Historia
WOLSEY, THOMAS (c. 1475-1530)
- Familia y primeros ascensos eclesiásticos
- En la corte
- En la cumbre de su carrera
- Intervención en la política nacional e internacional
- El divorcio del rey
- Su caída
- Valoración
- Sus culpas y atenuantes

Era, según su asistente, George Cavendish, 'hijo de un pobre hombre honrado', pero según rumores, hijo de un carnicero. Pero su padre, Robert Wulcy (o Wolsey) de Ipswich, carnicero o no, era, como muestra su testamento, poseedor de tierras y posesiones en las parroquias de St. Nicholas y St. Mary Stoke. El nombre de pila de su madre era Joan. La fecha de su nacimiento se da comúnmente como 1471, probablemente por el hecho registrado por Cavendish de que lavó los pies de cincuenta y nueve pobres en el Jueves Santo de 1530. Pero en una carta escrita al propio Wolsey, el abad de Winchcombe en agosto de 1514 lo felicita al haber sido ascendido al arzobispado antes de tener cuarenta años. Parece probable también que no tuviera la edad suficiente para recibir las órdenes en 1496, cuando su padre hizo su testamento, disponiendo, entre otras cosas, que si su hijo Thomas se hacía sacerdote dentro de un año después de su fallecimiento, debía cantar misas para él y sus amigos con un salario de diez marcos. Su padre debe haber muerto justo después de que hiciera este testamento, porque fue validado once días después, y parece que Wolsey fue ordenado sacerdote por el obispo de Lydda, sufragáneo de Salisbury, en Marlborough el 10 de marzo de 1497-8 (Engl. Hist. Review, ix. 709). Sería competente para tomar las órdenes sacerdotales a los veinticuatro, o por dispensa a los veintitrés, y se puede suponer que nació en 1475, o quizás a finales de 1474. No se menciona ningún otro hijo o hija en el testamento de su padre; pero Giustinian en 1519 dice que el cardenal tenía dos hermanos, uno de los cuales tenía un beneficio y el otro estaba haciendo fortuna.
Lo enviaron pronto a Oxford, donde se graduó en humanidades a los quince años, siendo llamado 'el muchacho licenciado' y elegido miembro de Magdalen alrededor de 1497 y, poco después de conseguir la maestría, fue nombrado retor de la escuela adjunta a ese colegio. También fue ecónomo menor en 1498–9 y ecónomo superior en 1499–1500 (Macray, Reg. Magdalen. i. 29, 30, 133–4), pero se vio obligado a dimitir por solicitar fondos para la finalización de la gran torre sin suficiente autoridad. Habiendo tenido tres hijos de Thomas Gray, primer marqués de Dorset, bajo su cuidado en Magdalen College, su padre lo presentó a la rectoría de Limington en Somerset, a la que fue instituido el 10 de octubre de 1500. Aquí ofendió a un caballero vecino, Sir Amias Paulet († 1538), quien, según Cavendish, lo puso en el cepo, una indignidad por la que Wolsey lo llamó, años después, a rendir severas cuentas. Incluso entonces tuvo buenos amigos además de Dorset, que murió en septiembre de 1501, porque el 3 de noviembre de ese año obtuvo una dispensa del papa para tener dos beneficios incompatibles junto con Limington y el arzobispo de Canterbury, Henry Deane, casi al mismo tiempo lo nombró uno de sus capellanes domésticos. Sin embargo, el arzobispo murió en febrero de 1503 y Wolsey se convirtió en capellán de Sir Richard Nanfan, diputado de Calais, quien le confió todo el cargo de sus asuntos monetarios y lo encomendó al servicio de Enrique VII.
En la corte.
En consecuencia, Wolsey alrededor de 1507, cuando murió Nanfan, se convirtió en capellán del rey e hizo amistad con los hombres más poderosos de la corte, especialmente con Richard Foxe, obispo de Winchester, y Sir Thomas Lovell, quienes siguieron siendo sus amigos toda la vida. El 8 de junio de 1506 había sido instituido en la iglesia parroquial de Redgrave en Suffolk, por presentación del abad de Bury St. Edmund. En la primavera de 1508, el rey lo envió a Escocia para evitar una ruptura que Jacobo parecía casi ansioso por provocar. El 31 de julio, el papa le otorgó una bula que le permitía ocupar la vicaría de Lydd y otros dos beneficios junto con Limington. Debe haber sido presentado a Lydd por el abad de Tintern, y se dice que elevó por su cuenta la altura de la torre de la iglesia. A este año también pertenece probablemente la asombrosa historia contada de memoria por Cavendish, según le informó el propio Wolsey, de que fue enviado por el rey como enviado especial al emperador Maximiliano, entonces en Flandes, no lejos de Calais, y, obteniendo una respuesta inmediata, haber realizado el doble viaje y el doble cruce del Canal con una celeridad tan extraordinaria que llegó de nuevo a Richmond en la tarde del tercer día después de su envío, y a la mañana siguiente incurrió en un primer reproche indebido del rey, que pensó que aún no había comenzado el viaje. El asunto parece haber tenido lugar a principios de agosto, pero entonces no pudo haber visitado al emperador. Sabemos que el asunto se relacionaba con el matrimonio que pretendía el rey con Margarita de Saboya, sobre el cual Wolsey estaba, sin duda, en los Países Bajos de nuevo a finales de año.
Pero Enrique VII murió en abril siguiente y antes de su muerte, el 2 de febrero de 1509, había nombrado a Wolsey deán de Lincoln. Seis días después obtuvo también la prebenda de Welton Brinkhall en esa catedral, que el 3 de mayo cambió por la de Stow Longa. Fue instalado como deán por poderes el 25 de marzo. Enrique VIII lo nombró de inmediato limosnero y el 8 de noviembre de 1509 le concedió todos los bienes de los felones de se y todos los deodands [lo confiscado a la corona y destinado a usos piadosos porque había sido la causa inmediata de la muerte de una persona en Inglaterra], para aumento de las limosnas reales. El 9 de octubre obtuvo una concesión de la rectoría de St. Bride en Fleet Street, de la cual Sir Richard Empson había hecho un contrato de arrendamiento durante mucho tiempo con el abad de Westminster; pero la patente parece haber sido inválida y fue renovada en una forma más efectiva el 30 de enero de 1510. El 21 de febrero siguiente, Edmund Daundy de Ipswich obtuvo una licencia para fundar una capilla, con misas por las almas del padre y madre de Wolsey. El 24 de abril, Wolsey, habiendo conseguido la maestría, pidió la licenciatura y el doctorado en teología por Oxford (Boase, Register of the University, i. 67, 296). El 5 de julio obtuvo la prebenda de Pratum Minus en la catedral de Hereford, y el 27 de noviembre fue presentado a la iglesia parroquial de Torrington en Devonshire, que ocupó hasta que se convirtió en obispo. El 17 de febrero de 1511 fue nombrado canónigo de Windsor y pocos meses después fue elegido por los caballeros de la Jarretera como su registrador. En la última parte del mismo año, su firma aparece por primera vez en documentos firmados por los consejeros privados, y hay que señalar que siempre deletrea su propio apellido 'Wulcy'.

En 1512, Wolsey fue nombrado deán de Hereford, pero dimitió el 3 de diciembre. Ese mismo mes murió el deán Harrington de York, y primero se le dio su prebenda de Bugthorpe a Wolsey el 16 de enero de 1513, luego su deanato, al que Wolsey fue elegido el 19 de febrero y admitido el 21. En ese momento también era deán de St. Stephen, Westminster, y el 8 de julio fue nombrado rector de Londres. El 30 de junio había cruzado a Calais con el rey con un séquito de doscientos hombres, el doble que el del obispo Foxe y el del obispo Ruthall. Acompañó a Enrique durante la campaña cuando Thérouanne y Tournai se rindieron sucesivamente. Recibió cartas en Francia del obispo Ruthall sobre la invasión y derrota del rey escocés en Flodden. También tuvo cartas al respecto de Catalina de Aragón, quien, abandonada en casa y ansiosa por noticias de su marido, era en este momento su corresponsal habitual. Sin duda, regresó con el rey a finales de octubre.
También tuvo su propia participación en las conquistas del rey. El obispado de Tournai, que estaba vacante, le fue conferido por el papa a petición del rey. Sin embargo, un obispo francés ya había sido elegido, y no fue hasta que se hizo la paz que Wolsey pudo esperar obtener la posesión, lo que, de hecho, nunca hizo; pero en 1518 renunció a sus derechos sobre el obispado por una pensión de doce mil libras. Mientras tanto, recibió del rey el obispado de Lincoln, para el cual obtuvo bulas el 6 de febrero de 1514, siendo consagrado en Lambeth el 26 de marzo. En mayo ya se había instado al papa a considerar la conveniencia de nombrarlo cardenal, lo que, sin embargo, no se hizo hasta más de un año después. Mientras tanto, la muerte del cardenal Bainbridge en Roma dejó vacante el arzobispado de York, que fue conferido a Wolsey por bulas del 15 de septiembre.
En el marcado aumento de su correspondencia durante los últimos dos años, se aprecia que ya se reconocía su suprema influencia. Poco a poco, estaba llevando la política exterior de regreso a las tradiciones de la época de Enrique VII, de la que el nuevo rey se había apartado por su alianza con Fernando. El joven Enrique tuvo ocasión de resentirse por la perfidia de su suegro, que no solo era un aliado infiel, sino que también convenció a Maximiliano para que abandonara a Inglaterra. Pero Wolsey vio los medios de retribución, y cuando el matrimonio de Carlos de Castilla con María la hermana del rey, que iba a tener lugar en mayo de 1514, se rompió por el doble trato de Maximiliano, fraguó en secreto las bases no sólo de una paz sino también de una alianza con Francia. En agosto se concertó el matrimonio entre Luis XII y María, hermana del rey (1496-1533); y en octubre la joven esposa fue a Francia para casarse. Para coronar la alianza política hubo una propuesta muy secreta de entrevista entre los dos reyes en marzo siguiente y de una campaña conjunta para expulsar de Navarra a Fernando. Pero Luis XII murió el 1 de enero de 1515 y el joven Francisco I le sucedió, decidido a conquistar Milán. La embajada de Suffolk ante el nuevo rey francés fue inútil para fines políticos, por su historia de amor privada con María. Wolsey ciertamente salvó al duque en este momento de las consecuencias de su indiscreción. Pero Francisco partió hacia Italia en el verano sin haberse comprometido a evitar que John Stewart, duque de Albany, fuera a Escocia.
En la cumbre de su carrera.
El 10 de septiembre, León X creó 'cardinal sole' a Wolsey, no como era costumbre, uno entre un lote de promociones. Su título era 'S. Cæcilia trans Tiberim'. El capelo le fue enviado a Inglaterra con un anillo muy valioso del papa y el protonotario que lo trajo (que fue provisto a expensas de Wolsey con una ropa más costosa que la que trajo consigo) fue conducido en un majestuoso desfile a través de las calles a Westminster el jueves 15 de noviembre. El domingo 18, lo puso sobre la cabeza de Wolsey en la abadía, en medio de una gran concurrencia de obispos, predicando Colet el sermón. El 24 de diciembre siguiente, Wolsey fue nombrado canciller en lugar de William Warham, que había dimitido dos días antes. Ahora, como expresó el embajador veneciano, podía llamarse 'ipse Rex', porque parecía que todo el poder del Estado estaba depositado en él.
Ese mismo mes en que Wolsey fue nombrado cardenal, Francisco ganó la batalla de Marignano y de inmediato se convirtió en el amo de Milán. A Enrique VIII no le gustó y, como la posición de Fernando en Nápoles estaba amenazada, el embajador de éste concluyó el 10 de octubre con Wolsey una nueva alianza para el comercio y la defensa contra la invasión, que fue ratificada por Enrique el día 27. Wolsey también envió a su secretario, Richard Pace, con instrucciones secretas de reclutar mercenarios suizos para servir al emperador Maximiliano contra Francia, teniendo cuidado de que el dinero de su paga no cayera en las manos más indignas de la confianza de su majestad. Maximiliano, de hecho, aunque logró apoderarse de una pequeña porción (sin culpa de Pace), traicionó la empresa de la manera más vergonzosa en la primavera de 1516, cuando realmente parecía haber una gran esperanza de expulsar a los franceses de Milán, y puso excusas muy poco convincentes para su conducta. Pero mientras tanto la muerte de Fernando en enero produjo un nuevo cambio. El joven Carlos de Castilla, nieto de Maximiliano, se convirtió en rey de España, pero permaneció por el momento en Bélgica, y sus consejeros se inclinaban hacia Francia. Maximiliano dijo que vendría del Tirol y los retiraría para que su nieto se uniera a la liga. Era solo otro pretexto para sacar dinero a Inglaterra, pero convenía complacerlo. Llegó, pero habiendo obtenido lo que quería de Inglaterra, antes de fin de año vendió todos sus derechos sobre Italia por doscientos mil ducados aceptando el tratado de Noyon, hecho en agosto entre Francia y España. El comentario de Wolsey sobre la noticia fue que el emperador parecía ser como un participio, que en cierto grado era un sustantivo y en cierto grado un verbo. Pero el rey, bajo su guía, aceptó las excusas más transparentes por la conducta de Maximiliano y no cambió su política, lo que hizo que el emperador sospechara de sus nuevos amigos y destruyera por completo su importancia en la política europea.
Intervención en la política nacional e internacional.
La política de Wolsey ahora era dejar que tanto Francisco como el joven rey de España descubrieran el valor de la alianza con Inglaterra; porque Francia quería recuperar Tournai, y Carlos quería dinero para llevarlo a su nuevo reino, donde existía un serio peligro, si se demoraba, de que su hermano Fernando fuera coronado en su lugar. Pero Carlos se retrasó, tanto por la falta de dinero como por una invasión de sus dominios holandeses por parte del duque de Gueldres. Sin embargo, un préstamo de Enrique VIII le permitió finalmente zarpar hacia España en septiembre de 1517. En cuanto a Francia, se suponía que Inglaterra todavía la miraba con recelo y mala voluntad. Pero las comunicaciones secretas habían comenzado incluso en febrero de 1517 entre Charles Somerset, primer conde de Worcester, en Bruselas y el deán de Tournai, refiriéndose probablemente en primer lugar a las dificultades en la administración eclesiástica (ya que la diócesis de Tournai se encontraba principalmente en Flandes), pero desembocando finalmente en la correspondencia con el duque de Orleáns y la sugerencia de que la ciudad misma pudiera ser entregada a Francisco por cuatrocientas mil coronas. En noviembre, Stephen Poncher, obispo de París, y Peter de la Guiche llegaron a Inglaterra para arreglar los asuntos.
Mientras tanto, el tumulto de 'Evil Mayday' (1517) se había enfrentado con resueltas medidas de represión, con las que Wolsey se ganó la gratitud de los comerciantes extranjeros en Londres; y pocos días después no se ganó menos la gratitud de muchos de los mismos alborotadores, quienes, después de la ejecución de veinte de los cabecillas, fueron perdonados por su ferviente intercesión. Poco después, la enfermedad del sudor inglés se volvió alarmante. Wolsey tuvo cuatro ataques repetidos durante el verano y en junio su vida corrió peligro. Aun así, su atención a los asuntos era tan incansable que el propio rey, además de varios mensajes, le escribió con su propia mano, tanto para agradecerle como para instarlo a que se relajara. Siguiendo tal vez este consejo, emprendió una peregrinación a Walsingham en agosto, lo que, sin embargo, parece haberle servido de poco, ya que aún padecía fiebre después de su regreso y enfermó de nuevo el año siguiente.
En Roma, en la primavera de 1517, el cardenal Adriano de Castello, recaudador papal en Inglaterra, estuvo involucrado en la conspiración de otros dos cardenales para envenenar a León X y huyó a Venecia. Su subordinado, Polydore Vergil, ya había sido encarcelado por Wolsey justo antes de ser nombrado cardenal por cartas relativas a él y el rey, y solo había sido liberado después de algún tiempo por intercesión del papa. Además, no hay duda de que el propio cardenal Adriano había actuado en contra de los intereses de Wolsey en Roma. El rey instó a León a privarlo de su cardenalato y le prometió a Wolsey su obispado de Bath y Wells. León, sin embargo, fue tímido y puso retrasos durante todo un año, hasta que las circunstancias le obligaron a ceder.
En la primavera de 1518, el obispo Poncher, habiendo regresado a París, envió a su secretario a Inglaterra sugiriendo que el acuerdo propuesto para Tournai debería ser la base de una paz europea, ya que el turco estaba amenazando a la cristiandad. En ese momento, el papa estaba instando a una cruzada, y en diciembre se recibió en París un legado a tal efecto. Otros legados iban a ser enviados a otros príncipes y al cardenal Campeggio a Inglaterra. El rey inmediatamente insinuó al papa que era algo inusual admitir a un cardenal extranjero en Inglaterra como legado, pero que renunciaría a su objeción sobre ese punto si los poderes del legado fueran restringidos y Wolsey estuviera unido a él en igual autoridad. El papa se sintió obligado a ceder y el 17 de mayo nombró a Wolsey legado a latere asociado de Campeggio. Sin embargo, el cardenal Adriano aún no estaba destituido, y Campeggio, cuando llegó a Calais en junio, tuvo que esperar allí hasta que el rey también estuviera satisfecho en este punto; de modo que sólo el 23 de julio desembarcó en Deal y el 29 entró en Londres. El 3 de agosto, el rey recibió a los dos legados en Greenwich. Mientras tanto, el 30 de julio en Roma, León X concedió a Wolsey la administración del obispado de Bath y Wells, que ocupó durante cuatro años in commendam.
Pero bajo cuerda, en parte por la propuesta de paz europea general, en parte por un acuerdo para Tournai, se formaron planes para una unión más estrecha entre Francia e Inglaterra. Francisco había tenido un hijo en febrero, y el 9 de julio el rey, Wolsey y el embajador francés firmaron artículos secretos para el matrimonio del delfín con la princesa María y la entrega de Tournai. Al día siguiente, Wolsey recibió una comisión especial para tratar con Villeroy, secretario de finanzas del rey francés, la paz y el matrimonio. Luego llegó una espléndida embajada de Francia, con Bonnivet y el obispo Poncher a la cabeza, para tratar con los representantes de León X, Enrique VIII y otros príncipes sobre una liga europea general, pero ciertamente con miras a un tratado más particular con Inglaterra. Y aunque los franceses plantearon objeciones en un principio a algunos puntos de la liga general, tuvieron que renunciar a ellos para cerrar la estrecha alianza, en la que, además de unas condiciones muy ventajosas para el matrimonio y la entrega de Tournai (una ciudad sin valor para Inglaterra), Wolsey obtuvo una concesión de que a Albany no se le permitiría ir a Escocia durante la minoría de Jacobo V. El domingo 3 de octubre, Wolsey cantó misa en San Pablo, cuando el rey juró el tratado en una escena que Bonnivet declaró 'demasiado magnífica para describirla'. El día 5, el matrimonio por poderes tuvo lugar en Greenwich; y por la noche, Wolsey ofreció una cena en Westminster, que en opinión del embajador veneciano debió haber excedido los banquetes de Cleopatra y Calígula. Todo el salón estaba decorado con enormes jarrones de oro y plata. Hall da una descripción de los disfraces y los concursos que en parte se asemeja a una escena muy conocida descrita por Cavendish y dramatizada en la obra Henry VIII, excepto que no se menciona nada en esta ocasión de las salvas de cañón. Finalmente, el 8 de octubre se acordó que tendría lugar una entrevista entre los reyes de Inglaterra y Francia cerca de Calais antes de finales de julio de 1519.
El mundo había estado durante algún tiempo ciego en cuanto a lo que estaba sucediendo, cuando esta nueva alianza francesa salió a la luz. No fue agradable en Inglaterra y sin duda Polydore Vergil expresa solo el sentimiento ignorante de la época cuando dice que la renuncia a Tournai fue un triunfo para los franceses. Todo fue manejado, como Sir Thomas More le dijo al embajador veneciano, 'muy exclusivamente' por el cardenal, y los otros consejeros del rey solo fueron llamados para aprobarlo después de que el asunto ya estaba resuelto. El embajador de Carlos estaba disgustado por el tratado separado con Francia e insistió en que debía cancelarse antes de que aceptara el general, beneficioso como admitió para los intereses de su amo. Pero el propio Carlos, deseando ser incluido como contratante principal, ratificó la liga en Zaragoza el 19 de enero de 1519 (Dumont, Corps Diplomatique, iv. 266-269).
Carlos ignoraba en esa fecha que su abuelo, el emperador Maximiliano, había muerto en Austria el día 12. Aunque el imperio era electivo, Maximiliano había hecho todo lo posible para asegurar de antemano la sucesión de su nieto; pero Francisco I entró al campo como competidor y gastó mucho dinero en sobornar a los electores. Enrique VIII también, esperando el aliento del papa, que temía la elección de cualquiera de los dos príncipes, se abrió camino para ofrecerse a sí mismo como tercer candidato y envió a su secretario, Pace (que había sido secretario de Wolsey antes), para mostrar a cada uno de los electores en gran confianza las serias objeciones que existían ante cualquiera de los otros dos candidatos. Para mantener su posición ante el rey, Wolsey estaba obligado a ser el instrumento de esta política, aunque evidentemente no la consideró juiciosa. La misión de Pace fue infructuosa, y sus maquinaciones, al no haber sido efectivamente ocultadas, abrieron los ojos de Francisco a la perfidia de Enrique VIII, quien en realidad había prometido promover su candidatura. Pero Wolsey hizo un uso curioso del asunto en sus despachos con Roma, consiguiendo que el obispo de Worcester, Silvestro Gigli, le dijera al papa que había hecho todo lo posible para mitigar el descontento del rey con su santidad por haber aceptado últimamente la elección de Carlos, y para instarle a que, por sus servicios a la paz universal, su legado, que era sólo temporal como el de Campeggio, debía prolongarse indefinidamente. Campeggio, a su regreso a Roma, respaldó la sugerencia y el papa extendió el legado de Wolsey durante tres años. Posteriormente continuó durante varios períodos y con mayores poderes para la visitación de monasterios y otros asuntos, tanto por León X como por sus sucesores.
Wolsey había apoyado una alianza francesa a pesar de su impopularidad, sabiendo bien las valiosas concesiones que Francisco haría de buena gana para asegurarla. Pero no solo se opuso a él la nobleza de su país, sino también la reina, que vio claramente que los intereses de Francia se oponían a los de su sobrino, el nuevo emperador. De modo que apenas se había formado la alianza cuando se hicieron esfuerzos para disolverla. En mayo de 1519, antes de la lucha por el imperio, hubo reuniones secretas de antiguos consejeros, quienes se atrevieron a manifestar al rey que algunos jóvenes de su consejo privado que habían visto las modas de la corte francesa usaban demasiada familiaridad con él; y ante esta protesta, Enrique los despidió, algo de lo que se habló mucho en París. Pero sus puestos fueron ocupados por hombres mayores que estaban a favor de Wolsey, de modo que si el golpe iba dirigido a él, fue un fracaso; y Francisco, que estaba muy ansioso por la entrevista, le ofreció, si Wolsey quería ser papa, conseguirle los votos de catorce cardenales. Pero se requería tanta negociación que el verano de 1519 estaba muy avanzado y la gran reunión tuvo que posponerse hasta la primavera siguiente, cuando, para facilitar las cosas, Francisco nombró a Wolsey su procurador y al dejarse los arreglos de ambas partes enteramente en sus manos, encontró muy poco obstáculo adicional.
Pero Wolsey de ninguna manera pretendía una alianza exclusiva con Francia; y estas negociaciones tuvieron el efecto, que él pretendía plenamente, de despertar los celos del recién nombrado emperador. Su objetivo era convertir a Inglaterra en árbitro de los destinos de Europa. Carlos había aceptado cordialmente una invitación que le envió Enrique poco después de su elección para visitar Inglaterra cuando saliera de España. Al rendir este honor a Inglaterra, esperaba frustrar la entrevista con Francia. Pero la diplomacia española fue lenta y hubo que hacer arreglos de antemano con la desventaja de un mar tempestuoso entre España e Inglaterra, de modo que en la primavera de 1520 Jean de la Sauch, secretario flamenco del emperador, que había estado revoloteando de un lado a otro entre España, Inglaterra y los Países Bajos, temía que los franceses ganaran. El tiempo se estaba acortando y Wolsey parecía claramente en favor de Francia. La Sauch creía que era sólo porque había sido sobornado y que el emperador, para ganarlo, le otorgaría importantes promociones en España, porque nadie más en Inglaterra favorecía en absoluto la entrevista francesa. En el mismo momento en que se escribió esto, el emperador ya había firmado en Compostela una promesa de que, en el plazo de dos meses, y antes de separarse de Enrique, solicitaría al papa que le diera a Wolsey el obispado de Badajoz, por valor de cinco mil ducados, con una pensión anual de dos mil ducados además del obispado de Palencia; a este acuerdo el papa dio efecto mediante una bula el 29 de julio siguiente.
Por fin, el 11 de abril de 1520, se redactó en Londres un tratado para el encuentro con el emperador. Carlos desembarcaría en Sandwich el 15 de mayo y visitaría al rey en Canterbury al día siguiente. Pero si, debido a un clima desfavorable u otras causas, no lo hiciera, él y el rey debían tener una reunión el 22 de julio entre Calais y Gravelinas. Sin duda el emperador hizo todo lo posible por llegar a tiempo para anticipar el encuentro francés, pero no desembarcó hasta el 26 de mayo en Dover. Wolsey lo visitó por primera vez a bordo de su propio barco y lo llevó a tierra; luego ambos al día siguiente (Domingo de Pentecostés) lo llevaron a Canterbury para asistir a las solemnidades del día y ver a la reina Catalina, su tía. El jueves 31 se embarcó de nuevo hacia Flandes, mientras que Enrique y Catalina, con una gran compañía, consistiendo solo el séquito de Wolsey de doscientos caballeros en terciopelo carmesí, zarpaban de Dover a Calais.

ilustración de Cassell's Illustrated History of England
Este nuevo encuentro, naturalmente, no fue del agrado de Francia. Sin saber lo que se había hecho, los franceses captaron que se habían extralimitado. El hecho era que se había discutido una propuesta, tanto en Calais como en Canterbury, para el matrimonio del emperador con la princesa María, recientemente comprometida con el delfín; y el mismo día en que el emperador se despidió, firmó un nuevo tratado con Enrique, por el cual cada uno de ellos se comprometía durante dos años a no firmar ningún nuevo tratado con Francia que vinculara a ninguno de los dos a las alianzas matrimoniales que ambos habían ya contratado en ese tiempo; porque Carlos se había comprometido a casarse con la hija del rey francés, Charlotte, y Enrique a entregar su propia hija al delfín. Habiendo concluido este y otros puntos, Enrique le informó a Francisco que había consentido en la entrevista en Gravelinas sólo por cortesía, y que había sido ocasión de las propuestas más deshonrosas por parte de los ministros de Carlos para romper los tratados matrimoniales de ambos lados con Francia, para que Enrique pudiera ayudar al emperador a ser coronado en Italia. Francisco no se dejó engañar y mostró sus verdaderos sentimientos al principio ordenando que Ardres fuera fortalecido; pero Wolsey, como amigo, protestó tan fuertemente en contra de que lo hiciera que se abstuvo. Temiendo suscitar una provocación a Inglaterra, prometió no dejar que Albany fuera a Escocia y aplazó la intención que había anunciado en septiembre de ir en persona a Italia para asegurar Milán contra el emperador.
El arresto y ejecución del duque de Buckingham en la primavera de 1521 no se debió a Wolsey, como declaró el gran enemigo del cardenal, Polydore Vergil. Es cierto que Buckingham, como otros nobles, le tenía mala voluntad, y el interrogatorio de algunos de los sirvientes del duque mostró que había dicho que, si el rey hubiera muerto de una enfermedad, habría tenido las cabezas de Wolsey y Sir Thomas Lovell. Pero la caída del duque se logró por un informante secreto, cuyo nombre no se conoce, en un papel entregado a Wolsey en el Moor en Hertfordshire, y parece que Wolsey, lejos de estar demasiado preparado para actuar, le había advertido al duque al principio que tuviera cuidado con lo que decía sobre el rey, no importa lo que creyera conveniente decir sobre sí mismo.
Los asuntos tendían ahora a la guerra entre el emperador y Francisco, y los errores de ambos lados favorecieron la política de Wolsey de convertir a Inglaterra en árbitro entre ellos. Carlos estaba demasiado ansioso por comprometer a Enrique a ponerse de su lado, mientras eludía el cumplimiento de su promesa secreta de casarse con María; pero Wolsey aconsejó al rey que no presionara para obtener más garantías, asegurándole que los imperialistas pronto se le pondrían 'de rodillas' en busca de ayuda. Los franceses tuvieron un impetuoso comienzo en la guerra y pronto fueron dueños de Navarra, pero, tratando de impulsar sus conquistas, fueron derrotados y perdieron todo lo que habían ganado. Por lo tanto, estuvieron más dispuestos a aceptar la mediación de Inglaterra, que al principio habían rechazado. Pero Carlos pidió a Enrique que declarara la guerra a Francia, ya que se había comprometido a participar con cualquiera de los bandos si era atacado por el otro. Enrique, sin embargo, requirió primero determinar quién era el verdadero agresor, y se dispuso que Wolsey cruzara a Calais y escuchara a los diputados de ambos lados sobre las responsabilidades de su disputa, y mientras tanto, ambas partes prometieron que ninguna de las dos debería hacer ningún arreglo privado con la otra hasta que Inglaterra se hubiera pronunciado.
En consecuencia, Wolsey dejó Inglaterra con una serie de comisiones alternativas, fechadas el 29 de julio de 1521, para resolver las diferencias entre el emperador y Francisco, para hacer una alianza con ambos poderes y el papa, para entablar una amistad más estrecha con Francia, o para una alianza con el emperador contra Francia. Desembarcó en Calais el 2 de agosto y las deliberaciones se abrieron bajo su presidencia el día 7. Los principales oradores fueron el canciller imperial Gattinara, el canciller francés Du Prat y el nuncio Jerome Ghinucci, entonces obispo de Ascoli (después de Worcester), que había sido enviado desde Roma el año anterior para estar presente en la gran entrevista entre Enrique y Francisco I. Los procedimientos fueron extraordinarios. Wolsey propuso una tregua durante las deliberaciones de la conferencia, pero ni el nuncio ni los imperialistas tenían comisión para ello, y estos últimos declararon que Carlos estaba tan ofendido con Francisco que les había prohibido negociar. Sin embargo, Wolsey podía negociar con el propio emperador, que había venido a Brujas para estar cerca. Conforme a esta sugerencia, actuó y persuadió a los diputados franceses que permanecieran en Calais hasta su regreso, haciéndoles entender que sólo estaría ausente ocho días.
Es vergonzoso reconocer que esta suspensión de la conferencia y la visita al emperador en Brujas se habían planeado antes de que Wolsey abandonara Inglaterra, y con el pretexto de eliminar las dificultades se le ordenó que hiciera en secreto una alianza ofensiva y defensiva contra Francia. Enrique estaba bastante empeñado en una nueva guerra con ese país, y mientras tanto deseaba negociar sólo para obtener del emperador una indemnización por la pérdida de su pensión francesa y ganar tiempo para los preparativos. La propia política de Wolsey no fue ciertamente belicosa, pero, como en el caso de la elección imperial, sintió que era necesario ceder a la voluntad del rey. En su correspondencia sólo criticaba detalles y sugería posibilidades, dejando que los acontecimientos mostraran el camino, sin atreverse a oponerse directamente al rey. Su estancia en Brujas con el emperador, en lugar de limitarse a ocho días, duró tres semanas, y sin duda la demora se debió a largos debates sobre los términos del tratado secreto, que finalmente fue firmado por él y Margarita de Saboya (como representante de Inglaterra y del emperador) en Brujas el 25 de agosto. Durante su estancia allí se reunió dos veces con el cuñado del emperador, Cristian II de Dinamarca, quien primero envió a un arzobispo y a otros dos personajes a su alojamiento para solicitarle que viniera a él en el jardín contiguo a la casa ocupada por el emperador. Wolsey, como informó al rey, al principio dudó en obedecer, considerando que él era el lugarteniente del rey, y el rey de Dinamarca no debía pretender superioridad sobre su soberano; pero como el jardín se interponía en su camino al emperador, accedió, y al día siguiente Cristian fue a visitarlo.
Al reanudarse la conferencia, Wolsey no pudo lograr la suspensión de las hostilidades, pero se vio obligado a escuchar largas discusiones de ambos lados sobre las causas de la guerra. Mientras tanto, los imperialistas tomaron Mouzon y sitiaron Mézières; pero tuvieron que retirarse del último lugar y abandonar el primero. Luego avanzaron para sitiar Tournai, pero en España los franceses tomaron Fuenterrabía y las esperanzas de una tregua finalmente se vieron frustradas por su negativa a devolver ese lugar al emperador, o incluso a manos del rey de Inglaterra como garantía. Wolsey, cuya salud se había deteriorado repetidamente durante la conferencia, fue finalmente llamado por el rey y regresó a Inglaterra en noviembre. Antes de salir de Calais se concluyó una nueva liga contra Francia el 24 de noviembre, en la que el papa era parte, ya que su nuncio acababa de recibir la autoridad para unirse a ella. Para León X, que había temido seriamente que la conferencia terminara en paz, ahora estaba más segura. Pero cuando sus fuerzas, con las del emperador, acababan de arrebatar Milán a los franceses, murió repentinamente el 2 de diciembre.
Para mantener la autoridad imperial en Roma, era de suma importancia que se eligiera un sucesor favorable a la nueva alianza. En Brujas, Carlos le había prometido a Wolsey que en tal caso usaría su influencia para lograr su elección y él mismo le escribió a Wolsey para asegurarle que no había olvidado su promesa. Enrique también envió a Pace al emperador al respecto, con instrucciones de ir a Roma con cartas para influir en los cardenales. El propio Wolsey tenía pocas expectativas, como creía el embajador español, pero no desesperaba del todo. En verdad, se sentía muy cómodo en Inglaterra, donde el rey le acababa de regalar en noviembre la abadía de St. Albans, además de sus otros privilegios, considerando que había gastado, según las estimaciones del propio Enrique, 10.000 libras en relación con la conferencia de Calais. Su nombre realmente fue propuesto en el cónclave, pero parece que no recibió más de siete votos. Adriano VI fue elegido el 6 de enero de 1522, y es seguro que no se utilizó ninguna influencia imperial a favor de Wolsey.
Pero Wolsey sabía muy bien que el emperador necesitaba más a Inglaterra que a él. Lo único que Carlos necesitaba con urgencia era un préstamo, además de conseguir que Enrique subsidiara a los suizos y pagara a las tropas españolas y borgoñonas en los Países Bajos. Además, quería que Inglaterra se comprometiera con una declaración de guerra inmediata, para que él mismo no se viera obligado a llegar a acuerdos separados con Francia. Ahora ya estaba considerablemente en deuda con el rey, pero por consejo de Wolsey se le adelantaron cien mil coronas con la condición de que no se apelara al rey para que hiciera una declaración abierta contra Francia hasta que el dinero fuera reembolsado. Carlos se sintió tristemente decepcionado y pidió permiso para volver a visitar a Enrique en Inglaterra antes de Pascua en su camino a España. Pero resultó imposible y no llegó a Dover hasta el 26 de mayo, el mismo día en que había desembarcado allí dos años antes. Mientras tanto, había mantenido correspondencia con Wolsey, escribiéndole cartas de su propia mano con una marca secreta acordada entre ellos en Brujas, instando encarecidamente a un préstamo adicional para evitar que Italia y el papa cayeran bajo la influencia francesa, lo cual se concedió al precio de cincuenta mil coronas más; y el emperador, después de haber sido agasajado en Greenwich y Londres, se fue con el rey a Windsor. Allí, el 19 de junio, ambos soberanos firmaron y juraron un nuevo tratado ante Wolsey bajo censuras eclesiásticas, obligando al emperador a casarse con María cuando ella cumpliera doce años, es decir, seis años después, y Enrique a entregarle una dote muy considerable, deduciendo, sin embargo, las deudas del emperador y su abuelo Maximiliano. Ambos príncipes también acordaron invadir Francia antes de mayo de 1524, y el emperador pagaría a Enrique las pensiones que Francisco, por sospecha muy natural, ya le había retenido durante todo un año.
Pero Enrique, en su ansia de guerra, ya antes de la llegada del emperador había enviado al heraldo Clarencieux para declararlo a Francisco; y Clarencieux lo hizo en Lyón el 29 de mayo de ese año (1522), y regresó al rey en Greenwich mientras el emperador aún estaba con él. Los dos príncipes firmaron un nuevo tratado el 2 de julio para organizar la guerra conjunta que debía comenzar de inmediato, y el 6 el emperador zarpó de Southampton. Tres días antes de partir, le había dado a Wolsey una nueva patente para su pensión, que ahora se cargaría a los obispados vacantes en España en lugar del obispado de Badajoz. Pero las pensiones españolas de Wolsey estaban siempre atrasadas, como las deudas que el emperador tenía con el rey.
La mano de Wolsey había sido forzada por la facción belicosa en el consejo y el 6 de julio declaró a los Lores en la Cámara de la Estrella el primer éxito en la guerra, el saqueo de Morlaix por Surrey, instándolos a ayudar al rey con su dinero. Un préstamo de 20.000 libras ya se había obtenido de la ciudad de Londres bajo promesas de reembolso por parte del rey y el cardenal. Pero la nación estaba realmente mal preparada para la guerra y, por supuesto, estaba involucrada tanto con Escocia como con Francia. Porque Francisco, al ver el giro que estaban tomando las cosas, había dejado escapar a Albany a fines de 1521. Pero los escoceses tampoco estaban preparados para la guerra; y cuando Albany finalmente se trasladó a las fronteras, no sabía con qué facilidad podría haber capturado a Carlisle. Pero Lord Dacres, echándole todos los restos al asunto, lo indujo a negociar una tregua y a retirar sus fuerzas.

Ilustración de Cassell's Illustrated History of England
En la ciudad, Wolsey era odiado, no por la tregua hecha con los escoceses, sino por sus medidas demasiado contundentes para conseguir dinero para la guerra. El préstamo ya recaudado había aligerado muchos bolsillos, cuando el 20 de agosto llamó al alcalde y a los regidores y a los ciudadanos más ricos, y les dijo que para la defensa del reino se nombraban comisionados en todo el país para juramentar a todos los hombres por el valor de sus bienes muebles; y quería que se certificaran en un plazo razonable los nombres de todos los que valían más de 100 libras, para que contribuyeran con la décima parte. Los ciudadanos protestaron, porque muchos de ellos ya habían prestado un quinto. Pero Wolsey insistió en que las 20.000 libras ya suscritas sólo se podían conseguir como parte del décimo requerido de toda la ciudad, y los ciudadanos presentaron sus propios razonamientos concienzudos a su secretario, el doctor Toneys, en la sala capitular de San Pablo.
Pero en realidad se necesitaba más dinero; y el año siguiente (1523) se convocó al parlamento el 18 de abril para votar los suministros para la guerra. Fue inaugurado en Blackfriars por el rey en persona, con Wolsey a su mano derecha; pero como la débil salud del cardenal le prohibió hacer un largo discurso como canciller, Cuthbert Tunstall lo hizo en su lugar, declarando las causas de la guerra. El día 29 Wolsey, acompañado de diversos señores tanto espirituales como temporales, entró en la Cámara de los Comunes y declaró que una subvención de 800.000 libras sería necesaria, que podría recaudarse con un impuesto de cuatro chelines por libra sobre los bienes y la tierra de cada hombre. Al día siguiente, Sir Thomas More, como orador (cuya elección había conseguido el propio Wolsey), hizo todo lo posible por hacer cumplir la demanda; pero los debates fueron tan largos y serios que Wolsey volvió a visitar los Comunes y se dirigió a los miembros de una forma que obligó a More a defender los privilegios de la Cámara. Por fin se obtuvo con dificultad una votación de dos chelines por libra -sólo la mitad de la tasa exigida- sobre tierras o bienes de más de 20 libras, a pagar en dos años, con tasas más bajas para menores ingresos. Wolsey lo rechazó por considerarlo insuficiente, y la Cámara, después de suspender la sesión en Pentecostés, fue nuevamente llamada a considerar el asunto. Por fin, después de debates muy tormentosos, los ingresos de la tierra por encima de 50 libras quedaron sujetos a un impuesto adicional de un chelín por libra a pagar en el tercer año, y las personas que poseían 50 libras en bienes debían pagar un chelín por libra un año después.
La convocación también se reunió en San Pablo durante la primera sesión del parlamento; pero Wolsey como legado detuvo sus procedimientos y convocó a las convocaciones de ambas provincias ante él en Westminster, donde, después de una oposición muy seria, obtuvo del clero por su parte una subvención de medio año de ingresos de todos los beneficios, que se pagaría en cinco años. La convocación de Westminster provocó nuevamente la sátira de Skelton en el dístico:
'Gentle Paul, lay down thy sweard,
For Peter of Westminster hath shaven thy beard.'
De este modo, se hicieron grandes provisiones para una guerra en la que los aduladores le dijeron a Enrique VIII que esperaban verlo coronado rey de Francia en Reims. Pero el propio rey, aunque se jactaba un poco, no estaba menos convencido que Wolsey de que el emperador estaba tratando de hacerle correr con todo el gasto y quedarse con las ganancias. Poco después de su llegada a España, Carlos le expresó gran gratitud por su ayuda, con la que había podido someter la rebelión y establecer un buen orden. También le informó, con mucha aparente franqueza, que había recibido propuestas de paz de Francia a través del legado papal. Sin embargo, fue menos comunicativo acerca de ciertas ofertas secretas que le hizo el duque de Borbón, quien incluso entonces meditaba en la rebelión de Francisco y tenía esperanzas de casarse con la hermana del emperador Leonor. Pero Wolsey se enteró de todo y no tuvo la intención, como le escribió al rey, que el emperador 'tuviera más cuerdas en su arco' que Enrique. Consiguió que Borbón también hiciera ofertas a Inglaterra, e instó al emperador a una negociación conjunta. Pero Carlos se enfrió mientras Inglaterra se calentaba. Habría desechado por igual a Enrique y a Borbón si Francisco hubiera consentido en renunciar a Milán y a Fuenterrabía. Pero Francisco no cedió Milán y, a fines de mayo de 1523, el señor de Beaurain fue enviado desde España para inducir a Enrique a contribuir con al menos quinientos hombres de armas y diez mil de infantería en ayuda del duque. Pero, habiendo cumplido su misión en Inglaterra, Beaurain se dirigió directamente a Borbón en Bourg-en-Bresse e hizo un pacto especial con él para el emperador antes de que pudiera llegar ningún enviado de Inglaterra, aunque Knight fue enviado desde Bruselas pisándole los talones.
Con objetivos diferentes y consejos divididos, los aliados avanzaron poco en la invasión de Francia ese verano. Suffolk con su gran ejército ganó varios lugares en Picardía y sembró la alarma en París; pero estaba mal apoyado por los Países Bajos. Wolsey, por razones que no conocemos, pero en las que, tras algunas objeciones, el rey accedió plenamente, abandonó un plan de campaña, comenzando por el asedio y captura de Boulogne, que él mismo había elaborado. Posiblemente, incluso Enrique ya estaba convencido de que no podía hacer una adición realmente valiosa a sus posesiones continentales, y tenía la intención de hacer como su padre: 'Traficar con esa guerra para que se convirtiera en dinero'. A todos los niveles, las brillantes e insustanciales victorias de Suffolk fueron usadas, mientras la fiebre de la guerra estaba caliente en Inglaterra, como una razón para adquirir lo que se llamó 'un anticipo', es decir, para promulgar comisiones el 2 de noviembre (Hall dice erróneamente en octubre) persuadiendo a los ricos a pagar el subsidio votado por el parlamento antes del término designado, siendo el dinero realmente recogido. Ese mismo mes de noviembre el ejército del emperador se disolvió por falta de pago, y los ingleses rompieron la disciplina y obligaron a Suffolk a regresar a Calais.
Justo antes de esto, el 14 de septiembre, murió Adriano VI y nuevamente hubo una vacante en el papado. Como la alianza del rey y el emperador gozaba de tan alta reputación, los embajadores ingleses en Roma estaban seguros de que solo se quería la presencia de Wolsey para decidir la nueva elección a su favor. Pero el embajador imperial se rió en su presencia, y Carlos V, actuando con la misma hipocresía de antes, facilitó que Clemente VII fuera elegido el 19 de noviembre. Pero quien se sintió decepcionado con el resultado, ciertamente no fue Wolsey. Felicitó al rey por tener un amigo tan bueno en el nuevo papa, con quien, como cardenal de Medici, ambos habían mantenido mucha correspondencia; y su satisfacción aumentó considerablemente cuando Clemente, el 21 de enero siguiente, le confirmó su legado vitalicio. El papa también le dio el obispado de Durham, cuyas temporalidades había disfrutado desde el 30 de abril, y Wolsey renunció a Bath y Wells (Le Neve, iii. 293).
En cuanto a la guerra, Wolsey hablaba con mucha claridad con el emperador sobre el pasado, pero simplemente con el tono de un amigo agraviado, y se esforzó por obtener garantías definitivas para 1524 tanto de él como de Borbón. Pero pronto quedó claro que el emperador, habiendo recuperado Fuenterrabía de los franceses en febrero, no podía ni deseaba hacer más; y Borbón, que fue invitado a Inglaterra para arreglar los asuntos, respondió que el emperador deseaba que se quedara en Génova, donde muy convenientemente bloqueó el camino de Francisco hacia Italia, pero a Enrique no le hizo ningún servicio en particular. En marzo, Wolsey sugirió al papa (quien naturalmente temía que los franceses volvieran a fortalecerse en Italia) que debía exhortar a Francisco a enviar a alguien a Inglaterra para tratar la paz, con la sugerencia de resolver luego la cuestión de casar al duque de Milán con la hija del rey francés. Francisco captó la indirecta; y cuando nada parecía resultar de los esfuerzos declarados del papa por la paz cuando envió a Schomberg, arzobispo de Capua, sucesivamente a Francia, España e Inglaterra, un comerciante genovés, Giovanni Joachino Passano (llamado en inglés John Joachim), llegó en junio a Londres como si fuera para negocios privados y mantuvo negociaciones secretas con Wolsey como enviado de Luisa de Saboya, madre de Francisco I.
Pero no hubo fruto visible ese año y el embajador imperial de hecho arregló con Enrique VIII el apoyo conjunto de Borbón en un ataque contra Francia. Pero tal intento estaba obstruida por la condición de que el duque debía rendir homenaje a Enrique como rey de Francia, lo que él rechazó, alegando que Enrique le había dado su ducado gratis. Wolsey no creía que se pudiera esperar mucho de Borbón; pero Pace, que había sido enviado al duque para informarle sobre la situación, se mostró extrañamente optimista y dijo que solo se debía a Wolsey y al retraso del dinero del rey que la corona de Francia no estuviera ya puesta sobre la cabeza de Enrique. De hecho, el dinero llegó de Inglaterra, aunque bastante tarde. Fue el emperador, como de costumbre, quien falló en sus compromisos cuando llegó al segundo pago. Borbón entró en la Provenza y puso sitio a Marsella; y en septiembre se enviaron órdenes a Inglaterra para prepararse para una invasión de Francia en su apoyo. El rey estaba listo para la paz o la guerra, pero, siguiendo el consejo de Wolsey, no tenía un camino intermedio. Borbón se retiró del sitio de Marsella a Niza y, por estrictas órdenes de Enrique, no se le hicieron más desembolsos. Ningún ejército cruzó desde Inglaterra, y Francisco, cobrando coraje, invadió Italia y recuperó Milán.

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Sin duda, el ultraje fue diseñado deliberadamente para mostrarle al emperador lo poco que debía presumir del respeto universal que se le brindaba a su grandeza, mientras presentaba, como lo hacía continuamente, mezquinas excusas para el incumplimiento de sus compromisos. Y Wolsey sabía que Carlos, después de una leve reprimenda, no haría caso de la afrenta, como en realidad hizo, aunque en el fondo se resintió. El propio De Praet creía que Enrique seguía siendo amigo del emperador, a quien no había que enemistar; y como Wolsey, con cínica falta de sinceridad, profesaba ser devoto de los intereses comunes del emperador y de su propio soberano, Carlos también profesaba aceptarlo así, lo cual le era muy necesario para poder retener para sí los beneficios de su gran victoria. Al enterarse de ello, Wolsey consultó con algunos enviados flamencos, por cuya petición finalmente despidió a John Joachim, e instó al emperador a hacer pleno uso de su ventaja de acuerdo con Inglaterra, sugiriendo una invasión conjunta, mediante la cual Carlos y Enrique se reunirían en París; entonces Francia sería entregada a la dominación inglesa y Enrique iría con el emperador para su coronación en Roma.
Por supuesto, no esperaba que Carlos escuchara un proyecto tan quimérico. Pero el obispo Tunstall y Sir Richard Wingfield fueron enviados a España con estas propuestas a fines de marzo, para que el emperador con su respuesta pudiera demostrar si estaba dispuesto a continuar la guerra con vigor o devolver a su cautivo por un rescate, en cuyo caso no sólo para recordarle que estaba obligado a no hacer tratos sin contar con Inglaterra, sino también para insinuar que al rey no le faltaban ofertas para abandonar la alianza del emperador. Porque, de hecho, el papa, los venecianos y las demás potencias italianas estaban muy alarmados por el éxito del emperador. Los embajadores, tras un tedioso viaje, llegaron a la corte imperial de Toledo el 24 de mayo. Pero pronto obtuvieron una respuesta confesando francamente que el emperador no tenía medios para mantener la guerra; añadió, sin embargo, una sugerencia sumamente extraordinaria de que su esposa, la princesa María, fuera enviada a España de inmediato con su dote de cuatrocientas mil coronas, y que una contribución adicional le permitiría continuar la guerra en serio. Los embajadores asombrados recordaron al canciller imperial que el emperador debía devolver primero las 150.000 coronas que había pedido prestadas para su último viaje a España y la indemnización del rey por sus pensiones francesas. Pero la verdadera intención del emperador salió a la luz tres días después, cuando el canciller les dijo que su majestad estaba muy perplejo; y si no podía pagar de antemano a la princesa ni a su dote, tal vez el rey le permitiría tomar otra esposa. En resumen, Carlos había tomado la decisión de casarse con Isabel de Portugal, y si el rey tenía la intención de continuar la guerra, tendría que hacerlo solo.
La respuesta le pareció muy bien a Wolsey. Pero mientras tanto en Inglaterra se hablaba de que el rey iba a dirigir una invasión a Francia en persona, y Wolsey, bajo una comisión fechada el 21 de marzo, llamó al alcalde y al concejal y les presionó para una contribución general en ayuda del proyecto, a razón de 3 chelines y 4 peniques por libra sobre ingresos superiores a 50 libras, con tasas más bajas sobre los ingresos menores, de acuerdo con las valoraciones hechas por los propios ciudadanos en 1522. Algunos adujeron que era injusto, pues muchos ingresos habían disminuido desde entonces; pero la protesta fue sofocada por amenazas de que podría costarles la cabeza a algunos, y el asunto se presionó tanto en Londres como en todo el país. Sin embargo, la tensión era insoportable. Incluso los prósperos ciudadanos de Norwich no pudieron reunir el dinero necesario, pero ofrecieron su placa. En Suffolk, los pañeros dijeron que debían despedir a sus trabajadores, quienes no tenían para pagar, y estalló una insurrección.
De esta 'amistosa concesión', como se llamó curiosamente, Wolsey no fue especialmente responsable. El consejo había acordado en general una política de guerra que no estaba en la mente de Wolsey, pero que le fue imputada a él especialmente, y el público tardó en creer, lo que realmente sucedió, que fue por su intercesión que el rey acordó convertir la subvención en una 'benevolencia', sin insistir más en una tasa fija. Sin embargo, surgió una nueva dificultad: que las 'benevolencias' habían sido declaradas ilegales por un estatuto de Ricardo III, y Wolsey intentó en vano persuadir a los londinenses de que un acta del parlamento aprobada por un malvado usurpador era una mala ley. Al final, el rey se vio obligado a renunciar por completo a la demanda y perdonar a los que se habían resistido. Incluso los rebeldes de Suffolk, cuando fueron llamados ante la Cámara de la Estrella el 30 de mayo, fueron liberados con un indulto. De hecho, se les pidió fianzas por su buena conducta, y cuando no pudieron encontrar ninguna, Wolsey les dijo: 'Yo seré una, porque vosotros sois mis compatriotas, y mi señor de Norfolk será otra'.

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Mientras tanto, Wolsey sabía que el emperador había estado haciendo ofertas de paz por separado a Luisa de Saboya, regente de Francia; y en junio volvió a aparecer en Londres John Joachim, que ahora ostentaba el título de señor de Vaulx, esta vez como embajador acreditado habitual. Venía de parte de Luisa, porque Francisco acababa de ser trasladado a España, y otro enviado francés, Brinon, llegó poco después de él. Con ellos, Wolsey concluyó nada menos que cinco, o más bien seis, tratados en More (Moor Park en Hertfordshire, que le pertenecía como abad de St. Albans), por los cuales Francia se aseguraba la amistad de Inglaterra por una suma de dos millones de coronas a pagar a plazos, con varias otras condiciones extremadamente ventajosas para Inglaterra, adquiriéndose luego bonos de las principales personas y ciudades de Francia para el estricto cumplimiento de los términos. Wolsey tampoco olvidó sus propios intereses en estas transacciones; porque aunque se abstuvo de reclamar los atrasos de una pensión que le había dado Francisco, obtuvo treinta mil coronas por su indemnización por el obispado de Tournai (a pesar de que el emperador había ganado la ciudad de Francia mientras tanto), y un presente de cien mil coronas de Luisa, cuyo pago se repartió en siete años.
En enero de 1526, Wolsey llegó a Eltham, donde se alojaba el rey, y elaboró, junto con el consejo, ciertas ordenanzas para la casa del rey que se llamaron 'estatutos de Eltham', destinadas principalmente a liberar a la corte de sirvientes retirados y demasiados dependientes. El 11 de febrero fue con gran pompa a San Pablo, cuando Robert Barnes llevó un haz de leña por herejía. En marzo Francisco I fue puesto en libertad, según lo acordado en el tratado de Madrid firmado dos meses antes, dejando a dos de sus hijos rehenes en España para el cumplimiento de los términos. Carlos ahora esperaba tomar su corona imperial en Roma, pero el papa y las potencias del norte de Italia se alarmaron y concluyeron con Francisco el 22 de mayo la liga de Cognac, que le permitiría recuperar a sus hijos en términos más fáciles que los exigidos de él cuando estaba preso. A esta liga, Inglaterra fue fuertemente solicitada para que se uniera, ofreciéndole a Enrique un ducado en Nápoles consistente de tierras por valor de treinta mil ducados al año y a Wolsey otras tierras por valor de diez mil ducados al año. Pero Inglaterra no tenía interés en convertirse en un enemigo abierto del emperador. En septiembre, las tropas imperiales, junto con el cardenal Colonna, sorprendieron traidoramente a Roma durante una tregua e impusieron al papa los acuerdos mediante intimidación. El propio Carlos rechazó el ultraje, pero en mayo siguiente Roma fue atacada por Borbón. El comandante murió en el asalto, pero sus tropas no remuneradas saquearon la ciudad con una barbarie inaudita y mantuvieron al papa prisionero durante algunos meses en el castillo de Santángelo.
Mientras tanto, en Inglaterra se había representado una obra de teatro alegórica en Navidad en Gray's Inn, sugiriendo que el mal gobierno fue la causa de la insurrección. Wolsey, aunque declaró, sin duda con verdad, que era el rey quien estaba más disgustado que él mismo, hizo que el autor, John Roo, abogado, fuera privado de su toga y encerrado en la Fleet durante un tiempo con uno de los actores. El rey, e incluso su consejo, ahora parecían estar bastante inclinados a la política de cultivar la nueva alianza francesa en lugar de la imperial, y se hicieron guiños a Francisco de que, en lugar de casarse con la hermana del emperador, Leonor, podía tener a María, la hija de Enrique, una vez ofrecida a su hijo. Así, en marzo de 1527 llegó a Inglaterra una gran embajada con Grammont, obispo de Tarbes, a la cabeza, que celebró largas conferencias con Wolsey con miras a una liga más estrecha. De estas negociaciones se ha conservado un minucioso relato francés, que da una impresión extraordinaria del maravilloso arte de gobernar de Wolsey. Exigió una nueva paz perpetua, con un tributo anual de sal y una pensión de cincuenta mil coronas para Enrique. Fingió asombro por las dificultades planteadas a sus altas demandas, y les dijo a los embajadores (lo que, quizás, no estaba lejos de la verdad) que si aconsejaba al rey que las redujera, corría peligro de ser asesinado. En el curso de una larga discusión, gradualmente cambió las bases de la negociación. Si Francisco se negaba a casarse con María, sugirió que ella podría casarse con el duque de Orleáns, entonces rehén en España, mientras los dos reyes acordaban los términos para la liberación de él y de su hermano, por lo que debían hacer una guerra conjunta contra el emperador. Luego, después de una nueva conferencia, les dijo a los embajadores que Enrique le aconsejaba a Francisco que se casara con Leonor por el bien de la paz, si el emperador no restauraba a sus hijos de otra manera. Los franceses estaban bastante confundidos por la retirada del cebo que los había atraído. 'Tenemos que tratar', escribió uno de ellos a Francisco, 'con el mendigo más pícaro del mundo y el más devoto de los intereses de su amo'. Wolsey había ganado la partida. Los tratados muy ventajosos para Inglaterra se firmaron y sellaron en Westminster el 30 de abril.
El divorcio del rey.
En el curso de estas negociaciones, Wolsey había hablado de ir a Francia en mayo para redondear las cosas. El rey también, que tuvo entrevistas por separado con los embajadores, expresó su deseo de visitar personalmente a Francisco. Los franceses objetaron que ello retrasaría la guerra contra el emperador y dijeron que podría confiar todo a Wolsey; pero Enrique dijo que tenía cosas que decirle a Francisco de las que Wolsey no sabía nada. Está claro que había empezado a albergar la idea de divorciarse de Catalina, idea que luego se alegó que fue Wolsey quien se la había metido en la cabeza, una afirmación tan falsa como la ficción política que el obispo de Tarbes había sugerido al insinuar una duda sobre la legitimidad de la princesa María. Wolsey debe haber conocido las ideas del rey sobre este asunto, o más bien una parte de ellas, poco después; y ciertamente no le agradaban, aunque, por razones prudenciales, hizo todo lo posible por promover los deseos del rey. En mayo consiguió que el rey se presentara en privado ante él y el arzobispo Warham, y le pidió que demostrara que su matrimonio era legal. Los procedimientos no dieron resultado; pero el 22 de junio el rey le dijo a Catalina (pidiéndole, sin embargo, que mantuviera el asunto en secreto) que debían separarse, ya que los teólogos le habían informado que estaban viviendo en pecado mortal. La maldad de la causa del rey se hizo aún más evidente para Wolsey cuando se enteró inmediatamente después que, en el momento de su matrimonio con Enrique, Catalina era una viuda virgen. El rey vio que estaba perplejo por este descubrimiento; pero Wolsey estaba deseoso de asegurarle que no lo consideraba fatal para su caso, ya que se habían casado in facie ecclesiæ y la dispensa no se ajustaba al caso.

Archivos Vaticanos
Fueron los amigos de Ana Bolena quienes más le aconsejaron que fuera a Francia, para que pudieran llamar la atención del rey en su ausencia. Pero su intento de arreglárselas sin él fue un gran error, incluso en interés de ella; pues Knight con gran dificultad, y no hasta que el papa escapó a Orvieto, obtuvo bulas, que resultaron ser inútiles para el propósito del rey, revelando la demanda de ellas a los consejeros papales cuál era su propósito. Pero Wolsey, a quien la causa estaba nuevamente encargada, intentó ahora la desesperada política de esforzarse para que el papa cediera su autoridad, sin apelación, a él mismo y a otro legado que fuera enviado a Inglaterra, siendo Gardiner y Foxe enviados a Italia con esta idea en febrero de 1528. Sus instrucciones eran obtener del papa una comisión decretal que definiera la ley por la cual los jueces debían ser guiados y una dispensa para el nuevo matrimonio. Esta última (aunque en realidad era una prolongación mayor del poder papal que la antigua dispensa para casarse con Catalina) se aprobó sin dificultad; pero Gardiner no pudo obtener el otro decreto, incluso después de largos días discutiendo con el papa y los cardenales; y Foxe partió por fin a Inglaterra con una mera comisión general, que esperaban cumplir, pero que Wolsey consideró insuficiente. Una vez más instó a Gardiner a presionar al papa para una comisión decretal, no sólo por razones públicas, sino personalmente por el bien de Wolsey; y al final Clemente, aunque con gran desgana, accedió a enviar una por Campeggio, el legado que iba a ser enviado como colega de Wolsey. Pero el documento solo debía mostrarse al rey y a Wolsey y luego destruirse, y Campeggio estaba estrictamente obligado a no dejarlo escapar de sus manos, ya que el propio Wolsey había dicho que no era necesario utilizarlo en el procedimiento, ya que solo lo quería para fortalecer su autoridad ante el rey. Clemente también tuvo que hacer una peligrosa promesa de que no interferiría en la debida ejecución de esta comisión, sino que confirmaría lo que se hiciera en virtud de ella. Esto, por supuesto, no le obligaba a confirmar una decisión injusta, y por esa misma razón, Wolsey después instruyó a Gardiner con un artificio vergonzoso para que se esforzara por conseguir una reedición del documento en una forma más acorde con el propósito del rey.

El cardenal Campeggio, después de un largo y tedioso viaje por Francia, llegó a Londres en octubre sufriendo gravemente de gota. Sin embargo, el asunto por el que llegó, como descubrió Wolsey de inmediato, estaba enteramente en sus manos y no permitió que su colega lo controlara. Primero se le indicó que hiciera todo lo posible para evitar que el asunto llegara a juicio, ya sea persuadiendo al rey de que se abstuviera de enjuiciarlo o induciendo a Catalina a entrar en un convento. También le había prometido al papa no pronunciar sentencia sin comunicarse con él, un hecho que, para consternación de Wolsey, dejó pasar en su primera entrevista. Wolsey trató en vano de apoderarse de la comisión secreta que había traído y escribió una serie de quejas y protestas a Roma sobre la forma en que fue tratado por su colega. Su perplejidad se vio incrementada por la elaboración de Catalina de una copia del breve en España, y su ingenio se puso a prueba en vano para que el original pasara a manos del rey o para que el papa lo declarara falso. Mientras tanto, Ana Bolena le acusó de la demora del juicio y se alió con su padre y los duques de Norfolk y Suffolk para provocar su ruina.
Para añadir a su agonía, en el nuevo año (1529) Clemente VII cayó enfermo y se esperaba que muriera, en cuyo caso su única, y pobre, esperanza era que mediante la ayuda prontamente prometida por Francisco él mismo pudiera ser el nuevo papa. Envió a Gardiner y Brian en Roma una lista de todo el colegio cardenalicio, y les pidió que no escatimaran en gastos para asegurar su elección. Pero Clemente se recuperó lentamente y pudo ver a los embajadores en marzo. El 21 de abril le escribió al rey que no podía declarar el breve en España como una falsificación sin escuchar a ambas partes. Mientras tanto, habiendo muerto el obispo Foxe de Winchester en septiembre, esa sede fue dada a Wolsey in commendam el 6 de abril, y poco después renunció a la de Durham. Pero su caída estaba cerca. El juicio largamente diferido tenía que tener lugar. La corte legataria se reunió el 18 de junio y fue prorrogada por Campeggio el 23 de julio. Mientras tanto, en Roma, el 13 de julio, la causa había sido revocada por intercesión de Catalina.

Ilustración de Cassell's Illustrated History of England
Wolsey había caído ahora visiblemente en desgracia. El rey, es cierto, sabía que había hecho todo lo posible, y durante algunas semanas siguió su consejo sobre muchas cosas, principalmente por carta a través de Gardiner. De hecho, el rey le hizo una visita a Tittenhanger a principios de agosto y, de no ser por Ana Bolena, habría tenido relación más frecuente con él. Sin embargo, los Lores, que durante tanto tiempo se habían resentido de su ascendencia, hicieron uso de la influencia de Ana para mantenerlo a distancia de la corte. Anticipándose a su caída, Lord Darcy había elaborado, ya el 1 de julio, un extenso catálogo de sus delitos, y otros redactaron listas similares con miras a su juicio político. Sin embargo, la nube aún no se había posado cuando acompañó a Campeggio a despedirse del rey en Grafton Regis, donde ambos llegaron el domingo 19 de septiembre ('Greenwich' es una mala interpretación de 'Grafton' en la carta de Alward impresa en Ellis, Original Letters, ii 308). Muchos esperaban que el rey no hablara con Wolsey y se sintieron mortificados al ver que lo recibió tan amablemente como siempre y tuvo una larga conversación privada con él. Pero Ana Bolena habló amargamente de él al rey durante la cena, y a la mañana siguiente, cuando los dos legados se marcharon, se ocupó de que hubiera pocas palabras al despedirse.
Poco después, Wolsey fue a Londres para la época de San Miguel, que comenzó el 9 de octubre. Asistió a las reuniones del consejo en las que se convocó un parlamento para el 3 de noviembre. El primer día entró en Westminster Hall como canciller con todo su séquito, pero no precedido por los sirvientes del rey como hasta entonces. Ese día Sir Christopher Hales, fiscal general, presentó un acta de acusación en su contra en el tribunal del rey. Al día siguiente se quedó en casa esperando a los duques de Norfolk y Suffolk, que habían estado con el rey en Windsor. Llegaron al día siguiente y le pidieron que entregara el gran sello, lo que él se negó a hacer, ya que no habían traído comisión. Regresaron a Windsor y regresaron con autorización escrita el día 19, cuando él se lo entregó. Le dijeron que el rey deseaba que se retirara a Esher, una casa perteneciente a su obispado de Winchester. El día 22 formalizó un acta reconociendo que había incurrido en præmunire y solicitando al rey, en parte como recompensa por sus ofensas, que tomara en sus manos todas sus posesiones temporales. El día 30, mientras estaba ausente en Esher, dos abogados nombrados por él mismo recibieron la declaración de que estaba excluido de la protección del rey y perdía todas sus tierras y bienes.
Muchos se preguntaron por qué se había confesado culpable cuando podría haber hecho una buena defensa; pero sabía muy bien lo que le esperaba si luchaba contra el rey, que en realidad no era su enemigo de corazón, sino que ahora debía agradar a Ana Bolena. Aparentemente, no tenía amigos en otros lugares y, como percibió el embajador francés, estaba siendo traicionado incluso por aquellos en quienes más confiaba. Cuando se le ordenó que fuera a Esher, llevó su barcaza a Putney a la vista de una gran multitud que esperaba verlo transportado a la Torre. Justo antes de embarcarse había llamado a los oficiales de su casa y les ordenó que hicieran un inventario de todas las propiedades, para que el rey pudiera tomar posesión. Después de desembarcar en Putney se encontró con Henry Norris, quien le llevó un mensaje de ánimo del rey, con un anillo de oro con joyas como símbolo. Saltó de su mula como un joven, 'se arrodilló en tierra sobre ambas rodillas, levantando las manos de alegría', y se desató los cordones de su sombrero de terciopelo para arrodillarse con la cabeza descubierta. Le presentó a Norris todo lo que tenía para dar: una pequeña cadena de oro y una cruz que había usado junto a su piel, y le pidió que tomara a su bufón como regalo para el rey, aunque el pobre bufón era muy reacio a dejarlo. Continuó en Esher durante semanas 'sin camas, sábanas, manteles, tazas ni platos', que tuvo que pedir prestado al obispo de Carlisle (John Kite) y a Sir Thomas Arundel. Llamó a sus sirvientes y, lamentando no tener nada que darles, les aconsejó que regresaran a sus propias casas durante un mes, tiempo en el que tal vez hubiera recuperado el favor. Thomas Cromwell (luego conde de Essex), entregándole 5 libras en oro por su parte, dijo a sus capellanes, que le debían sus promociones a él, que ahora debían contribuir a sus necesidades, y de inmediato se hizo una suscripción considerable.
El 1 de noviembre recibió otro mensaje de consuelo del rey por parte de Sir John Russell (luego primer conde de Bedford), que llegó a Esher a medianoche en gran secreto y se fue antes del amanecer. Poco después se le devolvió una parte de su placa y muebles, y el día 18 recibió una patente de protección. El parlamento, sin embargo, fue inaugurado por el rey en persona el día 3, y Sir Thomas More, el nuevo canciller, pronunció un discurso en el que vituperó a su predecesor. El 1 de diciembre, los Lores aprobaron un acta de acusación en su ausencia y la enviaron a los Comunes. Consistía de cuarenta y cuatro artículos, en su mayoría falsos, como el propio Wolsey declaró a Cromwell; y ciertamente estaba justificado al decirlo, aunque llevaba la firma (sin duda ex officio) de Sir Thomas More a la cabeza de otras dieciséis. Pero en los Comunes, Wolsey tenía un defensor capaz en Cromwell, que ya se había ganado la atención del rey en algunos asuntos; y debe haber sido con el consentimiento secreto del rey que se desechó el proyecto de ley.
Wolsey ahora llevaba una vida devota y dijo que la adversidad le había dado tranquilidad. Sin embargo, todavía soportó mucha persecución mezquina, ya que en una ocasión le quitaron cuatro o cinco sirvientes, y casi a diario escuchaba nuevos asuntos contra él. Sir William Shelley, el juez, en realidad lo indujo, dolorosamente en contra de su voluntad, a robar a sus sucesores en el arzobispado al traspasar York Place en Westminster al rey. No le quedó más remedio que ceder, pero rogó al juez que le recordara a su majestad 'que hay tanto cielo como infierno.' En Navidad enfermó, y el doctor (después Sir William) Butts, a quien el rey le envió, manifestó que estaba en grave peligro, por lo que el rey, alarmado, no solo le envió un anillo con su retrato en un rubí, sino que también indujo a Ana Bolena a que le enviara un presente, e hizo que el doctor Butts y otros tres médicos lo atendieran constantemente hasta que se recuperara. En la Candelaria de 1530, el rey le envió más muebles, platos y cortinas. El 7 de febrero ejecutó la cesión de York Place y el 12 recibió un indulto general. El día 14 le fueron devueltas las demás posesiones de su arzobispado; pero el 17 firmó un contrato con el rey renunciando al obispado de Winchester y la abadía de St. Albans en consideración de 6.374 libras y 3 chelines. Solo le fueron entregadas 3.000 libras en moneda, siendo el resto una valoración de los bienes que le habían sido entregados. Después de esta renuncia, sin embargo, el rey descubrió que no podía otorgar subvenciones válidas de pensiones vitalicias a partir de estos beneficios y Cromwell consiguió que Wolsey le diera lo que Cavendish llama una 'confirmación' de esas subvenciones, probablemente subvenciones anteriores por él mismo, de las cuales los borradores todavía existen.
Estando en Esher, Wolsey sufrió un ataque de hidropesía y, al necesitar un aire más seco, el rey le permitió trasladarse a Richmond. Los Lores, sin embargo, se alarmaron por su acercamiento a Londres, y Norfolk le envió un mensaje por Cromwell de que debía trasladarse a York para atender a su diócesis, prometiéndole una pensión de mil marcos de su obispado de Winchester y abadía de St. Albans. Al principio de la Cuaresma se preparó para ir, pero al principio solo se mudó del albergue en Richmond Park a Charter House, cuando Norfolk, alarmado, utilizó amenazas tan violentas que se vio obligado a comenzar su viaje en la Semana de Pasión. Pasó por Hendon, Rye House y Royston hasta Peterborough, donde descansó desde el Domingo de Ramos hasta el jueves de la semana de Pascua (del 10 al 21 de abril). Luego, hasta el lunes siguiente, fue recibido con gusto por Sir William Fitzwilliam de Milton, a unas pocas millas de distancia, de donde pasó por Grantham y Newark a Southwell, y permaneció allí durante el verano. Encontró su palacio en Southwell en estado lamentable y al principio tuvo que ser alojado en la casa de un prebendario hasta Pentecostés, cuando pudo ocupar el palacio y los caballeros rurales acudieron a él en gran número. Mantuvo la jornada de puertas abiertas en el estilo hospitalario de la época, e hizo mucho para apaciguar las discordias, ganándose los corazones de muchos que habían tenido prejuicios contra él antes.
Sin embargo, los meros costos de venir a su diócesis habían consumido un anticipo de mil marcos que el rey le hizo con su pensión de Winchester, y no tenía perspectivas de recibir ninguno de sus rentas antes de agosto. Pidió en vano más ayuda, pero sus acreedores se negaron. Se vio obligado a pedir dinero prestado a sus amigos. Sin embargo, al tener que conseguir trabajadores de Londres para reparar sus edificios, se supuso en la corte que estaba levantando suntuosos edificios. En la víspera del Corpus Christi (15 de junio), después de que él y su familia se hubieran acostado, dos mensajeros, Brereton y Wriothesley, vinieron del rey y lo llamaron para que firmara y sellara un documento importante con el que partieron nuevamente en la noche para George Talbot, cuarto conde de Shrewsbury. Era la carta de los Lores de Inglaterra al papa a favor del divorcio del rey. Poco después fue inquietado por un nuevo proceso en su contra y los registros realizados en las tierras de su arzobispado; pero tanto el barón jefe del tesoro como Cromwell le aseguraron que era sólo una formalidad. Se entristeció más profundamente al enterarse en julio de que el rey había decidido disolver los dos colegios que tanto le había costado fundar. Escribió a Cromwell, 'con lágrimas en los ojos', que la noticia le había privado del sueño y el apetito. El colegio de Ipswich fue suprimido por completo, y se pretendía hacer lo mismo con el de Oxford, pero los edificios ya habían avanzado tanto que habría costado más demolerlos que alterarlos, por lo que Christ Church ha llegado a nuestro tiempo, aunque como una imperfecta realización del gran objetivo del cardenal.
En 'el tramo final del tiempo de caza', en septiembre, se trasladó de Southwell a Scrooby, un poco más lejos en dirección a York, evadiendo las diversas atenciones que le habrían prestado en su viaje el conde de Shrewsbury y los caballeros rurales, para que no se dijera en otra parte que estaba buscando el favor de la gente. Permaneció en Scrooby hasta después de la época de San Miguel, oficiando los domingos en iglesias vecinas y haciendo muchas obras de caridad. Luego pasó a Cawood, a doce millas de York, con confirmaciones en la abadía de St. Oswald y cerca de Ferrybridge, lo que, por el número de niños, lo fatigó no poco. En Cawood como en Scrooby tuvo que reparar los edificios del castillo. Medió en una peligrosa disputa entre Sir Richard Tempest y Brian Hastings. Finalmente dispuso instalarse en York el lunes 7 de noviembre, con menos pompa que la de sus predecesores. Pero cuando se conoció el día señalado, los caballeros rurales y los monasterios enviaron abundantes obsequios de bueyes, corderos, aves silvestres y venados para honrar la ocasión, sin que nadie imaginara lo que estaba por suceder.
El viernes 4, cuando estaba terminando su cena en Cawood, el conde de Northumberland y Walter Walsh, un caballero de la cámara privada, llegaron de repente con una compañía de caballeros y exigieron las llaves del castillo, que el portero se negó a darles, pero le intimaron como comisarios del rey. Cuando se dio cuenta de su entrada, Wolsey, todavía inconsciente de lo que había sucedido afuera, abrazó al conde y le ofreció hospitalidad, lamentando no haber tenido noticia de su llegada. Luego lo llevó a su dormitorio, donde el conde, temblando, le puso la mano en el brazo y le dijo con voz débil: 'Mi señor, lo arresto por alta traición'. Al mismo tiempo, Walsh, que llevaba un disfraz y había pasado desapercibido hasta entonces, arrestó en el portal al médico italiano de Wolsey, el doctor Augustine, y lo obligó con las palabras: 'Entra, traidor, o te obligaré'. Augustine era de hecho un traidor, no al rey, sino a Wolsey, y la acción estaba preestablecida. El conde se negó a mostrarle a Wolsey una orden de arresto y Walsh dijo que sus instrucciones eran secretas; pero Wolsey se entregó a Walsh por ser un caballero de la cámara privada. Luego, el conde y Walsh, con el abad de St. Mary al lado de York, hicieron un inventario, que todavía existe, de los bienes de Wolsey en Cawood.

Ilustración de Cassell's Illustrated History of England

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Se llamó al alcalde y a los concejales de Leicester, y el cadáver, después de permanecer de cuerpo presente hasta las cuatro o cinco, fue trasladado a la capilla de la abadía. Temprano a la mañana siguiente (30 de noviembre de 1530) fue enterrado. Se descubrió que llevaba una camisa de pelo junto al cuerpo, debajo de otra de lino fino.
Wolsey dejó tras de sí un hijo y una hija, ambos de la hija de Lark, con quien se puede presumir que estuvo casado de forma no canónica, como se consideraba que estaban muchos sacerdotes en aquellos días. La madre se casó más tarde con 'un tal Leghe de Aldington' y la vida del cardenal después no fue ciertamente pura. El hijo, que se llamó Thomas Wynter, fue cuidadosamente educado por su padre, y le proporcionó muchos privilegios valiosos, entre ellos el deanato de Wells y las archidiaconías de Richmond, York, Norfolk y Suffolk, a todas las cuales renunció en 1528 o 1529 (Le Neve). De 1537 a 1543 ocupó la archidiaconía de Cornualles (Brewer, Introd. To Letters and Papers, vol. iv. pp. dcxxxvi – viii; Lansd. MS. 979, f. 195). La hija se convirtió en monja en Shaftesbury.
Valoración.
Su propósito cumbre fue exaltar a su país, en lo cual tuvo éxito. Encontró a Inglaterra siendo un poder de tercera categoría y cuando murió era el árbitro de Europa. Secundariamente concibió un plan juicioso de reformas sociales, económicas y eclesiásticas, que fracasó en llevar a cabo; cambios que luego otros, que usaron los métodos que habían aprendido de Wolsey, llevaron a cabo, aunque con un espíritu y motivación diferentes a la suya. De todas las desgracias ninguna fue mayor que ésta, pues indujo a los hombres de su tiempo y más allá a juzgarle meramente por los resultados aparentes de su política, agravándose el mal porque esos resultados estuvieron más o menos asociados a asuntos de religión y ética. Desde la publicación de los papeles estatales de Enrique VIII y otros documentos autoritativos en la segunda mitad del siglo XIX, se puede llegar a la conclusión de que Wolsey era más un estadista que un eclesiástico, que comprendió los problemas y condiciones de su tiempo como probablemente nadie hizo y que sus objetivos eran sabios y buenos; que hizo un hábil uso de diferentes oportunidades e instrumentos; que fue incansable en el trabajo, tenaz en el propósito, fértil en el recurso, siempre sin desmayo y dispuesto a comenzar de nuevo cuando fallaba un plan particular. Por encima de todo, encendió la imaginación inglesa, elevó el espíritu nacional y, más que nada, creó la grandeza inglesa del tiempo posterior. El obispo anglicano Creighton, su biógrafo, le denominó el mayor genio político y patriota más devoto que Inglaterra haya producido nunca. El católico Ethelred Taunton le aclama como el más grande estadista de toda Europa, la mente maestra de su época, creyendo que si hubiera sido hecho papa se habría evitado el cisma del siglo XVI.
Lo que podía haber hecho en Roma, se aprecia por su plan de reforma eclesiástica para Inglaterra. Promovió ajustar la Iglesia inglesa a las necesidades nacionales, restringiendo sus excesivos privilegios, limitando la jurisdicción de sus enojosos tribunales, reduciendo el excesivo número de sus oficiales, reorganizando sobre una base más eficaz su anticuado sistema episcopal y aplicando algunos de sus abundantes ingresos al auxilio social, particularmente por la desviación de parte de su riqueza del mantenimiento de monjes ociosos e ignorantes para invertirla en la educación de un clero preparado. Este juicioso y completo plan falló, parcialmente porque Wolsey hizo de la política interior algo secundario a los asuntos internacionales y especialmente porque quiso llevar a cabo las reformas por la imposición en lugar de la persuasión, luchando por reunir todo el poder de manera imprudente en sus manos. Hay que preguntarse si habría ocupado la sede papal si los errores no hubieran frustrado sus intenciones. Fue un eclesiástico y teólogo de la vieja escuela, profundamente versado en Tomás de Aquino. Sus estudios no le llevaron en la dirección del nuevo saber al no tener su espíritu, aunque su sentido práctico y la experiencia le hicieron amistoso hacia algunos de sus representantes e ideales. Estuvo dispuesto a conferir beneficios a aquellos bajo su cargo, pero hacía todas las reformas en el debido orden, propiedad y dignidad, reprimiendo las aspiraciones democráticas. En su lecho de muerte amonestó a Enrique a 'tener un ojo atento para suprimir a los horrorosos luteranos', teniendo en mente, como el texto completo de su mensaje muestra, los desórdenes políticos y sociales aparejados con la Reforma en el continente.
Sus culpas y atenuantes.
Wolsey era ambicioso, orgulloso, tal vez arrogante, espléndido e incluso extravagante, tanto en público como en privado (en su casa en Londres servían ochocientas personas). Utilizó los ingresos de la Iglesia descaradamente para fines particulares, así como los taimados planes de la diplomacia, siguiendo todos los tortuosos caminos de su profesión, prevaricando, sobornando y escogiendo los medios para sus fines, con la imprudencia y cinismo de un político muy práctico. También aceptó sobornos. Su vida privada se dice que fue impura. Fue servil al rey, incluso arrastrándose, cuando temió perder el favor de su amo. En la adversidad aparece débil y digno de lástima. Por otro lado, no fue un mero egoísta. No era rudo, vengativo ni sediento de sangre. Debió ser benevolente, porque en su caída sus siervos se pusieron de su lado noblemente, teniendo muchos amigos de entre todos los que entraron en contacto con él. Cuando fue sacado de Cawood la multitud corrió detrás de él gritando: '¡Dios salve a vuestra gracia! Que el mal que te lleva de nosotros se los lleve a ellos.' Su servilismo a su amo real estaba basado en la convicción de que la soberanía de Enrique era la única garantía contra la guerra civil; más aún, que el poder real era el único poder en Inglaterra lo suficientemente fuerte para acometer las necesarias reformas. Aquí la opinión pública respaldó clamorosamente a Wolsey. De modo similar, su espléndida vida concordó con el espíritu de su tiempo; las subvenciones que recibió de Francia y España no fueron cuestionadas por nadie; su mal uso de los cargos e ingresos eclesiásticos estaba sancionado por la costumbre del tiempo. La mejor atenuante que puede tener es que 'sus culpas fueron las de su tiempo'. La ostentación mostrada en su modo de vida y los ropajes con que engalanó sus empresas fueron parte de sus grandes aspiraciones y planes y, aún más, un medio efectivo para conseguir lo que se proponía. Impresionó a potentados extranjeros, siendo probablemente lo que contribuyó más a la grandeza y logros permanentes su magnífico estilo de vida. Soborno tal vez sea una palabra demasiado dura para aplicar a sus pensiones, anualidades y subsidios; se otorgaban y aceptaban abiertamente y nunca le hicieron flaquear en su deber hacia Inglaterra. Como eclesiástico del más alto rango sirvió al Estado y usó el dinero de la Iglesia para el bienestar público, porque en el siglo XVI sólo los eclesiásticos tenían la educación, experiencia y preparación general para los deberes públicos, poseyendo la Iglesia una gran parte de la riqueza nacional, una riqueza necesaria para la obra que estaba haciendo. Un ejemplo notorio es su desviación de abundantes fondos a fundaciones educativas. Ya en 1518 solicitó y obtuvo poderes excepcionales para la visitación de monasterios. Haciendo uso de esos poderes, aumentados por bulas posteriores, suprimió varias casas religiosas y destinó sus ingresos a la fundación de Christ Church College en Oxford (1525) y a una escuela en Ipswich (1528), siendo esta última la primera de una serie de instituciones esparcidas por Inglaterra para cubrir las necesidades locales. De modo que corrigió una carencia en el sistema educativo inglés, que tras su caída permaneció hasta finales del siglo XIX. Ningún suceso, tras su caída, le produjo tanto dolor como la noticia de que sus dos colegios habían sido cerrados. En última instancia la institución de Oxford se salvó (parcialmente en respuesta a los ruegos de Wolsey), pero su nombre fue cambiado de Cardinal College a King College (actualmente Christ Church) y su plan se recortó. Otro asunto en el que Wolsey destacó era su creencia de que la grandeza y prosperidad de un país y de todos los países se promueve por la paz, no por la guerra. Trabajó constante, devota e incansablemente por la paz, obteniendo el título de cardinalis pacificus.
Bibliografía:
Otras obras que pueden consultarse ventajosamente son: T. Storer, Life and Death of Thomas Wolsey, Londres, 1599, reimpresión, Oxford, 1826; R. Fiddes, Life of Cardinal Wolsey, ib. 1724; J. Grove, Hist. of the Life and Times of Cardinal Wolsey, 4 volúmenes, ib. 1742-44; C. Wordsworth, Ecclesiastical Biography, 4 volúmenes, ib. 1853; W. Busch, Drei Jahre englischer Vermittlungspolitik, 1518-21, Bonn, 1884; idem, Cardenal Wolsey und die englische kaiscrliche Allianz, 1522-25, ib. 1884; ídem, en Historisches Taschenbuch, volúmenes viii.-ix.; Cambridge Modern History, ii. 42-45, 416-435, Nueva York, 1904; Dictionary of National Biography, lxii. 325-343.
James Gairdner, Dictionary of National Biography; entre las fuentes pueden mencionarse en Rolls Series: Letters and Papers of... Richard III. and Enrique VII., 2 volúmenes, 1861-63; Calendars of Letters and Papers, Enrique VIII., volúmenes, i-vi., 1862 sqq.; Calendar of Letters between England and Spain, volúmenes ii.-v., 1868 sqq.; Venice, State Papers and Manuscripts, volúmenes ii.-v., 1864 sqq.; y J. S. Brewer, Reign of Enrique VIII., ed. Gardiner, 2 volúmenes, 1884. Además de éstas, conviene hacer referencia a todas las publicaciones originales que tratan del reinado de Enrique VIII, así como a las obras sobre la historia, secular y eclesiástica, que tratan de ese período. La llamada vida de George (no de William) Cavendish contiene las reminiscencias de un fiel sirviente, escrita tarde en la vida (en el reinado de María). Cavendish permaneció con Wolsey hasta el final, estuvo presente en su lecho de muerte y personalmente llevó la noticia de su muerte a Enrique VIII. El libro es chismoso, deficiente en fechas y otros datos para reconstruir la vida de Wolsey, y tiene valor principalmente por la imagen que da (muy favorable) de Wolsey el hombre, por alguien que lo conoció durante mucho tiempo y profundamente. Una copia de la primera edición (The Negotiations of Thomas Wolsey, the Great Cardinall of England, Containing his Life and Death, etc., Londres, 1641). La obra se ha reproducido con frecuencia y en forma barata, como en Morley, Universal Library, Londres, 1885. La mejor biografía de Wolsey es Cardinal Wolsey en Twelve English Statesmen Series de Mandell Creighton, Londres, 1888 (escrita con abundante conocimiento de la historia inglesa y continental y con aguda discriminación, trata a Wolsey como un estadista, pero es de lectura bastante difícil). De importancia es Thomas Wolsey, Legate and Reformer, de E. L. Taunton, Londres, 1901 (un elogio de Wolsey como fechas, citas y, quizás, conclusiones, aunque tiene interés y valor como obra de un católico liberal: comp. su artículo en American Catholic Quarterly Review, xxv (1900), 289-329); F. A. Gasquet, Enrique VIII. and the English Monasteries, cap, ii., Londres, 1888, rev. ed., 1899 (desfavorable para Wolsey). El drama, Enrique VIII., atribuido a Shakespeare (realmente escrito por él y Fletcher y que contiene más de Fletcher que Shakespeare), no es historia, pero tiene valor porque sin duda presenta a Wolsey como un hombre de su tiempo e inmediato sucesor de las generaciones que lo vieron.