Historia

WYCLIFFE, JOHN (c. 1320-1384)

John Wycliffe, reformador religioso y teólogo inglés, nació en Ypreswell, la actual Hipswell, a 70 kilómetros al noroeste de York, Yorkshire, hacia 1320 y murió en Lutterworth, a 19 kilómetros al sur de Leicester, el 31 de diciembre de 1384.

John Wycliffe
Estatua de John Wycliffe en Worms
Fotografía de Wenceslao Calvo
Familia y juventud.
Su eminencia yace no sólo en sus obras, que todavía tienen influencia, sino también en sus actividades eclesiásticas. Aunque los reformadores del siglo XVI le conocieron y estimaron su vida y obras, su fama se incrementó aún más en tiempos posteriores, al generar sus producciones un conocimiento más completo que en tiempos anteriores, cuando permanecieron eclipsadas y desconocidas. Es cierto que hay muchos enigmas sobre su vida y actividades y que muchos sucesos ocurridos durante su periodo académico están todavía envueltos en la oscuridad, pero al menos se sabe lo suficiente para dar por seguro el rango que ocupa entre los hombres que precedieron a la Reforma, junto con las razones de su preeminencia. La forma de su apellido parece ser Wycliffe. La familia procedía de antiguo origen sajón, asentada desde tiempo atrás en Yorkshire y extinguiéndose en la primera mitad del siglo XIX, permaneciendo siempre fieles a la Iglesia católica hasta el final. En su día la familia fue grande y cubrió una considerable porción de territorio, siendo su principal residencia Wyclif-on-Tees, del que Ypreswell era una destacada villa. Su año de nacimiento no está registrado en las fuentes contemporáneas y los datos obtenidos de sus escritos son tan generales que no permiten llegar a una conclusión segura al respecto. Sin embargo, parecen indicar que fue más bien antes de 1320 que después. Su infancia y juventud caen en el periodo en el que Inglaterra estaba obteniendo una creciente valoración en el exterior y cuando la posición eclesiástico-política del país estuvo marcada por un liderazgo influyente. Probablemente recibió su primera educación en las inmediaciones de su hogar.

Carrera universitaria.
No hay informes que determinen cuándo fue por primera vez a Oxford, con cuya universidad estuvo tan relacionado hasta el final de su vida. El currículo normal de las universidades del periodo es bien conocido y por tanto la carrera universitaria de Wycliffe es también conocida aproximadamente. El tiempo cuando estuvo en Oxford fue hacia 1345, añadiéndose luego una serie de nombres brillantes que dieron fama a la universidad, como los de Roger Bacon, Robert Grosseteste, Thomas Bradwardine, Guillermo de Occam y Richard Fitzralph. Wycliffe debió mucho a los escritos de Occam; su interés en las ciencias naturales y matemáticas era considerable, pero se aplicó diligentemente al estudio de la teología y el derecho eclesiástico, ganando pronto reconocimiento en filosofía. Incluso sus adversarios reconocieron la agudeza de su dialéctica. Sus escritos demuestran que estaba bien versado en el derecho romano y en el de su propio país, así como en la historia nativa, almacenando gran conocimiento por el Polychronicon de Ranulf Higden. En la universidad no faltaba la fricción política y científica. Como en otras universidades del periodo los estudiantes estaban inscritos por 'naciones'; en Oxford había dos de ellas: los septentrionales o boreales y los meridionales o australes, teniendo cada uno su procurador escogido por el conjunto de la nación. Wycliffe pertenecía a los primeros, prevaleciendo en ellos una tendencia anti-curial, mientras que los segundos eran curiales en su preferencia. No menos aguda era la separación entre nominalismo y realismo. Wycliffe era realista. En medio de tales controversias Wycliffe llevó a cabo sus estudios universitarios. Una familia, cuya cuna estaba en las inmediaciones del hogar de Wycliffe, en el castillo de Bernard, había fundado en Oxford el colegio que llevaba su nombre, Balliol, al que Wycliffe perteneció, primero como estudiante, luego como profesor y finalmente como rector, no después de 1360.

La iglesia en Lutterworth
La iglesia en Lutterworth
Primeros cargos.
Cuando recibió del colegio la toma de posesión en 1361 de la parroquia de Fylingham en Lincolnshire, tuvo que dejar la dirección del colegio, aunque recibió el cortés permiso de residir en Oxford; el testimonio original indica que sus habitaciones estaban en los edificios de Queen College. Su avance universitario siguió su curso usual. Mientras era baccalaureate se ocupó en ciencias naturales y matemáticas, teniendo el derecho como profesor de dar clase de filosofía y logrando pronto reputación. Pero de destacada importancia fue su celoso estudio de la Biblia, en el que se embarcó tras ser bachiller en teología. Su fidelidad, verdad y diligencia hicieron que Simon Islip, arzobispo de Canterbury, le pusiera al frente de Canterbury Hall en diciembre de 1365, donde doce jóvenes estaban preparándose para el sacerdocio. Islip había destinado la fundación especialmente para el clero secular, pero cuando murió en abril de 1366, su sucesor, Simon Langham, hombre de trasfondo monástico, entregó la dirección del colegio a un monje. Aunque Wycliffe apeló a Roma, el resultado fue desfavorable para él. Este incidente fue visto erróneamente por algunos de los contemporáneos de Wycliffe, como William de Woodford, como la génesis de su posterior ataque contra Roma y el monasticismo. Entre 1366 y 1372 obtuvo su doctorado en teología. Como tal tenía el derecho a enseñar teología sistemática, lo cual ejerció celosamente. Pero es un error trazar a esas clases el origen de su Summa, que se debió a otros estímulos. En 1368 dejó su residencia en Fylingham y tomó el rectorado de Ludgershall en Buckinghamshire, no lejos de Oxford, lo que le permitió retener su relación con la universidad. Seis años más tarde (1374) fue nombrado rector de Lutterworth en Leicestershire, cargo que ostentó hasta su muerte. Ya había renunciado a una prebenda en Westbury, porque era contrario a sus convicciones desempeñar más cargos de los que pudiera ejercer en la cura de almas.

John Wycliffe
John Wycliffe
Bases de sus actividades reformadoras.
En Oxford desarrolló una completa actividad académica como profesor; allí escribió sus primeros escritos reformadores y también predicó con éxito. Pero no fue en esos campos donde Wycliffe obtuvo su posición en la historia, sino de sus actividades en la política eclesiástica, en las que se empleó a mediados de la década de los setenta cuando comenzaron también sus actividades reformadoras. En 1374 estaba entre los delegados ingleses en un congreso de paz en Brujas. Ha sido opinión generalizada que esta honorable posición se le concedió por su conducta patriótica manifestada el año 1366, cuando buscó el interés de su país antes que el del papado. Parece que ya entonces tenía un distinguido lugar como patriota y reformador, lo que hace que surja la pregunta de cómo llegó a sus ideas reformadoras. Ha habido muchas contestaciones erróneas a la misma, particularmente con referencia a la relación de Wycliffe con movimientos anteriores de reforma en la Iglesia. Poco puede decirse en favor de una relación con los valdenses, cuyas actividades apenas llegaron a Inglaterra. Más bien la raíz de su movimiento se debe trazar hasta el estudio de la Biblia y especialmente a la legislación político-eclesiástica de su tiempo y del precedente. Estaba familiarizado con las tendencias de la política eclesiástica a las que Inglaterra debió la honorable posición que tuvo en el siglo XIV. Había estudiado los procedimientos de Eduardo I (1272-1306), el rey más popular de Inglaterra, y no solo atribuyó a ellos el fundamento parlamentario opuesto a las usurpaciones papales, sino que había encontrado métodos de procedimiento en asuntos relacionados con las cuestiones de las posesiones temporales y la Iglesia. Muchas declaraciones en su libro sobre la Iglesia recuerdan la institución de la comisión de 1274, cuya actividad deparó tanto dolor y sufrimiento al clero inglés. Wycliffe consideró que el ejemplo de Eduardo I debería ser tenido en cuenta por el gobierno de su tiempo, lo que con aplicaciones prácticas y propósitos elevados resultaría en una reforma del sistema eclesiástico. Similar era su posición con respecto a las promulgaciones inducidas por la política eclesiástica de Eduardo III (1327-76), con las cuales estaba familiarizado y que aparecen totalmente reflejadas en sus tratados políticos. Su propia tendencia estaba en acuerdo completo con las leyes de Eduardo I y su nieto del mismo nombre.

Comienzo de su carrera política.
La entrada del reformador en la escena de la política eclesiástica se relaciona con la cuestión del tributo feudal, del que Inglaterra era responsable por John Lackland (1200-16), que había permanecido sin pagar durante treinta años hasta Urbano V en 1365 y que éste había reclamado, se decía, en tono amenazante. Se dice que el país se levantó en contra de esta demanda del papa y el parlamento declaró al año siguiente que ni el rey Juan, ni ningún otro, tenían derecho, sin su permiso, a someter a Inglaterra a una potencia extranjera. Si el papa hacía uso de las armas se encontraría con una resistencia unida. Además se dice que Urbano reconoció el error que había cometido y tuvo que abandonar sus pretensiones. Sin embargo, es seguro que aunque la demanda del papa fuera un hecho, no hay evidencia de tal surgimiento patriótico. El tono del papa de hecho no era amenazante y no era su intención arrastrar a Inglaterra a la corriente política de la Europa occidental y meridional. Se esperaba que se oyeran en Inglaterra nítidas palabras, por las estrechas relaciones del papado con el enemigo hereditario de Inglaterra, el reino de Francia. Se afirma que Wycliffe también en esta ocasión resultó prominente, que sirvió como consejero teológico al gobierno y compuso un tratado polémico sobre el tributo, defendiendo a un monje anónimo contra la conducta del gobierno y el parlamento. Esta acción marcaría la entrada de Wycliffe en política hacia 1365-66. Pero el tratado sobre el que esta conclusión se basa, que es conocido solo de una reimpresión incompleta e incorrecta de Lewis, toma la ocasión de circunstancias que surgieron un siglo después. Las actividades de Wycliffe en esta dirección se ejercieron en el estrecho círculo de Oxford y su participación más importante comenzó con el congreso de paz en Brujas. Allí se llevaron a cabo negociaciones en 1374 sobre la paz entre Francia e Inglaterra, mientras que al tiempo los comisionados de Inglaterra trataban con los legados del papa sobre los perjuicios eclesiásticos. Wycliffe estaba entre los que estuvieron en estos asuntos a consecuencia de un decreto fechado el 26 de julio de 1374. Si se afirma que su nombramiento se debió a su anterior postura contra las demandas del papado, esa afirmación ignora que la elección de un duro oponente del sistema de Aviñón habría roto las negociaciones de paz y que fue designado simplemente como teólogo, ya que se precisaba un erudito bíblico junto a los entendidos en derecho civil y canónico. No era necesario un hombre de renombre y mucho menos un mero defensor de los intereses del Estado. Es ilustrativo de esto que un predecesor en un caso similar fuera John Owtred, un monje que había formulado la declaración de que Pedro había unido en sus manos el poder espiritual y el temporal, que era justo lo opuesto a lo que Wycliffe enseñaba. En los días de la misión a Brujas este monje todavía pertenecía al círculo de amigos de Wycliffe. Por lo tanto, hay que reconocer que el lugar que se le ha asignado a Wycliffe en esta misión ha sido demasiado elevado, ya que en ninguna manera tomó un papel determinante.

Incremento de tendencias anti-curiales.
A estas alturas todavía el reformador podía ser contemplado por los partidarios del papa como digno de confianza y no ser tenida en cuenta su oposición a la conducta dominante de la Iglesia. El testimonio para ello viene de una fuente posterior, pero bien informada, a la que le fue difícil catalogarle como hereje. Las controversias que absorbían a los hombres de Oxford eran más filosóficas que teológicas o político-eclesiásticas y el método de discusión era académico y escolástico. Walden muestra la clase de hombres con los que Wycliffe trató, aunque muy pocos escritos preservados muestran el método. Se puede mencionar la discusión con el monje carmelita John Kyningham sobre cuestiones teológicas (utrum Christus esset humanitas), o eclesiástico-políticas (De dominatione civili; De dotatione ecclesiæ). Las luchas de Wycliffe con John Owtred y William Wynham (o Wyrinham) fueron anteriormente desconocidas, como las llevadas a cabo con su oponente William Wadeford. Cuando se recuerda que el propósito de Owtred era defender el interés político de Inglaterra contra las exigencias de Aviñón, probablemente se le verá en acuerdo con Wycliffe más que en desacuerdo. Pero la unanimidad de sentimientos entre ellos en ninguna manera era completa. Owtred creía que cometería un pecado quien sostuviera que el poder temporal puede quitarse al sacerdote, incluso al que es indigno; Wycliffe contemplaba a ese sacerdote un pecador que incitaba al papa a excomulgar a los laicos, cuando éstos privaban a los malos clérigos de su poder temporal y enunció el principio de que un hombre en pecado no puede gobernar. Posteriores investigaciones han arrojado luz sobre otro oponente de Wycliffe, el monje William Wynham de St. Albans, donde la tendencia anti-Wyclif era considerable. Wycliffe se quejó de que este benedictino y profesor de teología en Oxford había llevado a la calle las controversias, que estaban confinadas a la esfera académica. Pero al ser de dominio público se convirtieron en un acontecimiento, ya que estaban relacionadas con la oposición del parlamento a la curia. Wycliffe mismo relata (Sermones iii. 199) cómo bajo la profunda impresión que le causaron sus estudios bíblicos llegó a la conclusión de que había un gran contraste entre lo que la Iglesia era y lo que debía ser, deduciendo la necesidad de reformarla. Sus ideas de reforma subrayaban particularmente lo pernicioso del gobierno temporal del clero y su incompatibilidad con la enseñanza de Cristo y los apóstoles, tomando nota de las tendencias que fueron evidentes en las medidas del 'buen parlamento' (1376-77). Se aprobó una enmienda con ciento cuarenta párrafos en la que se señalaban los perjuicios causados por la curia, eliminándose las reservas y comisiones, prohibiéndose la exportación de dinero y expulsando a los recaudadores extranjeros.

Declaración pública de sus ideas.
En este periodo es cuando Wycliffe comienza a destacar. Estaba entre los que veían que la secularización de los bienes eclesiásticos en Inglaterra era beneficiosa. Tenía como defensor nada menos que a Juan, duque de Lancaster. No quedando satisfecho con divulgar sus ideas en su cátedra, comenzó poco después de regresar de Brujas a expresarlas por escrito, produciendo su gran obra Summa theologiæ en apoyo de las mismas. Ya en el primer libro, sobre el gobierno de Dios y los Diez Mandamientos, atacó el gobierno temporal del clero, declarando que en las cosas temporales el rey está por encima del papa y que acumular anatas e indulgencias es simonía.

'Afirmo que las indulgencias papales, si realmente son lo que se afirma que son, a todas luces vienen a ser una manifiesta blasfemia, pues conceden, casi sin límite alguno a los pecadores, una plena salvación. No solo con la absolución y las indulgencias libran al pecador de las penas del purgatorio, sino que también se afirma que una vez llegada la muerte, sin demora alguna, los santos ángeles llevan el alma al descanso eterno... Esta doctrina constituye una blasfemia manifiesta contra Cristo, pues con ella el papa se atribuye una autoridad superior al Mesías encarnado y divino, es decir, por encima de todo lo que es Dios. Ciertamente esta pretensión papal es acorde con el carácter del anticristo.'
Pero su entrada en la política de su día la hizo por su gran obra De civili dominio. Aquí anticipó las ideas por las que el buen parlamento sería gobernado, implicando la renuncia de la Iglesia al dominio temporal. De esta formulación se desprendieron luego las leyes posteriores. En este libro se hallan las más fuertes denuncias contra el sistema de Aviñón con sus comisiones, exacciones, derroches de beneficios para sacerdotes indignos y cosas semejantes. Cambiar todo eso es asunto del Estado. Si el clero usa mal la propiedad eclesiástica se le debe quitar y si el rey no lo hace está incumpliendo su deber. La obra contiene dieciocho tesis, en las que se opone a los métodos de gobierno de la Iglesia y a la resolución de sus posesiones temporales. Wycliffe expuso estas ideas ante sus estudiantes en Oxford en el otoño e invierno de 1376, tras lo cual se vio envuelto en la controversia con hombres como William Wadeford, William Wynham y otros. Aunque hubiera preferido haber restringido estas discusiones al aula de clase, pronto quiso proclamarlas desde los tejados y que los señores temporales y espirituales las conocieran. Mientras que éstos le atacaban y querían ponerle bajo censura eclesiástica, él logró la defensa de los primeros por su ataque a las posesiones terrenales del clero. Aquí comienza una etapa de actividad literaria fructífera que solo acabó con su muerte.

Conflicto abierto con la Iglesia.
Wycliffe estaba poseído por la idea de que sus ideas se llevaran a efecto, debiendo la Iglesia ser pobre, como lo fue en el tiempo de los apóstoles. Todavía no había roto con los frailes mendicantes y de entre ellos escogió el duque de Lancaster a los defensores de Wycliffe. Aunque el reformador ofreció garantías en las explicaciones que dio después de que no era su propósito incitar a los poderes temporales a codiciar la propiedad de la Iglesia, las verdaderas tendencias de las proposiciones eran bien claras. En Bohemia el resultado de las doctrinas fue el mismo, al desposeerse a las fundaciones eclesiásticas más ricas, en un breve espacio de tiempo, de sus posesiones temporales. Estas ideas hubieron de ser subrayadas fuertemente, pues la curia le acusó con no menos ahínco. En los planes de Lancaster entraba tener una personalidad como la de Wycliffe a su lado. Especialmente en Londres las ideas del reformador ganaron apoyo y numerosos miembros de la nobleza se adhirieron a él, escuchando el pueblo gratamente sus sermones. Predicó en varias iglesias de la ciudad y todo Londres se deshacía en alabanzas. Pero también tenía adversarios. Los primeros en oponerse a sus tesis fueron los monjes de las órdenes que tenían posesiones, para los que sus teorías eran peligrosas. La universidad de Oxford y su episcopado cayeron luego en la acusación de la curia, que les acusaba de ser negligentes en su deber de poner coto al demonio en el redil inglés y llevarlo ante Roma antes de hacerlo en Inglaterra. No obstante, los obispos no estaban inactivos, al preferir tratar el caso en casa y no fuera.

Wycliffe ante el obispo de Londres y el arzobispo de Canterbury
Wycliffe ante el obispo de Londres y el arzobispo de Canterbury

Wycliffe fue citado ante William de Courtenay, obispo de Londres, el 19 de febrero de 1377, 'para explicar las cosas inauditas que han brotado de su boca'. Los cargos exactos no se conocen y el asunto no fue más allá de una simple examinación. Lancaster, el mariscal Henry Percy y otros amigos acompañaron a Wycliffe, siendo cuatro frailes mendicantes sus abogados, que eran partidarios de corazón del ideal de la pobreza. Una gran multitud se juntó en la Iglesia y a la entrada se comenzó a manifestar la animosidad, especialmente en un intercambio de palabras airadas entre el imperioso obispo y los protectores del reformador. Lancaster declaró que él humillaría el orgullo del clero inglés, aunque fueran de noble linaje (el obispo Courtenay era hijo del conde de Devonshire), insinuando su idea de posesionarse de las propiedades de la Iglesia. La reunión acabó y los nobles se fueron con su protegido.

Condenación papal.
La mayor parte del clero inglés evaluó este encuentro con gran irritación y los ataques sobre Wycliffe comenzaron con vehemencia, hallando eco en el segundo y tercer libro de su obra sobre el gobierno civil. Esos libros contienen una dura polémica, hasta el punto de que sus oponentes acusaron a Wycliffe de blasfemia y escándalo, orgullo y herejía. De sus actuaciones se desprende que él ya había aconsejado la secularización de la Iglesia inglesa y que las facciones dominantes compartían con él la convicción de que los monjes podían ser mejor controlados si eran relevados del cuidado de los asuntos seculares. La reacción provocada por ese consejo se entenderá mejor si se tiene en cuenta que en ese tiempo el papado estaba en guerra con los florentinos y en gran estrechez. La exigencia de los frailes mendicantes de que la Iglesia debía vivir en pobreza como en los tiempos apostólicos no era agradable en tales circunstancias. Bajo esas condiciones Gregorio XI, en enero de 1377, fue de Aviñón a Roma, enviando el 22 de mayo cinco copias de su bula contra Wycliffe, despachando una para el arzobispo de Canterbury y las otras para el obispo de Londres, Eduardo III, el canciller y la universidad. Entre los documentos adjuntos iban las dieciocho tesis que fueron denunciadas como erróneas y peligrosas para el Estado y la Iglesia. Se puede aducir que las actividades reformadoras de Wycliffe comienzan aquí, ya que todas las grandes obras, especialmente su Summa theologiæ está en relación con la condenación de sus dieciocho tesis, mientras que todas las energías literarias de sus últimos años descansan sobre este fundamento. El objetivo de sus oponentes, que era presentarlo como un revolucionario en política, falló completamente. De hecho, la situación en Inglaterra se convirtió en peligrosa para ellos; el 21 de junio de 1377 Eduardo III murió y su poco glorioso final fue un triste contraste con los brillantes días de Crécy y Maupertuis. Su sucesor fue Ricardo II, quien estaba bajo la influencia de Lancaster, el protector de Wycliffe. La bula contra Wycliffe, aunque estaba fechada el 22 de mayo de 1377, no se hizo pública hasta el 18 de diciembre y el parlamento, que se reunió en octubre, entró en duro conflicto con la curia. Entre las proposiciones que Wycliffe, por dirección del gobierno, elaboró para el parlamento había una que hablaba con nitidez sobre la expoliación de Inglaterra por la curia.

Enconamiento del conflicto.
Cuando la censura de sus tesis fue conocida en Inglaterra, Wycliffe buscó la ayuda del pueblo. Primero presentó sus tesis ante el parlamento y luego las hizo públicas en un tratado, acompañándolas con explicaciones, limitaciones y aquí y allá con interpretaciones. Una vez que acabó la sesión del parlamento, de acuerdo a las directrices papales, fue citado para responder en el palacio episcopal en Lambeth en marzo de 1378. Pero antes de que el procedimiento terminara se concentró una multitud con el propósito de liberarle, poniéndose de su lado también la reina madre. Los obispos, que eran de doble mente, se contentaron con prohibir al reformador seguir hablando sobre los temas en disputa. En Oxford el vicecanciller, siguiendo instrucciones papales, confinó a Wycliffe por algún tiempo en Black Hall, de donde fue liberado ante las amenazas de sus amigos, no pasando mucho tiempo hasta que el vicecanciller fuera encerrado en el mismo lugar por haber cometido esa indignidad sobre Wycliffe. Éste hizo suyo el uso según el cual el que permanecía durante cuarenta y cuatro días bajo excomunión quedaba sujeto a los castigos ejecutados por el Estado y escribió su De incarcerandis fidelibus, en el que exigía que debería ser legal que el excomulgado apelara al rey y a sus consejeros contra la excomunión. En este escrito abordó el caso totalmente y en tal manera que llegó al conocimiento del laicado. Escribió sus treinta y tres conclusiones esta vez no solamente en latín sino también en inglés. Las masas del pueblo, una parte de la nobleza y su antiguo protector, el duque de Lancaster, se pusieron de su lado. Antes de que pudieran darse pasos para contraatacar en Roma, murió Gregorio XI (1378). Pero Wycliffe ya estaba inmerso en una de sus más importantes obras, que trataba sobre la verdad de las Escrituras. De hecho, al enconarse la disputa, recurrió más a la Escritura como fundamento de toda opinión doctrinal cristiana, probando expresamente que era la única norma para la fe cristiana. Anular este fundamento fue el desagradecido objetivo de sus enemigos. Para refutarlos escribió el libro en el que muestra que la Sagrada Escritura contiene toda la verdad y, siendo de Dios, es la única autoridad. No dejó de referirse en este libro a las condiciones bajo las cuales la condenación de sus dieciocho tesis fueron expuestas; lo mismo puede decirse de sus libros que tratan con la Iglesia, el oficio del rey y el poder del papa, completados en el plazo de dos años (1378-79). Ya que todo el mundo, enseñaba, entiende por 'la Iglesia' al papa y los cardenales (a quienes hay que obedecer para la salvación), es necesario hacer una clara distinción entre lo que la Iglesia es y lo que el hombre común supone que es. La Iglesia es la totalidad de aquellos que han sido predestinados a la bendición. Incluye la Iglesia triunfante en el cielo, los que están en el purgatorio y la Iglesia militante en la tierra. Nadie que se pierde eternamente tiene parte en ella. No hay sino una Iglesia universal, fuera de la cual no hay salvación. Su cabeza es Cristo. Ningún papa puede decir que él es la cabeza, pues no puede decir que él es elegido y ni siquiera miembro de la Iglesia.

Declaración sobre el poder real.
Sería un gran error asumir que la doctrina de Wycliffe sobre la Iglesia, que hizo tan gran impresión sobre Hus que la adoptó literalmente, fue resultado del Cisma de Occidente (1378-1417). En su idea germinal esa doctrina ya estaba incorporada en su De civili dominio. La conexión estrecha del libro, en lo que respecta a la Iglesia, con la decisión sobre las dieciocho tesis aparece en cada capítulo. Los ataques contra Gregorio XI aumentan rudamente y en ciertos lugares son extremos. Su posición en favor del ideal de la pobreza es continuamente firme, así como su posición ante el poder temporal del clero. Junto a ello está su libro De officio regis, cuyo contenido ya estaba anunciado en sus treinta y tres conclusiones: Se debería instruir sobre las obligaciones del reino para que pueda conocerse cómo los dos poderes, el real y el eclesiástico, pueden apoyarse mutuamente en armonía en el cuerpo formado en la Iglesia. El poder real está consagrado por el testimonio de las Escrituras y de los Padres. Cristo y los apóstoles dieron tributo al emperador. El rey es siervo de Dios. Peca de hecho quien se opone al poder del rey, ya que deriva directamente de Dios. Por esta razón, Pablo apeló a César, y los súbditos, especialmente el clero que están bajo el rey, deben pagarle tributo. A este fin el poder temporal ofrece justicia y protección. Los honores asociados con el poder temporal redundan en el rey; los que pertenecen al oficio sacerdotal, en el sacerdote. ¿En qué consiste el oficio real? El rey debe aplicar su poder con sabiduría, estando sus leyes en unión con las de Dios. De las leyes de Dios deriva su autoridad, incluyendo las que la realeza ejerce contra el clero. Si alguien del clero descuida su oficio es un traidor al rey, quien le pedirá cuentas. De esto se sigue que el rey tiene un control 'evangélico'. Cada uno en el servicio de la Iglesia debe considerar las leyes del Estado. En confirmación de este principio fundamental, los arzobispos en Inglaterra deben jurar sumisión al rey, recibiendo a partir de ahí su temporalidad. Hay una relación basada en la ley. El rey es además protector de sus vasallos contra todo daño que puedan hacerle a sus posesiones; el rey debe actuar en caso de que el clero, por su mal uso de lo temporal, cause perjuicio. Cuando el rey entrega lo temporal al clero, lo pone bajo su propia jurisdicción, de la que posteriores pronunciamientos de los papas no pueden liberarlo. Si el clero se apoya en pronunciamientos papales, debe someterse a la obediencia al rey.

Se hace evidente que este libro, como los que le precedieron y siguieron tiene que ver con la reforma de la Iglesia en cabeza y miembros, teniendo el brazo temporal una parte influyente. Especialmente interesante es la enseñanza de Wycliffe al rey sobre la protección de sus teólogos, es decir, la facultad de teología, cuyo deber es aconsejar al rey y al pueblo en cuestiones teológicas. Pero esa palabra no significa teología en el sentido moderno, sino conocimiento de la Biblia. Si las leyes del país han de estar en acuerdo con la Escritura, el conocimiento de la teología se hace necesario para el fortalecimiento del reino. A consecuencia de ello, el rey ha de tener teólogos en su entorno que permanezcan a su lado en el ejercicio de su poder. Su posición es semejante a la de los profetas bajo el antiguo pacto. Es su deber explicar la Escritura según la regla de la razón y en conformidad con el testimonio de los santos, además de proclamar la ley del rey y proteger su bienestar y el de su reino.

Actitud constante hacia el papado.
En todos los libros y tratados de los últimos seis años de Wycliffe se puede descubrir una inmensa cantidad de ataques contra el papado y la jerarquía de su tiempo. Cada año que pasaba el asunto se enconaba más y más, hasta el punto de que el papa y el Anticristo son conceptos equivalentes. Sin embargo, hay en sus escritos pasajes moderados en tono al tratar del papa y el papado; de hecho, la posición de Lechler es que en las relaciones de Wycliffe con el papado hay tres etapas, algo que está confirmado por estudiosos ingleses y alemanes. La primera etapa, que cubre hasta el estallido del cisma, supone un reconocimiento moderado de la primacía papal; la segunda, que llega hasta 1381, está marcada por un distanciamiento del papado y la tercera muestra su enfrentamiento abierto. Sin embargo, Wycliffe no llegó a una evaluación diferente del papado antes del cisma que la que tuvo posteriormente. Si en sus últimos años en sus cortantes tratados identificó el papado con el anti-cristianismo, la dispensabilidad de este papado ya era notoria en su mente antes del estallido del cisma. Hay que recordar que fue él quien trabajó por el reconocimiento de Urbano VI (1387-89), pareciendo este hecho una contradicción con su anterior actitud, lo que exige una explicación. La influencia de Wycliffe nunca fue tan grande como en el momento en que el papa y el antipapa enviaron sus embajadores a Inglaterra para obtener reconocimiento. En presencia de los embajadores pronunció una opinión ante el parlamento que mostraba, en una importante cuestión político-eclesiástica como era el derecho de asilo en la abadía de Westminster, una postura que era agradable para el Estado. Cómo Wycliffe se involucró en apoyar a Urbano se aprecia en pasajes de sus escritos posteriores, en los que se expresa respecto al papado en un sentido favorable. Por otro lado, afirma explícitamente que no hay que ir a Roma ni a Aviñón para buscar una decisión del papa. Cualquier lugar es suficiente para el penitente, porque el Dios trino está en todas partes. Nuestro papa es Cristo. Aquí Wycliffe ha roto con el papado, aunque solo en la forma que existía entonces. Si se examina completamente la situación se aprecia que era enemigo del papado, que había evolucionado desde la Donación de Constantino. Enseñó que la Iglesia puede continuar existiendo incluso sin tener dirigente visible; pero como en la tierra no hay orden a menos que haya una unidad, no es perjudicial que la Iglesia tenga un dirigente de la clase correcta. Pero ¿qué cualidades debe poseer? ¿Cómo se relaciona con sus pretensiones de poder temporal? En resuman, el propósito del libro sobre el poder del papa era distinguir entre lo que el papa debería ser, en caso de que fuera necesario que lo hubiera, y el papa que había en los días de Wycliffe. La Iglesia militante, enseñó Wycliffe, necesita una cabeza, pero la tal no es la que los cardenales escogen, sino la que Dios da a la Iglesia. Esa cabeza es de entre los escogidos. El elector (cardenal) sólo puede hacer a alguien papa si la elección recae en el que es elegido (por Dios). Pero no siempre es el caso. Puede ser que el elector mismo no está predestinado y escoge a uno de su misma condición, un verdadero Anticristo. Se debe valorar como verdadero papa a quien en su enseñanza y vida sigue de cerca a Cristo y a Pedro, cuya norma no es de este mundo.

Estas son las enseñanzas de Wycliffe antes del estallido del cisma, pero su expresión se hizo más ácida en el periodo posterior. La cuestión es que él distinguió el verdadero del falso papado. Ya que todas las señales indicaban que Urbano VI era un papa reformador y por tanto un 'verdadero' papa, se comprende el entusiasmo que Wycliffe manifestó por él al ser expresión de su obra sobre la Iglesia. Esas ideas obre la Iglesia y su gobierno son las que expone también en los últimos libros de su Summa: De Simonia, de apostasia, de blasphemia. Pero la batalla que había comenzado sobre las tesis perdió importancia ante la más vehemente desatada contra las órdenes monásticas, al ver Wycliffe que sus esperanzas que había abrigado sobre el 'papa de la reforma' se apagaban, cuando se retiró de la escena como político eclesiástico y se ocupó exclusivamente con la cuestión de la reforma de la Iglesia.

Frailes mendicantes
Frailes mendicantes
Ataque al monasticismo.
Sus enseñanzas sobre el peligro asociado a la secularización de la Iglesia deben haber puesto a Wycliffe en sintonía con las órdenes mendicantes, pues desde 1377 los minoritas eran sus defensores. Si tomó a los mendicantes en ese tiempo como una orden digna de honor, cuyo celo por la pobreza ensalzó, ya aparece una grieta en los últimos capítulos de su De civili dominio. Al hacer la declaración 'el caso de las órdenes que tienen propiedades es el de todas', las órdenes mendicantes se volvieron contra él, comenzando desde entonces Wycliffe a luchar contra ellas con creciente saña hasta su muerte. Esta batalla contra el papado imperializado y sus ayudantes las 'sectas', como él denominaba a las órdenes, tiene gran cabida no solo en sus obras más grandes como Trialogus, Dialogus, Opus evangelicum y sus sermones, sino también en una serie de ácidos tratados y producciones polémicas en latín e inglés (de los que las publicadas en sus últimos años han sido recolectadas como Escritos polémicos). Allí enseña que la Iglesia no necesita nuevas sectas; es suficiente la religión de Cristo, que fue suficiente en los tres primeros siglos de su existencia. Las órdenes monásticas son instituciones que no tienen apoyo en la Biblia, que se huelgan en vicios, causan estragos a la Iglesia y al Estado y deben ser abolidas junto con sus posesiones. Tal enseñanza, particularmente según la expuso en sus sermones, tuvo un efecto inmediato, produciendo en Londres y otras ciudades un levantamiento popular. Los monjes quedaron privados de sus limosnas, siendo obligados al trabajo manual. Dichas enseñanzas vieron resultados más importantes en Bohemia, donde las instrucciones del 'maestro evangélico' fueron seguidas al pie de la letra, hasta el punto de que las fundaciones nobles y prácticamente la totalidad de la propiedad eclesiástica fueron sacrificadas. Pero el resultado en Inglaterra no fue el mismo, pues las propiedades no fueron a parar al Estado, sino a los barones del país. El alcance del conflicto se ahondó en Inglaterra y finalmente no solo abarcó a las órdenes mendicantes sino a toda la jerarquía, tal como estaba constituida, por el celo incansable de Wycliffe.

Lectura de la Biblia al pueblo inglés
Wycliffe lee su traducción de la Biblia ante Juan de Gante
Relación con la Biblia inglesa.
A su proposición de que la Biblia debería ser la posesión común de todos los cristianos, se debió el hecho de que estuviera disponible en la lengua del pueblo. De hecho, el honor nacional requería esto, ya que había miembros de la nobleza que poseían la Biblia en francés. Wycliffe se preparó para la tarea. Aunque no es posible definir la parte que tuvo en la traducción, basada en la Vulgata, no hay duda de que la traducción se debió a su iniciativa y que la consecución del proyecto se debió a su dirección. De él es la traducción del Nuevo Testamento, que era asequible, clara y más legible que la del Antiguo, que fue realizada por su amigo Nicholas de Hereford. Toda la traducción fue revisada por un contemporáneo más joven que Wycliffe, John Purvey, en 1388. De esta manera la masa del pueblo se puso en contacto con la Biblia, aunque se podía oír el clamor de sus oponentes: 'La joya del clero se ha convertido en el juguete del laicado'. No solamente la poseyeron los que llevaban un apellido importante, sino miembros de la clase media, a pesar del celo con el que la jerarquía buscaba los libros heréticos para destruirlos, lo que hizo con numerosas copias, si bien han quedado ciento cincuenta manuscritos completos o parciales, que contienen la traducción en su forma revisada. De este hecho se puede inferir la amplitud de su difusión en el siglo XV. Por esta razón a los wycliffitas en Inglaterra se les designó como 'hombres de la Biblia'. De la misma manera que la versión de Lutero tuvo gran influencia sobre la lengua alemana, la de Wycliffe, por su claridad, belleza y fuerza influyó poderosamente en la lengua inglesa.

El siguiente texto es 2 Y El les dijo: Cuando oréis, decid: "Padre, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. 3 "Danos hoy el pan nuestro de cada día. 4 "Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentac[…]Lucas 11:2-4 en la edición de Wycliffe de 1384:

'Fadir, halewid be thi name. Thi kyngdom come to. Ʒyue to vs to day oure eche dayes breed. And forƷyue to vs oure synnes, as and we forƷyuen to ech owynge to vs. And leed not vs in to temptacioun.'

El amanecer de la Reforma, por W. F. Yeames
El amanecer de la Reforma, por W. F. Yeames
Actividad como predicador.
Otra tarea a la que Wycliffe se entregó fue a la predicación y cura de almas, esforzándose como predicador y maestro. Al ser su deseo acabar con la jerarquía existente sobre la base de que no tenía fundamento en la Escritura, puso en su lugar a los 'sacerdotes pobres' que vivían en pobreza, que no estaban atados por votos ni habían recibido consagración formal, pero predicaban el evangelio al pueblo. Esos sacerdotes, como predicadores itinerantes, esparcieron entre el pueblo las enseñanzas de Wycliffe. De dos en dos iban caminando, vestidos con largas ropas de color rojo oscuro y portando un cayado en la mano, como símbolo de su llamamiento pastoral y pasando de lugar en lugar predicando la soberanía de Dios. La bula de Gregorio XI les calificaba con el nombre de lolardos, un epíteto injurioso, que posteriormente se convertiría en timbre de honor. Ya en su tiempo los lolardos habían llegado a amplios círculos en Inglaterra, predicando 'la ley de Dios, sin la cual nadie puede ser justificado'. El siguiente es un sermón de Wyclife sobre la fe:
'El fundamento de toda bondad es la fe firme o creencia. Ésta, a través de la gracia y la misericordia, se obtiene de Dios. La fe fue el motivo principal que permitió a la mujer de Canaán obtener la salud del alma y del cuerpo de Cristo, para su hija, que era maltratada por un demonio, como relata el evangelio. Y el centurión fue muy elogiado por Cristo por la firme creencia de que tenía el poder de su Deidad. La fe se asemeja a la estrella Polar, ya que muestra el refugio de gracia para los hombres que reman en el mar de este mundo. La fe es la estrella de oriente que lleva a los reyes espirituales a adorar a Jesucristo.
La fe o la creencia es como una piedra que yace en la base de un edificio sólido, que soporta toda la obra. Porque así como el edificio está firmemente apoyado en una piedra, así cada acto virtuoso es fuerte cuando se basa en la solidez de la creencia. Porque sobre esta piedra, es decir, la fe sólida, Cristo dijo que edificaría su iglesia, es decir, el alma del hombre.
Un hombre que ha perdido su ojo derecho no puede defenderse en la batalla, ya que su escudo oculta su ojo izquierdo, por lo que no tiene vista para defenderse de su enemigo; así el que ha perdido el ojo derecho de la fe verdadera, no puede resistir o luchar contra su enemigo espiritual, el diablo. Los santos, como dice San Pablo, a través de la firmeza y la fe verdadera conquistaron reinos, 1 Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. 2 Porque por ella recibieron aprobación los antiguos. 3 Por la fe entendemos que el universo fue preparado por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve no fu[…]Hebreos 11.
La falta de fe firme es la principal razón por la cual los hombres caen en pecado mortal. Cristo dijo a sus discípulos que si su fe era tan grande como la semilla de la mostaza, y dijeran a este monte: "Muévete de aquí", se movería; y nada sería imposible para ellos.
Mientras Pedro tuvo fe verdadera, caminó sobre el mar como en tierra firme; pero cuando la firmeza de su fe falló, comenzó a hundirse, y por lo tanto, Cristo lo reprendió por ser de poca fe. Lo mismo sucede con nosotros, que nos tambaleamos y no resistimos al viento de cada tentación o miedo.
Por lo tanto, hermanos, pongamos toda nuestra fe y plena confianza en el que es todopoderoso, y no en cualquier cosa vana que puede fallar en cualquier momento. Debemos confiar firmemente en que nada puede dañarnos más de lo que él permitirá, y todas las cosas que envíe serán para mejor. Y no permitáis que ninguna riqueza de este mundo en decadencia, ni tribulación, aleje nuestros corazones de la firme creencia en Dios. No pongamos nuestra creencia o confianza en hechizos, ni en sueños, ni en ninguna otra fantasía; sino solo en Dios Todopoderoso.
Creer en Dios, como dice San Agustín, es unirnos a Dios en fe a través del amor y buscar denodadamente cumplir su voluntad; porque nadie verdaderamente cree en Dios, sino el que ama a Dios. Y nadie peca contra Dios sino cuando falla en la creencia, que es el fundamento de toda buena obra.'

Wycliffe juzgado en Oxford
Wycliffe juzgado en Oxford
Sínodo contrario a Wycliffe.
En el verano de 1381 Wycliffe formuló su doctrina de la Cena en doce cortas sentencias, que consideró su deber defenderlas en todas partes. Entonces la jerarquía inglesa procedió contra él. El canciller de la universidad de Oxford estimó que varias de ellas eran heréticas. Se le comunicó este hecho en el auditorio, a lo que declaró que ni el canciller ni nadie podrían cambiar sus convicciones. Entonces apeló no al papa ni a las autoridades eclesiásticas, sino al rey. Publicó su gran confesión sobre el asunto y también un segundo escrito en inglés para la gente común. Sus pronunciamientos ya no quedaban reducidos a la sala de clase, sino que llegaban hasta las masas. 'De cada dos hombres que encuentras, uno es un lolardo', escribió un contemporáneo. En medio de esta conmoción surgió el levantamiento campesino (1381) provocado por la miseria, malas cosechas y errores del gobierno. Aunque Wycliffe desaprobó la revuelta, se le acusó de ella. Y sin embargo, su amigo y protector, Lancaster, era, entre los revolucionarios, el más odiado y donde la influencia de Wycliffe era mayor, menor fue el apoyo que el alzamiento tuvo. Aunque en líneas generales la revuelta iba contra la nobleza espiritual, lo era no porque fueran eclesiásticos, sino porque eran nobles. De manera que el proceso iba dirigido contra Wycliffe. Su antiguo enemigo, Courtenay, ahora arzobispo de Canterbury, convocó (1382) una asamblea eclesiástica de notables en Londres. Durante las sesiones ocurrió un terremoto (21 de mayo), quedando los participantes conmocionados por lo que quisieron terminar la asamblea, pero Courtenay declaró que el terremoto era una señal favorable que significaba la purificación de la doctrina errónea de la tierra. De las veinticuatro proposiciones atribuidas a Wycliffe, sin mencionarse su nombre, diez fueron declaradas heréticas y ocho erróneas. Las primeras tenían que ver con la eucaristía, las segundas con la Iglesia. Se prohibió sostener esas opiniones o mencionarlas en los sermones o en discusiones académicas. Todo el que no se sometiera a esta orden quedaba sujeto a persecución. Para cumplir este fin era necesaria la ayuda del Estado; la Cámara alta, temerosa de la revuelta, la aprobó, pero los Comunes la rechazaron. Sin embargo, el rey emitió un decreto que permitía el arresto de quien estuviera en error. La ciudadela del movimiento reformador que era Oxford, donde más activos eran los partidarios de Wycliffe, quedó bajo la excomunión, siendo citado uno de ellos, Nicholas de Hereford, a Roma. De manera similar a los sacerdotes pobres se les impidió hacer su tarea. Finalmente el golpe principal cayó sobre Wycliffe mismo. El 18 de noviembre de 1382 se convocó un sínodo en Oxford, ante el cual fue citado; aunque físicamente estaba quebrantado por un ataque de parálisis, su voluntad fue firme en sus convicciones. Que se retractó es una calumnia sin fundamento. Todavía tenía el favor de la corte y del parlamento, a los que se dirigió en un memorial. No fue excomulgado ni privado de su sustento.

Quema de libros de Wycliffe en Praga
Quema de libros de Wycliffe en Praga
Últimos días.
Regresó a Lutterworth y de allí envió tratados de carácter fuertemente punzante contra los monjes y Urbano VI, ya que este último, contrariamente a las esperanzas de Wycliffe, no era un reformador o 'verdadero' papa, sino que había ejercido sus actividades en malvadas maneras. La cruzada en Flandes provocó el desdén del reformador, a la vez que sus sermones trataban con las imperfecciones de la Iglesia. Los logros literarios de sus últimos días, tales como el Trialogus, destacan en la cumbre del conocimiento de su tiempo. Su última obra, Opus evangelicum, cuya última parte tituló en forma característica Of Antichrist, quedó incompleta. Mientras estaba oyendo misa en la parroquia el día de los Santos Inocentes, 28 de diciembre de 1384, sufrió un nuevo ataque de apoplejía y murió tres días después. Sus restos no hallaron reposo en la tumba, pues en su tiempo el gran movimiento husita surgió e incendió toda Europa occidental. El concilio de Constanza declaró a Wycliffe (4 de mayo de 1415) pertinaz hereje y excomulgado por la Iglesia. Se decretó que sus libros fueran quemados y sus restos exhumados, lo que sucedió doce años después, cuando al mandato de Martín V fueron desenterrados, quemados y las cenizas arrojadas en el río Swift que corre por Lutterworth.

John Wycliffe
John Wycliffe
Personalidad.
Aunque su obra fue significativa en la última década de su vida, ninguno de sus contemporáneos dejó una descripción completa de su persona, vida y actividades. Es difícil estar seguro de su apariencia externa, aunque las pinturas que lo representan son de una época posterior. Las del siglo XIV son muy típicas y no se puede afirmar con seguridad que pertenezcan a un individuo definido. Hay que contentarse con ciertas expresiones esparcidas en la historia del juicio de William Thorpe (1407). Parece que Wycliffe era delgado y de frágil apariencia. Thorpe dice que su vida fue impecable y estimado por gente de rango, quienes a veces le consultaban, registraban sus dichos y se adherían a él. 'Yo mismo me adherí firmemente a él, el más sabio y bendito de todos los hombres que yo haya conocido. De él se podía aprender lo que la Iglesia de Cristo es y cómo debería ser gobernada.' Si se rechaza este testimonio como el de un partidario, se puede aducir el de Henry Knighton, quien dice de él que en filosofía no tenía igual entre sus oponentes y en Bohemia, según John Pribram, 'cada cual se adhiere a las declaraciones de John Wycliffe como si fueran el quinto evangelio'. Hus, con excesiva calidez, deseaba que su alma estuviera donde se hallara la de Wycliffe. No se puede decir que fuera un oponente confortable. En ese aspecto Thomas Netter de Walden estimó grandemente al antiguo monje carmelita John Kynyngham, quien se opuso a Wycliffe y a su 'acerbo discurso'. Pero este ejemplo de Netter no está bien escogido, pues el tono de Wycliffe hacia Kynyngham es el de alguien joven hacia un mayor al que respeta. No obstante, cuando se vuelve contra sus enemigos en sus sermones o en sus escritos y tratados polémicos, no se puede negar que el tono de los ataques no es amistoso.

Desarrollo de su sistema.
El primer encuentro de Wycliffe con la Iglesia oficial de su tiempo estuvo motivado por su celo en los intereses del Estado, defendiendo en sus primeros tratados y grandes obras de contenido político-eclesiástico los privilegios del Estado y extrayendo de esas fuentes un conflicto que en sus siguientes fases, salvo en sus últimos propósitos, difícilmente podía ser determinado. Al estudiarse sus libros en el orden de producción con referencia a su contenido interior, se aprecia un desarrollo directo hacia una fuerte tendencia reformadora. Tendencia que no era originalmente doctrinal sino que tenía que ver con las excrecencias del sistema jerárquico; cuando posteriormente toca asuntos del dogma, como la doctrina de la transubstanciación, el propósito en mente era la disipación de los poderes de la jerarquía y la vuelta a la simplicidad original en el gobierno de la Iglesia. A la cuestión de si hubo en los escritos y disputaciones académicas de Wycliffe (de las que ninguna existe actualmente), declaraciones erróneas, se puede responder tanto afirmativa como negativamente, a pesar de la declaración de Netter (His Earliest Heresies, 2). Pues hubiera sido contrario a la práctica diplomática del tiempo haber enviado al congreso de paz en Brujas, en el que la curia tenía parte esencial, a un participante que hubiera sido conocido en su patria por su enseñanza herética. En palabras de Waddington Shirley: 'No fue como reformador o maestro de la prosa inglesa, sino como gran erudito que se ganó el respeto de sus contemporáneos; junto a la profunda influencia de su santidad personal y la grandeza atrayente de su carácter moral, estaba su dominio supremo de las armas de la discusión escolástica a lo que debió su asombrosa influencia.' (Fasciculi zizaniorum, p. xlvii).
Wycliffe debió ganarse su gran reputación como filósofo en una fecha temprana, lo que le fue concedido consciente o inconscientemente por sus oponentes eclesiásticos. Un historiador contemporáneo, Henry Knighton, dice de él que en filosofía era reputado en primer rango y en disciplina escolástica incomparable. Si esto es así pertenece a la serie de grandes filósofos y teólogos escolásticos que brillaron en Inglaterra en la Edad Media, como Alejandro de Hales, Roger Bacon, Duns Escoto, Guillermo de Occam y Bradwardine. Hubo un periodo en su vida cuando se dedicó plenamente a la filosofía escolástica, 'cuando yo era todavía un lógico' como solía decir más tarde al referirse a aquel periodo. La primera 'herejía' que 'arrojó al mundo' descansa más en bases filosóficas que teológicas.

Posiciones fundamentales en filosofía.
En Platón, a cuyo conocimiento llegó mediante Agustín, pensó que había huellas del conocimiento de la Trinidad, defendiendo la doctrina de las ideas contra Aristóteles. A éste Wycliffe no le tuvo en mucha estima, diciendo en una ocasión que Demócrito, Platón, Agustín y Grosseteste sobrepasaban a Aristóteles en rango. En Aristóteles echó de menos la provisión para la inmortalidad del alma y en su ética la tendencia a lo eterno. Wycliffe era seguidor de Agustín, de manera que, como Netter afirma, fue llamado 'John of Augustine' por sus alumnos. En algunas de sus enseñanzas, como en De annihilatione, se detecta la influencia de Tomás de Aquino. En lo que respecta a sus relaciones con los filósofos de la Edad Media defendió el realismo en oposición al nominalismo, que fue nuevamente propuesto por Occam, aunque en cuestiones que tenían que ver con la política eclesiástica permaneció con Occam y de hecho fue más allá que él. Sus ideas por tanto estaban basadas en la convicción de la realidad de lo universal, empleando el realismo para evitar dificultades dogmáticas. La existencia mono-divina en la Trinidad es lo real universal de las tres personas y en la eucaristía la presencia siempre real de Cristo justifica la opinión de que la realidad completa es compatible con la división espacial de la existencia. El núcleo del sistema filosófico de Wycliffe está formado por la doctrina de la existencia anterior en el pensamiento de Dios de todas las cosas y sucesos. Esto implica la concreción de las cosas y especialmente su número, por lo que ni su infinidad, extensión infinita, ni la divisibilidad infinita pueden asumirse. El espacio consiste de un número de puntos espaciales determinados desde la eternidad y el tiempo de un número de momentos, número que solo lo conoce Dios. Las figuras geométricas consisten de series de puntos ordenados, descansando su aumento o disminución sobre la adición o sustracción de puntos. La existencia de esos puntos de espacio como tales, esto es, como unidades verdaderamente indivisibles, tiene su fundamento en el hecho de que los puntos son uno con los cuerpos que los llenan y como todo posible espacio es coincidente con el mundo físico (ya que en el sistema de Wycliffe la realidad y la posibilidad se corresponden) puede haber tan poco vacío como superficies limítrofes comunes a diferentes cuerpos. La asunción de tales superficies implica, según Wycliffe, una transición continua de una condición a otra. Su doctrina de los átomos se relaciona con la enseñanza de la composición del tiempo a partir de momentos reales, pero se distingue por la negación de espacios, como se asume en otros sistemas. De la identidad del espacio y el mundo físico por un lado y la moción circular de los cielos por otro, Wycliffe dedujo la forma esférica del universo. Si la estructura del mundo tuviera bordes, el movimiento circular sería imposible ya que los bordes no pasarían por un espacio que fuera no existente.

Actitud hacia la especulación.
Del principio de Wycliffe sobre la preexistencia en pensamiento de toda realidad se deduce el problema de la libertad de la voluntad. El filósofo podía concordar consigo mismo solo por la fórmula de que el libre albedrío del hombre era algo predeterminado por Dios. En los particulares demandaba una estricta preparación dialéctica como medio de distinguir la verdad del error, afirmando que la lógica (o el silogismo) ampliaba el conocimiento de las verdades católicas; la ignorancia de la lógica era la razón por la que los hombres no entendían la Escritura, ya que los hombres pasan por alto la distinción entre idea y apariencia. En general se puede decir que Wycliffe no era consciente de la distinción entre teología y filosofía, pero que su sentido de la realidad le llevó a pasar por las cuestiones escolásticas como si fueran cascarones vacíos. Puso a un lado las discusiones filosóficas que le parecían sin sentido para la conciencia religiosa y las que pertenecían puramente al escolasticismo, no hallando complacencia en las menudencias de un escolasticismo degenerado y en sus naderías. Sostuvo que no debemos vagar en el terreno de las meras posibilidades: 'Debemos concentrarnos con la verdades que son y dejar a un lado los errores que surgen de la especulación sobre asuntos que no son'. Se ocupó con el estudio de las verdades en lugar de con las ficciones que nada prueban ni son útiles para nadie, ya que es enorme el número de verdades sólidas y útiles que todavía están escondidas para el hombre.

John Wycliffe
John Wycliffe
Doctrina de la Escritura.
Al ser su trato sobre cuestiones de política eclesiástica lo que provocó que Wycliffe se volcara en actividades reformadoras, ello hizo que dichas cuestiones ocuparan una gran parte en sus escritos. Sería un error suponer, sin embargo, que su oposición a la Iglesia era una continuación de la francesa bajo Felipe el Hermoso (1285-1314) o la de los alemanes bajo Luis el Bávaro (1314-46). Aunque partió en la política eclesiástica de la legislación inglesa promulgada en los tiempos de Eduardo I, declinó la conexión realizada por sus contemporáneos bajo la guía de Occam. De hecho, desaprueba tomar sus conclusiones de Occam y declara que las extrae de las Escrituras y hasta donde estaban sostenidas por los doctores de la Iglesia, de manera que no depende de facciones cismáticas anteriores en la Iglesia, sino que su atención se centra en la fuente hallada en la Escritura, a la que añade los cánones de la Iglesia. A estos últimos se volvió frecuentemente, aunque en los últimos años los rechazó explícitamente como leyes de hombres. En esos últimos años la autoridad plena era la Biblia sola que, según su propia convicción y la de sus discípulos, era suficiente para el gobierno de este mundo (De sufficientia legis Christi). Aparte de esto extrajo sus afirmaciones en apoyo de sus ideas reformadoras no sin intenso estudio y muchos conflictos espirituales. Él dice que cuando solo era un principiante estaba volcado en entender los pasajes que tratan de las actividades de la Palabra divina, hasta que por la gracia de Dios pudo captar el sentido correcto de la Escritura. Pero no fue una tarea fácil, pues la Palabra no se abre meditante la gramática que usan los muchachos. La Escritura tiene sus propias reglas, conteniendo toda la verdad y la más alta autoridad, al ser la ley de Cristo que no puede mentir, por lo que está por encima de todos los escritos humanos. La ley de Cristo es la que todos los hombres deben aprender, pues la fe descansa en ella solamente. Sin conocimiento de la Biblia no puede haber paz en la vida de la Iglesia ni en la de la sociedad y fuera de ella no existe un bien real y duradero; contiene todo lo necesario para la salvación, siendo infalible, sublime sobre el error y por tanto la única autoridad para la fe.

Esas enseñanzas las enunció Wycliffe no solo en su gran obra sobre la verdad de las Escrituras, sino también en numerosos otros escritos, grandes y pequeños. Para él la Biblia era la fuente fundamental del cristianismo, por lo que todos deben conocerla. De esto se desprende fácilmente el siguiente paso, esto es, la entrega de la Biblia al pueblo en su lengua materna. No resulta difícil de entender el título de Doctor evangelicus que los wycliffitas ingleses y bohemios le dieron. De todos los reformadores anteriores a Lutero, fue él quien subrayó más la importancia de las Escrituras: 'Aunque hubiera un centenar de papas y aunque cada monje mendicante fuera cardenal, serían confiables solo si concordaran con la Biblia'. Por lo tanto, en este periodo Wycliffe reconoció y formuló el principio formal de la Reforma de la única autoridad de la Biblia para la creencia y vida del cristiano.

El siguiente pasaje muestra un texto de Wycliffe sobre la autoridad y recta utilización de la Sagrada Escritura:

'Para que la cristiandad tenga un fundamento autónomo, Dios puso la ley de la Escritura como reglamento, en que los cristianos deben basarse en todo lo que se refiere a su hablar y al significado de sus conceptos [...]. A pesar de que algunos profesores opinan que en tiempos del Anticristo y sus seguidores los cristianos idearían muchas maneras para hacer frente a sus intrigas, a mí me parece que la fe en la Biblia es el mejor medio para discernir si un hombre enseña y vive en armonía con la ley de Cristo [...] Si el amor por la ley corresponde al amor por el legislador, ¿cómo entonces un hombre puede amar a Cristo sobre todas las cosas, si desprecia su ley o la abandona para seguir la ley de los hombres? ¿Acaso no ama más el fruto de la ley que más adora, y por consecuencia, ama más los bienes efímeros que los eternos? Es exactamente lo mismo con el estudio que el hombre dedica a ampliar su conocimiento, porque éste significaría más amor por Dios si estuviera dirigido a la ley de Cristo, y por ende, un bien mayor. Y lo mismo se puede decir de los que multiplican las leyes de los hombres, con lo cual hacen pedazos el estudio de la teología. ¿Acaso la ley de Cristo, tal como es legada a la posteridad en la Biblia, no es suficiente? ...¿Acaso hay que creer que aquellos que estudian las leyes ajenas bajo el pretexto de conocer mejor la ley de Cristo, conservarla y protegerla, tendrán una disculpa creíble ante el tribunal del máximo juez? ¿Acaso no son sus propias acciones las que los denuncian? Deberían, en primer lugar, examinarse a sí mismos si entienden tanto de la ley de Cristo como deberían, siempre que se esfuercen por el conocimiento práctico de los mandamientos del Señor en la misma medida que conocen los reglamentos de los hombres. Deberían examinar, en segundo lugar, si el objetivo de sus estudios es llevar la vida pobre y esforzada de Cristo, o vivir en el goce y la pompa del mundo y quedarse con los ingresos y ganancias para sí y sus familias. Deberían examinar, en tercer lugar, si se esfuerzan para la realización y defensa de la ley de Cristo, que es la que siempre los guía, ¡en la misma medida con la que defienden su propia ley! Al contrario, ¿no es muy evidente en la política que los juristas se pelean sobre la superioridad y el rango superior de su ley por encima de la ley de Cristo, y por ende persiguen con más severidad a los que fomentan la ley de Cristo? Y si uno les pregunta por los Diez Mandamientos, ¡generalmente no saben el número ni el orden de ellos! De esto se deduce que los culpables son especialmente nuestros teólogos, nuestros monjes adinerados y nuestros curas juristas, que cierran el camino a la ley de Cristo.'
(De veritate Sacrae Scripturae)

Teología y cristología realista.
Sobre este fundamento bíblico se levantó la estructura de la enseñanza doctrinal de Wycliffe. No obstante, no se movió de sus métodos escolásticos. Su doctrina de Dios lleva en su interior la huella del realismo especulativo. Rechaza la idea de que Dios es un mero concepto general, así como el concepto de que un Dios personal es un individuo, ya que ambas nociones descansan en bases nominalistas. El Dios omnipotente no está para él en ninguna manera limitado en su capacidad, por lo que Dios, por ejemplo, puede mentir; pero se trata de un poder que está regulado por la moralidad, auto-determinación y ordenado por sus propias leyes internas. El realismo de Wycliffe sale a la luz especialmente con especial claridad en su doctrina del Hijo como el Logos, que es la palabra esencial, la condensación de todas las ideas, esto es, de todas las realidades inteligibles. De ahí el pronunciamiento siguiente: 'Cada criatura que puede ser conocida es la palabra de Dios en relación a su ser inteligible y por lo tanto en relación a su ser esencial; todo ser es de hecho Dios mismo'. Aunque estas y otras declaraciones señalan a una doctrina monista, Wycliffe rechazó aceptar el panteísmo. A este respecto era seguidor de Agustín, quien en sus discusiones filosóficas no siempre fue capaz de evitar un matiz panteísta.

Voluntad, mal, fe y salvación.
La misma tendencia se descubre en su antropología y su doctrina de la voluntad humana y el pecado. Estimó de especial importancia la afirmación de la libertad de la voluntad, siendo consciente de que el mérito de una acción está condicionado por ello. Pone especial cuidado en salvaguardar la santidad de Dios, no admitiendo la imputación de responsabilidad a Dios por la existencia el mal. Sostuvo la idea de que en la profundidad del corazón y la voluntad existe al menos una autonomía relativa, elevada por encima de toda compulsión. También afirmó la idea de que el mal no es una existencia positiva, sino una no-existencia, no una actividad, sino un defecto. Esas ideas estaban inspiradas en Agustín. No dudó en exponer esas ideas en sus sermones, pero cuidadosamente evitó el pensamiento de que era permisible hacer el mal para que resultara el bien. En su doctrina de la persona de Cristo sostuvo la idea eclesiástica tal como fue construida por Agustín, Anselmo de Canterbury y otros. Sobre todo subrayó la incomparable exaltación de Jesucristo como el único mediador entre Dios y el hombre, expresándolo en varias maneras y con muchas ilustraciones, tal como 'Cristo es el Santo de los santos, la única fuente de la salvación'. Los santos obtienen su dignidad por la imitación de Cristo. Con respecto a las fiestas de los santos y su culto, el 'Doctor evangélico' afirmó que podían ser útiles solo en tanto inflamaran el alma con el amor de Cristo. En ese sentido, Wycliffe clara y conscientemente estableció la verdad de que la salvación era solamente por Cristo, lo cual le convierte en un auténtico precursor de la Reforma. Si por un lado trató con el orden de la salvación y no se opuso a la doctrina escolástica de los méritos de los santos, por otro se apartó sobre el asunto de los méritos de las obras, posicionándose en favor de la verdad de la libre gracia de Dios en Cristo. Subrayó la afirmación de que la fe es un don de Dios que llega por gracia al hombre. Con esto concuerda su ética, en la que valoró la humildad como raíz de todas las virtudes, mientras que el germen de la virtud cristiana es el amor a Dios y al prójimo. No obstante, él no tenía la idea bíblica y evangélica de la fe, pues se adhería al concepto escolástico, según el cual la fe llega a ser lo que debería ser solo mediante el amor, es decir, atribuye la justificación ante Dios a la santificación y buenas obras, no negando el mérito en última instancia. La justificación por la fe sola no estaba dentro de sus ideas.

Doctrina de la Iglesia.
Su idea de la Iglesia, como se muestra arriba, fue diferente de la de su día; no era la congregación del obispo de Roma, sino la comunión de los elegidos de Dios. No los prelados y sacerdotes como tal, sino todos los miembros piadosos de Cristo pertenecían a la Iglesia. Igual que Agustín hizo una distinción entre el 'verdadero' y el 'pretendido' o 'mezclado' cuerpo de Cristo, estando los inconversos nominales en ella, pero no siendo de ella. De ningún hombre, ni siquiera del papa, se puede asegurar que es miembro de la Iglesia, salvo por sus frutos. Por lo tanto, aplicó el criterio ético y así llegó a la conclusión sobre las pretensiones de Urbano VI y Gregorio XI de su autenticidad para el cargo. Toda su enseñanza sobre un verdadero y falso papado, un verdadero y falso sacerdocio, descansan en este principio. Tal como los poderes de los apóstoles eran iguales, así ningún papa puede atribuirse el gobierno de la Iglesia; si Pedro poseyó cualquier prerrogativa sobre los otros, no estaba relacionada con poderes jurisdiccionales, sino con su mayor humildad. La Iglesia de su propio tiempo no necesitaba otro ministerio o sacerdocio que el de la Iglesia primitiva. Por lo tanto, no hizo distinción entre sacerdote y obispo; cada 'elegido' puede asumir el oficio de sacerdote, aunque no tenga ordenación episcopal, pues es un auténtico sacerdote constituido por Dios. Su tarea más valiosa consiste en la predicación del evangelio, más preciosa que la administración de los sacramentos y entre todas las obras caritativas es la más noble y deseada. Por eso todas las bendiciones y consagraciones de velas y palmas, de sal y otras cosas, que no tienen relación con la fe se han de rechazar, al igual que la veneración de reliquias, el culto a los muertos, las peregrinaciones y la adoración de imágenes. Para el predicador nada es más importante que la predicación; la única pregunta es ¿qué predicar al pueblo? Ciertamente no esas comedias y tragedias, sucesos apócrifos e insustanciales, con los que el predicador busca divertir a sus oyentes y así vaciar sus monederos cuando pase la colecta. El objeto del sermón es inducir a la imitación de Cristo, lo que lleva a una vida renovada y ello en las dos lenguas: el latín para los entendidos y la vernácula para el resto del pueblo. Por eso Wycliffe en sus sermones latinos se dirige a los entendidos, sacerdotes y candidatos al sacerdocio. Sus primeros sermones, mientras estaba enseñando, los de su primer periodo en Oxford, pasan por alto la nota reformadora que hay en los otros, hallando estos últimos un eco más potente en Bohemia que en Inglaterra, pues en muchos círculos se creía que eran producto de Hus. Sus sermones en inglés son simples en forma y contenido, pero no les falta el sentimiento cálido ni la apelación que estimula a los oyentes. Muchas de sus enseñanzas, como la del purgatorio, no alcanzan una formulación tan adecuada.

La eucaristía.
Su enseñanza sobre los sacramentos ocupa mucho espacio en sus escritos. Si el sacramento es simplemente el símbolo de un objeto santo, una gracia invisible, entonces siete es un número insuficiente para expresar los sacramentos, ya que de tales signos hay muchos. Por ejemplo, la predicación de la Palabra es tan sacramento como cualquiera de los siete que llevan ese nombre. Según ese criterio siete es un número demasiado pequeño, pero es demasiado grande si la norma es la base bíblica de su ordenación. Para la eucaristía el testimonio de la Escritura es el más fuerte; para la extremaunción el más débil. Entre los sacramentos el primero, rectamente administrado, tiene poder salvador. Pero hay una condición añadida para que la gracia opere en el sacramento, siendo la actitud y disposición de arrepentimiento del receptor. La operación de salvación no depende de la condición ética del sacerdote que lo administra. Sobre la eucaristía Wycliffe pensó mucho, al ser el sacramento más santo y digno de todos. Pero luchó duramente contra la doctrina escolástica de su transformación. La opinión usual ha sido que Wycliffe realizó su primer ataque sobre la transubstanciación en 1381, pero la fecha debe adelantarse hasta 1379, mientras que el fundamento de su enseñanza se halla en escritos y formulaciones anteriores. Sin embargo, fue en 1381 cuando expuso en sermones y tesis, en tratados polémicos y filosóficos y finalmente en una obra completa, la enseñanza eclesiástica de que después de la consagración el pan y el vino se cambian en el cuerpo y sangre de Cristo en tal forma que solo permanece la apariencia (los accidentes) de pan y vino. El sacramento del altar es pan y vino natural, pero sacramentalmente es cuerpo y sangre. Tras la consagración la hostia permanece pan local y sustancial, pero concomitantemente en un sentido figurado y sacramental es el cuerpo de Cristo, que los creyentes reciben espiritualmente. Wycliffe quiso ilustrar esta enseñanza. Tal como hay una doble visión, la física y la espiritual, hay un doble comer. De ahí que en el sacramento no vemos con el ojo físico el cuerpo del Señor, sino por la fe como en un espejo y por parábola; similarmente, como una imagen es completa en cada punto del espejo, así sucede con el cuerpo del Señor en la hostia consagrada, que no lo tocamos o captamos, no lo masticamos, ni lo tenemos corpóreamente, sino espiritualmente, completamente intacto. Cuando Wycliffe entró en el debate de lo que él llamó la 'novedosa' doctrina de la transubstanciación, era su expreso deseo oponerse a las ideas 'paganas', según las cuales cada sacerdote podía 'crear' el cuerpo de Cristo, pensamiento que le perecía horroroso, al atribuir al sacerdote el poder trascendente por el que la criatura da existencia su creador. Más aún, Dios es humillado cuando los hombres afirman que el Eterno puede ser creado diariamente, mientras que lo santo, el sacramento mismo, era por este medio profanado. Una vez que Wycliffe hubo roto con la doctrina de la transubstanciación, manejó el tema con celo incansable en obras populares y filosóficas, en sus grandes producciones, pequeños tratados y especialmente en sus sermones.

Los otros sacramentos.
Igualmente en el caso de los otros sacramentos, aunque no los rechazó completamente, no cesó por ello de oponerse al poder que se arrogaba el sacerdocio de administrarlos. Hizo la distinción en el bautismo entre los símbolos externos, habiendo un bautismo con agua y otro con el poder de Dios; o distinguió un triple bautismo: por agua, por sangre (el de los mártires) y por el Espíritu, siendo éste absolutamente necesario para la salvación y el primero de necesidad antecedente. El bautismo en agua no puede ser pasado por alto para los niños, quienes son también bautizados con el Espíritu, ya que reciben el bautismo de gracia. La confirmación, según Wyclife, no tiene fundamento en la Biblia; es una pretensión de los obispos asumir que tienen el don de impartir el Espíritu Santo, buscando en ello un incremento de su poder, sin el cual, afirman, la Iglesia no existe. Igualmente, la consagración de los sacerdotes tiene poca base en la Escritura. Rechazó la enseñanza de que los sacerdotes reciben autoridad por la imposición de manos del obispo para realizar los oficios de la Iglesia y que el obispo imparte en el sacerdote el Espíritu Santo e imprime sobre su alma una cualidad inextinguible, así como la afirmación de que 'como por el bautismo el creyente es distinguido del incrédulo, así por la ordenación el sacerdote es distinguido del laico'. La Iglesia apostólica solo tenía dos grados de clérigos: sacerdotes y diáconos; obispo y sacerdote eran lo mismo. No hay sacerdocio mediador entre Dios y el hombre, ni calificación para el oficio que dependa de la ordenación de un obispo, ni tampoco se imparte un carácter indeleble en la ordenación sacerdotal. Al reconocer un solo sacerdocio, todos los privilegios episcopales se caen por su propio peso. La graduación jerárquica en órdenes, desde el papa hacia abajo, es una invención del papado imperializado. Tampoco hay base bíblica para la extremaunción. El sacramento de la confesión fue introducido desde el tiempo de Inocencio III (1198-1216), suplantando la confesión ante Dios y la de la Iglesia apostólica en presencia de la congregación. La declaración de la absolución es una irrupción en el poder divino, habiendo poca justificación para la imposición de penitencia, pues el sacerdote no conoce su relación con el pecado, y lo mismo para la excomunión. Wyclife consideró el matrimonio un sacramento, pues es una institución divina y exige una sanción divina. Todo obstáculo al mismo que no está prescrito en la Biblia debería ser puesto a un lado, permitiéndose el divorcio cuando razones urgentes lo demanden. No favoreció las ostentaciones nupciales, sino las que beneficiaban el carácter de la institución.
El fundamento de la reforma de la Iglesia que Wyclife defendía descansa en que estimó la Biblia como la única autoridad para el creyente, de forma que tira por la borda tradiciones, enseñanzas, bulas, símbolos y censuras, al no estar sustentadas en la Escritura. Distinguió cuidadosamente entre la Iglesia y el Estado, relegando a la primera al control de la esfera espiritual; sobre ese principio quedan abolidos los derechos de infligir castigos y otorgar inmunidades, posiciones y oficios temporales y posesiones y poderes de esa categoría, como la Iglesia pretendía. En tanto se retrocede a la Iglesia apostólica es evidente la necesidad de la caída de la jerarquía y la abolición del monasticismo. En el culto, el principal elemento es la predicación del evangelio.

Sermones lolardos, siglo XV
Sermones lolardos, siglo XV
El wycliffismo después de Wycliffe.
El reformador vivió y murió en la esperanza de que la reforma de la Iglesia era algo que pronto se realizaría 'pues la verdad del evangelio puede tal vez ser oscurecida por la hostilidad del Anticristo, pero no puede ser quitada enteramente'. De hecho, en el periodo inmediatamente posterior a la muerte de Wycliffe, el movimiento hizo significativos avances en Inglaterra, bajo el liderazgo de hombres tales como Nicholas de Hereford, John Aston y John Purvey, penetrando en todos los estratos sociales, pidiendo al parlamento su cooperación (1395) en sus reformas. Pero una vez que Thomas Arundel fuera arzobispo de Canterbury y particularmente tras el vacío dinástico y la ocupación del trono por la casa de Lancaster (1390), la Iglesia y el Estado se unieron para extirpar el wycliffismo. En los primeros años de la nueva dinastía se publicó el notorio estatuto De hæretico comburendo, que obligaba a entregar los escritos heréticos y ejecutar a los herejes en las llamas. Este fue el primer estatuto inglés que hizo de la herejía crimen capital. A pesar de la unión de las fuerzas del Estado y la Iglesia, fue tarea difícil restablecer la unidad de la fe contra los lolardos en Inglaterra. La adopción de medidas severas en Inglaterra se estimuló por la trasformación de los asuntos de Estado en Bohemia en el plazo de dos décadas. Las medidas iban dirigidas especialmente contra los predicadores itinerantes y después contra la universidad de Oxford, donde las tradiciones wycliffitas permanecían intactas. En 1408 se publicaron las 'constituciones', en cuyo séptimo artículo se prohibía la traducción de la Biblia al inglés; finalmente el ataque iba dirigido contra los defensores del wycliffismo entre la nobleza, cuyo miembro más destacado era Sir John Oldcastle, martirizado en la hoguera en 1417. Algunos de los seguidores ingleses de Wycliffe buscaron un nuevo hogar en Bohemia, siendo el más conocido Peter Payne. En general, el wycliffismo sobrevivió al periodo de persecución y en el siglo XVI surgieron nuevos brotes que finalmente cristalizaron en la Reforma que se originó en Alemania.


Bibliografía:
J. Loserth, The New Schaff-Herzog Encyclopedia of Religious Knowledge; en Hauck-Herzog, RE, xii. 225 se hace una breve declaración de las primeras ediciones de las obras de Wycliffe publicadas antes de las ediciones ahora autorizadas.Para una revisión de la lista de escritos de Wycliffe, véase W. W. Shirley, Catalog of the Original Works of John Wyclif, Oxford, 1865 (enumera 96 ​​escritos latinos y 65 ingleses), y comp. Lechler, Life (como se muestra a continuación), págs. 483-498, y Dictionary of National Biography, lxiii. 221-222. Bajo los auspicios de la Sociedad Wyclif, hay una edición definitiva de las obras latinas del reformador. Estos volúmenes tienen análisis marginales, por lo que es fácil seguirlos en su totalidad. De las otras obras, están disponibles las Select English Works of John Wyclif, ed. T. Arnold, 3 volúmenes, Oxford, 1869-71; English Works of Wyclif hitherto Unprinted, ed. F. D. Matthew, Londres, 1880 (contiene también una valiosa introducción sobre la vida de Wycliffe); Wyclif's Translation of the Bible, ed. Forsball y Madden, 4 volúmenes, Oxford, 1850; su New Testament, with Glossary, ed. W. W. Skeat, Cambridge, 1879; J. Loserth, Die älteslen Streitschriften Wiclifs, en Sitzungsberichte de la Academia de Viena, vol. clx., de la clase filosófica-histórica, 1908.

Las principales fuentes tempranas de conocimiento de Wycliffe, además de sus propios escritos, son: T. Netter, Fasciculi zizaniorum Johannis Wyclif... ed. W. W. Shirley, en Rolls Series, Londres, 1858 (una serie de importantes documentos, con un prefacio muy admirable); R. Pecock, The Repressor of Overmuch Blaming of the Clergy, ed. C. Babington en Rolls Scries, 2 volúmenes, ib. 1860 (la introducción es valiosa); Chronicon Angliæ, cd. M. Thompson, ib. 1874; H. Knighton, Chronicon, ed. J. R. Lumby, vol. ii., ib. 1895; Eulogium historiarum site temporis, ed. F. S. Haydon en Rolls Series, vol. iii., ib. 1868; T. Wateingham, Historia Anglicana en Rolls Series, 2 volúmenes, ib., 1863-64.

La biografía autoritativa sigue siendo G. V. Lechler, Johann von Wiclif und die Vorgeschichte der Reformation, 2 volúmenes, Leipzig, 1873, traducción inglesa de P. Lorimer, John Wiclif and his English Precursors, 2 volúmenes, Londres, 1873. Libros de gran importancia, después del de Lechler, y que tratan de la vida, son: John Fox, Book of Martyrs, Londres, 1632 y con frecuencia; J. Lewis, Life of Widiffe, Oxford, 1820 (valioso por los documentos citados); R. Vaughan, Life and Opinions of Wyclif, 2 volúmenes, Londres, 1828, reemplazado por su John de Wycliffe, ib. 1853; J. Loserth, Hus und Wiclif, Praga, 1884; ídem, en English Historical Review, xi (1896), 319-328; A. R. Pennington, John Wiclif, Londres, 1884; R. L. Poole, Wycliffe and Movements for Reform, ib. 1889 (comp. sus Illustrations of the Hist, of Medieval Thought, cap. x. ib. 1884; ambos deben tenerse muy en cuenta); L. Sergeant, Last of the Schoolmen and First of the English Reformers, Nueva York, 1893; G. S. Innis, Wiclif the Morning Star, Cincinnati, 1907; W. Walker, Greatest Men of the Christian Church, Chicago, 1908; J. N. Figgis, Typical English Churchmen, Londres, 1909.

Otra literatura que trata sobre la vida, los tiempos, las doctrinas y la influencia del reformador son: T. James, Apologie for John Wycliffe, Oxford, 1608; A. Varillas, Hist. du Wiclefianisme, Lyon, 1682, (interesante sólo por ser una difamación bastante notable); J. e I. Milne, Hist. of the Church of Christ, vol. iv., Londres, 1847 (trata este tema con gran cuidado); O. Jäger, John Wycliffe und seine Bedeutung für die Reformation, Halle, 1854; F. Böhringer, Die Vorreformatoren des 14. und 16. Jahrhunderts, Stuttgart, 1856; P. Reinhold, Pictures of Old England, cap, viii., Cambridge. 1861; J. E. T. Rogers, Historical Gleanings, 2ª ser., págs. 1-63, Londres, 1870; M. Burrows, Wiclif's Place in Hist., Nueva ed., ib. 1884; R. Buddensieg, Johann Wyclif und seine Zeit, Gotha, 1885 (muy elogiado); J. Stevenson, The Truth about John Wyclif, Londres, 1885 (condena las doctrinas del reformador); V. Vattier, John Wycliffe, sa vie, ver oeuvres, sa doctrine, París, 1886 (un estudio de los principales escritos); F. D. Matthew, en English Historical Review, 1890, 1895; H. Morley, English Writers, vol. v. Londres, 1890; T. R. Lounsbury, Studies in Chaucer, ii. 459-494, Nueva York, 1891; F. Wiegand, De ecclesia notione quid Wiclif docuerit, Leipzig, 1891; C. Pctit-Dutaillis, en Études d'hist. du mayen áge dediées à Gabriel Monod, París, 1896; J. Loserth, Studien zur Kirchenpolitik Englands im 14. Jahrhundert, Viena, 1897-1907; E. L. Cutts, Parish Priests in the Middle Ages in England, Londres, 1898: E. P. Chantard, en American Historical Review, iv (1899), 423-428; W. W. Capes, English Church in the 14th and 15th Centuries, págs. 94 y ss., Londres, 1900; H. Fürstenau, Johann von Wyclifs Lehren von der Stellung der kirchlichen Gewalt, Berlín, 1900; G. M. Trevelyan, England in the Age of Wycliffe, 3ª ed. Londres, 1900; ídem y E. Powell, El levantamiento de los campesinos y los lolardos, ib. 1899; F. A. Gasquet, The Eve of the Reformation, págs. 185 ss., 1901; H. B. Workman, The Age of Wyclif, ib. 1901; R. S. Storrs, en Sermons and Addresses, Boston, 1902; W. H. Summers, Lollards of the Chiltern Hills, Londres, 1906; C. Bigg, Wayside Sketches in Eccl. Hist., ib. 1906; C. Oman, Hist. of England 1377-1486, ib. 1906; J. Gairdner, Lollardy and the Reformation in England, vol. i., cap, i., Londres, 1908; J. Lindsay, Studies in European Philosophy, Edimburgo, 1909; W. Wundt, Kleine Schriften, vol. i., Leipzig, 1910; J. Loserth, Wiclife Sendschreiben, Flugschriften und kleinere Werke kirchen-polilischen Inhalts, Viena, 1910; Schaff, Christian Church, v. 2, págs. 314-348; Dictionary of National Biography, lxiii. 202-223; David Fountain, John Wycliffe, The Dawn of the Reformation; y obras sobre la historia de Inglaterra del período, también sobre la historia de la iglesia de la época, y sobre la historia de la Biblia inglesa (ver esta obra, vol. ii., 141). La literatura sobre Jan Huss contiene mucho sobre Wycliffe.