Historia

ADIÁFORA

Adiáfora (griego, adiaphoron, 'indiferente') es el término en la historia de la ética cristiana que denota acciones que Dios ni manda ni prohíbe y cuya realización u omisión es un asunto indiferente. El término lo emplearon los cínicos y fue tomado por los estoicos. Para éstos lo bueno y lo malo eran lo que siempre así había sido y que el hombre podía controlar. Asuntos tales como salud, riquezas, etc. y sus opuestos fueron clasificados como adiáfora, siendo estimados para este propósito no como acciones, sino como cosas o condiciones. La adiáfora se dividió en absoluta y relativa, siendo la primera la que tiene que ver con distinciones sin importancia, mientras que la segunda supone preferencia, como es el caso de la enfermedad y la salud. Sin embargo, los estoicos no dedujeron de la naturaleza adiaforista de las cosas externas la de las acciones relacionadas con ellas.

Uso de Cristo.
El ideal de justicia de Jesús, que es la devoción de la persona entera a Dios revelado en el carácter moral, significa por un lado la libertad de toda obligación hacia una ley consistente en estatutos, particularmente en preceptos sobre la adoración. Él consideraba la observancia de ritos externos un asunto de indiferencia, en lo que a la pureza real personal concierne y con sus discípulos observó los ritos judíos como medio para cumplir su misión a Israel, cuando no interfiriera con hacer el bien (Entonces les dijo*: ¿Es lícito en el día de reposo hacer bien o hacer mal, salvar una vida o matar? Pero ellos guardaban silencio.[…]Marcos 3:4). Sin embargo, este ideal suponía tal profundidad de obligación moral por su seriedad y alcance total, que no dejaba lugar para la pregunta tan importante para el judaísmo legalista, de cuánto uno podía hacer o dejar de hacer sin transgredir la ley. El más ligero acto, como la palabra individual, tenía la mayor importancia ética al ser expresión de la "abundancia del corazón" (25 Y conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no se mantendrá en pie. 26 Y si Satanás expulsa a Satanás, está dividido contra sí mismo; ¿cómo puede ento[…]Mateo 12:25-37).

Uso de Pablo.
Pablo subraya, por un lado, el carácter total de la ética cristiana, y por otro la libertad cristiana, concluyendo que la observancia o desprecio de los dictados pertenecientes a las cosas externas es un asunto indiferente en su relación al reino de Dios (Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo.[…]Romanos 14:17; Todas las cosas me son lícitas, pero no todas son de provecho. Todas las cosas me son lícitas, pero yo no me dejaré dominar por ninguna.[…]1 Corintios 6:12; 8:8; Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la incircuncisión significan nada, sino la fe que obra por amor.[…]Gálatas 5:6; Si habéis muerto con Cristo a los principios elementales del mundo, ¿por qué, como si aún vivierais en el mundo, os sometéis a preceptos tales como:[…]Colosenses 2:20). No reconoce expresamente, con la excepción de la Cena del Señor, formas para la adoración cristiana, sino que meramente aconseja que "todas las cosas sean hechas decentemente y con orden" (Pero que todo se haga decentemente y con orden.[…]1 Corintios 14:40). Del hecho de que el cristiano pertenece a Dios deduce la autoridad (griego, exousia) de los cristianos sobre todas las cosas (21 Así que nadie se jacte en los hombres, porque todo es vuestro: 22 ya sea Pablo, o Apolos, o Cefas, o el mundo, o la vida, o la muerte, o lo presente, o lo por venir, todo es vuestro, 23 y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios. […]1 Corintios 3:21-23), especialmente el uso libre de los dones gratuitos de Dios (23 Todo es lícito, pero no todo es de provecho. Todo es lícito, pero no todo edifica. 26 PORQUE DEL SEÑOR ES LA TIERRA Y TODO LO QUE EN ELLA HAY. […]1 Corintios 10:23,26; 14 Yo sé, y estoy convencido en el Señor Jesús, de que nada es inmundo en sí mismo; pero para el que estima que algo es inmundo, para él lo es. 20 No destruyas la obra de Dios por causa de la comida. En realidad, todas las cosas son limpias, pero son[…]Romanos 14:14,20). La disposición para dar gracias por ellos es el criterio subjetivo de su pureza (Por tanto, no permitáis que se hable mal de lo que para vosotros es bueno.[…]Romanos 14:16; Todas las cosas me son lícitas, pero no todas son de provecho. Todas las cosas me son lícitas, pero yo no me dejaré dominar por ninguna.[…]1 Corintios 6:12; 8:9; 10:23). La acción concreta en todos esos casos no ha de ser el placer del individuo, sino su realización o abstención por causa de Dios.

Uso patrístico y medieval.
En lugar de esta idea de libertad, que combinaba obligación con espontaneidad, pronto surgió otra de un carácter más legal. En el tiempo de Tertuliano hubo en relación a cuestiones concretas un conflicto entre estos dos principios: (1) Lo que no está expresamente permitido por la Escritura está prohibido y (2) lo que no está prohibido expresamente está permitido. La restricción de la idea de deber a lo que es permisible y el reconocimiento de una esfera adiaforista se vieron confirmados por la distinción entre præcepta y consilia y por la doctrina de los méritos supererogatorios. La cuestión de la adiáfora la trataron los escolásticos. Tomás de Aquino y sus seguidores sostuvieron que había ciertas acciones que, hasta donde eran intrínsecamente capaces de supeditarse a un buen o mal propósito, eran asuntos indiferentes; pero reconocieron que no hay ningún acto procedente de consciente consideración que no esté o bien dispuesto hacia un fin apropiado o falto de esa disposición, siendo por tanto bueno o malo. Duns Escoto y sus seguidores reconocieron acciones indiferentes in individuo, es decir, las que no son estimadas malas, aunque sin referencia, actual o virtual, a Dios. La Iglesia antigua al principio se apropió de la oposición cínica y estoica hacia la cultura, sosteniendo que interfería en la contemplación de Dios y las cosas divinas. Pero con el gran ascenso pagano ya no se mantuvo esta actitud. Ciertamente, el ideal cristiano primitivo quedó preservado, pero su cumplimiento completo se exigió sólo a aquellos que quedaban obligados por la naturaleza de su llamamiento.

Martín Lutero
Martín Lutero
Uso de Lutero.
Lutero basó su posición en la de Pablo. De hecho define la idea de adiáfora (la expresión no aparece en sus obras) según un criterio legal, cuando distingue entre cosas u obras que son claramente mandadas o prohibidas por Dios en el Nuevo Testamento y las que quedan libres, cuya negligencia no es mala y su observancia no es piedad. Pero añade en la misma línea que bajo la regla de fe la conciencia es libre y los cristianos son superiores a todas las cosas, particularmente a las externas y los preceptos en relación a ellas. De acuerdo a esta idea considera que una forma externa de adoración divina no está apoyada en ninguna parte (la Cena es un beneficium, no un officium) y distingue por sus efectos entre lo necesario y lo libre en las formas eclesiásticas. La oración, la Cena del Señor y la predicación son necesarias para la edificación, pero su tiempo, lugar y modo no tienen parte en la edificación y son libres. Por tanto, su punto de partida no fue simplemente que había ciertas cosas dejadas a la libertad, sino que la afirmación de la libertad (o adiaforismo) se aplicaba a toda la esfera de lo externo. Sin embargo, en casos individuales se imponía una limitación por los objetivos y normas éticas. Los cristianos habían de tomar parte en la adoración externa de Dios para cumplir el deber de confesión pública y para poder "tener comunión" (Y no os olvidéis de hacer el bien y de la ayuda mutua, porque de tales sacrificios se agrada Dios.[…]Hebreos 13:16). Las formas ceremoniales servían para perpetuar ciertos modos efectivos de observancia, pero no debían ser idólatras, supersticiosas o pomposas. Lutero, en oposición a Carlstadt, exigió que en las formas de adoración y para evitar ofender a algunos, todo lo que no fuera positivamente objetable debería ser soportado. Estuvo dispuesto a conceder la forma de gobierno episcopal de la Iglesia y otros asuntos, mientras no fueran considerados necesarios para la salvación, sino como un medio para el orden y la paz. También deseaba mantener la libertad cristiana contra los obstinados adherentes de la ley.

Primera controversia adiaforista.
La adiáfora eclesiástica fue el tema de la primera controversia adiaforista. Los teólogos de Wittenberg creían que las concesiones a lo que el Interim de Leipzig había determinado se podían justificar por los principios enunciados y ejemplificados al comienzo de la Reforma. Sostuvieron que, a pesar de las modificaciones formales, sólo habían cedido en puntos tradicionales de gobierno y adoración eclesiástica, e incluso así en una manera a la que la Escritura no contravenía, habiendo sido reconocidos así en la Iglesia primitiva y pareciéndoles a ellos excelentes arreglos que conducían al orden y la disciplina. Más aún, mantuvieron que cada uso idólatra había quedado desaprobado y que lo que tenía importancia idolátrica había sido excluido. Se puede mencionar, a manera de ejemplo, que se admitió la liturgia latina de la misa, con las velas, cánones, etc., aunque con la comunión y algunos himnos alemanes; también la confirmación, el día del Corpus Christi, la extremaunción, el ayuno y la jurisdicción de los obispos.

Matthias Flacius Illyricus
Matthias Flacius Illyricus
Restricción por Flacius de la adiáfora.
Antes de que el Interim hubiera sido fielmente publicado surgió una controversia en la que Flacius dirigió el ataque. En su De veris et falsis adiaphoris (1549), suscitó la cuestión por la que no sólo el mantenimiento de la predicación, el bautismo, la Cena del Señor y la absolución habían sido mandados por Dios, sino que incluso, concluyendo de Pero que todo se haga decentemente y con orden.[…]1 Corintios 14:40, los usos ceremoniales relacionados habían sido divinamente ordenados in genere. También procuró limitar la indiferencia luterana al detalle, insistiendo en lo que él estimaba seriedad y dignidad en la liturgia, opuesta a los cánones, música y espectáculos de la Iglesia católica. Además defendió que lo que podría ser llamado el carácter individual de la Iglesia fuera conservado y que los medios existentes de edificación deberían cambiarse sólo en favor de los mejores. Bajo las circunstancias del tiempo, incluso un asunto en sí mismo no esencial no podía ser tratado como permisible, siendo las concesiones del Interim un acto de traición, que facilitaban los intentos del emperador para restaurar la Iglesia católica, estando los promulgadores motivados por el miedo, o al menos por la falta de fe y suponiendo en efecto una admisión de errores pasados y un fortalecimiento de sus oponentes, mientras que la estimación de lo externo solo desembocaría en la restauración de usos ya rechazados y en una vuelta a las antiguas condiciones. La disputa continuó tras la Paz de Augsburgo y la Fórmula Concordia no sólo hizo la distinción (artículo X) de que en el tiempo de la persecución, cuando la confesión era necesaria, no se haría concesión a los enemigos del evangelio, ni siquiera en la adiáfora, ya que la verdad y la libertad cristiana estaban en juego, sino que incluyó, en alguna extensión, la restricción de Flacius de la idea de adiáfora.

Segunda controversia.
En la llamada segunda controversia adiaforista los sistemas luterano y calvinista entraron en conflicto. Lutero había mantenido el derecho del disfrute atemperado de las diversiones seculares. Calvino, por otro lado, optó por principios fundamentales diferentes, de acuerdo con el código de disciplina que él impuso en Ginebra. Voetius llevó sus principios más allá. Por el lado luterano fue Meisner quien en este sentido es el clásico oponente de los calvinistas. Él puso las diversiones seculares bajo el encabezamiento de adiáfora, no siendo acciones ni correctas ni incorrectas per se sino per aliud, considerándose especialmente la persona y el propósito, y en ejemplos concretos convirtiéndose siempre en correctos o incorrectos. La controversia comenzó a finales del siglo XVII, cuando las diversiones seculares fueron atacadas en sí por diversos escritores, tales como Reiser y Winkler, los teólogos pietistas de Hamburgo, Vockerodt, Lange y Zierold. Lange, por ejemplo, sostuvo que a la luz de la ley revelada no hay actos indiferentes. Las acciones que sólo son correctas son las están bajo la influencia del Espíritu Santo para el honor de Dios en la fe y el nombre de Cristo y sostuvo que la voluntad divina ejerce un control directo e inmediato. De ahí que acciones no mandadas por Dios son necesariamente acciones que no aprovechan y por tanto colectivamente malas. Él enumera diecinueve razones separadas por las que los cristianos no deberían tomar parte en diversiones seculares y excluye de la Cena del Señor a los que participan en ellas. Estima que la defensa de la adiáfora es una herejía que abroga toda la doctrina evangélica. La teoría de Spener fue igualmente severa, pero su práctica la modificó sabiamente. Aconsejó que aquellos que participaran en diversiones seculares fueran disuadidos, no duramente, sino por exhortaciones directas a seguir a Cristo y no rechazó la absolución a los tales, ya que muchos de ellos realmente no eran conscientes de lo malo de esas cosas. Rothe, Warnsdorf y Schelwig fueron los principales campeones de la anterior enseñanza luterana, pero su defensa fue mucho menos resuelta que el ataque.

Discusión posterior
La cuestión de la adiáfora ha sido un tema posterior de discusión. El primero en introducir un nuevo punto de vista de algún considerable valor fue Schleiermacher (Kritik der bisherigen Sittenlehre, 2ª edición; Werke zur Philosophie, ii), quien disputó el derecho ético de la adiáfora por la necesidad en la vida moral de unidad y estabilidad. Sólo en la esfera de la ley civil y en el juicio moral de otros cuyas acciones deben frecuentemente, por falta de evidencia, permanecer inexplicadas, admite la adiáfora. Otras autoridades evangélicas, por ejemplo Martensen, Pfleiderer, Wuttke y Rothe están en sustancial acuerdo con esta posición, aunque introduciendo algunas variantes y modificaciones.

Entre los cristianos británicos y americanos no ha habido controversia adiaforista, pero las clases de pensamiento religioso y ético que sustentan las fuerzas oponentes en las controversias arriba consideradas han estado en conflicto en todo tiempo y lugar. El puritanismo inglés y el presbiterianismo escocés antiguo, al igual que el puritanismo de Nueva Inglaterra, o rechazaron la adiáfora completamente o la redujeron a las más pequeñas proporciones. Los tractarianos ingleses, procurando vencer las dificultades envueltas de unirse a la Iglesia de Roma, dieron seria atención a la adiáfora. Una señal de los tiempos es el principio de la Alianza Evangélica, ("en lo esencial, unidad; en lo secundario, libertad; en todo, caridad"). Los Artículos de Lambeth, que proponen los credos de los apóstoles y de Nicea, los dos sacramentos, la Biblia abierta y el episcopado histórico, como base de unión con las iglesias no conformistas, estimaron como adiáfora el credo atanasiano, la uniformidad de la adoración y el uso del Libro de Oración. La Iglesia episcopal protestante en América ha resuelto el principal punto en disputa entre eclesiásticos y puritanos al eliminar al Estado de la unión con la Iglesia. En la unión de cuerpos religiosos, tanto en Gran Bretaña y América, a lo cual hay una tendencia creciente, se ignoran las diferencias menores en favor de los principios esenciales. En todas las iglesias algunos dogmas que una vez fueron estimados como esenciales para la integridad de la verdad, se han dejado a un lado sin que hayan vuelto a ocupar su anterior posición (comp. la Confesión de Westminster con la "Breve declaración de fe", publicada por la autoridad de la Iglesia presbiteriana en los Estados Unidos). En referencia a la conducta prescrita por los cuerpos eclesiásticos o que se reconocen que pertenecen a la responsabilidad personal -el "ejemplo personal"- hay dos tendencias diametralmente opuestas. En el primer caso, el espíritu de democracia y de sentimiento público ilustrado está retirando rápidamente muchas acciones estimadas como legítimas bajo la jurisdicción de la Iglesia, tales como diversiones y semejantes, de tal supervisión. En el segundo caso, si la vida se ha de gobernar por máximas morales, muchas acciones deben quedar moralmente indeterminadas, sobre todo cuando se contempla cada hecho no aislado sino como parte integral de la autorrealización; entonces todas las acciones tienen su lugar orgánico en el cumplimiento serio o feliz del propósito de la vida. Sin embargo, en ambos casos la adiáfora moralmente desaparece.


Bibliografía:
C. C. E. Schmid, Adiaphora, wissenschaftlich und historisch untersucht, Leipzig, 1809; J. Schiller, Probleme der christlichen Ethik, Berlín, 1888; J.H. Blunt, Dictionary of Sects, Heresies, . . . s.v., Filadelfia, 1874; KL, i. 223-232; Schmid, Controversia de adiaphoris, Jena, 1807; J. L. v. Mosheim, Institutes of Eccl. Hist., ed. W. Stubbs, ii. 574-576, Londres, 1863; KL, i. 232-235, 769; iv. 1528; v. 769; xii. 1568, 1719.