Historia

AGUA BENDITA

Agua bendita es el agua sobre la que se ha ofrecido la oración de consagración y que luego se usará simbólicamente en la limpieza ceremonial.

Pila de agua bendita. Basílica de San Isidoro, León.Fotografía de Wenceslao Calvo
Pila de agua bendita. Basílica de San Isidoro, León.
Fotografía de Wenceslao Calvo
Las purificaciones en la religión y adoración por medio de agua fueron familiares tanto a los sistemas orientales como a los clásicos de la antigüedad. En este punto egipcios, indios, persas y semitas tienen una base común. La costumbre se encuentra en el judaísmo antiguo y posterior. Tanto en el tabernáculo como en el templo había una fuente para la purificación de los sacerdotes. Los griegos y romanos no sólo rendían honor reverencial a las fuentes sagradas, sino que las vasijas de agua estaban en los límites de los antiguos templos, siendo ejercida la purificación por el individuo o el sacerdote. Bajo la influencia del judaísmo y el paganismo precedente se introdujeron en el cristianismo formas similares de purificación. Tertuliano habla de la costumbre de lavarse las manos antes de la oración (De oratio, xi) y las Constituciones Apostólicas testifican del mismo hábito (viii. 32). Un cuenco de agua se hallaba en el atrio de la basílica (Eusebio, Hist. eccl., X, iv. 40). En este aspecto estaba normalmente escrita la antigua inscripción: "No te laves sólo la cara, sino también la iniquidad" y el receptáculo delante de la antigua iglesia de San Pablo en Roma tenía la inscripción: "Quienquiera que seas que te aproximas al sagrado santuario de Pablo, venerado por sus méritos, lava como suplicante tus manos en la fuente." Al celebrar la Cena del Señor, las manos de los que la recibían así como las manos del sacerdote que la administraba, eran lavadas. Esas purificaciones eran actos simbólicos y hechas con agua sin bendecir, que se distinguía de la que la Iglesia usó en el sacramento del bautismo. Los efectos del sacramento estaban asociados con la bendición del agua y el alcance de la bendición se extendió supersticiosamente, como se hizo en el caso del pan en la Cena del Señor (Tertuliano, Ad uxorem, ii. 5), considerándose eficaz como remedio para las enfermedades y protección contra los demonios. Pero este desarrollo requirió considerable tiempo. El lavamiento y el bautismo durante un tiempo fueron de la mano; luego se introdujo un tercer elemento en el siglo IV, el agua bendita, que originalmente era el elemento del sacramento, se hizo costumbre usarla libremente para la purificación. El aumento de la superstición popular originó esta combinación.

Exorcismo, por Evariste Vital Luminais
Exorcismo, por Evariste Vital Luminais
Una fórmula aparece en las Constituciones apostólicas (viii. 29), siendo el obispo quien confería la bendición o, en casos excepcionales, el presbítero. Las historias de milagros hicieron la costumbre cada vez más popular. Para regular el uso y protegerlo contra la extensión de prácticas supersticiosas, al principio de la época carolingia la bendición del agua era un acto rutinario de adoración. Había una fórmula establecida para ello en el sacramentario gregoriano, que era la norma y se encuentra en el ritual romano. Su relación con la superstición de la Iglesia antigua es evidente, especialmente porque en el exorcismo se hacía una oración suplicando la expulsión del maligno, mientras que la petición terminaba con la bendición de agua bendita mencionando también la expulsión de demonios y enfermedades, liberando al receptor de todo mal y mandando al espíritu pestilente que no residiera allí y que todos los actos de envidia del enemigo pudieran ser revertidos. La sal se mezcló con el agua por un mandato apócrifo del papa Alejandro I; el altar era primero rociado, luego el ministro y el clero y después el pueblo; a los fieles se les permitía llevar el agua bendita a sus casas para rociar a los enfermos, las casas, los campos, etc. El agua bendita es usada por la Iglesia católica para numerosas bendiciones, además de las ya mencionadas. Se guarda en la iglesia en una vasija o en un recipiente permanente. Probablemente el primer ejemplo de esta acomodación procede de Túnez y data del siglo quinto. Tal vez en las catacumbas se pusieron vasijas de agua bendita para proteger a los muertos de los malos espíritus. Hay un ejemplo antiguo de una vasija de bronce en el museo Vaticano; la primera representación cierta de una palangana está en la cubierta de marfil del conocido sacramentario de Drogo del siglo noveno. Posteriormente se usaron varias formas. La Iglesia ortodoxa mantiene la conexión entre el agua bendita y el agua del bautismo. Distingue entre la consagración mayor (en la tarde antes de Epifanía o en Epifanía) y la consagración menor (cuando la ocasión lo requiera). Las prácticas orientales incluyen también la bendición de ríos o del mar.