Historia

AGUA, CONSAGRACIÓN DEL

Consagración del agua es una costumbre en la Iglesia ortodoxa cuyos comienzos no pueden fijarse. Cipriano (Epist., lxix) menciona la exigencia de que el agua del bautismo sea purificada y santificada por el sacerdote, un requerimiento reforzado por un sínodo en Cartago en 256; el agua se convierte entonces en un agente milagroso. Las Constituciones Apostólicas (vii. 43) reservan una oración de acción de gracias para el agua del bautismo, la ceremonia correspondiente a la acción de gracias que precede a la Cena, aunque la concepción a duras penas penetró en la esfera de la dogmática. Sin embargo, Ambrosio y Agustín, así como Crisóstomo, sostuvieron que el agua así bendecida debía quedar restringida en su uso para propósitos sacramentales. Tras el siglo noveno el agua bendita se convirtió en una institución permanente, cuya consagración al principio tenía lugar en las épocas usuales de Pascua, Pentecostés y Epifanía, ocurriendo posteriormente la consagración para el año en Pascua o Pentecostés. La Iglesia ortodoxa usó la Epifanía para esta ceremonia, en conmemoración del bautismo de Cristo, y ha sido una larga tradición que el agua así tratada nunca se degrada. La práctica todavía continúa y está acompañada con gran solemnidad, mientras que las fuentes y corrientes de agua son también objeto de bendición y ceremonias en las que se realizan procesiones. La Iglesia ortodoxa observa una santificación del agua "mayor" y otra "menor". La primera tiene lugar en Epifanía, ya sea en el pórtico de la iglesia o en las corrientes mismas y la liturgia recuerda el antiguo simbolismo eclesiástico. Las homilías y sermones en ese período tratan sobre el asunto y las doctrinas místicas giran alrededor de esta época. La consagración "menor" tiene lugar ante una vasija de agua que es incensada y tocada con una cruz. La liturgia invoca la capacidad del agua para sanar el alma y el cuerpo, lo cual se corresponde con el empleo del agua bendita en la Iglesia católica.