fue un tenaz defensor de los derechos metropolitanos de visitación. Comenzó en 1299 con una visitación a la diócesis de Chichester y en 1300 pasó por la de Worcester. En 1300 tuvo una impropia disputa con la abadía de St. Albans. El mismo año gravó con un impuesto a todo su clero para ayudar en la ejecución de sus numerosos planes de reforma. El 8 de septiembre de 1299 Winchelsea ofició en su propia catedral el segundo matrimonio del rey. En 1300 Bonifacio VIII le confió la entrega del mandato para que se dejara de atacar a los escoceses, a quienes el papa había tomado bajo su protección. Una carta de Winchelsea a Bonifacio cuenta en detalle su largo viaje a Carlisle, su dificultad para alcanzar al rey, sus peligros en el mar y con los escoceses y su encuentro final con Eduardo en la abadía de Sweetheart el 27 de agosto. El rey negó al papa cualquier respuesta final hasta que consultara a los magnates. Pero pareció acatar el mandato al retirarse de Escocia. Winchelsea regresó al sur, atravesando lentamente la provincia de York, portando ostentosamente su cruz erecta incluso al pasar cerca de la ciudad de York. En septiembre estaba en Lincolnshire y en octubre estaba de nuevo en Otford en su propia casa.
En el parlamento de Lincoln en enero de 1301 los problemas entre Winchelsea y Eduardo se renovaron en forma más virulenta. Por consejo de Winchelsea los barones presentaron por Henry de Keighley, caballero del distrito de Lancashire, una propuesta de doce artículos, demandando una inmediata resolución de la cuestión forestal y de otros problemas. La influencia del primado es casi segura en la declaración del obispo, con el asentimiento de los barones, de que no respaldarían ningún impuesto clerical contrario a la prohibición del pueblo y en la demanda para destituir al enemigo de Winchelsea, Walter Langton, obispo de Lichfield, de la tesorería. Eduardo accedió a la presión, pero nunca perdonó a Winchelsea, a quien consideró el auténtico instigador del movimiento. Incluso en su parlamento maniobró para aislar al arzobispo de sus aliados barones. La famosa carta de protesta de los barones dirigida a Bonifacio era un repudio de Winchelsea y del papa. Eduardo hizo la división más aguda al rechazar la adición de Winchelsea a los artículos de los barones limitando el impuesto clerical sin consentimiento papal. Otra causa de disputa surgió entre el arzobispo y el rey. Durante la vacante de Canterbury el rey había presentado a Theobald, hermano del cuñado de Eduardo, el conde Bar, al beneficio de Pagham en Sussex, del que el arzobispo era patrono. En 1298 Winchelsea privó a Theobald por informalidad, otorgando Pagham a Ralph de Malling. Antes de eso, en 1297, Eduardo había inducido a Bonifacio a renombrar a Theobald por mandato papal. Winchelsea no prestó atención a la acción del papa, por lo que Bonifacio el 15 de enero de 1300 renovó la concesión de Pagham. El abad de St. Michael, en la diócesis de Verdún, fue enviado a Inglaterra para garantizar que se ejecutara el mandato del papa en favor de Theobald. Al resistir Winchelsea el nombramiento de un pluralista no residente en órdenes subdiaconales, fue solemnemente excomulgado el 15 de octubre por el abad. Sólo tras someterse se removió la sentencia en 1302.
Durante este tiempo Winchelsea continuó con sus ataques vengativos contra Langton. Sus emisarios en Roma apoyaron los monstruosos cargos contra el tesorero hechos por John de Lovetot. Sin embargo, en febrero de 1302 Bonifacio puso a Winchelsea en una difícil posición al asociarlo con los provinciales de los franciscanos y dominicos en una comisión nombrada para investigar las acusaciones. Winchelsea fue obligado a informar a Roma que Langton era inocente y en junio de 1303 Bonifacio formalmente absolvió al gran enemigo del arzobispo. El colapso del papado tras la caída de Bonifacio VIII le quitó a Winchelsea su mejor apoyo contra su soberano, pues Bonifacio, aunque a veces hostil, apoyaba todo lo que mantuviera el poder clerical frente al civil. Mientras tanto, Winchelsea estaba ocupado visitando su provincia y dando constantes motivos de irritación. Ofendió a Eduardo una vez más al ejercer por una estratagema indigna el derecho de visitar la capilla del rey dentro de Hastings Castle y al visitar casi por la fuerza el hospital del rey de St. Giles-without-London. Había incurrido en una extendida impopularidad por sus constantes quejas sobre jurisdicción. En 1303 una turba de Canterbury irrumpió en su palacio mientras él estaba dentro y maltrató brutalmente al deán de Ospringe en Selling por el delito de expedir las citaciones del arzobispo. Estaba en disputa con el arzobispo de York sobre la vieja cuestión del derecho del primado septentrional a llevar su cruz erecta ante él en la provincia meridional, siendo significativo que Eduardo escribiera a la curia sosteniendo el derecho del arzobispo de York. Pero Winchelsea todavía controlaba el estamento clerical, obteniendo su triunfo final cuando indujo al clero a rechazar la ley propuesta por Eduardo en el parlamento de abril de 1305, prohibiendo la exportación de monedas desde otros prioratos.
En noviembre de 1305 la elección del vasallo de Eduardo, Bertrand de Goth, como Clemente V, supuso la señal para el largamente pospuesto ataque de Eduardo contra Winchelsea. Entre los embajadores especiales enviados a la coronación del nuevo papa el 14 de noviembre de 1405 estuvieron el obispo Langton y el conde de Lincoln, que envenenaron la mente del papa contra Winchelsea. Al absolver a Eduardo de su juramento a los estatutos forestales, Clemente destruyó el resultado de la victoria más duramente ganada por Winchelsea, mientras que al decretar que Eduardo no debía ser excomulgado ni censurado sin permiso papal, privó a Winchelsea de su arma más efectiva. En enero de 1306 Winchelsea envió a Walter Thorp, deán de Arcos, a Londres para frenar las maquinaciones de Langton. Pero el 12 de febrero Clemente suspendió a Winchelsea de sus funciones espirituales y temporales, citándolo ante la curia en el plazo de dos meses. El 24 de febrero los enviados volvieron a Londres. Al día siguiente también llegó Winchelsea, al terminar una visitación a la diócesis de Winchester que había preparado a la muerte del obispo. No pudo resistir al arzobispo Greenfield portando su cruz erecta por las calles de Londres.
Winchelsea conoció su destitución el 25 de marzo, visitando inmediatamente al rey para implorar su intercesión. Entonces sucedió una tormentosa escena. Winchelsea se sintió confundido y suplicó al rey su bendición, como si su soberano fuera su superior eclesiástico. Eduardo le acució con reproches, acusándole de orgullo, traición e impiedad, declarando que o él o el arzobispo debían salir del reino. El 5 de abril Eduardo declaró al papa que la presencia de Winchelsea amenazaba la paz del país. Winchelsea se marchó al priorato de Dover, donde el 18 de mayo se le entregó la citación de la curia. Al día siguió subió al barco que lo llevaría al continente. Quedó en el exilio durante la vida de Eduardo.
Winchelsea encontró la corte papal establecida en Burdeos, por lo que ni siquiera en su exilio salió de los dominios de Eduardo. El cansancio y fatigas que pasó culminaron en un ataque de parálisis, del que nunca se recuperó totalmente. Desdeñosamente rechazó la propuesta de renunciar a su arzobispado o aceptar el traslado a otra sede. Le parecía que estaba andando en los pasos de Thomas Becket. Su reputación de santidad se hizo mayor, creyéndose que le fue revelada la muerte de su enemigo, Eduardo I, en Burdeos en una visión.

Unas pocas semanas tras el regreso de Winchelsea fue desterrado Piers Gaveston. El arzobispo dirigió a sus sufragáneos la amenaza de excomunión al favorito si desobedecía el edicto de los barones. De este modo renovó desde el principio sus relaciones con la oposición, siendo más hostil a Eduardo II que a su padre. Sus bienes no fueron restaurados hasta noviembre, pero durante su ausencia William Testa, administrador papal, había tenido tal cuidado de sus posesiones que ahora era 'un hombre más rico que nunca antes.' Se negó a asistir al parlamento de abril de 1309 hasta que el arzobispo de York, disgustado por no poder llevar su cruz, volviera al norte. En su celo por el privilegio clerical, Winchelsea incluso tomó la causa de su antiguo enemigo Langton, que estaba todavía preso por la sola autoridad real. Se negó a tener ningún trato con el rey, ya que Langton fue ilegalmente detenido. En marzo de 1310 Winchelsea era uno de los lores ordenantes, aunque en abril Eduardo estaba todavía exhortándole a persuadir a la convocación para que hiciera renovadas concesiones de sus espiritualidades. Una vez que el primer borrador de las ordenanzas se publicó en agosto de 1310, Winchelsea el 1 de noviembre publicó en San Pablo una solemne excomunión de todos los que impidieran su ejecución o publicaran al mundo los secretos de los ordenantes. Cuando Eduardo rompió las ordenanzas al llamar a Gaveston en enero de 1312, Winchelsea excomulgó a la vez a Gaveston y a sus instigadores. Langton fue liberado y restaurado a la tesorería en marzo, a pesar de la extrema oposición de Winchelsea. Pero en abril los ordenantes le quitaron de su puesto y Winchelsea lo excomulgó por tomar el cargo contra las provisiones de los ordenantes. Al ir Langton a la corte papal para protestar contra la sentencia, Winchelsea envió enseguida a su secretario, Adam Murimuth, el cronista, para representar sus intereses contra el obispo.
La débil salud de Winchelsea hizo su actividad política más destacada. Sin embargo, no olvidó el lado más espiritual de su cargo durante esos años. Estuvo envuelto en los procedimientos para la supresión de los Templarios, aunque no tomó parte personal en el concilio que convocó el 25 de noviembre de 1308 en San Pablo. Estuvo asociado con los comisionados papales enviados para investigar los cargos contra ellos, pero de nuevo no intervino. Sin embargo, el 29 de diciembre de 1309 inauguró otro sínodo en San Pablo al predicar un sermón. La mala salud le impidió asistir a sus procedimientos posteriores. Se mostró especialmente preocupado de frenar el excesivo celo de los enemigos de la orden y absolvió por comisión a todos los templarios que profesaran penitencia y aceptaran la declaración manteniendo su ortodoxia. Fue enterrado en Canterbury, en la parte sur del coro, cerca del altar de St. Gregory, contra el muro meridional.
En su testamento dejó sus libros y muchas ricas vestimentas a los monjes de su catedral y algunos legados a todos sus sirvientes. No obstante, hubo mucho retraso en la ejecución de su testamento y en 1325 el prior Eastry exhortó al arzobispo Reynolds para que ordenara la ejecución por el escándalo que causaba el retraso. Este escándalo era mayor porque la veneración popular había convertido a Winchelsea en objeto de devoción. Las heridas descubiertas en su cuerpo se atribuyeron a la auto-maceración. Se contaban muchos milagros en su tumba y sus allegados, los ordenantes, pidieron su canonización. En 1319 Thomas de Lancaster envió un informe de sus milagros a Aviñón y Reynolds ordenó a los obispos de Londres y Chichester que investigaran su autenticidad. Juan XXII respondió a Lancaster explicando la deliberada naturaleza del procedimiento de la curia en tales asuntos. Tras la caída de Eduardo II se renovó la agitación y en marzo de 1327 Reynolds envió al papa una larga exposición de milagros obrados por Winchelsea. Pero nada surtió de los esfuerzos para hacerle santo.
Bibliografía:
Thomas Frederick Tout, Dictionary of National Biography; Wharton, Anglia Sacra, especialmente Birchington en i. 11–17, Annales Monastici (Osney, Wykes, Dunstaple y Worcester), Chron. Edw. I and Edw. II (Ann. Londin. and St. Paul's, and Canon of Bridlington), Cont. Gervase of Canterbury, Bartholomew Cotton, Rishanger, Langtoft, Murimuth, Flores Hist., Chron. de Melsa, Literæ Cantuarienses (todos en Rolls Ser.); Hemingburgh (Engl. Hist. Soc.); Thorn en Twysden, Decem Scriptores; Chron. de Lanercost (Bannatyne Club); Rymer, Fœdera; Hist. MSS. Comm. 5ª y 8ª Rep.; Parl. Writs; Rolls of Parl. vol. i.; Cal. of Papal Letters, volúemenes i. y ii.; Cal. of Patent and Close Rolls, Edw. I and Edw. II; Le Neve, Fasti Eccl. Angl. ed. Hardy; Godwin, De Præsulibus, 1743; Somner, Antiquities of Canterbury. Los mejores relatos modernos están en Stubbs, Const. Hist. vol. ii. y prefacios a Chron. of Edw. I and Edw. II (Rolls Ser.); Hook, Life in Archbishops of Canterbury (iii. 368–454), aunque elaborado, es descuidado en los detalles y no tiene un tono histórico; muchos extractos del registro de Winchelsea, todavía en Lambeth, se dan en Wilkins, Concilia, ii. 185–423.