Adivinación es el supuesto arte de descubrir la voluntad de la divinidad, de predecir el futuro por indicaciones atribuidas a ella o de decidir a partir de fenómenos supuestamente sobrenaturales el curso correcto de acción a ser seguido. Tres principios yacen en la raíz de la adivinación: (1) La creencia de que la deidad quiere revelar a sus adoradores su propia voluntad e instrucciones para un método correcto de procedimiento en su favor; (2) el persistente deseo de leer el futuro; (3) la creencia de que los sucesos naturales tienen una importancia para el hombre, de forma semejante a los principios de la magia. La adivinación no está limitada a ninguna etapa de la civilización. Existe en la religión primitiva y tribal, es siempre parte de los cultos oficiales de creencias desarrolladas y persiste como superstición bajo el cristianismo, recibiendo incluso sanción eclesiástica.
Tarot, hombre colgado, duodécima carta del arcano mayorBases animistas.
En la etapa cuando el hombre imaginó que la voluntad y poder residía en las cosas que ahora son estimadas sólo como materiales, las adoró como sobrehumanas, no sólo en poder, sino también en conocimiento. Una característica de la religión antigua es esperar de los objetos de su adoración un quid pro quo en la dirección de los deseos del hombre (comp. 20 Entonces hizo Jacob un voto, diciendo: Si Dios está conmigo y me guarda en este camino en que voy, y me da alimento para comer y ropa para vestir, 21 y vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces el SEÑOR será mi Dios. 22 Y esta piedra que he[…]Génesis 28:20-22), en la creencia de que, ya que se supone que tales objetos poseen una sabiduría mayor que la del hombre, se puede obtener el conocimiento del futuro si se emplean los métodos correctos. De ahí que los hombres imaginaran que había respuestas a preguntas o indicaciones de la voluntad divina en las hojas de un árbol sagrado, en las aguas de una corriente sagrada, en las olas de la orilla del mar, etc. Algunos individuos proclamaron tener una capacidad superior para leer esas señales, emergiendo los adivinos como clase. El genio inventivo entró en escena y se inventaron métodos de consultar a los poderes sobrehumanos. Secuencias observadas se leyeron como causa y efecto y una repetición de la primera o su producción artificial se creyó que aseguraba la repetición de la otra. De esta manera se desarrolló una pseudo-ciencia o arte ficticio con sus normas establecidas. Junto con otras consecuencias de creencia animista se desplegó la idea del intercambio de almas, la doctrina de la posesión de los cuerpos humanos por los espíritus para impartir informaciónc (comp. la frase "espíritus familiares"), la capacidad de los muertos (ampliada en conocimiento al pasar las puertas de la muerte) para compartir este conocimiento con los vivos y también el poder del espíritu humano para partir del cuerpo en busca de sabiduría. Más aún, personas en estados anormales de mente o con mentes enfermizas, o con inusuales características físicas (como los albinos), fueron consideradas canales de comunicación divina y empleados en artes adivinatorias. Cuando la observación mostró que un cierto entorno producía estados anormales de mente, se buscó ese entorno o una persona que habitara en un lugar particular para actuar como médium entre el oráculo y los interlocutores, aceptándose las declaraciones como inspiradas. Tales declaraciones procedían de los oráculos cumano y délfico, en santuarios en los que gases pestilentes producían efectos estáticos. Esta condición, expresada por la palabra griega mani, "frenesí profético", desembocó en el término técnico mantikē o mantikē technē. Se creía que el sueño también era un mensaje sobrehumano que tenía un significado indicador de la voluntad divina. De ahí que los sueños fueran inducidos por la bebida de pociones preparadas o durmiendo en lugares frecuentados por la divinidad o en un templo. El arte de interpretar sueños creció y persistentemente sobrevivió en etapas más avanzadas. Los instrumentos de uso en la adivinación se tomaron de objetos sagrados y fueron empleados en todas las formas que la ingenuidad del hombre podía fabricar.
MerlínNombres y métodos.
Cuán diversos fueron los métodos empleados lo sugiere la siguiente lista (incompleta) de nombres aplicados a algunos de ellos. La hidromancia es la adivinación por el agua (por ejemplo, el rugir de las olas, el flujo de una fuente intermitente o el movimiento del agua derramada en una copa, llamándose a este método culcomancia); la xilomancia, rabdomancia y belomancia usaban árboles sagrados o partes de ellos o flechas hechas de ellos; la piromancia empleaba el fuego; la geomancia usaba la tierra de un lugar sagrado o supuestos movimientos de la tierra; la asteromancia hacía uso de los movimientos de las estrellas y planetas; la capnomancia deducía sus conclusiones de la aparición de motivos en las nubes; la cleroromancia o sortilegio consistía en echar suertes con piedras, dados u otros objetos; la ornitomancia usaba el vuelo de las aves; la ictomancia observaba los movimientos de los peces; la oniromancia interpretaba los sueños; la nigromancia invocaba a los muertos; la logomancia se apoyaba en la declaración al azar; la axinomancia usaba un hacha; la coscinomancia usaba las oscilaciones de un colador suspendido y la dactilomancia empleaba un anillo en el mismo modo; la quiromancia ha sobrevivido en casi su antigua forma de leer las líneas de la mano; la escapulomancia u omoplatoscopia leía las fisuras causadas en el omóplato de un animal sacrificado al ponerlo al fuego; los auríspides usaron muchos métodos, incluyendo la inspección del hígado o entrañas de las víctimas. Entre los romanos destacaron la Vergilianœ sortes, en la que la Eneida se abría y se seleccionaba un pasaje al azar que se interpretaba con referencia a la cuestión. Más tarde la Biblia tomó el lugar de la Eneida para este propósito (bibliomancia). Especialmente notoria es la ordalía, para decidir la inocencia o culpabilidad. Tales métodos se han empleado en todos los pueblos, dependiendo los utensilios del entorno; por ejemplo, los habitantes de Tonga y Samoa usan cocos. El empleo de la suerte es universal y muchas naciones tienen divinidades que la presiden.
En todas aparecen las dos siguientes características: (1) La adivinación está en general bajo el patrocinio de la religión. Por otro lado, entre muchos pueblos existe una distinción entre lo legítimo y lo prohibido. Por tanto, la nigromancia o comercio con los muertos, está muchas veces prohibido. (2) A todos esos métodos la ciencia los estima caracterizados por una total inconsecuencia de datos y resultados. De modo que la falta de relación entre el aspecto del planeta Marte simplemente por su color y la paz y la guerra es suficientemente obvia, lo cual se puede aplicar a todos los métodos de adivinación y sus supuestos resultados.
Isabel y la cazuela de albahaca, óleo sobre lienzo de John White Alexander. Museum of Fine Arts, Chicago
La adivinación entró en la Iglesia cristiana por dos fuentes: (1) La membresía que reclutada del paganismo trajo prácticas acostumbradas en el mismo; (2) formas de decisión sancionadas por las Escrituras tendieron a continuar siéndolo hasta donde eran disponibles, junto con las que el judaísmo no canónico había practicado. En particular el uso de la adivinación para el descubrimiento de criminales fue especialmente persistente y continuó hasta tiempos modernos. Una fuerte tendencia en el uso continuado de la adivinación se demuestra en que los sínodos eclesiásticos se vieron en la necesidad de legislar contra ella. Por ejemplo, el canon 62 del sínodo de Elvira (305-306) manda que los augures que se hayan convertido al cristianismo renuncien a su ejercicio antes de ser admitidos a la Iglesia; el sínodo de Ancira (314) condena a los manteumenoi, "los que emplean el arte mántico" a cinco años de penitencia; el cuarto sínodo de Cartago (398) excomulga a los que practiquen la adivinación. La legislación del período se hace cada vez más severa hasta el código de Teodosio (ix. título 16, leg. 4). El sínodo de Vannes denuncia el uso de la suerte. Pero la teoría y la práctica de la Iglesia variaron. Para la mente común el hecho de que las cosas fueran sagradas (tales como la oblea de la eucaristía, el emblema de la cruz y las Escrituras) parecen haber justificado su uso en esta manera y esa tendencia se esparció del pueblo al clero. El empleo de la suerte basado sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento y la aplicación por los judíos del método de la Vergilianæ sortes al Antiguo Testamento se introdujo en la Iglesia ya en el siglo quinto. En partes de occidente la suerte entró en los códigos cristianos (Código Ripuriano, xxxi. 5), sancionándose por los primeros sínodos irlandeses (Excerptiones, atribuido a Egberto de York). En Francia una disputa entre los obispos de Poitiers, Arras y Autun por la posesión de las reliquias de San Ligurio se decidió por la suerte en el altar en favor de Poitiers. El uso de la Biblia como en las Vergilianæ sortes fue condenado por Agustín, aunque lo estima un mal menor en comparación con consultar a los demonios (Epist., lv, ad Januarium, xxxvii). Los sínodos en la Galia en el siglo quinto se vieron en la necesidad de amenazar al clero con castigos por recurrir a la adivinación; pero Gregorio de Tours (Hist. reg. Franc., iv. 16) relata que en presencia de un conjunto de obispos y sacerdotes en una celebración de la misa en Dijon los evangelios y las epístolas fueron solemnemente consultados sobre el destino de un hijo de Lotario I. Especialmente la ordalía se practicó como una apelación para que Dios indicara al culpable, recibiendo sanción práctica de la Iglesia por la presencia y a veces la participación de dignatarios y oficiales eclesiásticos. El uso de la Biblia y la llave (otra forma de bibliomancia) fue particularmente persistente. La Biblia se sujetaba a una llave de forma aflojada en el Cuando ves a un ladrón, te complaces con él, y con adúlteros te asocias.[…]Salmos 50:18, mientras que los nombres de los sospechosos eran pronunciados, resolviéndose que cuando el libro cayera al suelo el nombre mencionado sería el culpable. El último caso conocido de uso de este método ocurrió en un juicio en Londres en 1867. Sopesar a una persona por la Biblia para determinar su culpabilidad o inocencia se sabe que ocurrió por última vez en 1759 en Aylesbury, Inglaterra.